Un sueño bahiano. Autor: Rosario Paguillo

“Señoras y señores pueden desabrocharse el cinturón de seguridad, hemos llegado a Salvador de Bahía, Brasil”, dijo una voz agradable que se oía por la megafonía de esa pequeña caja enlatada en la que íbamos agazapados unos casi encimas de otros. Por fin pude estirar mis piernas y mis brazos en modo de desperezo, el viaje duró doce interminables horas en las que estuvimos atravesando el océano Atlántico.

Nada más bajar del avión una bofetada de aire caliente me azotó la cara, agarré mi mochila con fuerza, la coloqué bien en mi hombro y me adentré a través del túnel acristalado que tenía aquel aeropuerto por donde podía ver como se retiraba el avión que me trajo hasta este cambio de aires y me ayudaría a encontrar la razón de seguir viviendo.

Son las 11 de la mañana, hora bahiana, y hace un calor sofocante,  hago un gesto con la mano y automáticamente se me acerca un taxi blanco con unas líneas transversales roja y azul, el conductor, un chico de color me indica que puedo subir y nos ponemos en marcha, explico al chico como puedo en un idioma medio bahi-ñol que quiero que me lleve al centro de la ciudad, el camino fue bastante espectacular sobre todo al presenciar aquellas urbanizaciones tan peculiares, se trataban de las ya conocidas favelas, aunque resultó que yo estaba bastante equivocado y estas montañas de casas de ladrillos apiladas unas encima de otras y con un aspecto cuanto menos fantasmagóricos resultaban ser viviendas  humildemente familiares en las que uno podía decidir si pagar más o menos impuestos si no enfoscabas la fachada de la vivienda, una explicación que me hizo ver que meramente esto se trataba de turismo.

Nos adentramos entre callejuelas a un lugar llamado pelourinho me sorprendió ver como una pandilla de niños que no tendrían más de unos cinco años de edad corrían a toda prisa persiguiendo aquel taxi, era un grupo de unos siete u ocho pequeñajos, llevaban en sus manos unas especies de rosarios y amuletos que intentaban hacerme llegar metiendo sus pequeñas manitas entre las ventanas  del taxi, gritaban y me mostraban todo lo que llevaban sin parar de correr al lado del taxi, yo un poco asustado pregunté al taxista si este lugar sería peligroso, el chico se limitó a encogerse de hombros en un gesto de no querer comprometerse mucho a dar una respuesta poco acertada.

Pagué al taxista 50 reales antes de salir del vehículo, me pareció bastante caro pero supuse que era el precio que debía de pagar por tener el aspecto de turista que me caracterizaba. Los chicos me seguían gritando cosas que yo no conseguía entender, les decía que no con la cabeza pero los chicos insistían, entre esas me andaba cuando vi una especie de Hostal,  en la puerta había un cartel que ponía Posada Carioca, entré un poco agobiado intentando escapar de aquellos chicos cuando me topé con la dueña del lugar, tengo que decir que bastante atractiva, tenía la piel canela y un pelo muy rizado, los ojos de un color miel y un acento un tanto gracioso, se dirigía a los chicos y movía sus brazos en modo de aspaviento mientras intentaba largar a los chicos del lugar, ¡no queridos, no, obrigado garotos, muito obrigado , deixar em paz ao senhor ¡, decía,  le agradecí haberme ayudado a deshacerme de ellos -mi nombre es Jaquelin,  pero todos me llaman Jaq, dijo, he visto que estabas un poco apurado, debes tener cuidado con ellos, son rápidos y avispados, siempre debes andar decidido por aquí, con la cabeza bien alta e intentando alejarlos, recuerda también que no debes andar por estos barrios una vez se esconda el sol, es muy peligroso, le agradecí nuevamente su consejo y aproveché para pedir hospedarme en su posada ya que pronto oscurecería y no me vendría mal tener un sitio seguro para dormir.

La chica cogió una llave de un cajetín y me adentró en lo que parecía su casa, bastante grande por cierto, la seguí un poco extrañado, había oído que las llamadas posadas aquí eran como los Hostales, pero lo que más me extrañó es que al llegar a lo que parecía la cocina comedor de la vivienda  nos cruzamos con lo que podían ser más bien su familia, estaban todos sentados a la mesa y comenzaban a almorzar, era un grupo de unas cinco personas que me dieron las buenas tardes al pasar.

