Vacaciones pagadas. Autor: Reni

El reloj elevado en la fachada de Saint-Lazare testimonió al matrimonio Gélineau que otras muchas familias habían optado por su misma puntualidad. <<¡Cuántos viajeros! —constató Maurice algo apesadumbrado— Quizás no debimos…>> Emma lo asió por la solapa para girarlo hacia ella. Con una de sus encantadoras sonrisas asumió otro de los tantos descuidos de su esposo. Maurice se disculpó gesticulando los pocos signos manuales que había logrado aprender a lo largo de los muchos años de matrimonio. <<Perdóname, querida —concluyó abriendo de manera ostentosamente expresiva el contorno de su boca—. Murmuraba sobre los efectos de las vacaciones pagadas…>> Ésta asintió con la cabeza.

Sorteados por carreras de niños, bultos y maletas, aguardaron el tren de Normandía acotados en un reducido espacio del andén; expectantes ante el continuo goteo de veraneantes. <<¡Prensa, prensa! ¡Compren Le Populaire! ¡España atacada por los fascistas! ¡Compren Le Populaire!>> El alzamiento militar de hacía tres días había desembocado en una situación inquietantemente estanca. <<La guerra deja de apuntar para empezar a ser un hecho.>>, reflexionó Maurice al ojear la portada.

El tren entró en el edificio decimonónico de la gare engrandeciendo ojos de atracción. Estacionado bajo el hangar de metal, apeó montoneras de viajeros con sus correspondientes equipajes. Regresaban de las costas atlánticas. Los mozos de la SNCF iniciaron un trabajo frenético en el único vagón de carga. <<¡Aguarden nuestra indicación para subir!>> —gritaron al unísono varios revisores uniformados desde las bocas de las puertas— ¡Tengan paciencia! ¡Paciencia, por favor!>> Partieron de París acumulando casi dos horas de retraso.

Otros muchos franceses emprenderían sus primeras vacaciones en los días de las semanas siguientes. Una quincena para cada asalariado. Importantes descuentos en los billetes de tren para todos los trabajadores y sus familias. Era la Francia del Frente Popular: cuarenta horas laborales semanales, substanciosos aumentos de sueldo, y miles de esperanzas acumuladas…

<<¡Cuánto verde!>>, espetó Maurice al adentrarse el humeante convoy en las tierras de la isla de Francia. Sus ojos no estaban acostumbrados a contemplar parajes de campos. Había nacido en las entrañas de un barrio obrero en la periferia de la capital; iba a hacer sesenta y cuatro años. Desde que tenía conciencia de sí mismo, se recordaba trabajando. Más tarde, sumó a su esencia proletaria y urbanita la compañía de Emma. La conoció siendo una jovencita diecisiete añera, cuando él contaba veinticuatro. Luchó para conquistarla, acabó enamorándola y, pasado casi un lustro de noviazgo, contrajeron matrimonio.

Unos tíos paternos la habían acogido en París al quedar huérfana a los diez años y la criaron como a uno más de sus otros hijos. Creció agradecida, rodeada de primos. Sin embargo, jamás olvidó sus orígenes. En sus recuerdos dulcificaba las penas vividas en su niñez normanda. <<Mamá murió el día que yo nací. ¡Pobrecita! A papá se le hundió el mundo y, al poco tiempo, su pequeña barca. Era un buen hombre. Vivíamos en un pueblecito llamado Saint-Laurent-sur-mer. Seguro que te gustaría.>> Comunicativa, escribía en una libreta menuda casi todo lo que intentaba expresar. Redactaba mostrando una caligrafía excelente, sin apenas faltas ortográficas. <<Eres la sordomuda más lista y guapa que he conocido jamás.>> Al leer su frase favorita en los labios de Maurice, reía silenciosa la ocurrencia. No recordaba si nació siéndolo o lo fue desde niña. Su padre jamás le habló del día del parto. Para Emma, Maurice fue tanto un infatigable compañero como pertinaz pretendiente, novio atento y esposo adorable. Siempre detrás de alguna idea novedosa que la hiciera feliz; pero, al iniciar aquel recorrido de raíles, sabía que sus días al lado de Emma estaban llegando a su fin. Cada semana que pasaba notaba como su cuerpo se debilitaba de manera irreversible. El humo de las fábricas le había cobrado una esperada factura. No fue de los primeros, ni sería el último obrero en caer enfermo. <<Algo así como una mancha mortal en los pulmones.>> Con esas palabras, pensó, se lo explicaría a Emma el día que le tocara saberlo. <<¡Cuánto verde, querida!>>, volvió a repetir entre toses. Aceptó el pañuelo que Emma le ofreció mofándose irónicamente de sus limitaciones: <<¡No estoy acostumbrado a los aires del campo!>>. Los mismos cromáticos escenarios que contemplaban decenas de miradas a ambos lados del tren. Aquella sucesión de paisajes acabó trayéndole recuerdos fugaces de su abuelo. Viejas historias contadas por aquel campesino emigrado de la isla de Francia. Le quedaba poco de él. Había muerto siendo Maurice demasiado niño. Al regresar de su mundo interior, miró a Emma emocionado. No había nacido en una clase preparada para sordomudos.

