Gracias por la pizza. Autor: Ruy Berrotarán

Un sábado de principios de noviembre, Christian se levantó temprano y preparó el desayuno. El día era espléndido, como de verano, y a pesar de no ser aún las nueve de la mañana, la temperatura superaba los veinte grados, según la radio.

Despertó a Lara, que todavía dormía profundamente. La noche anterior se habían quedado despiertos hasta tarde, mirando una película en la televisión. Una de suspenso, con Al Pacino.

-Vamos a algún lado- dijo Christian.

Ella se desperezó, estirando los brazos y bostezando.

-¿Adónde?

-No sé- dijo él. -A alguna parte, en carpa. El día esta bárbaro.

-Podemos ir a Gualeguaychú. Hay un camping lindo ahí, sobre el río.

Christian pensó unos segundos, calculando mentalmente la distancia y los costos del viaje. Serían unos quinientos kilómetros, ida y vuelta. Cuatro tanques de gas, y veinticinco pesos, más diez de peaje.

-Gualeguaychú está bien, es cerca, y además podemos pescar.

Lara se rió, mientras se metía en el baño.

-¿Y desde cuándo vos pescás?

Christián la abrazó desde atrás, impidiéndole la entrada al baño, y la besó con fuerza en el cuello.

-Algún día puedo empezar ¿no? Tengo la caña de mi viejo.

El padre de Christian había muerto de un cáncer rápido en la piel, hacía sólo un año, dejando algunas cosas, además del auto, que él se empeñaba ahora en usar, como una bicicleta de carrera, la pequeña carpa canadiense, y también la caña de pescar, que se herrumbraba en un rincón del cuarto de arriba, junto a las velas.

-Me baño y vamos- dijo ella.

Llevaban tres años viviendo juntos, al mes de conocerse en un Mc Donalds del centro, donde Lara trabajaba por entonces. Ella era de un pueblo del interior de Santa Fe, y acababa de llegar a la capital, aburrida de su familia provinciana, y del pueblo mismo.

Pasado un tiempo, y luego de soportar varios trabajos mal pagados y cansadores, habían decidido independizarse. Ahora fabricaban velas, en un pequeño taller instalado sobre la terraza. Tenían ya unos pocos clientes, más o menos fijos, y aunque a veces se hiciera un poco pesado recorrer los negocios de San Telmo y Palermo, ofreciendo sus productos de parafina, las cosas parecían irse encaminando poco a poco, luego de los arduos meses pasados, cuando Christian fuera echado de su trabajo en el estudio jurídico, sin recibir siquiera un peso de indemnización. El juicio por despido estaba  iniciado, y el abogado aseguraba que recibirían una buena suma de dinero, por más que demorara un par de años. Como decía el letrado, los tiempos de la Justicia,  no son los de uno.

Pero de todas maneras, y con algunos sacrificios, habían conseguido equipar el departamento con un teléfono inalámbrico,  purificador de aire,  microondas y sobre todo, el lavarropas. Lara estaba tratando de enseñarle su manejo a Christian, a pesar de su resistencia. En el fondo, seguía pensando que todo lo concerniente a la limpieza resultaba tarea exclusiva del género femenino.

Partieron casi a las diez de la mañana, y la primera parada fue en un supermercado. Compraron un poco de comida, un par de cervezas, y una linterna de las grandes. Christian dijo que nadie que fuera de camping podía hacerlo sin llevar una, y Lara estuvo de acuerdo.

Durante un largo rato quedaron en silencio. Christian, sin saber bien por qué, imaginó que ella estaría pensando en el tema al que volvía con insistencia en los últimos meses: el casamiento. Algo que según Lara debería necesariamente acontecer, al menos en un futuro no tan lejano.

El problema era que Christian descreía de “los papeles”, como él decía, tal vez por su trabajo anterior en el estudio jurídico. Más bien, su deseo hubiera sido el de tener un hijo, recordando que ya tenía treinta y dos años, y que por otra parte, había escuchado en la televisión que el nacimiento de un chico contribuía a afianzar la relación entre las parejas jóvenes.

Pero Lara apenas había cumplido veintiséis, y no se sentía preparada para la maternidad, así que cuando Christian le hablaba de esas cuestiones, solía decirle que lo dejaran para más adelante. Pensaba seguir una carrera en la Facultad, el año próximo. Tal vez antropología.

