Misteriosas Galápagos. Autor: Ana Carolina Mercado González

Junio de 2005

Acababa de sonar el despertador a las siete en punto. Hoy debía madrugar porque tenía el último examen antes de mi merecido descanso vacacional.

Bajé las escaleras rápidamente y besé la mejilla de mamá. Pegué un sorbo al tazón de leche aún humeante, y me marché corriendo a clase.

A estas alturas del año estaba deseando que llegasen las vacaciones. Los exámenes me suponían un importante esfuerzo. Además llevaba meses preparando el proyecto que tendría que defender ante el engalanado retén de doctorados de mi facultad y no tuve demasiado tiempo para el febril estudio que merecían las demás asignaturas. La física cuántica y la meteorología consiguieron llevarme por el camino de la amargura durante días, en los que sólo soñaba con cumulonimbos y enrevesadas fórmulas matemáticas.

Finalmente, conseguí sacar todas mis asignaturas con un notable alto del que me sentía especialmente orgulloso y que me permitiría relajarme hasta comenzar el nuevo curso.

El día que comenzó mi viaje desperté sudoroso. La noche debió presentarse agobiante y no descansé bien. Notaba una humedad excesiva que se pegaba a mi cuerpo y el calor era verdaderamente insoportable.

De repente sentí algo pringoso en la cabeza. Al apoyarme sobre la superficie donde yacía, noté que me encontraba sobre arena. Sobre mí, un enorme datilero del que colgaban unos frutos que lloraban un néctar dulzón: el responsable del pringue que cubría todo mi pelo.

Volví a abrir los ojos muy inquieto y los noté legañosos. Necesitaba gritar… o llorar. No sabía que hacer, me notaba muy exaltado.

En ese momento advertí que no me encontraba en casa, sino que estaba en una playa rodeado de mar y arena por todas partes. Miré detrás de mí y únicamente me rodeaban árboles formidables e inmensos helechos que jamás había visto.

-Al menos no he acabado en la línea de combate -dije sarcásticamente y me levanté todo lo deprisa que pude.

Al ponerme de pie sentí un fuerte dolor en la cabeza. Miré mi ropa y estaba cubierta de sangre. Revisé mi cuerpo por completo: tenía contusiones por los brazos y las piernas, y del labio brotaba un chorro de sangre caliente.

Me encontraba realmente dolorido y mareado así que volví a sentarme sobre la arena mientras me limpiaba la sangre seca con la manga de la camisa.

En muchas ocasiones había deseado estar en un lugar como en el que me encontraba ahora. Un espacio inalterado donde descubrir misterios ocultos que aún nadie había podido encontrar. Pero la verdad, jamás había pensado que esa fantasía iba a realizarse en estas circunstancias…

Aún así, quise tomarme esta experiencia como un verdadero regalo de la vida, ¿por qué no? Un viaje que jamás olvidaría y que seguro contaría a mis hijos y a mis nietos.

Comencé a deambular por aquella playa virgen en la que minutos antes había despertado. Era extremadamente ancha y mi vista no conseguía ver su final. Por el suelo, cangrejos escarlatas con forma de herradura salían de sus escondrijos huyendo despavoridos rumbo a la espuma del mar.

La arena era tan fina que a cada paso que daba se metían por mis zapatillas minúsculos granos de arena. Me descalcé y anudé los cordones de las deportivas para echármelas al hombro.

Mientras caminaba mojándome los pies, me seguía una bandada de gaviotas con ojos de un azul muy intenso y una línea oscura que recordaba a los egipcios. Las aves no paraban de emitir un sonido extraño y punzante para mis oídos. Estaba claro que era su manera de recibir al nuevo ser con el que acababan de toparse.

Frente a una zona coralina encontré una laguna que se nutría del agua salada, donde un conjunto de flamencos rosados parecía que estuviesen ensayando un baile sincronizado, dirigidos por dos parejas de blanquísimos pelícanos.

Pasado un tiempo de caminata y después de sufrir varios pinchazos en mi brazo izquierdo, vi un bermejo acantilado de roca volcánica que me esperaba impaciente. Cuando le alcancé me dio una amarga bienvenida: era demasiado escarpado. Aún así, decidí trepar por él a ver si desde arriba localizaba alguna embarcación que pasara por allí.

Comencé a ascender ansiosamente por esa superficie totalmente tapizada de una alfombra color grana de líquenes que le daba ese tono tan hermoso.

-¡Ay! -Emití un agudo quejido cuando pisé la rugosa superficie. ¡Me había clavado las espinitas de un cactus morado!

Me quité los pinchos incrustados y me calcé. Después me até la camisa a la cintura quedándome con la camiseta que llevaba debajo.

