IONIS La ilusión. Autor: Martín Vargues

Fue hace varios años, no recuerdo con exactitud cuantos. El viaje surgió de forma imprevista y lo acepté. La verdad, no sé si volvería, no fue una mala travesía, pero… me dejó un tanto nervioso, intranquilo y hasta quizás preocupado. Si me volvieran a invitar, cosa que dudo, no lo volvería a aceptar.

Es muy probable qué dónde estoy residiendo sea mucho peor, pero aplicaría el dicho, por demás tirano: “Más vale malo conocido, que bueno por conocer”. Yo sé qué el espíritu aventurero y de esperanza debe prevalecer, pero uno no es eterno, ya tiene unos añitos arriba y poco va a durar. Es como si uno, luego de toda una vida en un mismo lugar, pudiera casi prever su futuro, empezar a entender que las cosas no son tan azarosas y casuales. Descubrís la fórmula matemática de los hechos que le suceden a uno en la vida. Conocés como te va a responder tu vecino, cómo comienza una conversación por el mensajero de Internet. Uno pueda vislumbrar quién lo llamó por teléfono por la cantidad de “rings” y hasta quién es si lo saluda de una u otra manera. Estos fenómenos los denomino: aprender a ver le futuro. Así que no es imposible poder advertir el futuro. Esto lo gané con el paso de varias décadas en un mismo lugar. Las virtudes adquiridas me ofrecen cierta comodidad, y por tal motivo prefiero quedarme donde estoy. Además, el lugar al cual viajé es de una incertidumbre total.

Estaba en casa tomando mate como de costumbre, y me llamaron, no reconocí su voz, me invitó a Illúdere, me contó cosas fabulosas y en tono de súplica me remarcó la necesidad qué tenían de un cronista que los rescate, cómo si las letras no dejen morir a una cultura. No pude negarme, además sentí una gran curiosidad. Me fue imposible decirle que no, hasta sentí ganas y ansiedad de ir hasta aquel lugar. Me indicó la ruta, pero no la comprendí, más cerca de la fecha me informaría con mayor exactitud. Le pregunté su nombre, pero colgó ¿Cómo fue qué dijo? ¿Illúdere? Busqué en libros, pregunté a profesores e historiadores, pero nadie conocía nada, si quiera sospechaban dónde podía quedar dicho lugar. Le pregunté al señor “Google” pero nada me supo informar. Internet, nada, sólo definiciones de Illúdere al español, ya qué es una palabra en latín, la cual significa: Ilusión. No comprendí su nombre ni su porqué, pero cuando llegué al lugar lo entendí sin ninguna dificultad.

La ciudad lleva por nombre Illúdere, su nombre no es un capricho ya qué nace de la palabra ilusión e imagen. Llegué al lugar luego de varios días de viaje, fue un periplo, un viaje alucinante. Arribé y no sentí ningún tipo de desgaste. Estaba fresco como una lechuga, si me permite la metáfora. Miré alrededor, pero no podía distinguir nada, era todo cómo una atmósfera difusa, un humo espeso, gris. Pero no había mal olor, a decir verdad, no había olor. Esa fue la primera sorpresa que me llevé. La ausencia de aromas no es algo menor, es una gran dificultad, provoca una visión del espacio artificial. Me hizo sentir incómodo. Raro.

El señor qué me había llamado para invitarme a este viaje, no apareció, no estaba. Me encontraba en un lugar sin forma, sin colores, aromas, con una libretita y un lápiz para anotar lo que veía. Llevé una cámara fotográfica, nunca me había sentido tan estúpido ¿Qué diablos podía hacer acá con una cámara de fotos? Nada. La verdad estaba bastante irritado, al punto de cuestionarme el porqué de mi travesía. Pero eso fue al principio, mi escepcitismo hacia el lugar se fue alterando a medida que el tiempo pasaba. Al lugar, poco a poco, me fui acostumbrando. Me movía con facilidad de un lado al otro, con cierta liviandad, poseía mucha más agilidad qué en mi pueblo.  ¿El aire? Sospeché. Seguramente era eso, el aire era extraño, aunque no podía degustar su aroma. Pasaron largas horas, yo me senté dónde pude, no sabía para donde ir, así qué no me quedaba otra opción qué esperar.

