Madre. Autor: Ruy Berrotarán

El hombre volvió a mirar la aguja del marcador de combustible, lo único que continuaba funcionando en el tablero del Falcon, y que señalaba la reserva, por más que la luz roja no se hubiera encendido. Supuso que la lamparita estaría quemada.

Por delante tenía la misma ruta recta de siempre, formada de tierra dura, coloreada por la arcilla. A los costados, el bosque bajo y espinoso se abría simétricamente a medida que avanzaba, pero ahora sintíó la angustiante preocupación de que iba a quedarse sin nafta en cualquier momento, sabiendo que la estación de servicio más cercana era la de la entrada a Las Lomitas, a unos  treinta kilómetros.

Sujetando el volante con la izquierda, utilizó la mano derecha para volver a revisar los bolsillos de la camisa y del pantalón, con la remota esperanza de encontrar un billete que hubiera escapado a las requisas anteriores, pero el resultado seguía siendo el mismo, menos de tres pesos, en monedas.

Así que incluso en caso de conseguir llegar a la estación, tampoco podría pagar la nafta. Los cien pesos que Fuentes le había dado en Orán para los gastos habían durado poco y nada, todo gracias a la desgraciada ocurrencia de detenerse un rato en Embarcación, para saludar a su compadre Herrera.

El Negro Herrera era el padrino del Julián, el segundo de sus hijos, y hacía siglos que no se veían, así que conversaron un rato largo, hablando de épocas pasadas, hasta que el Negro se acordó que esa misma noche el Canal Siete televisaba en directo el partido de Juventud Antoniana contra Gimnasia y Tiro, por las semifinales del Regional.

Ellos habían seguido semana a semana al equipo de Juventud durante muchos años, cuando vivían en la capital salteña, y ver ahora el clásico por televisión, era un poco volver a revivir esos buenos momentos.

El partido comenzó mal. Juventud fue perdiendo dos a cero hasta la mitad del segundo tiempo, pero cuando iban faltando quince minutos logró empatar con dos golazos del “Mono” Jiménez, para terminar ganando milagrosamente de penal a los cuarenta y siete, esta vez con gol de Cerrutti.

Y por supuesto que después de eso tenían que festejar, así que Herrera  propuso darse una vuelta por el boliche del Turco, que quedaba allí cerca, detrás de la estación, ahora que su mujer y los chicos se habían dormido. Se fueron sin hacer ruido,  entonados con una damajuana entera de tinto salteño.

Y en lo del Turco, que era apenas un barcito con música y poca luz, siguieron con ginebra y cerveza, hasta acabar de madrugada en la pieza del fondo, con dos bolivianas y sin un peso en el bolsillo. Herrera estaba sin trabajo desde hacía rato, y entonces él pagó sin protestar las bebidas y las mujeres, que no resultaron baratas, considerando que tenían ya sus años.

Para colmo, cuando se iban volviendo a la casa encontraron a la mujer de Herrera que venía a los gritos buscándolos por todo el pueblo. Acabó la noche durmiendo en el auto, en el asiento de atrás, porque la mujer le echaba la culpa de la escapada del marido.

Y ahora había que llegar a Asunción como fuera. Lo había conocido a Fuentes enojado, y no quería volver a repetir la experiencia.

El tal Fuentes supo estar de suboficial en Gendarmería por muchos años, hasta que le empezaron los problemas con la Fuerza, y esta vez le había conseguido un encargo que venía de Pedro Juan Caballero, y que él debía recoger en Asunción. Algo sencillo, a esta altura. Después de encontrarse con los paraguayos, sólo era cuestión de volver a entrar al país (con los gendarmes ya avisados), y llevar el paquete a Rosario. Allí hacía la entrega, cobraba su parte, y luego a rajar de nuevo hacia el norte. Con esto sacaba para un par de meses, aunque claro que hasta Rosario  nada. Y encima ahora se le terminaba la nafta.

En eso vio una calle lateral de tierra, y sin pensarlo dos veces giró el volante bruscamente. Los neumáticos gastados chirriaron sobre el asfalto hirviente del mediodía formoseño. El camino se metía en el monte, y al final, en línea recta, se veía una casa.

