Ítaca. Autor: Lucas Catalán Garrido

Ella sí le comprendía. Ella; inmensa, azul, verde, oscura. cambiante… Ella, con sus idas y sus venidas, con su tierno oleaje otras con sus furiosas olas que parecen querer quebrar la tierra que la contiene en su continuo viaje de ida y vuelta de orillas remotas.

Esa tarde, como tantas, había acudido a la playa para sentarse sobre su roca (suya en la medida en que las gaviotas, asustadas y curiosas echaban a volar) y contemplar el ocaso del sol. Oro fundido, casi tembloroso por la lejanía, como si dudase antes de naufragar, lentamente como una nave en el inalcanzable horizonte marino.

La nave… ¿Dónde estaría la suya, la bien aparejada, la que impulsaban cien esforzados brazos, la compañera siempre dis­puesta a romper en espumas el mar con su orgullosa proa, la que se había convertido en su hogar durante meses, estaciones, años? ¿En qué lugar se pudrirían ahora sus tablas, las maromas y cuerdas de áspero esparto que lo mantenían todo unido, la gran vela con su escudo, enseñoreando el emblema de su Casa? Sólo la funesta envidia de los Inmortales tuvo que ser la que les separara, la única capaz de lograr lo que el bronce y el fuego de los hombres no pudo.

La aspiró antes de verla. Siempre sucedía así, con los Inmortales es siempre así, se dijo entrece­rrando los ojos. Se la imaginaba descender etérea por el sende­ro que serpenteaba entre los pinos y la piedra; su cabello suelto, melena de miel, del mismo color que el sol de los amaneceres, todo su cuerpo cimbreándose bajo el lino suave.

Ella, la inmortal que decidió vivir lejos de sus igua­les en aquel reino de playas y bosques en medio del mar, había recibido a aquel al que los dioses alejaban de los suyos como castigo. Y ella no había tenido miedo a los suyos, y él, agotado y vencido al fin, se había entregado. Había olvidado entre sus dulces brazos la amargura del naufragio, las manos desolladas de intentar aferrarse a la esperanza del timón, la voz desgarrada de dar órdenes, de maldecir, de llamar a sus compañeros en medio de la tormenta. La divina melena sobre su cuerpo el vértigo de la sangre y la carne, el abandonarse, habían cicatrizado las heridas abiertas; el bronce lacerante, las fatigas y miserias, las pérdidas, las traiciones…             La mirada de sus ojos (hoy inmenso océano, ayer noche cerrada, mañana primavera en los prados, siempre cambiante) había sido un bálsamo que le sanó de esa otra mirada ciclópea del Astro, que en los días de viaje a la deriva consumió fuerzas y vida arrancándole la piel, marcándole.  Y a cada beso y entrega le fue devolviendo las fuerzas para tener ganas de vivir, a cada conversación divina, a cada abrazo, a cada día de los transcurri­dos, a cada año… ¿cuán­tos ya?, cinco, seis, siete…

Antes de que ella llegase a su lado y la piel de leche de la diosa se posase sobre la suya hecha por el sol, lanzó un suspiro, un mensaje invisible a la mar, que desde entonces le venía a contemplar sobre la roca, a reclamarle…

-¿Qué hay cada mañana allá donde se pierden las gaviotas, donde se pierden tus ojos?.

Y su voz la voz de un Inmortal, envolviéndole; sonando por fuera y por dentro, en su cabeza como una música tenue repitiendo la pregunta que él siempre había logrado responder con la naturalidad de un simple pescador, disimulando con convencimiento lo que cada vez iba lastrando más su espíritu, porque no en vano era conocido entre los habitantes del Olimpo y entre los hombres que habitan la tierra por su astucia. Él era Odiseo, el rey de Itaca, el más hábil, el más inteligente de los aqueos, digno hijo de Laertes, el causante último con su ingenio de la desgracia de la casa de Príamo. Pero aquella mañana definitiva se sentía menos rey, menos astuto, más mortal que nunca desde que fuese acogido en aquel exilio divino. Esta vez no podía apartar sus ojos del brillo del mar, de la línea precisa del horizonte

Calipso no se había encaprichado del náufrago llegado a la isla. No era uno de esos a los que las olas arrojaban de vez en cuando en su regazo, divertimento durante algún tiempo y que terminaban provocando hastío y pereza, como un juguete del que pronto se olvidan los niños ansiosos por la novedad. Los dioses conocen cosas que los hombres ignoran, y supo inmediata­mente quién era aquel náufrago, el cuerpo aferrado a un pedazo de quilla, cubierto de heridas y vestido de algas como un miserable despojo que amaneció en una de sus playas. ¿Cómo no oír hablar de quién había logrado burlar las murallas de Ilion, la Bien Construida, cuyas defensas edificaron los mismísimos Apolo y Posidón? ¿Cómo desconocer la ira de uno de sus iguales, el Señor de Las Aguas, por la afrenta del aqueo a uno de sus monstruosos hijos, Polifemo? Lo cantaban los vientos del Este, las gaviotas se lo contaban unas a otras, los otros que llegaron a sus playas. ¿Cómo no admirar a semejante mortal? ¿Cómo no dejarse seducir por su atrevimiento, por su manera de vivir? ¿Cómo no amarle como aman los Inmortales?