Al principio el ascenso no fue difícil, pero conforme la pendiente era más acusada, en más de una ocasión tuve que aferrarme con fuerza a las hierbecilla que colgaba del sustrato. En los últimos metros el gateo fue la única opción posible si quería alcanzar la cumbre.

Desde allí arriba me fijé que la parte superior del acantilado conducía directamente a la selva y por tanto, no iba a ser necesario volver a emprender la dificultosa bajada que me esperaba.

Una vez relajado, respiré hondo y al hacerlo noté dolor en el diafragma. Repetí de nuevo la inspiración y sentí un nuevo tirón. En ese momento me dí cuenta que tenía alguna costilla rota.

Me olvidé del dolor en el momento que comencé a contemplar el bello lienzo que tenía delante. La escena que me encontré era un verdadero espectáculo, un regalo por el sobreesfuerzo que había realizado.

Un paisaje lleno de paz y tranquilidad me abrazaba. La bella orquesta de aves exóticas que selva adentro me esperaba, no hacía más que impacientarme. Allí arriba el viento me susurraba, aunque a la vez me sacudía fuertes bofetadas en la cara. Parecía que alguien me castigaba por estar lejos de casa.

Contemplé un águila pescadora que volaba sobre mí y que gritaba a su pareja que le esperaba junto a su pequeño pollo en el nido, metros más abajo de donde yo me encontraba.

El macho alzó el vuelo moldeando el viento a sus anchas y bailando con las corrientes de aire realizaba elegantes acrobacias hasta que cayó en picado hacia el agua. Consiguió sumergir totalmente su cuerpo emplumado en el salado caldo y segundos después, salió con una enorme presa en su afilado pico. Un alargado y serpenteante pez gelatinoso quería escapar de aquel punzante cuchillo que le sujetaba con fuerza de la cabeza. El águila retomó su vuelo de forma majestuosa hasta que regresó al nido con la recompensa.

Jamás tuve ocasión de disfrutar de una fascinante exhibición de la naturaleza como la que había presenciado en ese momento. Me encontraba maravillado con el nuevo mundo que acababa de descubrir y con las experiencias que estaba viviendo. Ahora tendría la oportunidad de saber quién era. Este viaje me ayudaría a conocerme y a saber más de mí mismo, de mis sentimientos y de mis miedos.

De vez en cuando unos punzantes pinchazos en los brazos me devolvían a la realidad. El dolor de cabeza no se alejaba y con el calor, y el intenso Sol del momento, la migraña comenzó a acrecentarse. Además mi cuerpo hacía rato que pedía a gritos un poco de agua y observar el mar me hacía notar aún más pastosa mi boca.

Tampoco había rastro de ninguna embarcación, aunque sí de un numeroso grupo de delfines que saltaban al ritmo del oleaje. El más pequeño destacaba en el grupo por sus alegres brincos y todos le imitaban hasta que se perdieron en el horizonte.

Continué mi aventura adentrándome en la espesura de la selva. Entre la verdura del suelo vivía una amplia comunidad de insectos. Aluciné con escarabajos dorados que portaban enormes ramas y me asombré con diminutas aves de patas color berenjena. De repente, escuché una sinfonía en el interior de mi estómago: debía ser la hora de comer, pero como nunca llevaba reloj… con los móviles no hacía falta llevar uno.

Dejando mi reflexión de lado, recordé que debía llevar el aparato encima. Me eché la mano al bolsillo del pantalón pero no había rastro del teléfono.

-La aventura es la aventura -me dije.

A mi paso las esencias que descubría me maravillaban, además la altura de la vegetación no dejaba que entrase un ápice de luz. Me puse de nuevo la camisa aún húmeda y me acomodé sobre una gran piedra que no dejaba crecer las raíces de un árbol vecino.

Allí, rodeándome las rodillas con los brazos contusionados, examiné totalmente absorto la belleza que me envolvía. El sigilo del momento se rompía con el sonido de una cascada.

Deshidratado, comencé a caminar hacia donde me llevaba el frescor.

Después de andar unos metros me topé con aquel paradisíaco espectáculo. El espesor del bosque dejó un claro donde se había depositado una enorme cantidad de agua que manaba con fuerza de las alturas. Los chorros de agua formaban un arcoiris que jugaban al escondite con el Sol.

Con mis manos en forma de cuenco, bebí ansiosamente. Parecía que nunca iba a saciarme…

Escuchando como respiraba la selva, oí unos pasos tras de mí. Me giré y entonces le vi.

El intruso era un anciano con aspecto desaliñado y una larga cabellera, aunque la parte más alta de su cabeza estaba desnuda.

-Oiga, ¿qué hace aquí? ¿Quién es usted? -Pregunté rápidamente haciendo visible mi nerviosismo.

