Luis Alonso (el tonto de Solano). Autor: Francisco Molina Infante

Le decían despectivamente, el tonto Luis Alonso, pero de eso no tenía un pelo.  Al pasar por el Matacallar –hoy denominado Pedro Pérez-, camino de Solano que está colindante a Colmenar por su parte este; hace ya muchos años, se cruzó El Pombero con Luis Alonso quien venía de la casa familiar de Solano, en dirección al pueblo.  Por entonces estaban celebrándose los primeros festejos en honor a su Patrona la Virgen de la Candelaria y de su Patrón San Blas, después de la Guerra Civil.  Nuestro amigo Luis, no se perdía ningún año estos acontecimientos, que están fijados para su celebración, desde tiempos inmemoriales en las mentes de todos los lugareños, en los primeros días de Febrero, coincidiendo con un fin de semana, para mayor comodidad de sus gentes, mayoritariamente campesina y muy devota y fervorosa. Luis Alonso, que: era uno de sus más fervientes devotos –no faltaba en ninguna de sus celebraciones- así, como a cualquier cumplimentación en los funerales, misas, comuniones, bautizos, matanzas, etc. Pareciera que (el tonto Luis Alonso, como todo el mundo le llamaba) estuviera presente en todos los acontecimientos sociales del Municipio.  En algunas ocasiones, que venían: como anillo al dedo, a los más viejos del lugar contaba con todo detalle: cómo en las fiestas de la Virgen de la Candelaria, Luis era y manifestaba ser: uno de sus más fieles hijos e incluso: -la mayoría de los paisanos- le preguntaban por su novia; ya que él, siempre se jactaba: de que, la Virgen era su novia. Llegaba en muchas ocasiones a cantarle algunas letrillas, que él mismo inventaba, a especie de Maragatas románticas o Verdiales semánticos, si mal no recuerdo y ciertamente, le oí alguna vez mencionar a los mayores del pueblo, mientras jugaban a la garrafina, en la taberna de Melquiades y, decían algo parecido a lo siguiente; claro que las canturreaban de esta manera:  “En los montes de Solano nací, entre almendras fue mi cama; la madre que me parió, fue devota y Candelaria. Yo habré de vivir las dos y no quiero a otras damas…”; las letras continuaban con buena cantidad de versos románticos, cuando las canturreaban los del pueblo, para mofarse de Luis Alonso, pero yo no he sabido retenerlas; ni llegué a entenderlas lo suficientemente claras, como para poder haberlas copiado y exponerlas ahora con fundamento… Alguna vez, siendo aún niño, me emocionaba enormemente, cuando oía algunos de estos relatos, contados por los más viejos del lugar, que desgraciadamente, nunca supe o pude retener, por haber tenido la mente y especialmente la memoria, ocupadas en otras obligaciones más urgentes, para ganarme el pan de cada día.  También -alguna vez- alguien comentó: que los males de Luis, le venían, de cuando aún siendo feto, como consecuencia de una broma de mal calibre, que un patán del terruño le dio a su madre durante el periodo de embarazo: yendo la mujer despavorida a caer de bruces sobre la figura del Ángel Caído con los cuatro chorros de la fuente de la plaza, que estaba aún sin montar y ocupaba parte de la calle, en un lateral por donde ella tenía irremediablemente que pasar; al caer se dio de lleno con el codo derecho de la figura del Ángel Caído, escapándosele un mal pensamiento, poniendo a la virgen como testigo. El ala extendida del Ángel Caído, le rozó la ceja derecha, abriéndole una gran brecha; como consecuencia de este mal encuentro, la pobre mujer parió unos meses después prematuramente a Luis Alonso, que siempre tuvo ese tic nervioso y ella incluso llegó a perder el ojo, pues el golpe llegó a afectarle el nervio óptico. “Muchos piensan que aquel acontecimiento, hizo a la madre de Luis, mucho más devota de la Virgen y como consecuencia, buscó la protección para su hijo deforme, bajo el manto de la Candelaria: Lógicamente la instrucción recibida por deseos de su madre, hicieron de Luis Alonso uno de los más devotos personajes que yo haya conocido.  