Subimos por unas escaleras estrechas hasta una planta superior y llegamos a un descansillo en el que pude observar cuatro puertas blancas, la chica se dirigió a una de ellas, introdujo la llave y la abrió indicándome el camino para entrar. Me acomodé en mi habitación un poco extrañado por toda la situación, era pequeña pero estaba limpia, tenía una cama amplia en el centro de la habitación, una tele y un pequeño aseo con una mini ducha, decidí tomarme una ducha antes de comer y cambiarme para poder aprovechar la tarde y sacar mis propias conclusiones a cerca de porqué había llegado hasta aquí de aquel modo.

Cuando me hube aseado bajé hasta la recepción y pedí a la chica que me indicara un lugar para almorzar, la chica cruzó la calle conmigo, nos adentramos en lo que parecía una pequeña taberna y ella se dirigió a una señora que parecía ser la camarera, iba vestida toda de blanco, con un traje un poco extraño, la vestimenta se componía de falda, bata de encaje, muchos collares, pulseras y un turbante,  la chica me indicó que había pedido una comida típica de la zona  lo que parecía llamarse algo como “moqueca” , yo pedí una cerveza, lo cual tuvo su gracia cuando me la trajeron a la mesa ya que venía dentro de una especie de funda térmica, cosa que no me extrañó nada ya que la temperatura que hacía aquella tarde debía de superar los cuarenta  grados, me trajeron la comida en una cazuela de barro,  era una especie de guiso de gambas frescas condimentado con hierbas, limón y cebolla, la impresión no fue muy buena al principio pero su sabor era peculiar, le pregunté a la señora por los ingredientes y me comentó que estaba elaborado con leche de coco y aceite de dende,  que por lo que me explicó era un aceite extraído de un fruto de palmera.

Comenzó a nublarse por lo que le pedí a la mujer que me cobrara para poder irme, es algo usual que de buenas a primeras el cielo comience a oscurecerse y caigan unas gotas de aguas, me dijo ella, al despedirnos, me indicó que tuviera mucho cuidado al andar con la lluvia por aquellas calles empedradas ya que son muy resbaladizas, me contó la señora que aquellas calles fueron construidas por los negros esclavos con grasa de ballena, esos esclavos construyeron todo lo que mis ojos pueden presenciar en pelourinho, me dijo, puedes ver muchas columnas de madera, llamados pelourinhos, fijadas en la plaza y otros lugares públicos para castigar a los esclavos infractores, un pelourinho era un símbolo de autoridad y justicia, para algunos, y un sitio de castigos e injusticias para la mayoría, de ahí el nombre de este lugar.

Me despedí de la señora que había sido muy simpática, caminé cabizbajo pensando en la historia que me había contado y presenciando cada centímetro de aquel entramado de piedras uniformes por el que pisaban mis pies. Paseé por los callejones llenos de luz y color alucinando con esas construcciones tan pintorescas, puertas de maderas viejas y rejas adornaban las fachadas de las casas de colores, se oían risas y tambores en cada esquina y a lo lejos vi como un grupo de personas se reunían en forma de coro cantando y tocando las palmas al son de la música, apreté el paso para asomarme y vi como un grupo de muchachos y muchachas bailaban al compás  de la música, saltaban y giraban, más bien parecía una especie de pelea callejera. Alucinado con aquel baile y viendo  que ya oscurecía recordé el consejo de Jaq, volví a mi posada y me tumbé boca arriba en mi cama pensando por donde podría  comenzar al día siguiente, crucé mis brazos por detrás de mi cabeza y con el retumbar de aquellas canciones y palmas en mis oídos el cansancio de todo el día hizo mella en mi.

A la mañana siguiente estaba en planta a eso de las 9, recordé que servían el desayuno y decidí plantarme en el comedor a tomar algo de café. Había más personas que la tarde anterior, debían de ser mas inquilinos, tomé un café de la mañana como se llama aquí el desayuno y pregunté a Jaq sobre el baile que vi ayer tarde, me contó que se llamaba Capoeira, surgió con los esclavos como una forma de resistencia a la opresión, un arte practicado en secreto, nació como una forma de disimular el hecho de que los esclavos se estaban entrenando para pelear (contra sus dueños), ocultándola bajo la forma de una alegre coreografía de danza.