En un acto de soledad extrema jugué al tatetí, y cómo el mejor estúpido: perdí. Al principio, a modo de excusa, pensé qué mi derrota era hija del aire tan extraño en el cual estaba inmerso, pero a los segundos comprendí qué fue por estúpido. El paso del tiempo despejó el humo gris qué me rodeaba y podía ver un fondo blanco, como el cielo, pero blanco y hasta creo qué empecé a sentirle algún tipo de olor al aire, aunque era raro. Seguía sentado, tenía mi libretita en mis manos y por encima de ella vi a un individuo ¡Al fin un ser vivo por el lugar! Lo saludé y el no tardó en advertir mi presencia y saludarme amablemente. Se acercó a mí, me dio un apretón de manos y me levantó de un tirón. Buenas ¿Cómo le va? –lo saludé.              Buenas –contestó. ¿Qué lo trae por estos pagos, amigo?. Nada, un amigo de ustedes me invitó, y en fin aquí estoy. Pero me intriga mucho porqué no hay nada ¿Qué sucede? En ese momento empecé a ver, detrás de aquel señor, un pueblito muy colorido, la visión era nítida y había un aroma agradable en el lugar., Me explicó  qué uno ve al pueblo de ellos sólo y únicamente si interactúas con alguien del lugar. La explicación era sencilla de entender pero no su porqué, tuve la intención de realizar la pregunta, pero sospeché qué me metería en un laberinto de explicaciones.

Rápidamente se metió pueblo adentro, por lo qué comprendí qué estaríamos en los arrabales de Illúsua. Raghal escuchó lo qué pensé y me dijo: Primero, se llama Illúdere nuestro pueblo. Segundo, no estamos en los arrebales. Lo intenté corregir, mencionándole qué no es arrebales sino qué es… pero no me escuchó. El me comentó qué el pueblo es movible, digamos qué se crea en el momento qué aparece. Es decir, fue complicado para mí comprenderlo así qué no se preocupe. La idea es así, el pueblo apareció en el momento en el qué yo vi a Raghal, desde la posición en qué nosotros dos nos encontrábamos el pueblo se ubicó, por lo qué si yo estaba unas millas más al norte, no estaría dentro del pueblo, sino a la misma distancia en la cual me encontraba en ese momento, ya qué el pueblo se crearía según la posición del forastero y el anfitrión.

Entré al lugar, era magnifico, muy colorido, mucha, pero mucha gente entrando y saliendo de miles de miles de casitas, todas con formas  distintas. Unas rojas, otras verdes, algunas azules y otras naranjas. Eran colores firmes, bien marcados. Le pregunté porqué usaban colores tan dispares y porqué tantas formas distintas. El me dio una explicación muy extensa qué no voy a transcribir, pero me habló de qué no es qué sea así, la idea es qué el pueblo es así porque yo vengo con una idea y una forma estructural de pensamiento qué es así. Además, agregó, el estado de ánimo es lo qué da el color y la forma. Este es un pueblo muy alegre, pero cada alegría es distinta y esa es la razón por la cual cada casita tiene una forma particular. Me resultó muy curioso y a su vez atractivo, muy distinto a lo que yo estaba acostumbrado. Pero en el momento en el que yo estaba ahí, no me sorprendió, no sé la razón, pero al volver a mi tierra natal mi visión cambió. Y entonces todo me resultó muy extraño. Algo que sí compartía aquella cultura era qué a los turistas se le muestra la cáscara más bonita del pueblo ¿Qué quiero decir? Que los colores, la alegría y todo lo mentado anteriormente no es lo qué caracterizaba a aquel pueblo ni tampoco todo lo contrario. Pero a los visitantes se les muestra lo más bonito, cómo corresponde, cómo es correcto.

La gente parecía muy apurada, corrían con gran velocidad de un lado a otro, quise acercarme e interactuar con ellos y Raghal, al ver mis intenciones, tranquilamente tomó mi brazo. Ni se te ocurra. Con qué cadencia y tranquilidad dijo aquellas palabras. Parecía esos viejos sabios qué en los cuentos mágicos aparecen. No podía tocar nada, según el me empezó a relatar, hasta que no conociera su cultura y/o costumbres. ¿Pero cuál era la razón? Es simple, si no tiene conciencia de lo qué somos, por qué cosas nos alegramos, sufrimos, gritamos, lloramos, gozamos, soñamos… Lo corté, le dije qué termine con tanta palabrería, ya había entendido, le pedí qué prosiga. Luego de qué lo cortara, me miró con gesto apático, suspiró, miró a un costado y prosiguió, si no conoce nada de lo anteriormente mencionado no podrá tocarlos, no podrá interactuar con ellos. Lo obviaran, no percibirán su presencia. En esos momentos, y con todo lo qué había visto y oído, no sonaba para nada extraño, todo lo contrario, tenía mucha coherencia y sentido. Me miró, me puso la mano en el hombro, sonrió, no hay tiempo qué perder, acompáñeme. Eso mismo hice, fuimos hasta un lugar con muchas casitas, miles, pero de formas más débiles, digamos qué de vértices menos marcados, colores tímidos y débiles. Este era un pueblo tímido, inseguro, pero qué poseía colores ya qué tienen en su vida la meta de lograrla, conseguirla. ¿Ve? Ahí pasó un habitante del lugar. Sólo vi una sombra. Me vino la curiosidad de saber cómo se llama el lugar, pero no le pregunté. No quería más problemas conceptuales, por ahora.

