Verano en Marruecos. Autor: Pau Llambies Bal·le

El gran taxi colectivo avanza decidido por cierta solitaria y polvorienta carretera del Riff y yo, sin apenas conocer el destino que me depara, sustituyo la preocupación por una atenta observación del paisaje. Es casi mediodía y el sol, cercano desde su cenit, se deja sentir con fuerza en estos días previos al mes de Ramadán. Sin previo aviso, en un cruce cualquiera de este camino sin nombre, el coche se detiene y su conductor me indica a gestos que es aquí donde debo bajar. Asiento con cara de confusión, y tras despedirme torpe y apresuradamente de mis compañeros de viaje me bajo del vehículo y recojo mi mochila del portaequipajes.

Nada más bajar el coche arranca levantando y arrastrando tras de si una espesa nube de tierra pulverizada. Sin insistir en seguirlo con la mirada, me cuelgo la mochila de los hombros, miro mi desolado alrededor e intento luchar contra el miedo que empiezo a intuir. Es entonces cuando oigo un grito y al girarme, a lo lejos, veo salir a alguien de debajo de una frondosa higuera, empujando un viejo mobilette. Ataviado con chilaba, sombrero y bastón, y convertido en mi guía desde ese mismo momento, Louafi sube a la moto y me invita a acompañarle. Agarrándome a duras penas allá donde puedo y recogiendo las piernas para evitar tocar el suelo en los sucesivos baches del polvo allanado que nos permite el paso, nos dirigimos camino al gîte donde pasaré esta noche. Nos detenemos poco después frente a la casa y al oír acercarse el estruendo del heroico mobilette, Youssef – el dueño – sale a recibirnos. Me siento como en casa desde el primer momento. Acariciado por la brisa y a resguardo de las altas temperaturas a la sombra del patio, nos relajamos en los cojines de una esquina. Como suele ocurrir cuando a un sitio agradable se le añaden el té, la calma y un poco de conversación, la tarde discurre sin preocupaciones.

Como es costumbre, la tarde ha dejado paso a la noche y a pesar de que debería estar durmiendo para reservar fuerzas para mañana, no puedo evitarlo; salgo fuera y estiro el cuello para contemplar el cosmos en toda su magnitud. La ausencia de contaminación lumínica en todo Al-hoceima es una clara invitación a las estrellas para que se muestren en todo su esplendor y ellas, nada perezosas, se alinean en constelaciones para presentarme uno de los espectáculos más bellos que habré presenciado en toda mi vida. Están todas, creo; Casiopea, la Osa Mayor y su hermana pequeña, el cinturón de Orión… Toda la bóveda celeste ante mis ojos, envolviéndome, maravillándome y yo no consigo hacer otra cosa que mirar, mirar, mirar… y sentirme pequeño.

***

El sol empieza a colarse por mi ventana y el magnánimo silencio que reina a todas horas en este lugar se ve interrumpido por los golpes de bastón de Louafi en la puerta, que me anima a levantarme para emprender la marcha. Son las ocho de la mañana y nuestra ruta empieza por un estrecho sendero que cruza diversas fincas de olivares. Mientras escucho las precisas respuestas de todas mis preguntas, no puedo evitar pensar en mi infancia, cuando al otro lado del charco y en un paisaje no muy distinto, mi abuelo pacientemente me enseñaba a nombrar las cosas.

A pesar de las dudas iniciales de Louafi, mis zapatillas aguantan estoicamente todo el camino y mientras avanzamos, él trata de enseñarme los nombres de los animales y las plantas en árabe y bereber que yo, con gran ahínco y escaso éxito, trato de memorizar. El camino es apacible pero, a medida que el sol ha ido abandonando poco a poco el horizonte y nosotros íbamos descendiendo a través del valle, el calor empieza a ser insoportable. La piel de mi espalda, insensatamente desnuda, empieza a alcanzar temperaturas cercanas al punto de ebullición Llegamos finalmente a la altura del mar, tras un último tramo andando por el sediento cauce del río, y cuando el Peñón de Vélez se divisa casi en todo su esplendor, cerca de la playa de Bades, sentimos la necesidad de tomarnos un té en un pequeño cobijo que funciona a modo de bar. Allí nos sentamos con viejos conocidos de quien soy acompañante y, tras las presentaciones y el saciar las curiosidades respecto a mi presencia, su charla deriva por otros derroteros que ya no puedo yo alcanzar, así que decido relajarme y practicar el noble arte de estar.

