Punta Desnudez. Autor: Patricia Odriozola

Punta Desnudez[1]

Dicen que venía de Europa del Este, y que llegó a estos pagos traído por tres cosas: el hambre, la necesidad de huir, y las ganas de aventura -aunque no estrictamente en ese orden-. Para entonces pasaban por el puerto de Buenos Aires cientos de italianos y españoles que, a falta de un mejor destino, se apiñaban en los conventillos del sur a la espera de una prosperidad que se demoraba más allá de sus deseos y su aguante. No fue el caso de él, que se vino de inmediato para Orense y, en cuanto bajó del tren, se largó a andar por las calles sombreadas con una vitalidad que muchos confundieron con alegría. Recorrió el pueblo brevemente –el tiempo suficiente para conseguir un poco de galleta y queso-, tomó el camino de tierra rumbo a la costa, y avanzó con resolución en el aire de primavera.

Doña Amparo, que no lo conoció pero escuchó de buena fuente su historia, juraba que había una razón secreta y real para venir a caer tan lejos de casa, en esta pampa verde, dramáticamente diferente de las arideces de su tierra; que había matado a un hombre, decía doña Amparo, en tiempos de paz y por una disputa sin importancia: el otro le había quitado una gallina, o se la había malherido con un puñal de bronce. Tampoco se supo si venía contratado desde Buenos Aires o si al enfrentarse a la majestuosa tranquera de los Williams Álzaga decidió que ese era el punto adonde la Providencia había querido traerlo. Como fuera, entró a trabajar el campo con un jornal aceptable y bajo un nombre que no era el suyo: pese a sus intentos, el capataz –hombre rígido y de buenos sentimientos- no consiguió deletrear esa demasía de consonantes que sonaba a trabalenguas; y él, que nunca había aprendido a leer ni a escribir, poco pudo hacer para ayudarlo.

Pero cuando el verano llegaba a su fin y la tarde, en su caída, se enturbiaba con la bruma que venía del este, anunció en su áspero idioma que se iba de la estancia. Cierto es que el conchabo le había servido para olvidar el hambre durante unos cuantos meses. Y que ya ni siquiera era imperioso huir: estaba a miles de kilómetros de casa y, salvo el capataz y el resto de la peonada, nadie lo conocía. Las ganas de aventura podían también darse por satisfechas: en la travesía del Atlántico en tercera clase había sobrevivido a dos tempestades, rugientes, furiosas; había aprendido a conocer y a amar esta llanura, verde versión del infinito, el opuesto perfecto de su hogar ocre y gris; la convivencia en un galpón hacinado lo había enfrentado a la necesidad de escuchar día y noche una lengua fría, de vocales vulgares y palabras cortantes, carente de la música de su idioma natal; y una mañana, por fin, había conseguido doblegar una yegua rebelde: mientras cabalgaba por el monte de pinos esas riendas habían sido por un instante el mundo, rendido y anhelante, quieto en sus manos.

Desde el primer día había adoptado la barraca en particular y la estancia en general como su único lugar en la Tierra. Había rechazado con señas de extrema cortesía cada invitación de los compañeros –también hechas con señas- a concurrir a los bailes que cada tanto se realizaban en el pueblo y en las otras estancias. Se las había ingeniado para no tener siquiera que asomarse más allá de los alambrados. Sumergido en la rutina aplastante del campo, desde la primavera sus días habían sido mansos, previsibles, colmados de una dulce monotonía. Y ahora, o porque el aire empezaba a tensarse en la preparación del otoño, o porque en el cielo empezaban a navegar unas nubes gordas y macizas como un sueño realizado, había llegado la hora de irse una vez más.

No hizo caso a la mímica tristona con que la peonada intentó convencerlo de que se quedara, volvió a juntar la ropa en un atado informe, cruzó la tranquera y se quedó parado un rato largo, como si esperara una señal divina que le dictara hacia dónde ir. Nadie podría decir a ciencia cierta si la señal llegó o no hasta él, pero de pronto tomó el camino hacia el este con una avidez que le apuraba las piernas y le agitaba el ala del sombrero de fieltro. Casi sin aire, al fondo del camino cruzó a campo traviesa la pequeña loma que se alzaba delante de él, y cuando llegó a su punto más alto se restregó los ojos. No quería perder detalle de la visión más hermosa que había tenido en su vida.

Era el mar, sí, para entonces un viejo conocido que ahora se le aparecía bordeado de una espuma morosa que iba y venía en un vaivén encantador. Era el cielo, de un celeste furioso en el cenit y de un azul pálido en el horizonte, donde se mezclaba con las aguas del mar. Era la luz del sol bajo la cual los contornos se endurecían en brillos y aristas y las superficies refulgían como metales bruñidos por los dioses. Pero era algo más. Las arenas que desafiaban a la gravedad y se levantaban en suaves cumbres y declives sinuosos; la idea y la certeza de la eternidad moldeada en curvas y volúmenes que apenas siseaban cuando soplaba la brisa marina. No eran dunas, no: eran mujeres: voluminosas damas hechas para la magia y la maravilla; cimas y lomadas decididamente femeninas, con la exquisita alternancia de lo cóncavo y lo convexo que define un cuerpo preparado para alojar la vida.

Hasta entonces él había existido para el trabajo y para el presente, el tiempo dividido entre la obligación y el descanso; el devenir leído en cuanto urgencia o amenaza. Sin vocación para la sensualidad, las comidas sabrosas, el almizcle y el clavo de olor, las imágenes bonitas, los colores pastel, el lomo mullido de un pequeño gato y aun la diferencia entre el frío y el calor no habían representado para él mucho más que los datos de una realidad seca y estéril; detalles banales de un mundo más parecido a un decorado mecánico que a un universo personal.

Si un momento puede justificar una vida, fue entonces cuando, de pronto, como si un jeroglífico se desplegara en toda su esencia, claro y nítido, sin enigmas ni misterios, adquirieron sentido los años pasados y los años por venir. A medida que el sol avanzaba hacia el horizonte las formas se develaron más y más bellas; magníficas mujeres oscilando de la lujuria al recato; gloriosa, exultante desnudez original que, apenas cubierta por una insinuación de sombras, lo invitó a quedarse para siempre.


[1] Punta Desnudez es el nombre de una pequeña localidad sobre la costa atlántica argentina. También se la conoce como “Balneario Orense”.

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