Me eché a la calle buscando un porqué, una respuesta, en mi habitación había analizado mi cuaderno de notas, aquellos sueños que pasaron por mi cabeza años atrás, aquellas casas de colores, todas esas imágenes, ese hombre que aparecía allí, sentado, con el semblante serio, decidí comenzar por las iglesias, cogí el mapa que me había preparado en casa y las páginas que había impreso con los datos de internet y fui siguiendo el callejero y visitando todos los lugares típicos de la zona, un bellísimo entramado de lugares de culto, construcciones que reflejaban la magnificencia de sus palacios, iglesias y conventos coloniales, la mayoría de los siglos XVII y XVIII, no conseguí ver nada que llamara la atención de mis sentidos, nada que me recordara a algo que hubiera visto antes, cansado y aturdido por el calor decidí parar a comprar un coco helado que vendía un chico con un carrito verde con ruedas que más bien parecía un carrito de helados, no tenía ni idea de lo que era pero me decidí a probar, el chico sacó un coco del fondo del carro y con un gran machete pegó fuerte a un extremo e hizo una abertura por la que introdujo una cañita, pagué un real por él y seguía mi camino cuando me topé con otra gigantesca iglesia, entré en ella decidido cuando el reflejo me hizo entornar los ojos, di un paso atrás impresionado, cuando me repuse paseé por su interior, sus paredes estaban totalmente forrada en oro, estaba solitaria, observé cada detalle, cada rincón, analicé los candelabros que salían de la pared en forma de brazo que sostenían una vela, en el retablo sobre un Jesús crucificado de un brazo se abraza un san francisco de asís arrodillado, la imagen me impresionó pero fue al girarme cuando lo vi, me quedé petrificado, una virgen de piel negra, ella aparecía en mis sueños, mi piel se erizó, leí un pequeño letrero que había a sus pies en el que ponía Nuestra señora de Aparecida. Cuenta la leyenda que un pescador acostumbrado a pescar en una playa de un lugar llamado morro de sao Paulo sacó una estatua sin cabeza, lanzó de nuevo la red y sacó, entonces, la cabeza,  para su sorpresa vio que era una Virgen Negra. La leyenda dice que una vez que sacó  el cuerpo y  la cabeza, la silueta endeble de la Virgen aparecida se volvió extremamente pesada.

El hombre negro  que  aparecía en mis sueños  estaba siempre en un lugar oscuro, parecía una cueva, pero había más hombres negros metidos en agua, un halo de luz se podía ver al fondo de la nave pero la silueta que se podía apreciar era la esta virgen, eso me hizo ver que mi destino tenía un fin y mi fin estaría aquí.

Cogí un autobús que me llevaría a un barrio más apartado, en el trayecto pude ver como los chicos que salían y entraban de los colegios iban vestidos con un atuendo algo peculiar, iban uniformados, parecían pequeños soldaditos, por un momento pude imaginar a los niños españoles de las postguerra, inmerso en mis cosas llegamos a la parada, caminé por un nuevo barrio, disfrutando de sus tiendas, sus olores cuando me aproximé a lo que parecía ser un acantilado, pude ver que debajo habían mas comercios, el puerto y un mercado, me explicaron que debía tomar un ascensor para bajar, tomé aquel ascensor  y llegué al barrio bajo, investigué por la zona pero ya cansado y justo antes de volver a la posada pensé en entrar al gran mercado que vi desde arriba, llamado Mercado Modelo que había justo en frente del elevador a comprar algún suvenir, anduve por cada calle, todos querían venderte algo, miré cada puesto y compré algunas cosas para llevar de recuerdo a España, cuando volvía pude ver un letrero con una flecha enorme que me indicaba subsoló (subsuelo), mi intuición me decía que tenía que verlo, había una valla que prohibía el paso pero tenía todo el tiempo del mundo para esperar, en cuanto pude ver que no había nadie rondando por las proximidades me lancé tras las vallas y bajé las escaleras a toda prisa, había una especie de sótano, seguí un estrecho pasillo oscuro que acababa en arco, cuando llegué hasta él pude ver como un laberinto de arcos de media punta se cruzaban entre sí, ese lugar daba mucho miedo, miré mis pies y estaban encima de una chapa, bajo esa chapa pude ver agua, fui levantando la mirada poco a poco aclimatándome a la oscuridad y pude observar que era otro de los lugares que ya había visto antes.