-Busco el horizonte- respondió sin mirarla. No se atrevía. No quería ceder ahora que estaba tomada la decisión y que sus ojos, hoy azules, le hiciesen naufragar.

-Buscas lo inalcanzable- Calipso se mantuvo de pie, a su espalda, conociendo, pero sin querer saber.

-Lo inalcanzable eres tú, hermosa Calipso. Nunca me quedo ahíto de ti, nunca me sacio de tu cuerpo, nunca tus palabras y tu voz son iguales, pero nunca…-El sol ya casi había desaparecido engullido en el  gran azul- Nunca dejaré de ser quién soy.

-¿En el horizonte te espera Itaca? ¿Es a Penélope a quién quieres hallar?

Itaca, Penélope… tantos años queriendo retener el recuerdo de sus colinas de encinas y olivos y sus puerto seguros, sus pechos y su vientre, sus gentes, su paisaje, su bien edificado palacio, su risa de niña, su cabello de noche, su hijo, tan pequeño entonces en el regazo de su madre, su único vástago… Al fin, se atrevió a mirar a la divinidad. Siempre le sorprendía el resplandor de su piel, la apagada luminosidad que la envolvía. Cogiendo la menuda y pálida mano entre sus manos de marino e iniciaron un leve paseo por la playa, al borde de las olas que llegaban moribundas  a sus pies.

-¿No eres feliz, no te envidiaría cualquier mortal?- Calipso no parececía hablar a su lado porque las palabras la envolvían, se le filtraban por la piel -La inmortalidad que te he ofrecido, ¿no te parece suficiente dote?

Inmortalidad… felicidad… Los años, los naufra­gios, le habían enseñado que la felicidad no es algo completo y permanen­te, que no puede serlo porque perderá su significado. ¿Cómo vivir ese momento con la intensidad del que presiente un fin, si sabemos que perdurará? ¿Cómo privarle a su corazón esa agitación cuando se prepara el viaje, los preparativos que ponen en movimiento las energías de su reino, los hombres agrupándose a sus órdenas, las naves reuniéndose en el puerto, la esperanza reflejada en los rostros de los que van a partir, y luego cuando se vislumbra la línea de tierra a lo lejos o quizás otra vela que anuncia el combate?.

La inmortalidad… la felicidad constante… Atrayente, envidia­ble… pero él es Odiseo, el más astuto de los aqueos, el rey de Itaca, al que los dioses no han conseguido enviar al Hades, el destructor de ciudades, el navegante, el más humano de todo los humanos.

-Soy mortal, mi diosa. Amo la inmortalidad porque no lo soy. Inalcanzable. Te vivo y te amo porque no te tendré siempre, porque aunque no me fuese, perecería. Soy ahora feliz porque he sido el más desgraciado de los hombres. Te bebo y te consumo porque he pasado hambres y he tenido sed…- Odiseo se sentó sobre la arena seguido por la silueta azul- Si me dieses esos dones, que me quedaría por anhelar, acabarías por siempre con mi sed, con mi hambre, con mi amargura de hombre que me aguijonea a buscar.

-¿Y qué buscas en el horizonte?

Los labios de ella le hablaban cerca, más que preguntando queriendo hacerle desistir. Su aliento, mezcla de frutas, de mañana fresca, quería anclar esa alma errante y contenerla.

-¿Qué busco?- el aqueo, el hábil hacedor de engaños, dudó. Su boca se resecó y sus ojos fueron absorbidos por aquella boca tan gloriosa, tan sabrosa, tan sabia.-Busco Itaca, a Penélope, a los míos…

-¿Acaso no sabes que te acecharán de nuevo mil infortunios, quizás la soledad en el hogar donde serás un extraño?- su mano, ligera se posó en su brazo. Se encendieron mil hogueras en su cuerpo, tantas como las que iluminaban aquellas noches frente a Ilion.

El viento que se levanta al anochecer agitó la hermosa cabellera de la ninfa y un mechón acarició la mejilla del rey de Itaca. El corazón bombeó fuerte, abrió las fosas nasales como toro que embiste; su propio ímpetu convertido en deseo le asfixiaba.

-Quizás tu reino no pertenezca  ya a los de tu estirpe, quizás Penélope ya no te llame su esposo, quizás tu pueblo ya no desea el retorno de quien regresa con las manos vacías.

Calipso parpadeó, despacio, majestuosamente, y la última luz de la tarde se desvaneció.

Calipso guardó silencio y su silencio fue el silencio del mundo; cesó el murmullo del mar y los graznidos de las gaviotas, la brisa. Así es el silencio de los dioses, se dijo Odiseo, quien ya conocía la furia de los Inmortales.

