Luces Del Olvido. Autor: Leia

Los botellines se reunían alineados sobre la barandilla de la terraza. La catástrofe había sacudido a mi familia.

La pérdida era cicatriz de cualquier alma pero se acentuaba en aquellos espectros solitarios. Quería salir de mi particular pozo sin fondo pero sus paredes eran tan lisas que parecía imposible treparlas.

El poco equilibrio que el alcohol había dejado en mí fue usado para sentarme al borde de un quinto abismo y colgar mis pies al vacío.

No quería morir, quería sentirme flotar, que el peso de la desazón desapareciese y ascender en la vida como aquel globo que pierde un pequeño despistado. Pero no podía. Y cualquier intento se podría tachar de absurdo.

De pronto lo vi claro. En mi interior siempre había estado la solución a mi problema. Sólo me faltaba encontrar el problema y, por vez primera, me había percatado de ello.

Mi problema era mi pasado. Me perseguía. En cualquier rincón de esta maldita ciudad había una historia que contar, en cualquier metro cuadrado de mi vivienda había un recuerdo para no olvidar, en cualquier persona con la que me relacionaba encontraba la compasión que no necesitaba.

Tenía que huir. Siempre me había parecido que desaparecer para no afrontar los problemas era una decisión cobarde. Indigna de nobles. Y me consideraba un hombre noble.

Quizá lo que fallaba era la perspectiva. No estaría alejándome del problema, estaría escapando de los brazos de la muerte. Pues a cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo que pasaba me sentía un poco menos partícipe de este mundo y un poco más de aquel que custodiaba San Pedro.

Sólo me quedaba una cosa por resolver, ¿se podía dejar atrás el pasado? ¿Está permitido vivir un presente y disfrutar un futuro careciendo del pasado? Esperaba que sí aunque no podía asegurarlo con certeza. Era una pregunta sin respuesta. Quizá cualquier intento de olvidar fuese en vano. Sólo había una forma de saberlo, intentarlo.

Con cuidado volví a la superficie de mi vivienda y comencé a recoger el desastre que monté anoche tratando de olvidar a base de bebidas. Todo mentira. Lo recordaba más intensamente que antes y la salvación se me escapaba a cada trago que daba.

Al finalizar con la tarea, dejé reposar todo mi ser en el sofá. Cerré los ojos. Tenía sueño y quería dormir. No sé por cuánto tiempo lo conseguí, dentro de mí solo habían transcurrido dos minutos pero para el reloj superaba por poco las ocho horas.

Me encontraba empapado de sudor. La temperatura de verano se hacía notar en cualquier parte de la calurosa capital. Arrastré los pies hasta la ducha y dejé que el agua relajase toda mi mente en conjunto con todos mis músculos.

Levanté la cabeza y abrí la boca, dejando que la pureza del agua me recubriese tanto por dentro como por fuera. Con la esperanza de que me restaurase del dolor.

Era cierto que la esperanza era lo último que se perdía pues era ella quien motivaba cada pensamiento, cada acción y cada decisión por la que me decidía.

Tras regresar de la abstracción momentánea de la ducha comencé a preguntar, ¿cuál era el lugar más adecuado para escapar? Un paraíso de descanso, un estado de trabajo o la humildad del desierto eran las opciones que más destacaban.

Sonó el teléfono. Era mi amigo con el que había llegado compartir risas que ahora se me antojaban muy lejanas.

– Dicen que no has aparecido por la oficina otra vez, ¿te encuentras bien? – todavía quedaba quien se preocupaba de mí.

– Sí, solo estaba cansado.

– No puedes faltar más, vas a conseguir que te despidan. Saben que te estás adaptando después de… todo. Pero no pueden ser mucho más comprensibles contigo. Es un empleo, no una organización benéfica.

– Me voy.

– ¿Te vas? ¿Cómo que te vas?

– Me voy. Me voy de esta cárcel de recuerdos. Lejos del asfalto, lejos de la responsabilidad. Lejos. Me voy lejos.

– Eso está bien. Tienes razón, tómate unas vacaciones. Te vendrán bien y seguro que te dan unos días libres si después vuelves con más fuerza.

– No lo estás entendiendo. Me voy para siempre. Venderé todas mis posesiones y me esfumaré. Desapareceré.

El silencio se apoderó de nosotros. Seguía sin comprenderme, nadie que no estuviese en mi situación podría hacerlo.

– Tal vez te estás precipitando y…

– … no. La decisión está tomada. Me marcho.

– ¿A dónde?

– No lo sé. Todavía lo medito pero no pasaré más de siete días encerrado en este país.

– ¿Te vas del país?

– Me marcho lejos. Lo más lejos que pueda. No al pueblo de al lado.