Otros dicen que su mal, fue el resultado de una gran barbaridad, que otro chico -bastante mayor que él- le cometió y, sin calcular las consecuencias, quiso darle una gran broma, casi al final de la tarde- encerrándole dentro del osario del cementerio-, que se encuentra a espaldas del la ermita del convento, donde se venera a la Candelaria.  Este hecho, parece ser que lo marcó por tiempo indefinido y hasta su muerte, con el tic nervioso característico que siempre le acompañó.  Nunca llegó a contar, quien fue el bruto que lo encerró durante toda la noche en aquel pozo de restos humanos y féretros deshechos, ni tampoco sabremos nunca: los daños psicológicos sufridos por nuestro admirado Luis Alonso; bien cierto es: que fisiológicamente cambió en muchos aspectos, que pocos llegaron a conocer y si no llega a ser por su fortaleza espiritual, especialmente inculcada por su madre y a sabiendas que su venerada y novia Virgen María, estaba a menos de cien metros de él. Aparentemente salió indemne del pozo del osario, al día siguiente que lo encontró el guarda del cementerio. Debo decir -en honor a la verdad- que: a la mayoría de los niños de algunas de estas localidades, cuando cometen alguna travesura, sus madres o abuelas, los amenazan con tirarlos al pozo (que normalmente existía en cada casa) o a encerrarlos en el osario con los muertos, como hicieron con (el tonto de Solano, cuando era malo). -Mi abuelo paterno, tenía especial don para estos tipos de relatos, que desgraciadamente, no soy capaz de traer al papel, a pesar de que muchos de ellos, bullen en mi subconsciente, como si quisieran hacerse un hueco entre ceja y ceja, pujando por salir al exterior-.  -Hombre rústico era Luis Alonso –al que llegué a conocer siendo yo joven-. Era andariego, vivaz y con un tic físico-nervioso, muy significativo, (desde su nacimiento, según la mayoría debido al mal golpe que se dio la madre con la figura del Ángel Caído, que hoy se puede contemplar perfectamente en El Retiro de Madrid y, según otros por la broma sufrida cuando niño, por su encierro en el osario del cementerio local. Toda esta historia la oí repetidamente, con algunas variables, pero lo que no me contaron nunca y yo lo pude comprobar clara y directamente de él, y que, lo hacían destacar abiertamente de los demás paisanos y conocidos, eran: su fuertes creencias religiosas en los Patronos del pueblo (la Virgen de la Candelaria y San Blas), su gran humanidad, respeto hacia todos los seres, su perfecta autoestima y preparación en todos los sentidos- especialmente agropecuaria-, etc. El tic nervioso, que siempre le acompañaba, consistía en: alzar la pierna derecha, encogiéndola hacia atrás rápidamente (cómo si se tratase de respingar), al tiempo que se llevaba la palma de la mano diestra a la barbilla y emitía un sonido gutural, repetitivo y coordinado con el movimiento, por tres o cuatro veces seguidas y bien sonoro: algo similar al producido por esta pronunciación: (ak, ak, ak, ak, etc.), o al emitido por los machos cabríos cuando están en celo y persiguen a las cabrillas de su harén.  Quizás era secuela de un tirón -mal dado- en su nacimiento por la comadrona, la vecina de turno o tal vez unos fórceps mal aplicados, como ayuda a su madre en la dilatación vaginal: (muy posiblemente, debió ser bastante grande su humanidad para venir a este mundo, como demostró siempre mientras vivió). Este hombre era de una claridad mental sorprendente, rústica pero sincera a ultranza y gozaba de una sabiduría inaudita, adquirida por las experiencias de la vida dura en la que transitaba y ante la falta de consideración de sus vecinos. -Al menos así lo oí en reiteradas ocasiones a mí antepenúltimo progenitor-. Casi siempre era maltratado por los demás, que: injustamente le tenían arrinconado socialmente por su tic nervioso y, en mayor medida por la falta de humanidad y educación de los convecinos, que a diario le trataban con indiferencia, ignorancia y desprecio. Era muy normal, en las sociedades pueblerinas de la postguerra -donde me crié- que algunos ignorantes –creyéndose los más fuertes, mejor preparados o con menos problemas económicos- extendiesen sus malas artes y formas, sobre los individuos más indefensos o considerados más débiles; eso mismo ocurría en los casos particulares de familias, donde eran muy corriente y común que el padre (cabeza de familia) maltratase a todos los demás miembros, cuando le venía en gana o llegaba borracho, habiéndose gastado el jornal en la taberna, etc.