El aqueo, sosteniendo aún entre sus manos los dedos de marfil de la ninfa, lloró en silencio, la lucha interna, la fragilidad del hombre. Una lágrima, humana y amarga, se precipito hacía la espesura de su barba. Ella la siguió extrañada. La contempló curiosa, entristecida de pronto. Ella, una Inmortal, lo sabía.

Calipso lo supo la primera vez que aquel cuerpo de hombre, cubierto de sol y trabajos, la amó en su gruta. Lo supo cuando, entrelazados, recorrieron la isla, y se asomaron a los precipicios de la isla y de su alma. Cuando la mirada verde del aqueo la desnudaba precediendo a sus seguras manos. Lo supo mucho antes de que el Matador de Argos, aquel al que los Divinos envían como mensajero, le comunicase la decisión del Padre de los dioses. Ella lo sabía y su dolor era el de una diosa. Había de dejarlo marchar.

Y Odiseo lo supo en ese instante en el que el nombre de su reino y el de su esposa se habían vuelto a sonar, tomando vida, formas nítidas después de tantos años. Lo presintió toda su vida escondido en ese golpear desbocado del corazón cada vez que se preparaba la flota en verano, cuando navegaba hacia Ilion y la costa de su isla quedaba atrás, la empresa de las empresas, quizás el viaje para el que había nacido,  cuando regresaba al hogar después de tantos años, lentamente, sin prisas, haciendo más grande el nombre de los suyos, viendo lo que nunca otros habían visto. Cada cala una puerta a lo desconocido, a la que podía empujarle un mal viento, un golpe de mar y suerte. Cada tormenta, una lucha a vida o muerte donde los instintos y los sentidos se convertían en lo más real, donde él y los suyos se superaban, hermanándose. Y al final de todo ello, como impulso para seguir avanzando, Ítaca, Penélope… Lo supo aquella mañana al mirase en los ojos de Calipso.

¿Qué saben los inmortales, de ese desgarro por lo que no se alcanza, del calor de una esperanza? ¿De lo que se vive cada vez como único porque no sabemos si llegará el mañana, de la intensa emoción del Viaje? Supo que Itaca, Penélope era esa estrella que marca en la noche la navegación, el rumbo.

-El mar me llama.

Odiseo apartó los ojos de ella.

-Yo sólo escucho su murmullo, las olas, el agua que entrechoca.-Mintió ella besando su hombro.

-Me trae los gemidos de los míos, de los que me siguieron y confiaron en que les llevase de vuelta a sus hogares.

-Son las gaviotas que juegan en el agua y se disputan los peces.

Ella le besó el cuello, y la supo a mar.

-Algo dentro de mí me lanza hacia él- terminó por confesar – Tan inmenso, tan abierto… ¿Qué importa si nadie desea mi regreso a Itaca? ¿Qué importa si Penélope no me aguarda en nuestro lecho? ¿Qué importa perecer en las profundi­dades silenciosas del océano si el camino estará jalonado de etapas, todas distintas, todas nuevas; dolorosas, felices…. Eso le da sentido.

La Diosa le sintió lejos. Ya no le pertenecía. Odiseo percibió con más fuerza que nunca el olor a sal del mar en calma,  y el perfume de la ninfa difuminándose en ese aroma a salitre. Y los dedos de marfil se la escaparon de la mano.

-¿Qué esperas hallar entonces en el regreso?

-Regresar. Vivir cada etapa de ese regreso, retrasarlo, espaciar­lo, sentirme vivo en cada jornada que no adivino, provocarme cuando me sienta agotado porque he de continuar. Ítaca, Penélope será el puerto de referencia, como lo es la muerte para el hombre cuando piensa en lo vivido y le impulsa a vivir. Y si me lo arrebatases me consumiría en esa inmortalidad tuya para la que no nací. Necesito alcanzar la isla que se vislumbra en el horizonte para saber. Y luego, preguntarme qué islas habrá más allá, qué puerto… Y así, quizás, poco a poco, regreso a regreso, llegar un día a la isla de la que partí, a la mujer que llamé mía y que me llamó esposo. Mi estirpe que recordará mi nombre, mis hazañas, en las noches de invierno en torno al hogar.

Los dos guardaron silencio. La voluntad de los Inmortales se cumplía en aquel anhelo humano. Y ella le besó los labios. Tierna. El saboreo por última vez su aliento a bosque, agua fresca rompiendo entre rocas, a Mujer.

-Regresarás.- sentenció ella -Mañana te entregaré una afilada hacha de bronce. Mañana te entregaré la vela tejida que te conducirá lejos. Mañana iniciarás tu regreso, tu navegar.

Odiseo suavemente la recostó sobre la arena. Aún les quedaba aquella noche. Odiseo y la ninfa Calipso, confundiéndose con el oleaje que les había unido y separaba, con sus ascensos y descensos, su murmullo y sus jadeos, sus gaviotas jubilosas y sus últimos llantos.

-Mañana, mi Diosa, no serás mía.

Ella, Inmortal lo sabía, y él, hombre, lo supo aquel amanecer.

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