Dos años antes de la muerte de su padre, entró en el servicio de una condesa normanda. En las jornadas del castillo, se vio obligada a encontrar el espacio para mejorar la compresión de la escritura y perfeccionar su ya trabajada ortografía. Fue una de las muchas exigencias de la ilustrada condesa. El servicio no podía ser analfabeto. De monsieur Hault aprendió en sus horas libres el grueso de los gestos de la lengua de los signos; encerrada en el salón de los mapas junto a la condesa y su hija menor. Katherine había perdido la capacidad de oír tras una larga enfermedad durante su niñez y, obstinada en ofrecer la mejor educación a sus hijos, su madre contrató los servicios de un logopeda especializado en la lengua de señas francesa.

Emma rescató de la evasión a Maurice mostrándole su cuaderno de habla: <<¿Te acuerdas de nuestro primer día?>>. Se había prendado de ella en la primera mirada. Compraba junto a sus primas en un colmado del barrio, pero no se atrevió a decirle nada. <<Sí, fue una tarde de verano junto al Sena.>> Emma se adentraba en un banco en las aventuras de Los tres mosqueteros. Volvió a escribir: <<Al observar los campos abiertos, regresé por unos instantes al siglo XVII de aquella novela. He imaginado al valeroso D’Artagnan cabalgando hacia la costa…>>. Emma narró a su esposo una aventura que sabía no había leído: de una reina de Francia,  de un joven aspirante a mosquetero real y del poderoso duque de Buckinham. La reina consorte había encomendado al intrépido gascón entregar una carta vital a su amante inglés… Maurice cogió de la mano a su esposa. <<Sabes, querida, me has hecho recordar que yo también tenía pensado escribir una carta, pero no a un duque, sino al presidente de Francia. Mira este sello… Lo compré en honor a tu estimada  Normandía.>> Tras ensalivar el franco y medio con la estampa del trasatlántico Normandie, lo pegó en la parte superior de un sobre blanco. Tenía por costumbre sellar las cartas antes de empezarlas. Seguido, tomó papel, pluma y apoyo. “A León Blum…” Dejando atrás arboledas y campiña, le agradeció en un francés salpicado de incorrecciones sus germinales vacaciones. Emma regresaba tras muchos años a su tierra natal, y Maurice podría ver por primera vez en su vida el mar. Era consciente que también sería la última. No iba a poder disfrutar un próximo verano. <<¿Qué te ocurre Maurice? Estamos a punto de divisar el océano del que tanto te he hablado…>> El ataque de tos que le retorció en el asiento ahogó la respuesta. Desde un preocupado silencio, Emma intuyó que su marido se estaba muriendo. <<No llores querida… lo acabas de decir: vamos a contemplar el mar. Ven.>> Maurice la acercó a su pecho y concentró en la intensidad de un abrazo todo su cariño. Traqueteados, pasaron estación tras estación, dejando atrás vallas y vacas. Una avería en las agujas de cambio detuvo al convoy en la entrada de un pueblecito de la cuenca del Orne que ocultaba la niebla baja. Emma despertó de una frugal cabezada, apoyada sobre el hombro de Maurice, al reanudar el tren la marcha. Éste leía Le Populaire. Tras una sonrisa propia de un reencuentro, vocalizó a los ojos de su esposa las últimas noticias: Madrid y Barcelona habían resistido el primer golpe. <<Inquietante, pero parece que no tiene porqué ir a más. Los obreros están con la República.>>, insinuó para no intranquilizarla. Expresaba un deseo más que una convicción. Si el Frente Popular español entraba finalmente en guerra, su homónimo francés se obligaba por un deber moral a prestar al gobierno de Madrid el auxilio que estuviera en sus manos. Así lo habían manifestado a través de las emisoras de radio varios dirigentes de los partidos y sindicatos de la izquierda. La propia prensa obrera lo había ratificado en las distintas ediciones de los tres últimos días. Maurice vaciló en su posicionamiento guiado por un cierto temor interno: <<Si hubiera un conflicto civil…>>. Eran proletarios como ellos, pero los ecos de la Gran Guerra explosionaban demasiado cerca en el tiempo de una Francia que empezaba a renacer. <<Debo reconocerlo, antes que obrero soy francés.>> A su vez, la sombra alargada de la vecina Alemania se adentró en sus pensamientos como un ente fantasmagórico. Le preocupaban las noticias del nacionalsocialismo que llegaban de ella. Alemania había invadido el territorio nacional de la República dos veces desde el año 1870. <<Dios quiera que no lo intenten por tercera vez… ¡Qué sería de la pobre Emma!>> Sus primas y Maurice eran la única familia que le quedaba. Por más que lo intentaron, no habían podido tener descendencia. La mano de su esposa le asió con fuerza el antebrazo haciéndole regresar de su absorta meditación. Habían entrado en Normandía.