-  Cuando el macho irresponsable, se sentía sometido por las obligaciones contraídas familiarmente: respingaba, sobre sus propios miembros, que en muchas ocasiones sufrían de maltrato continuo, hasta que podían escapar; eso hacían la mayoría de los hijos, al alcanzar la mayoría de edad (que estaba en los 21 años –desgraciadamente-), pero la mujer, tenía que seguir sometida hasta criar al último de sus hijos, cuando ya sería tarde para emigrar bajo otro techo. Yo, desgraciadamente, no le llegué a conocer mucho a Luis Alonso, pues era bastante mayor que yo y en pocas ocasiones tuve la suerte de poder dialogar abiertamente con él; pero siempre hubo algo especial de comprensión en nuestras miradas, -él era muy observador y especialmente con los críos, que siempre se metían con él y le hacía muchas burlas irónicas-; siempre notaba deferencias –cuando yo estaba presente- a sabiendas de que me incomodaban esas burlas de mis amigos y que siempre le daba muestras de respeto a distancia o en la pocas frases, que cruzamos ambos durante nuestras vidas, casi siempre de saludo lejano. Tal vez, porque él siempre había observado un gran respeto, de mi parte, hacia su persona y, nunca hice alusión a su minusvalía o traté de imitar su tic, como vulgarmente lo hacían la mayoría de la chiquillada y no, los tan niños de entonces…, creo que me llegaba a apreciar y honestamente admiraba mi comportamiento hacia su persona.  En alguna de estas ocasiones me llegó a contestar con un sobrenombre que yo desconocía, y al cruzarnos me contestaba al saludo, con un: ¡adiós pombero!, que yo entendía, como bombero. Posteriormente he sabido bien del significado de este nombre mitológico guaraní. Era una broma de mal gusto tratar de imitarle o acomplejarle y él notaba la maldad de los demás con más seguridad y acierto que la mayoría de las personas; que por cobardía o deshumanización, los más adultos siempre se limitaban a ser meros espectadores de esas maldades o a sonreír, de cuando en cuando, dependiendo de la consideración social del burlador, al que habría que reírle la gracia, en detrimento de Luis Alonso. Era un hombre amistoso, buen creyente y con gran sentido del humor -penetrante y educado-, pero de difícil captación por la mayoría, que no veían más allá de sus narices; centrándose solamente en el tic nervioso e involuntario que le afectaba.  En ocasiones sentí por él bastante afecto, orgullo al hablarle y nunca sentí lástima por su minusvalía.  En su soledad: en la incomprensión que –posiblemente- sentía y veía en los demás a cada paso que daba, creo que él se mofaba ficticiamente, para no sacar o alimentar sus sentimientos más profundos, evitando enfrentamientos y normalmente se hacía la víctima, más propicia de cualquier jolgorio: soportando los insultos, el menosprecio de los imbéciles más atrevidos e incluso haciéndose la victima propiciatoria para el hazmerreir de los más dicharacheros, especialmente: en los entierros, en los bares o en las celebraciones de bodas, -u otros acontecimientos- donde siempre estaba presente. Yo, sólo tuve la suerte de conocerle algo más profundamente al final de sus días, pero durante muchos años, realmente era casi desconocido (era un paisano, casi de la edad de mi padre, con quien también se llevaba muy bien y siempre fue respetuoso con todo el mundo); mi padre, había estado en el frente de la Guerra Civil con alguno de sus familiares más cercanos y también, por las referencias que hacía en ocasiones. Relataba –mi abuelo- algunos episodios que compartió –mi padre, con alguno de los familiares más directos de Luis Alonso- y, él, así lo aseguraba también, siempre que se refería a sus paisanos del frente.  