Tras la breve pausa, que aprovechamos para comernos las provisiones, nos acercamos al aislado enclave militar español, que se encuentra separado de Marruecos por una surrealista cuerda azul que funciona a modo de frontera y que, insistentemente, Louafi me recuerda que no puedo cruzar. Inevitablemente, contemplando la ni siquiera tensada cuerda-frontera, me da por pensar en la fragilidad de los bordes, en la frecuente absurdidad de los límites y, por supuesto, en aquel dicho tan repetido de que “¡ya no se hacen fronteras como las de antes!”. Terminadas mis divagaciones mentales decido bañarme en una de las dos caletas que custodian ambos países, mientras siento que el agua que me moja pertenece al mar que nos une y que también, desgraciadamente, tan a menudo nos separa. Al salir veo que mi compañero ocupa un privilegiado asiento bajo una colorida sombrilla y, al acercarme, mi curiosidad es recompensada con una deliciosa tajada de sandía. Sin prisa nos terminamos la sandía y emprendemos la empinada cuesta que nos llevará al sendero que une esta playa con la de Torres de Alcalá y las siguientes dos horas discurren por un apacible camino que bordea la costa desde lo alto de unos acantilados, un trayecto que mis piernas y mi vista agradecen enormemente. Mano a mano con mis fuerzas, el sol va descendiendo lentamente.

Llegada la medianoche me subo al autobús de Najme Shamal, que servirá también de cama durante las siguientes ocho horas, a la vez que agradezco a mi cuerpo su capacidad de dormirse en multitud de registros logísticos. Nejma Shemal, estrella del norte…

***

En este primer día de Ramadán, Chefchaouen me alcanza durmiendo plácidamente en mi butaca y, por suerte, consigue activar mi instinto despertándome con el tiempo justo para preguntar a mi vecino dónde nos encontramos y avisar al chófer de que no cierre la puerta del maletero, donde están mis pertenencias. Por suerte voy recuperando mis plenas facultades de camino a la medina antigua, totalmente necesarias una vez cruzada la puerta de Bab ‘Ayn para tratar de descifrar la ubicación de mi hotel en el complejo entramado de callejuelas en que me encuentro.

El lugar me abruma nada más llegar y destruye de un golpe la imagen idílica que me ha traído hasta sus pies y que tardaré varias horas en recuperar de nuevo. El choque se agrava cuando llego a Uta el-Hammam  – punto neurálgico de la medina – y encuentro a los marroquíes musulmanes sentados, mientras esperan el momento del iftar – ruptura del ayuno –, observando a los turistas, que comen amontonados en las bonitas terrazas de algunos restaurantes. Para huir de tal grotesco espectáculo decido adentrarme en lo alto de la medina, buscando las calles menos transitadas. Y ahí es donde mi idilio de postal empieza a encajar con lo que veo, con la magia del lugar, con el blanco y azul de sus paredes, culminando en el momento en que, tras subir por la colina que custodia el cementerio, veo desde lo alto caer el sol y la voz de los muecines colmarlo todo.

No tengo otra alternativa que reconciliarme con el lugar y ahora la plaza, que hierve de actividad, me parece un lugar fantástico. Decido cenar en la terraza superior del pequeño Shams, inexplicablemente vacía. Al terminar, mientras sorbo despacio el te de rigor, me distraigo observando a la gente junto al gato negro que, de un salto, se ha acomodado en mi regazo.