El motor del heredado Peugeot 504 continuaba funcionando bien, a pesar de haber sido usado como taxi mucho tiempo. Recordó el esfuerzo que había significado para su padre la compra del auto, pagando cuota tras cuota del Autoplan con su escaso sueldo de chofer de turno y medio, y vino también a su memoria, con un poco de tristeza, la alegría de su viejo cuando la concesionaria se lo entregara, doce años atrás.

Pero el sol seguía brillando con fuerza en lo alto, y Lara había abierto una botella de cerveza. Luego de tomarse el segundo vaso, Christian quiso encender un porro, aunque Lara se negó firmemente.

-Cuando lleguemos- dijo. Le daba miedo que Christian fumara mientras manejaba. Además, había permanentes controles de la Gendarmería sobre la ruta. ¿Qué pasaría si paraban el auto, y los gendarmes sentían el olor?

El no dijo nada, por no hacerla enojar, y continuó hasta llegar a Gualeguaychú. Entró en la ciudad, la atravesó rápidamente, y luego tomó la ruta que conducía al río Uruguay.

-¿Seguro qué sabés dónde queda el camping?

No llevaban ningún mapa de la zona, pero Lorena, la mejor amiga de Lara, había estado acampando allí mismo el verano pasado, y ella le había dado todas las indicaciones necesarias por teléfono, un rato antes de que salieran de Buenos Aires.

-Quedáte tranquilo- dijo Lara. Sabía bien que Christian pensaba que las mujeres carecían del don de ubicarse por calles y rutas, y seguramente no la creía capaz de recordar las instrucciones de su amiga, pero esta vez Lara había puesto mucha atención.

-Tenés que seguir derecho- dijo.

El asintió, más que nada porque ya había visto un cartel señalando el camping.  Casi enseguida llegaron a la entrada, por un camino de tierra colorada bordeado de grandes árboles. El lugar era muy extenso, cubierto de enormes pinos, y no parecía haber mucha gente.

Después de registrarse y pagar en la entrada, bajaron las cosas del auto y comenzaron a armar la carpa, algo que no costó tanto trabajo como habían imaginado, sobre todo porque era muy chica, por más que la bolsa decía “para cuatro personas”.

-Cuatro enanos- dijo Christian, y Lara se rió. En el interior apenas entraban los dos, y eso sin estirar las piernas del todo.

-¿Hacemos la zanja?- dijo Lara.

-¿Qué zanja?

-Hay que cavar una zanja alrededor de la carpa, por si llueve.

-No va a llover, no te preocupes.

Lara no dijo nada, y miró el cielo. Se había nublado un poco, pero pensó que tampoco tenían una pala.

Al terminar de armar la carpa caminaron hasta la orilla del río. Dos hombres estaban pescando, metidos en el agua hasta las rodillas. Anduvieron un rato por la playa. La arena era blanca y fina, como si estuvieran frente al mar, y en el horizonte se veía la costa uruguaya. Luego se sentaron sobre el tronco de un árbol caído, mirando la corriente que fluía con lentitud.

Christian prendió el porro y se lo paso a Lara, aunque no sabía si ella iba a querer fumar. Lo hacía algunas veces, y otras se negaba. Christian desconocía a que se debía eso.

Lara tomó el cigarrillo, le dio una pitada y lo devolvió.

-Fumá más- dijo él.  -Con razón no te pega.

-Es muy fuerte.

Christian  sonrió y se lo pasó de nuevo.

Esta vez ella inhaló el humo varias veces, hasta que tuvo un ataque de tos y lo dejó. Luego ambos se quitaron las remeras, las desplegaron en la arena, una junto a la otra, y se acostaron sobre ellas boca arriba.

Lara tenía puesta la parte superior de una bikini floreada, y Christian aprovechó que ella había cerrado los ojos para observarla durante varios minutos. Sentía que era la primera vez que la veía detenidamente, tan de cerca. Seguramente era el efecto de la marihuana.