– Podrías… pedir un traslado. Tienen oficinas en gran parte de Europa y tú dominas a la perfección el inglés. Incluso el alemán. Vete a Alemania, seguro que ganas mucho más dinero que aquí por el mismo trabajo, ahora están solicitando…

– Necesito una penitencia, no un premio.

– Lo que ocurrió no fue tu culpa, no hay nada que te tengan que perdonar.

– Soy yo quién se tiene que perdonar.

– Olvídalo. Tramitaré tu traslado a Alemania, no te preocupes.

– No me voy a Alemania – no hizo falta pensarlo mucho, acababa de tomar una decisión -. Me voy a África.

– Alemania está más lejos.

– Deja de hablar y aprende a escuchar. Hace unos días vi un reportaje en el canal nacional de una ONG, pedían voluntarios para colaborar en países menos afortunados que existen en el otro continente. Así podría encontrar la paz.

– Hipotecar tu vida por la de los demás, muy poético pero recuerda que eso no te dará de comer.

– Me dará lo que necesito.

Colgué sin despedirme y comencé a tramitar todo para vender mi presente en Europa y comenzar mi futuro en África.

Me explicaron las condiciones del país, lamentablemente tenía conflictos internos y era peligroso pero sería donde más podría colaborar. Todo se movió más lento de lo que esperaba. Tenía que realizar cursos y mostrar mi valía allá pues no podían enviar a cualquiera. Tampoco comprobaban demasiado ni enseñaban mucho pero era protocolo.

El piso me lo quitaron de las manos al ponerlo por debajo de su valor real. Bendito sea el consumismo pues no hace falta hablar de las demás posesiones. Con el dinero que saqué, pagué el motel en el que viví y todos los gastos para el traslado.

Llegó el día. Estaba nervioso. Subí al avión con el corazón revolucionado. Me preguntaba si hacía lo correcto o, como afirmó mi amigo, estaba siendo precipitado.

¡Qué más daba ya! Tocaba vivir el presente de nuevo. Dejarse llevar por el hoy y no por el ayer.

Una joven se sentó a mi lado. Con seguridad podría afirmar que doblaba su edad. Tan joven y ¿decidida a entregarlo todo? ¿Tendría un pasado tormentoso como el mío? ¿Trataba de olvidar también? ¿Todos los del avión deseaban dejar atrás?

La chica se percató de que la miraba. Esbozó una sonrisa y se presentó. Se llamaba Aurora. Acababa de cumplir veintidós y había estudiado magisterio. Se iba a encargar de una escuela al norte del país, donde mejor estaban las cosas. Simplemente lo hacía porque le salía del corazón, no quería olvidar. De hecho, tras un año quería volver a su ciudad de origen para estar con su familia y sus amigos. En definitiva, su gente.

No le conté que carecía de todo aquello que ella pensaba en recuperar. Pero me alegró saber que había gente más solidaria que yo. Que desde el primer día dejaban todo a un lado por los demás, por aquello que de verdad les necesitaban.

– ¿Y tú qué? – preguntó al acabar su historia.

– Me llamo Darío y voy al centro del país, realmente no recuerdo el nombre del poblado. Estudié dos carreras pero ninguna sirve allá donde vamos. Así que ayudaré en la construcción y el reparto de comida, además de a todo a lo que me enseñen.

– ¿No te da miedo apartar a los que están a tu lado? Podrían desvanecerse en el pasado y que nada vuelva a ser como antes.

– Eso es lo que estoy buscando.

Tenía miedo. Quizá sería un sentimiento normal. Como el que sentí al subirme al avión aunque es cierto que, a cada kilómetro que nos alejábamos, iba desapareciendo. Mis miedos y preocupaciones las había abandonado en el pasado y estaba más seguro de lo que hacía. Sentía que podría llegar a estar a un paso de la felicidad aunque nunca llegase a encontrarla.

Tras el aterrizaje me despedí de mi compañera de vuelo. No la volvería a ver en lo que me quedaba de vida pero deseaba que todo le fuese bien y que sus temores nunca se viesen cumplidos.

Fueron cinco horas de viaje. Atravesando paisajes hermosos que nunca habría imaginado visitar. La naturaleza hacía eco de su existencia, no había asfalto ni cemento. Eso que en las grandes ciudades se veía como sinónimo de pobreza, lo identificaba con la libertad. Respiraba aire de verdad, sin contaminación. Y cuando llegó la noche, la luz de las estrellas mantenía mi mirada atenta al cielo.

Las primeras semanas fueron duras. De adaptación. Nada seguía igual. Había dado un giro impresionante. No echaba nada de menos. No compartía nacionalidad con ninguno de los que estaban aquí pero me sentía unido a ellos al saber que nuestra voluntad era la misma. Colaborar.