***

Tánger, próxima y última estación. La nostalgia prematura que me invade siempre que intuyo ya el final de mis viajes se acrecienta con el galopar del tren y su calma. Llego puntual a la estación y me subo al primer taxi disponible, tras regatear brevemente la tarifa. Nos paramos frente a la remodelada plaza del Gran Zoco, delante de la puerta de la antigua medina, y paso buena parte de la siguiente hora intentando saber si sufro un dejavú o vuelvo a estar por enésima vez perdido en los callejones. Mi destino es el bonito piso de una compañera de la universidad que, aprovechando que no está en la ciudad, me lo cede amablemente, con la única condición de descubrirlo sólo con ayuda de unas difusas instrucciones. Finalmente, después de movilizar a medio barrio en mi ayuda, consigo dar con una callejuela sin salida en donde creo puede estar el tesoro que ando buscando; ninguna puerta en especial, ninguna de ellas con número, así que no hay más alternativa que probar una por una. Por fortuna no me cruzo con nadie en lo que, a simple vista, parecerían sucesivos intentos de allanamiento de morada, y mi búsqueda da resultado al cuarto intento.

Los horarios de visitas durante el mes de Ramadán se reducen considerablemente, por lo que todos mis planes se ven frustrados. La única excepción es la curiosa iglesia de San Andrés, que combina el estilo anglicano con el morisco, así como un padrenuestro escrito en letras árabes que comparte espacio con aleyas del Corán. Orientada, además y según dicen, hacia la Meca. Así que mi última tarde en Marruecos consiste en deambular de un sitio a otro de la medina, hasta que la oración del iftar lo revive todo y nos invita a alternar los dulces con las bebidas que ofrecen los numerosos puestos de la calle.

Tras el último te desde el Café Chorouk, vuelvo a la casa para preparar la mochila y descansar un poco antes de coger el vuelo de regreso. Está todo listo para echarme a dormir y es entonces cuando empiezo a oír como un enorme estruendo instrumental y un olor como de incienso lo invade todo. El frenético ritmo va en aumento e, intrigado, intento descubrir su origen asomándome por la ventana. Como no consigo ver nada y la música no se detiene, siento la necesidad de averiguar algo más y bajo a la calle, no sin antes asegurarme de coger la cámara de fotos.

Salgo fuera e intento seguir el rastro auditivo que empieza a diluirse y llego a la puerta roja, ahora entreabierta, que horas antes no ha cedido al rodar la llave. Justo al acercarme salen dos jóvenes, uno de los cuales, divertido por mi cara de asombro, me indica sonriente que puedo entrar. Mientras ellos se alejan por el callejón, yo, tímidamente, empujo la puerta y me abro paso a través de la penumbra. Nada más girar el pasillo llego a un precioso patio típicamente árabe donde contemplo, asombrado, a un grupo de hombres descalzos situados en el centro, formando un círculo. Visten brillantes vestidos de colores y están recitando lo que, me parece, suena a oraciones; en el interior del corro, algo que parece comida, una cabra y dos gallos.

Me convierto al entrar, lógicamente, en el centro de las miradas y los murmullos de los que se sientan alrededor, pero con un gesto de mano soy invitado a pasar y a sentarme. Me despojo de mis sandalias, sin saber muy bien porqué, y me siento en un pequeño taburete de un rincón, intentando inútilmente pasar desapercibido. Al poco rato el círculo central se disuelve, sus integrantes me sonríen y cambian sus oraciones por instrumentos de música, todavía en el interior del patio cubierto. En este momento, antes de que empiece de nuevo la música que me ha traído hasta aquí, los integrantes del grupo me ofrecen para sentarme un privilegiado sitio entre los cojines que circundan el patio, en primera fila. Durante un buen rato, en que el sonido vuelve a inundar el espacio por completo, soy el único que ocupa el palco de honor y sigo sin comprender todavía como me he colado en casa ajena y he terminado en primera línea de una celebración que no entiendo. Poco a poco irán ocupándose el resto de sitios cercanos a mí y, lentamente, noto como mis músculos se van destensando uno a uno, hasta que mis manos empiezan inconscientemente a marcar el ritmo sobre mis muslos.