Al dejar atrás las tierras altas, Maurice divisó boquiabierto desde la ventanilla el oleaje marino rompiendo furioso en la costa normanda. Pasados los ondulados montículos de Calvados, el tren detuvo su parsimonioso avance en la pequeña estación de la línea Caen-Cherbourg esperada. Recorrieron a pie el trayecto hasta un hotel repleto de veraneantes de las ciudades. En la esquina de una de las calles, Maurice depositó las dos viejas maletas que cargaba en el suelo para leer las consignas que se enfrentaban por escrito en el muro de una tapia mohosa. Pintada en negro, exclamaba una: “¡Pan, paz y libertad!”. Abajo y en rojo, replicaba la otra: “¿40 horas? ¡La ley de la holgazanería! ¡Ley de la traición nacional!”.

Aguardaron al atardecer para visitar la población y tocar las aguas del Canal. Los pulmones enfermos de Maurice necesitaban reposar.

Saint-Laurent-sur-mer era un pequeño pueblo costero que se engrandecía en los recuerdos de Emma. Asida al brazo de Maurice, detuvieron su paseo frente a las casas adosadas de los señores Gailard, Merienné, Davacens…, graneros con apellidos, una cantina rebautizada, el lugar que ocupó la tienda de víveres, la perenne iglesia estilizada por su sobresaliente campanario… Junto a las viviendas de los antiguos vecinos se levantaban nuevas construcciones de fachadas en gris. Para Emma reflejaban el color de los inviernos marinos. Al final de una callejuela, coloreada por maceteros de flores alineados en las repisas de las ventanas y banderines de Francia, se detuvo  frente  a  una  casita  estrecha  de dos plantas. Malvendida por sus tíos, había encajado sobria el paso del tiempo. Maurice acarició el dolor que despertó en Emma los recuerdos del padre muerto y la partida. <<Fui feliz.>>, acabó asegurando en su cuaderno. Su marido sonrió al leerlo.

En las escaleras que descendían a la playa de Saint-Laurent, un grupo de jóvenes de las ciudades cantaban la internacional hondeando banderas de trapos rojos. Emma se descalzó al pisar la arena, cogió de la mano a su esposo y caminaron hasta la orilla de la primera crecida. Agachada acarició los finos granos mojados con la yema de sus dedos. Maurice imitó el gesto dejándose atrapar la mano por la marea. Miró al horizonte e inspiró lo más hondo que su cáncer avanzado le permitió recordando las palabras de su esposa al entrar en el pueblo: <<¡Huele a mar!>>.  Sentados sobre el ocre arenoso contemplaron la subida sin pausa de la marea. <<Transmite serenidad.>>, apreció Maurice.

En la mañana del último día de estancia, observaba la alejada silueta de Emma sentado sobre un muro de piedra: su esposa se mojaba los pies en los charcos que salpicaban la arena de la bajamar. <<Te acercas al final, Maurice, tan solo construyes metáforas de distancia y soledad.>> Extrajo del bolsillo derecho del pantalón la carta que había empezado en el tren, se ajustó las lentes y desplegó las cuartillas inacabadas. En ellas había plasmado las sensaciones de aquellos días. Emma se acercó despacio hasta él rehaciendo las pisadas de sus huellas. <<¿Quieres leerla?>> Lagrimosa, confirmó a través de la letra de Maurice su inminente muerte. <<Aunque suene a tópico, tienes que ser fuerte —le dijo al abrazarla—. Cuando vuelvas los próximos veranos, no dejes de sonreír a los niños que corretean sobre la arena. De la misma manera como lo has hecho durante todos estos días. No llores, ¡por favor! Sabes que me encanta verte sonreír. Prométemelo. Yo estaré aquí sentado, sobre este mismo muro, observándolos jugar mientras tú te mojas los pies en la orilla.>>

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Simplemente ME ENCANTÓ! A pesar del final presentido.
    El tema, los personajes, los escenarios, la época!

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