Después de la Guerra Civil Española, mi padre entró de Guardia Municipal en el Ayuntamiento y desde entonces: permaneció hasta su jubilación en tal puesto, por lo que conocía, con todo lujo de detalles a casi todo el mundo del municipio; lógico: al ser por entonces y durante muchos años la autoridad municipal local y parece ser, que lo conocía desde siempre.  Nunca habíamos tenido ocasión de mantener una conversación, sobre cualquier tema en profundidad, sobre este individuo y yo nunca directamente; a pesar, de que en varias ocasiones habíamos coincidido en duelos de difuntos en algún lagar o cortijo apartado, donde yo casi siempre iba en representación de mi padre o familia y donde siempre estaba durante todo el velatorio, representando a sus familiares y yo a los míos. Era muy cumplidor con todo el mundo, quizás esa fue una de sus mejores ocupaciones, distracciones personales y posiblemente donde tenía más oportunidad de dialogar profundamente con las gentes del pueblo, sin duda, era en los duelos y entierros, sin ser objeto de risas y jolgorios intensos de los demás, debido a las circunstancias.  En esta ocasión fue una suerte encontrarme con él de cara, casi a la entrada del pueblo; nos habíamos parado a hablar, sin prisas al cruzarnos en el Matacallar.  Entonces pude admirar la profundidad de su pensamiento (quizás, al que muy pocas gentes había llegado a conocer): era un hombre bastante mayor, que aún se manejaba bien en los recorridos largos, con la mayoría, era muy parco en palabras, enjuto y curtido por las inclemencias sufridas en el terruño: abrupto de los montes malagueños del norte de la Axarquía, durante toda una larga vida. Recubierto de ropas confeccionadas artesanalmente, a la usanza de entonces, con alpargatas de lona, pantalones y chaqueta de tela de gabardina, camisa de muselina blanca y sombrero de palma (todo artesanal confeccionado en casa). No era alto y al andar: parecía lamentablemente: una alcayata contorsionándose. Al principio había que sacarle la conversación que tenía almacenada a presión, pero poco a poco fue destapando el frasco de sus esencias y, me recordaba al torero Curro Romero, cuándo nos deleitaba: -abriendo su frasco- con una maravillosa tarde de su arte taurino; así era Luis Alonso, como si fuese recubierto de ese duende que atrapa los sentimientos más sublimes-.  Así me pareció a mí, que puedo asegurar, que: Luis tenía un arte especial en el diálogo y en el trato, que lo hacía único. Era muy inteligente y más: donde el diálogo se hacía profundo e intenso, cosa que nunca aparentaba abiertamente. Tenía conocimientos profundos de agricultura, de geología y de los cambios climáticos -el tiempo: parecía ser su aliado- que ya los quisiera yo para mi ilustración personal.  Gozaba de una memoria privilegiada: recordaba con detalles todos los acontecimientos del lugar y, qué decir, de las fiestas o eventos familiares, como: bodas, bautizos, duelos o entierros, nombres de los vivos y de los muertos, etc., en los que siempre estaba presente, aun sin ser invitado; pero era consentido y él, lo sabía aprovechar bien -con absurdo agrado de los participantes-, como penitencia a éstos asistentes sociales, en los actos que se celebraban con cierta frecuencia o por cumplimientos, que terminaban finalmente, sonriendo a su costa. Éstos, se hacían pasar, como abnegados soportadores del tullido, ante los demás asistentes, quizás: limpiando el desprecio que en otras veces le hacían, cuando la ocasión era menos triste o había menos gentes presente.  Era dúctil y maleable en cualquier tipo de conversación, que sabía mantener en un diálogo abierto y respetuoso, con ese respeto y abnegación que da la rusticidad y la gracia del trabajador del campo andaluz.

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