Estaba construyendo un hospital. Los enfermos se atendían en su casa sin higiene alguna. La esperanza de vida era, tristemente, de un año. La enfermedad y el hambre se hacían presentes en cada rostro. El conflicto era lo menos preocupante.

Solo había una doctora en la ciudad mandada por la misma ONG que yo. Se llamaba Eve, era francesa, superaba los treinta pero se quedaba a camino de los cuarenta. No tenía ayudantes, había instruido de manera básica a un par de jóvenes del poblado que le ayudaban en todo lo que hacía. Era respetada pues realizaba una función realmente importante en la ciudad que ninguno era capaz de sustituir.

Conocía a cada uno de los habitantes. Llevaba dos años y no tenía pensamiento de marcharse. Ella no había hecho a un lado, había dejado atrás y ahora su familia eran todos los que habitaban estas tierras y aquel que necesitase su ayuda.

Una noche acudió a contemplar las constelaciones conmigo y así comenzó nuestra amistad. Su historia era menos trágica que la mía. Su pareja le dejó plantada en el altar y ella decidió romper con la hipocresía de la sociedad. Quería la sinceridad que no se encontraba en los países gobernados por dinero.

No sabía lo que me había pasado y no me compadecía pero me ayudaba día tras día a ser más fuerte y coger con más ganas la labor que estaba llevando a cabo. Había días en que te encontrabas hundido si recordabas de donde venías. Todas las comodidades de las que eran privados en este lugar y cosas básicas para nosotros, en nuestro país, había niños que nunca llegarían a disfrutar.

Los ratos libres los dediqué a jugar con los más pequeños de la población. Habían traído una pelota y con ella jugábamos partidos interminables de fútbol donde nunca había un perdedor pues todos eran ganadores.

Había épocas de fiesta en la que formábamos parte de su cultura y nos divertíamos en el epicentro del poblado. La mayor celebración ocurrió cuando acabamos el hospital, todos se alegraron, faltaba el mobiliario que confiábamos en que pronto llegaría y comenzamos el diseño del siguiente proyecto, una escuela.

Hasta ahora los niños daban clase bajo una carpa de campamento y no disponían ni de mesas ni de sillas. No sabía si me habían mandado al poblado más necesitado pero esperaba que las condiciones de las que disponían aquí no fuesen las mismas en otros lugares.

Pasé dos años alejado de mi pasado. La ONG insistía en que tomase un descanso y volviese pero me negaba. Expliqué mi situación numerosas veces pero realmente no fue hasta que pedí ayuda a mi amigo hasta que conseguí que me dejasen seguir aquí. Fue difícil convencerle pero cuando entendió que allí no estaría mejor, dejo de poner obstáculos y a ayudarme a permanecer el tiempo que desease.

– ¿Qué le pasó a tu familia? – preguntó una noche Eve.

– ¿Cómo? – No esperaba su pregunta.

– Supongo que perdiste a alguien importante en tu vida también, no te has quitado nunca el anillo de casado y llevas demasiado tiempo sin volver a casa.

– Es una historia triste.

– ¿Por eso estás aquí?

– Sí – no verbalizó pero su mirada me pedía que hablase -. Un accidente de tráfico.

– ¿Por qué te culpas? ¿Eras tú el que conducía? – no hizo falta que contestase.

– Choque frontal. Carretera secundaria de doble sentido. Un vehículo trató de adelantar a otro en una curva cerrada, no nos había visto. O sí. No lo sé. Da igual, el resultado fue el mismo. Si hubiese ido a la velocidad adecuada… ellas estarían vivas.

– ¿Ellos?

– Mi mujer y mi hija recién nacida.

Esa fue mi explicación y no pidió más. Ignoramos lo hablado pues no quería remover lo sucedido. Ya había quedado enterrado en cierto modo. Aunque siempre recordaba lo que sucedió, sentía que ahora mi presencia en este mundo sí era necesaria.

Una noche de tormenta llamaron por radio. Un grupo armado se dirigía hacia nosotros. Teníamos que evacuar. Al pertenecer a una ONG teníamos derecho a un vehículo, el resto de personas se dividirían en edad y género. Mandarían cinco vehículos de diez plazas cada uno. Daba para un tercio de la población sin contar con los voluntarios.

A la mañana siguiente comenzó la evacuación. Hubo disturbios por elegir quién iría en el transporte. La decena de voluntarios estaban felices con su plaza. No pensaba abandonar. Me quedaría. Mi destino estaba aquí, en estas tierras. No en un apartamento en el centro de la ciudad, en una cama con colchón viscoelastico y un somier. No me marchaba.