No he dicho ni una sola palabra desde que he llegado. Me doy cuenta de ello al acercarse una chica que intenta iniciar una vía de comunicación que resultará un fracaso, así que sigo sin saber muy bien que está pasando. Me limito a mirar, con los ojos como platos. Y los abro más al ver como una señora muy mayor, que hasta entonces había permanecido en su silla plácidamente, se levanta, se dirige hasta el centro donde nos encontramos y se pone a bailar. Pero no se trata de un baile de pasos definidos, o de alguien que no sabe bailar; ni tan siquiera los movimientos corresponden a alguien de su edad, sino que progresivamente se van asemejando a los de un estado de trance. Y se vuelven más enérgicos mientras va inhalando el incienso de un recipiente de terracota y la música se va acelerando. La cámara de fotos sigue intacta colgándome del cuello; pienso por un momento que nadie me creerá, que estoy soñando… Tengo el ímpetu de dejar constancia de ello, pero no me atrevo ni considero oportuno robar una foto de un instante tan íntimo como éste, así que me concentro en retener todas las imágenes en la retina. La música ha llegado a un volumen y una configuración de caos controlado, monopolizado por unos pequeños platillos metálicos que no descansan hasta el momento en que, de súbito, silencio y catarsis; la señora vuelve, como de un sueño, a sentarse en su asiento.

En las horas siguientes mis párpados irán alcanzando el nivel máximo de apertura y por mis ojos transcurrirán insólitas imágenes de diversas personas que, como marionetas guiadas desde otra esfera, seguirán el ritmo del sonido, del sacrificio de un gallo y el grave susurro de unas oraciones, de los frenéticos golpes de unos pies desnudos marcando un tempo desigual y de la danza con cuchillos que lentamente irán magullando los antebrazos de su portador… La calma, entretanto, se dejará vislumbrar en un constante ir y venir.

Finalmente, la música reprende el protagonismo, esta vez con más fuerza, y un joven que no debe superar de mucho la veintena se levanta y empieza a emular la reiterada danza que todos parecen conocer; los pies desnudos golpean con fuerza la alfombra del patio mientras los brazos le cuelgan casi inertes y su torso se balancea suavemente, como agitado por una brisa invisible. Y cuando el ritmo lleva un buen rato in crescendo, el maestro se levanta, coge un pañuelo blanco y le cubre la cabeza, que se encuentra desde hace un buen rato mirando hacia sus pies, con los ojos cerrados. Situado siempre a su espalda vigilará de cerca los pasos del muchacho, que lleva ya mucho rato sin detenerse. Y la música que sigue, y cómo lo acapara todo, y los platillos, con su fuerza hipnotizadora, y las palmadas con golpes secos, y llega a un punto de no retorno en que el muchacho del epicentro, a pesar de estar ahí, se encuentra a mucha distancia de nosotros, y su cuerpo se agita cada vez con fuerza, como guiado por sucesivos espasmos, hasta que el ruido se evapora de repente y su cuerpo cae, desplomado, en brazos del maestro.

Silencio y catarsis…

Son aproximadamente las tres de la madrugada y, aprovechando que todo parece haber vuelto a su normalidad, tormenta y calma, me despido de todos con cara de gratitud y subo a tumbarme en la cama, consciente de que difícilmente voy a poder dormir esta noche. Siento mis latidos retumbar en el pecho y al poco, la música se reinicia. El edificio entero parece que va a desmoronarse y con él, yo sigo vibrando en la oscuridad.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Muy acertado este primer premio!
    No se qué pasó pero no lo vi cuando los leí todos.
    Saludos y felicitaciones.

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