Descubrió que tenía un gran lunar bajo la oreja derecha, y también un poco de vello rubio en las mejillas. Un rato después, cuando ella abrió los ojos y salió de su ensueño, ambos miraron el río, donde cada tanto pasaba una barcaza. Se veían varios islotes de arena, y algunos árboles que surgían desde adentro del agua, cerca de la orilla. El río estaba crecido, pero se divisaba la costa uruguaya.

-Podríamos ir a Uruguay- dijo Lara.

-Nunca estuve- dijo Christian.

-Vayamos, entonces.

Christian lo pensó  un momento.

-El auto no está a mi nombre.- dijo.

Lara no contestó. Se sentía un poco atontada, pero sabía que no irían al Uruguay.

-Tengo sueño, Chris.

-Volvamos a la carpa, si querés.

-¿No vas a ir a pescar?

Lara se rió, y luego él también.

-Mañana voy- dijo Christian.

Dentro de la carpa hicieron el amor casi sin moverse. El espacio era muy reducido. Lara estaba bastante excitada, pero Christian acabó rápido y se quedó dormido inmediatamente después. Ella miró un rato los pinos cercanos y el río, a través de la puerta de lona entreabierta, hasta que comenzó a oscurecer y se durmió también.

Cuando despertaron ya era noche cerrada, y decidieron ir hasta la ciudad. Eran unos treinta kilómetros, pero ambos tenían mucha hambre, y lo poco que habían comprado en el supermercado se había terminado pronto.

Cenaron en una parrilla, frente a la costanera que daba al río Gualeguaychú. Había muchas personas, varias de ellas con aspecto de turistas, y chicos que corrían por el restaurante, esquivando apenas a los mozos. La televisión transmitía el programa de música tropical del Canal Dos.

-Quiero ir al Casino- dijo Christian, cuando ya habían pedido la cuenta.

-No, Chris- dijo ella.

-Un rato nada más. No te preocupes.

Pero Lara ya estaba preocupada.

-¿Con qué plata vas a ir?

-Tengo cien pesos- dijo él, abriendo la billetera. Tenía un billete de cien, y varios de diez.

-Esos cien son para pagar el purificador de aire- dijo ella.

Esa compra había sido idea de ella. La cocina tenía poca ventilación, y el olor a comida permanecía durante días en toda la casa.

-No voy a perder- dijo él.

Lara lo miró fijamente. No quería que jugara, pero también sabía que sería imposible detenerlo.

-Sólo juego estos cien- dijo él.

-Los vas a perder- dijo Lara.

-¡No seas yeta! Vamos, dale.

Lara comenzó a ceder. Mientras tanto, en la televisión, el presentador pasaba su micrófono entre los integrantes de un grupo de cumbia, a fin de que se despidieran del programa con un saludo para sus seguidores. Eran casi diez chicos, la mayoría de pelo largo, con muchos aritos, colgantes y pañuelos.

-¡Gordo, gracias por la pizza!- dijo el último de los músicos. Después el locutor le arrebató el micrófono y presentó al grupo siguiente, mientras Christian terminaba de comer, esperando que Lara se decidiera.

Había entrado por primera vez en un Casino cuando tenía dieciocho años, en Bariloche, durante el viaje de egresados de la secundaria, y desde entonces no podía dejar de volver. Conseguía abandonarlo por un tiempo, a veces meses o años, pero finalmente recaía en lo mismo. Era algo interno, prácticamente irreprimible, y la innegable causa de su despido del estudio jurídico, aunque Lara no lo supiera.

Insistió un poco más, y ella cedió finalmente. Y sólo tuvieron que caminar dos cuadras hasta el Casino, que estaba colmado de gente. Cristian se sentía impaciente por jugar, y se dirigió directamente a una de las mesa de ruleta, pero tuvieron que esperar unos quince minutos hasta conseguir color.

Cuando pudo cambiar los cien pesos, Christian pidió a Lara que diera una vuelta por el lugar. Ella fue a recorrer las otras salas. Nunca había estado en un lugar así. Además de las de ruleta, había algunas mesas de Black Jack y de Punto y Banca, y varias máquinas tragamonedas.

Apostó quince fichas, distribuidas en la segunda docena y rodeando al veintitrés, el número que más le gustaba. Las fichas eran de dos pesos, color amarillo. Calculó que cuando ganara cien pesos se retiraría. Siempre había pensado que resultaba imposible ganar una buena cantidad, si se apostaba poco.