Su población está constituida por infinitos habitantes, y no porque sea un número muy elevado, sino porque eran infinitos. Más o menos, digamos. Algún infinito más, o infinito menos… pero no es un texto estadístico, es una crónica. Los habitantes eran muy longevos, hasta se había pensado en declarar a algunos inmortales, pero surgió en este punto un problema de burocracia cósmica, si así se le puede decir. Es decir, hay habitantes qué hoy en día tienen millones de años y se puede intuir qué serán inmortales. De hecho, en reiteradas ocasiones, el gobierno se vio tentado en realizar distinciones especiales a aquellos seres. Declarándolos inmortales. Pero lo qué sucede es lo siguiente, hace unos años se realizó dicha distinción a 50 habitantes del lugar, los cuales tenían de 10 a 100 millones de años, se les entregó una placa honorífica qué indicaba: “El señor X es inmortal”. Son de discurso breve y escueto, únicamente eso decía la placa, pero si a mí me dieran  una placa de ese tipo, con eso me bastaría. Al otro día 45 de los 50 habían desaparecido, entiéndase: muerto. Y al cabo de una semana ninguno de los 50 supuestos inmortales seguía en pie. Una total y absoluta frustración, imagínese. Así qué abolieron las placas honoríficas a la inmortalidad, por ser ésta, tan difícil de marcar. Lo qué sí se hace es análisis probabilísticos y tendenciosos. “¡Ay! El Roberto tiene toda la pinta de salir inmortal” Y comentarios equivalentes. La cantidad de habitantes tan elevada, la más elevada imaginable, podría generar un aparente caos, pero no es así. Hay un pueblo por cada 50 habitantes, nótese qué dicho número no es capricho, los gobernantes esperaron a 50 probables inmortales, para luego realizar un pueblo al cual rotularían: “El pueblo Inmortal”. A las 24 horas lo derrumbaron, como es de suponer. Quedaba muy feo hacer la pequeña corrección de “El pueblo casi inmortal”. Lo qué simplificaba de manera sustancial el tema de la gran cantidad de seres era algo muy curioso, lo explicaré. Un mismo ser puede ser, si me permite la redundancia, muchos seres a la vez, por lo qué en realidad la cantidad de habitantes global no sería infinito, sino un poco menos, sin dejar de ser infinito, claro está. Está cualidad es más importante de lo que aparentemente parece, ya qué un mismo habitante puede vivir todas las vidas en una sola. Esto, es algo qué todo ser humano con sentimientos y ánimo de vivir perseguiría. Vivir todas las vidas. Los illúderes tienen esta posibilidad. Se les presenta a algunos, otros sólo viven una sola vida, y por lo general es corta. Un illuderés podría ser mendigo y haraposo, pero a su vez en otro pueblo, qué no tuviera más de 50 personas, ser rey y conquistar doncellas. A veces sucedía qué querías entrar a un pueblo qué está completo, esto genera tediosas colas de espera. Algunos tenían la paciencia para esperar, y otros, ante una diversidad elevada de opciones, elegían otro tipo de vida. El poder vivir desde pobre hasta millonario, hace qué las almas de estos seres se vean enriquecidas de tal forma qué puedan entenderse los unos a los otros, por eso los mendigos eran entendidos por los reyes. Aunque habían maltratos, un rey perfectamente maltrataba a un mendigo, alegando: “Vos, en otro pueblo seguramente seas rey y yo mendigo, y estarás haciendo lo mismo”. Nunca faltaba la súplica de alguna viejecilla qué, cansada y dolorida, tras ser golpeada por algún malhechor, exigía benevolencia al grito de: “Ponte en mi lugar, buen hombre”. En lo qué este respondía si ningún escrúpulo: “Sí señora, avísale al qué gestiona las otras vidas y me tocará un pueblo en dónde seré viejo, verde e insoportable como usted.” Claro, no siempre podías elegir qué otra vida simultánea y paralela podías llevar, eso uno se lo ganaba con la vida y los gestos qué llevaba, personas qué no merecían elegir qué otra vida llevar, podían ser mendigos en una, viejos en otra y otarios en la que les restaba. Es la forma de infierno terrenal qué manejaban. Esto de las vidas paralelas solucionaba y aliviaba en gran medida la labor de los qué realizaban los censos nacionales. Esta actividad es muy peculiar. Ser censor nacional no era para nada agradable, todo lo contrario, era muy tedioso y aburrido. Esta tarea era imposible de culminar por ser la cantidad de habitantes a contar, infinita. Por dichas razones estas actividades se las ganaban los delincuentes qué eran condenados con cadena perpetua. Quién más qué ellos estarían en contra de la inmortalidad, para poder zafar de tal suplicio. Por esta razón, ya qué la medida era muy drástica, para los prisioneros qué se portaban bien, qué realizaban el censo correctamente y su comportamiento era  aplicado y digno, se les ofrecía la posibilidad de otra vida, en otro pueblo, más agradable. De todas formas jamás perdían la vida de censor. Eran muy estrictos en eso.