Avanzó con el viejo coche a los tumbos por el barro endurecido (la noche anterior había llovido bastante), atravesó la tranquera abierta y estacionó el Falcon frente a la puerta, asustando a unas pocas gallinas que se desbandaron dejando un reguero de plumas. También dos perros flacos se acercaron ladrando sin ganas, hasta que los alejó con un chistido. La casa era de material, pero sin terminar. Faltaban los vidrios de las ventanas.

El hombre pensó un momento si apagaba o no el motor, decidiendo por las dudas que lo mejor sería ahorrar nafta. Giró la llave sin sacarla del tambor.

De la guantera sacó un cuchillo grande de cocina y una botella de vino tinto de mesa. Tomó dos largos tragos y la guardó de nuevo. Después bajó del coche, se ajustó el cuchillo en el cinturón y lo tapó con la camisa, sacándola fuera del pantalón.

Golpeó las manos con fuerza. Nadie contestó, pero supo que había alguien porque adentro se escuchaban voces, como de un televisor. Probó el picaporte, y al ver que no estaba cerrado con llave entró en la casa.

La habitación tenía pocos muebles, apenas una mesa, tres sillas de mimbre y un armario. Sentada de espaldas a la puerta, una mujer de unos setenta años miraba una telenovela mientras tejía.

El hombre la agarró por detrás, y tapándole la boca con la mano la metió a empujones en el baño. La única ventana quedaba a unos dos metros del suelo, y calculando que la vieja no podría llegar nunca hasta allí, el hombre salió y cerró la puerta. Tenía una traba, pero por las dudas corrió el armario del comedor hasta ponerlo enfrente, de manera que no pudiera abrirse la puerta desde adentro. Hecho esto se puso a revisar la casa, mientras la vieja gritaba desde su encierro.

Se movía con tranquilidad; sabía bien que la zona era deshabitada, y que ya hasta los indios se habían ido, entre las crecidas, el cólera y la falta de trabajo. En los últimos tiempos, para sobrevivir en estos lugares desamparados sólo quedaba cruzar en bote el Bermejo o el Pilcomayo, siempre de noche, llevando y trayendo todo tipo de cosas de un lado a otro de la frontera.

Empezó por revisar el comedor, pero no encontró nada de valor. El televisor era en blanco y negro, viejísimo. Pasó al dormitorio y vio una cómoda con tres cajones. Los vació sobre la cama. Nada, ni siquiera un reloj o una cadenita.

Después dio vuelta el colchón. La tela que lo recubría tenía varios agujeros y metió la mano dentro, pero sólo sacó puñados de lana gris y semipodrida. Se sentó un momento sobre la cama, a pensar. Estaba harto ya del asunto, y la vieja no paraba de gritar.

Entonces se acordó de la cocina.

Halló la heladera prácticamente vacía, pero en el aparador se alineaban varios tarros de plástico. Los puso sobre la mesa, y en uno de ellos, debajo de un paquete de yerba, encontró setenta y cinco pesos dentro de una bolsita de papel madera.

Bueno, se dijo, un poco más aliviado. Algo es algo. Al menos para la nafta, que alcanzara hasta Asunción. Allá el “Paragua” seguramente le adelantaría unos pesos más, y con eso llegaba tranquilo a Rosario. No era gran cosa, pero tampoco mucho el riesgo: sabía que la vieja no había podido verle la cara, y menos todavía el auto.

Se metió los billetes en el bolsillo, salió de la casa (aparentemente la mujer se había cansado de gritar), y orinó al costado del Falcon. Luego subió, arrancó el auto, y retomó por la calle de tierra hasta la ruta. Entró a la YPF de Las Lomitas  con las últimas gotas de nafta.

Llenáme el tanque con común, le dijo al empleado de la estación. Parecía ser indio puro, con la cara de un color marrón barroso, aunque no supo distinguir si era wichí o toba. Lo mismo daba. A decir verdad, los indios (o los “aborígenes”, como les decían por aquí), no le gustaban demasiado. Y este se movía con desgano, como dormido. Daban ganas de despertarlo a trompadas. En general, ese aparentaba ser su estado normal: casi siempre andaban mamados, y apenas si hablaban castellano. Por suerte iban quedando pocos.

Mientras el chico limpiaba los parabrisas tomó asiento en el barcito de la estación de servicio, y se pidió tres empanadas de humita, con una cerveza Norte tres cuartos. Pero a pesar de haber solucionado el problema de la nafta no se sentía del todo tranquilo, porque mientras comía algo le empezó a dar vueltas en la cabeza. Una idea sin mucho sentido, que se le había ocurrido al entrar en la casa y ver a aquella mujer.