Mientras que el hombre me miraba fijamente, empecé a analizar sus rasgos: pequeños y redondos ojos grises que resaltaban en su lechosa piel, destacada narizota y cutis totalmente cubierto de una barba amarillenta.

What are you doing here? -Dijo con un acusado acento inglés.

Mi única preocupación era encontrar la forma de que mis cuerdas vocales volvieran a funcionar como siempre. En ese momento sólo trabajaban mis ojos que se dirigían directamente hacía los ropajes del señor.

Yo llevaba puestos unos desgastados tejanos, Converse amarillas y una camisa a cuadros aceitunada. Él, pantalones de pana, chaqueta bastante sucia que le quedaba grande no dejando al descubierto sus manos, y unos zapatos que parecían no haberse limpiado en años: sus suelas goteaban algo semejante al fango y a uno le faltaba el cordón.

De nuevo intenté articular palabra.

Good morning, Sir -murmuré con mi voz aún no recuperada del todo. I’m spanish, do you speak my language?

El señor parecía querer salir corriendo en cualquier momento, pero asintió con su cabeza y de su boca salió un gran vozarrón.

-Sí, joven. Le entiendo perfectamente aunque hace tiempo que no hablo su idioma. -Dijo. Hace años viajé a Lanzarote y allí aprendí español.

Dejando a un lado su recelo, el señor se acercó cordialmente a estrecharme la mano.

-Me llamo Argel y no sé cómo he acabado en esta isla. -Le dije sobresaltado.

-Mi nombre es Charles Darwin, tripulante de la malograda nave Beagle. -Contestó apretando firmemente mi mano derecha. La tripulación fue engullida por una ola y la marea me arrastró a estas costas, a la zona que bauticé como Las Movedizas.

No podía creer lo que estaba escuchando, ¿Charles Darwin? ¿Superviviente de un naufragio? ¡Pero si ese señor murió en el siglo diecinueve! Sospechaba que este hombre me estaba tomando el pelo o no se encontraba totalmente cuerdo.

Me paré por un instante a razonar lo que estaba ocurriendo y el esfuerzo me hizo perder el conocimiento.

De repente vi la cara de mamá acercándose para besar mi frente… Su delicada piel… ¡mamá! Quise tocarla.

-¿Argel, Argel? -Oí cómo me llamaban con un tono nada familiar para mí.

En ese momento volví a recuperar la consciencia y abrí los ojos.

Aquel hombre, que aseguraba ser el auténtico Darwin, estaba a mi lado abanicándome con una hoja.

-Debería comer algo, muchacho, ¿cuánto hace que no prueba bocado? -Me preguntó mientras me acercaba una fruta con aspecto semejante al kiwi.

Consiguió partirla sin dificultad y me acercó aquel delicioso manjar que comencé a devorar rápidamente. Su sabor era parecido a la fresa y sus pequeñas pepitas peleaban con mis dientes por ser engullidas.

Cuando la fructosa comenzó a hacer efecto en mi cuerpo me sentí mucho mejor.

El amable señor me invitó a acompañarle. Tampoco tenía mejores opciones para elegir, así que le respondí que iría encantado con él.

Hizo un gesto indicándome que le siguiese y se coló en la selva a grandes zancadas. Se resbalaba entre la espesura como nadie, saltaba los árboles caídos ayudándose de una mano y se agachaba sorteando matas cuajadas de afilados pinchos. Su manera de moverse indicaba que llevaría años haciéndolo.

No sabía las sorpresas que quedaban por depararme ni lo importante que había sido conocer a este personaje. Me sentía plenamente feliz. Apenas sentía dolor de cabeza y mis moratones estaban desapareciendo. Deseaba que este viaje no llegara a su fin.

Durante la travesía, una reunión de iguanas nos observaban mientras tomaban el Sol. Los pinzones y verdecillos chapurreaban entre ellos cuando llegamos a la escondida cueva insertada en la roca.

-Aquí estaremos protegidos de cualquier peligro -dijo.

-¿Peligros? -Le pregunté extrañado, afortunadamente para mi pellejo no me había topado con ningún animal que pudiera comerme.

-En la isla hay una numerosa población de cerdos salvajes que fueron introducidos por los primeros españoles cuando llegaron aquí. -Comentó. ¡Un encuentro inesperado con ellos podría llevarnos a una carrera de obstáculos!

En el interior de la cueva descubrí que allí había conseguido crear un verdadero hogar. En medio de la estancia un pequeño fuego caldeaba el ambiente.

Había tallados en madera pequeños animales y restos de virutas esparcidas por el suelo. También montones de monedas doradas y joyones con piedras preciosas que rápidamente me puse a toquetear. En mi vida había visto nada igual, aunque había imaginado botines parecidos cuando leía los cómics de Piratas del Caribe.