Eve vino a mi cabaña.

– ¿Qué haces?

– Me quedo. Este es mi lugar, no podemos abandonarlos a su suerte. No podemos ayudar cuando las cosas están bien y cuando se ponga feo huir.

– Si te quedas morirás.

– Puede que no. Puede que me salve. O puede que ayude alguien a salvarse. No voy. Sube, vuelve a Francia y vive la vida de ensueño de la que están privadas de nacimiento en estas tierras.

Me miró y se fue. No se despidió. No sabía si estaba enfadada. Esperaba que no, que lo entendiese. Había sido un gran apoyo aquí, se había convertido en mi amiga. En una hora escuché el ruido de los motores, se iban y dejaban abandonado a una gran cantidad de gente. Unos minutos más tarde apareció uno de los muchachos que ayudaban a Eve, Kanga.

– Darío, ¿por qué no se ha marchado con ellos? – le miré a los ojos sin expresar palabra -. Da lo mismo, debemos movernos, no podemos quedarnos aquí, salga a colaborar.

La gente estaba en corro escuchando atentamente a una persona. Las lágrimas recorrían el rostro de muchos, ya habían aceptado su muerte. Todos los que subieron fueron niños inocentes separados de su familia a las que habían condenado a una muerte dolorosa que no se merecían.

Cuando me acerqué vi a la chica rubia que me acompañaba noche tras noche. No se había marchado. Eve estaba aquí. Me sorprendía pero no había tiempo para pedir explicaciones.

– Emprenderemos la marcha en dos horas, coger provisiones. Caminaremos unidos, como un pueblo. Como una familia.

Algunos de los habitantes se negaron a marcharse, explicaban que no podían vivir en otro lugar pues habían nacido y se habían criado en el terreno que nos encontrábamos, como lo habían hecho sus antepasados. Otros no se encontraban con fuerzas y un grupo minoritario se ofrecía para impedir que avanzasen con rapidez y el resto pudiese guardar su vida llegando a un refugio.

Eso me hizo pensar. Tal vez había llegado mi hora. Tal vez el destino existía realmente y cada suceso que ocurrió me había conducido hasta donde me encuentro hoy. Hasta que vine aquí no tenía motivos reales para vivir. Quizás este debía ser el último sacrificio.

Así expresé a Eve mi voluntad. No lo entendió y trato de convencerme hasta que vio que todos sus esfuerzos eran en vano. No iba a quedarse junto a mí, no era su destino. Tenía que guiarles hasta el campo de refugiados más cercano. Una vez allí no tendrían de que preocuparse.

Nos ocultamos en el hospital. Tapiamos ventanas como nos fue posible y bloqueamos la puerta. Por suerte o por desgracia, dentro estaba todo lleno de escombros todavía pues no pensábamos vaciarlo hasta que llegase el mobiliario.

Antes del amanecer del siguiente día tiraron la puerta abajo. Estaba en una habitación. Solo. Un joven armado apareció por la puerta. Me miró, sonrió y se acercó mientras me apuntaba con su pistola. Apoyó el cañón en mi frente. Cargó el arma y…

Si no presentaba resistencia apenas les retrasaríamos y podrían alcanzar a Eve y a todos los inocentes que la acompañaban.

Cogí su muñeca y comenzamos un forcejeo. Finalmente, me ayudé de una tabla de madera para golpearle y que soltase el arma. Cayó al suelo. Se cubrió y pidió clemencia. Resultaba… curioso. El hombre que había estado dispuesto a quitarme la vida con sangre fría y sin inmutarse ahora lloriqueaba porque la perdonase la suya.

Le apunté y su agonía aumentó. Le disparé en una rodilla. No quería quitar la vida a nadie, sólo retrasarles. Quizás esto le diese una lección.

Salí de la habitación armado y disparé a otro muchacho en la pierna. Recogí su arma y continué vagando por el pasillo. Me encontraba a mi paso los cadáveres de los vecinos. Dejé heridos a una decena de hombres.

Escuché un disparo. Una bala atravesó mi espalda y salió por el pecho. Caí al suelo. La sangre brotaba y antes de cerrar los ojos en un último suspiro vi la cara de mi asesino.

De repente, me sentí libre. Podía volar como tan ansiosamente había deseado desde la barandilla de mi terraza. Ahora era feliz. Volvería a reencontrarme con quienes había querido en vida. Y dejaba salvados a vidas inocentes que no se merecían ni una pizca de maldad.

Así acabó mi viaje. Con una luz. Una luz al final de un túnel, donde mi pasado se desenterraba y lo aceptaba. La paz había llegado.

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