La bolita se detuvo en el once. Sólo tenía una ficha en la línea, así que recibió seis en total. Había perdido nueve. Luego volvió a insistir con la segunda docena, pero esta vez fue todavía peor, y salió el treinta y cuatro.

Comenzó a desesperarse. Sabía que no podía  perder el dinero, más que nada por Lara. Pensó también que las mujeres no entendían de esas cosas, por más que al mirar alrededor descubrió que la mayoría eran justamente mujeres, casi todas de cierta edad. Resultaba un poco triste ver sus caras de preocupación, y el gesto habitual de golpear con la mano en el costado de las maquinas tragamonedas, como intentando hacer caer alguna ficha salvadora.

Volvió a perder, aunque ya había cambiado de docena. Esta vez salió el cero, y se consoló pensando que de todas formas hubiera perdido. Ya le quedaban solo treinta pesos.

Lara volvió de su recorrida por la sala. No preguntó nada, pero observó que la cantidad de fichas  había disminuido mucho.

El sólo la miró, y tampoco dijo nada. Había decidido jugarse el resto a una sola chance. Era arriesgado, pero no encontraba otra opción. Sólo necesitaba un poco de buena suerte. Cincuenta y cincuenta, una posibilidad sobre dos, sin contar el cero.

-¿Mayor o menor?- preguntó sin mirarla, con la vista fija en la ruleta que ya había comenzado a girar.

-¿Mayor de cuanto?- dijo ella.

-De dieciocho. ¡Dale!

Lara pensó dos segundos, y dijo “menor”. Christian apenas tuvo tiempo de colocar las fichas sobre el paño, justo cuando el croupier indicaba que no iba más.

Esta vez salió el nueve. Lara dio un gritito de alegría, y apretó el brazo de Christian.

-Suerte de principiante, dijo él. Ahora tenían sesenta pesos, y todavía perdían cuarenta. Siguió apostando a la segunda docena durante dos tiros más.

Salió primero el treinta, y luego el veintiséis. Parecía increíble.

Decidió dejar de apostar una jugada, pensando que hacer con lo poco que quedaba.

-¡Colorado el veintitrés!- dijo el croupier.

Christian se tomó la cabeza con ambas manos. Era su número. De haberle puesto unas pocas fichas, hubiera recuperado lo perdido y hasta habría quedado una ganancia. Se sintió un idiota, pero ahora sólo quedaba jugársela de nuevo.

-¿Rojo o negro?- preguntó a Lara. Si había funcionado la primera vez, podría ocurrir lo mismo ahora.

-Rojo- dijo ella, y Christian apostó las diez fichas que quedaban. La última esperanza.

La bolita blanca dio mil vueltas a una velocidad increíble, durante interminables segundos. Parecía que jamás se detendría.

-¡Negro el diecisiete!- dijo el croupier

Christian miró fijamente el paño, esperando que hubiera habido una equivocación al cantar el número. Luego tomó del brazo a Lara, mientras el croupier retiraba las fichas perdidas, entre ellas las amarillas.

        –Vamos- dijo.

Lara lo siguió en silencio, y sólo habló cuando estuvieron dentro del auto.

-¿Y ahora que hacemos?- dijo.

La cuota del purificador vencía ese mismo martes. Noventa y ocho pesos, y era sólo la primera. Todavía faltaban dos más.

-No sé -dijo él, mirando el camino de tierra. Había comenzado a llover, así que puso el limpiaparabrisas.

Deberíamos haber hecho la zanja, pensó.

Lara lo miraba. Parecía a punto de ponerse a llorar.

-Le pediré la plata a alguien, ¡qué sé yo!- dijo él.

-¿Y a quién le vas a pedir?

-¡No sé, a mi vieja, a cualquiera! Tampoco es tanto, ¿no?

Ella comenzó a sollozar. La madre de Christian se había jubilado hacía unos meses, y vivía quejándose de lo poco que cobraba.

Mientras tanto la lluvia seguía cayendo, cada vez más fuerte. El limpiaparabrisas apenas alcanzaba a despejar el agua.

-Al menos no llores- dijo Christian.

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