-Esta cueva fue refugio de piratas ingleses durante sus viajes de pillaje a los galeones españoles que llevaban tesoros hasta España, en el siglo quince. -Puntualizó.

Maravillado, continué rebuscando entre sus pertenencias, cuando encontré algo que me puso en alerta sobre su identidad. Junto a un lecho de hojas aterciopeladas tan grandes como sábanas, había unos cuadernos con  negruzcas tapas muy desgastadas. Abrí uno cuyo estado era lamentable: faltaban hojas y en otras su tinta era ilegible. Cogí otro cuaderno y en su primera página encontré una preciosa caligrafía en inglés y un título muy sugerente.

-¡No puede ser cierto! -Exclamé echándome las manos a la boca.

-Estos diarios de investigaciones fueron los únicos que conseguí salvar del naufragio. -Dijo Charles muy apenado. Comencé a realizar en ellos mis anotaciones científicas cuando tenía tu edad.

De repente me vino a la memoria un profesor que nos decía que si había algo en este mundo que deseásemos por inalcanzable que pareciese, nuestro deseo sería cumplido, porque nuestra fuerza mental haría que pasara. Entonces fui consciente de que ese misterio, que aún nadie había podido descifrar cómo ocurría, se había hecho realidad en mis propios huesos.

Darwin’s Beagle Diary number 5 -Leí ojeando sus páginas.

Encontré descripciones y hermosos dibujos de arrecifes y extrañas criaturas. También anotaciones sobre la expansión de especies por los archipiélagos de las Galápagos… El señor no había mentido sobre su identidad, me encontraba frente al mismísimo Charles Darwin. Comencé a comprender todo de repente:

Meses atrás, preparando mi proyecto final de curso sobre el excelente biólogo, antropólogo y geólogo Charles Darwin, estudié sus teorías sobre la evolución, indagué sobre las curiosas exploraciones que realizó por medio mundo e investigué animales que solamente él describió ¡algunos de ellos los había visto con mis propios ojos!

Según avanzaba en mis investigaciones sentía verdadera emoción y porqué no decirlo, envidia, por todo lo que Darwin había podido disfrutar, y desee vivir sus mismas experiencias. Ahora estaba haciéndose realidad mi viaje más deseado.

-Todo lo que has conseguido aquí es maravilloso. Estoy agradecido de haberte encontrado. -Le dije a Darwin visiblemente emocionado.

-¿Es qué esperabas encontrarme? -Respondió él, y me guiñó un ojo con gesto cómplice.

Mientras tanto, fuera se hacía de noche. Siempre me había inquietado la oscuridad, además nunca antes había pasado una sola noche fuera de casa. Darwin preparaba mi cama con unas colosales hojas junto a la hoguera. Una gran hoja la colocó sobre el suelo y la otra la dispuso encima a modo de colcha.

-Deberías descansar, mañana nos esperan las grandiosas tortugas de Las Rocosas. -Me dijo Darwin.

Asentí con la cabeza mientras me acostaba en el lecho e inmediatamente cerré los ojos. Estaba realmente emocionado, lo único que quería es que amaneciese cuanto antes para vivir las emocionantes aventuras prometidas.

La mañana llegó rápidamente. Me sentía relajado porque había dormido realmente bien. Ya no había rastro del dolor de cabeza y no sentía dolor en los brazos ni en las piernas. Cuando abrí los ojos, me llevé una sorpresa. La cálida cueva y mi cama de hojas donde me había acostado la noche anterior, dejaron paso a una fría cama en una habitación de hospital. Al mi lado, mamá dormía en una silla acolchada y me cogía la mano derecha. Sobre mi almohada, una diminuta talla de madera de una iguana me miraba fijamente.

-Argel, ¡por fin has despertado! -Me dijo mamá de repente y de sus ojos salieron unas lágrimas mientras me daba un emotivo abrazo.

-¡Mamá! ¿Y Darwin? ¿Y la hoguera? -Preguntaba a toda prisa cogiendo la figurilla tallada de la almohada.

-¿Darwin? Pero, ¿qué cosas dices, hijo? -Sonrió, acariciándome el pelo.

Nunca llegué a entender que fue aquello que me pasó.

Mis padres me confesaron que el hecho de haber vuelto en mí después del accidente, tras haber volado por los aires varias decenas de metros y lo digo literalmente, no podía ser otra cosa que un milagro; y aunque las personas de mí alrededor sufrieron mucho durante las dos semanas en las que estuve en coma, para mí esos días supusieron el viaje más auténtico de toda mi vida.

Viví el Misterio de los Misterios más maravilloso y que me acompañará siempre.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Lo más maravilloso de los viajes son los recuerdos y las experiencias de vida que nos dejan.

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