La cuestión que lo preocupaba ahora era la siguiente: la vieja le recordaba muchísimo a su propia madre, así, petisa, de ojos claros y con ese rodete sujetando el pelo blanco. Hubieran tenido la misma edad, calculó, aunque el hombre no supiera con seguridad si su madre continuaba viva. Hacía casi veinte años que estaba sin noticias de ella. Y ni siquiera recordaba bien su cara: tenía guardadas un par de fotos viejas, pero nunca las miraba. En realidad, tampoco pensaba seguido en eso, al menos en los últimos años.

El hombre se había ido de la casa apenas cumplidos los dieciocho, harto de sufrir hambre y aburrimiento en Aguas Calientes, un pueblito del chaco salteño sobre el Bermejo, en la frontera boliviana, donde habían recalado, quien sabe por qué, su madre y él, luego que el padre del hombre los abandonara a su suerte. Este era también un desconocido de quién no guardaba recuerdo alguno, ni siquiera el nombre, y del que sólo sabía que era santiagueño por algún comentario oído al pasar.

Cuando volvió al pueblo a buscarla, pasados ya los años, su madre se había mudado, pero ningún vecino supo darle precisiones sobre su destino. Unos decían que se había cruzado al Paraguay, y otro aseguraba haber escuchado algo acerca de un hermano que vivía en Resistencia. La buscó durante años, preguntando a parientes y conocidos, pero la tierra se la había tragado. Luego, poco a poco y con los años la fue olvidando.

Y ahora encontraba a esta mujer, tan semejante. Parecía imposible, una idea tonta y sin ningún sentido, pero el hombre creía mucho en sus propios presentimientos, y algo en este asunto le daba mala espina, una incierta presunción de desgracias aguardándolo en su destino cercano.

Se entretuvo un rato largo en esos pensamientos. Mientras tanto tuvo que pedir otra cerveza más, porque el calor iba aumentando minuto a minuto: ya debía estar casi por los cuarenta grados. La persistente humedad del aire lo oprimía aún más, aplastando las pocas certezas que le quedaban.

Finalmente, de tanto pensar en eso, el recuerdo de la vieja en la casita del monte se iba mezclando con la cara de su madre, y por las dudas, acabó decidiendo que tenía que volver. Todavía le quedaban cuarenta y cinco pesos, más de la mitad de la plata encontrada. Aunque no fuera su madre (pensándolo bien, las posibilidades eran remotas) volvía y se los dejaba, total ya con el tanque lleno le sobraba nafta para llegar hasta el Paraguay. Además, a decir verdad, nunca había sido de robarle a gente con necesidades,  mucho  menos mujeres de esa edad.

Ya decidido, y con el ánimo mejorado por las cervezas, puso en marcha el coche, retomando la ruta por donde había llegado a la estación de servicio. La aguja del marcador de combustible ahora marcaba que el tanque estaba lleno, y eso también lo reconfortó bastante.

Dobló de nuevo en el desvío de tierra y estacionó frente a la casa. Esta vez los perros no ladraron. Se limitaron a mirarlo con indiferencia, quizás ya acostumbrándose a su presencia.

Pensando que la mujer seguiría encerrada en el baño entró en la casa sin golpear la puerta, casi corriendo, pero se sorprendió al verla sentada nuevamente en el comedor. Junto a ella había otro hombre, también muy mayor. Imaginó que sería el marido.

¡Es éste!, gritó la vieja, señalándolo.

Oiga…, dijo el hombre, pero se frenó, porque el viejo tenía una escopeta de dos caños en las manos. Se preguntó si el arma estaría cargada. Y al mismo tiempo, en una milésima de segundo, se dio cuenta de cuánto se había equivocado en volver.

¡Oiga!.., repitió, pero no pudo seguir: el disparo le llenó la garganta de perdigones. Cayó sobre la mesa, arrastrando el mantel.

El viejo apoyó el arma sobre el omóplato izquierdo del hombre y apretó el segundo gatillo de la escopeta. La sangre le salpicó la cara, manchando también la puerta de la heladera con diminutas gotas rojas.

Se limpió el rostro con un repasador. Luego revisó los bolsillos del pantalón del hombre, hasta que encontró los billetes y se los pasó a la mujer.

-Faltan treinta pesos- dijo ella.

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