Morro de Sao Paulo era una pequeña isla situada al otro lado de la bahía, un pequeño pueblo de pescadores, me despedí de Jaq a la mañana siguiente y agradecí la información de cómo podía llegar hasta allí, tomé un catamarán en el puerto de mercado modelo y atravesamos la bahía de todos los santos durante dos horas que duró el trayecto, llegamos a un pequeño pueblo llamado itaparica, allí tuve que preguntar a varias personas para conseguir saber cómo podía llegar hasta morro, por fin me indicaron el autobús que debería de tomar, subí a él y nos adentramos en el bosque, fue un camino largo, aproximadamente tres horas más de camino hasta llegar a un pequeño embarcadero, había dos barcas viejas y un chico negro se me acercó y me preguntó a donde viajaba, le comenté el destino y se ofreció a llevarme en lancha por el módico predio de diez reales.

Entré a la Isla por una especié de fuerte, y me asombró ver como todas las calles eran de arena fina, no había asfalto, no habían grandes construcciones, solo casas pequeñas de pescadores y gente de la zona, un lugar tranquilo, ni siquiera existían en aquella isla vehículos a motor, llegué a una especie de mirador de madera y fue cuando quedé enamorado de aquella isla, desde allí solo se podía admirar la belleza de un paisaje azul turquesa, rodeado de arena y cocoteros, me adentré y pude oler un dulce aroma a miel y queso, puse mi mochila en el suelo y me lancé al agua, ese lugar me produjo una sensación de alivio y paz, cuando refresque mi cuerpo me quedé en la arena tumbado boca arriba dejando que el mar mojara mis pies a la sombra de las palmeras.

Cuando me sentí lo bastante aliviado busqué un lugar para pasar la noche, hablé con un muchacho de color que me llevó por un estrechísimo callejón, él iba delante y yo me dejé guiar, entramos en una posada y el muchacho le dijo algo al dueño de la casa y se marchó, yo me quedé allí plantado, el hombre con un gesto serio me pidió que le siguiera, me llevó hasta una habitación y allí me entregó la llave.

Pasaron unas semanas, yo había cogido bastante confianza con Claudio el hijo del casero, él me enseño la isla, había cuatro playas de las cuales más impresionantes, buceábamos todas las tardes y charlamos hasta altas horas, le conté lo que vi bajo aquel mercado y él me contó que lo que yo había visto era un lugar de sacrificios, encadenaban a los esclavos y los sumergían en agua hasta el cuello como castigo en las profundidades de aquel misterioso lugar, aquella historia dejó mi corazón sumido en una gran tristeza.

Una tarde cálida decidimos ir a bucear un poco, nos encontrábamos en la playa numero 2, colocándonos las aletas cuando oí gritos, una mujer gritaba desde la orilla desesperadamente, miré al mar y vi como un brazo salía a la superficie, corrí y me lancé al agua, nadé mar adentro luchando contra las corrientes,  peleé contra las olas y cuando llegué hasta el sitio en que lo hube divisado no lo encontré, me sumergí hasta el límite de mi respiración pero no conseguí alcanzar nada, de pronto algo me agarró la pierna, era una mano, me retorcí sobre mi cuerpo y agarré aquel brazo, era un niño, le agarré con fuerza y lo saqué a la orilla, el chico estaba prácticamente muerto, coloqué su cuerpecito y le realicé la reanimación de la mejor manera que supe, el chico comenzó a toser y a expulsar agua de sus pequeños pulmones.

Mi vida recobró su sentido, aquel chico, Diogo, era hijo de René, René era pescador, una vez sacó una virgen del fondo de las profundidades de este mar, él la donó a la iglesia de San Francisco en pleno centro de la ciudad, me contó que una vez san francisco lo ayudó cuando él era un esclavo que estuvo a punto de morir también ahogado como su hijo. En ese momento guardé mi secreto y supe que aquel era mi lugar en el mundo.

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