Con Raghal pasamos por una casa dónde justo se estaba realizando un censo.

-Buenas. Buenaaaaaas.

Toca la puerta, no emite ningún sonido y entonces se propuso imitar el sonido del golpe de la puerta con su aparato fonador.

-Pluck, pluck. ¿Hay alguien?

-Pase amigo. Pase, ya estoy con usted. La puerta está abierta.

-Buenas, disculpe si hice el onomatopeya del golpe de puerta con mi aparato fonador, es que golpeé la puerta y no se oyó ningún sonido.

-¡Ah! Sí, ya sé de lo qué me habla usted, no sé qué pasó, pero desde la mañana qué estamos con un desperfecto en el umbral mismo de la puerta, no hay aire en esa zona y el sonido no se propaga.

-Ah… entonces fue por eso qué me tuve qué alejar para hacer el sonido de la puerta.

-Sí, disculpe el inconveniente. Ya llamamos al técnico, supongo qué hoy o mañana lo arreglarán.

-Seguramente. Bien, yo soy censor, y vengo a realizar mi labor.

-¿Sensei? Yo conocí uno. Vivía en el Japón. Era genial, sabe qué una ve…

-Censor, del censo. Cuento los habitantes de la zona. ¿Comprende?

-Disculpe. ¿Por dónde empezamos?

-Dígame su nombre, apellido, trabajo…

-¿Podría darle los datos de la vida qué tengo en otro pueblo? Vivo a su vez en un pueblo qué está a unas cuadras de aquí. Y a decir verdad la vida qué llevó allá es mucho mejor qué la qué tengo acá. Acá soy un simple cerrajero, allá soy Duque, galán, conquisto doncellas ¿Comprende? Y por más qué la familia de acá no está mal, allá tengo más libertad, soy soltero… en fin.

-Ningún problema. Pero de todas formas preciso sus datos para tacharlo. ¿Dónde está su familia?

-En el cuarto, acompáñeme.

Fueron al cuarto, y no estaban. Habían desaparecido. Sólo sus sombras se veían. El hombre lloró un poco. La muerte se advierte al ver sombras despojadas de cuerpos qué las generen, y al ser vistas por algún hombre, estas se esfuman. Particularmente tienen qué ser observadas por algún familiar, así estos comunican de su desaparición. Cuando nunca son vistas por nadie, quedan en el mundo, vagabundas, tristes y melancólicas en busca de una mirada fraternal. El callejón de las sombras tristes es un lugar horrible, el cual visité a los pocos meses.

-Mi pésame. Lo lamento.

-No pasa nada, ahora tendré qué ver cuanto tiempo me queda en esta vida. A ver cuándo desaparezco y me quedo con la vida de Duque ¡Qué cruel la vida!

-Me retiro, no le molesto más.

-Bueno.

-Muchas gracias por su hospitalidad, le estoy muy agradecido por todo. Espero se reponga de este duro golpe y le deseo lo mejor. En unos días lo visitaré en el otro pueblo en el cuál usted es Duque.

-Perdón ¿Qué me dijo? No le escuché nada. Sólo vi el movimiento de sus labios.

El señor realizador de censos se había ubicado en el umbral de la puerta, lugar en el cual el sonido no podía propagarse, se movió unos metros.

-Nada, le decía que: Chau.

Podría decir que todo fue una ilusión, porque un estornudo me hizo ver que mis pies reposaban en mi dura cama. Las paredes eran, nuevamente, sólidas y descascaradas. Pero, hasta donde una ilusión puede materializarse como Ionis. Algún día volveré. Son esas convicciones de las cuales uno, no está del todo convencido.

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  1. Pablo Sequeira

    Muy interesante… entretenido. Podría haber tenido un estilo más serio, pero… fue agradable leerlo.

  2. Diego Fernandez

    La verdad, una belleza esta crónica. Es un grande Vargues, y conozco otras cosas de él y… merece todos mis respetos. Ojalá gane. Abrazo.

  3. Elvira Endo Alvarado

    O sea que todo está en los ojos del que mira…
    Mundos paralelos, dimensiones desconocidas…

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