En tránsito. Autor: Patricia Odriozola

Hace nomás un rato que Hilario Alcántara tomó la decisión más sabia y más sana de su vida, y ya es un hombre nuevo. Basta de ilusiones mancilladas. Basta de que lo timen los mentirosos de siempre. Que los lobos marinos de la Rambla marplatense son la antesala de una experiencia playera sin parangón. Que el Potrero de los Funes es el portal puntano hacia el Paraíso que Dios les negó a Adán y a Eva. Que para curar el espíritu no hay como el clima marítimo y la bruma mañanera de Viña del Mar. Que subir al pico del Empire State equivale a haber dado la vuelta al mundo y que al pararse en el justo medio del Coliseo romano se escuchan las voces de antiguos guerreros bramando en latín. Pamplinas. Bullshit. Blablablá. Parole parole…, se dice el nuevo Hilario Alcántara con una sonrisa, en las varias lenguas que aprendió en su vagabundeo en pos del eterno bienestar y que, en este mismísimo momento, ya puede darse el lujo de empezar a olvidar. Porque Hilario Alcántara acaba de resolver no viajar nunca más en lo que le reste de existencia, para así dar por tierra con la horrenda sucesión de frustraciones que lo llevaron al borde del ataque de estrés. ¿Vas al sur? Ah viejo, entonces no dejes de tomarte un regio té galés en Gaiman. ¿Así que quiere conocer Cuba? Imperdible La Bodeguita del Medio. Donde iba Hemingway, claro. ¿Cataratas? Definitivamente, el mejor lado es el brasilero. ¿Uruguay? Me imagino que Punta, más allá ni se moleste, no vale la pena. E Hilario Alcántara anotaba mentalmente –a veces también en una pequeña libreta de tapas negras y hojas rayadas- uno y otro consejo; una y otra sugerencia, aunque acatarla implicara apartarse del derrotero prefijado e incluso gastar bastante más, porque cómo iba a estar en tal o cual lugar y se iba a perder nada más ni nada menos que lo que Juan, Pedro o Alfonsina –por nombrar sólo a tres- le estaban recomendando como el sine-qua-non del turismo nacional e internacional. Pero claro, nunca era lo mismo. Porque al Carnaval de Niza Juan había asistido borracho como una cuba y travestido en la Mistinguette, justo él que era un adusto padre de familia. Y al rompimiento del glaciar Perito Moreno Pedro lo había presenciado poco después de que el médico le jurara que lo suyo no era tema de oncólogo sino apenas de psiquiatra. Y porque la visita que Alfonsina había hecho a Península Valdés le había permitido conocer a un biólogo, oceanógrafo y geólogo sueco tan experto en ballenas francas y fósiles marinos como en estimulación erótica y contorsiones sexuales.

Del mismo modo que tantas experiencias hay en el mundo como mujeres y hombres que pululan sobre él, el gusto que cada uno siente por tal o cual lugar es tan único y personal como las huellas circulares que dibujan la yemita del dedo gordo –pensó hace minutos nomás Hilario Alcántara, y no se contentó con semejante descubrimiento sino que, ambicioso e imparable, siguió adelante-; y tan independiente es ese gusto por tal o cual lugar, de las circunstancias objetivas en que se genera –si es que la objetividad realmente existe-, que dan ganas de blasfemar al Cielo por esa dificultad del Creador para fijar absolutos creíbles, hasta cuando se trata de coordenadas espacio-temporales. Entonces era por eso -acaba de decirse Hilario Alcántara-, era por eso que, parado frente a la hacinada opulencia de Playa Bristol, no sentía admiración sino una calurosa claustrofobia. Era por eso que los animales que agitaban sus colas, sumergidos de cabeza en las frías aguas del Golfo San José, no se veían como majestuosas ballenas, el ser vivo más voluminoso de la Tierra, sino que eran unas bestias de dimensiones considerables pobladas de desagradables callosidades de un tono blanco grisáceo. Era por eso, también, que la Quinta Avenida se veía como una arteria plagada de ruido, gente y smog cuyo único mérito era tener un nombre en inglés; y que la torre Eiffel, más allá de su fama blanquirrosa, no era más que una pretenciosa mole de hierro que de acuerdo con la hora proyectaba unas sombras tan sórdidas como aterradoras.

Durante años Hilario Alcántara planeó, pagó y realizó viajes a destinos cada vez más lejanos, más exóticos, donde por fin las maravillas que le dictaba una imaginación encendida y atizada por los miles de relatos circundantes fueran una realidad tan palpable y sobrecogedora como los montes, las ciudades, los mares, los monumentos y los desiertos que sólo le había sido dado vislumbrar en sueños. Así fue posponiendo, hasta ahora, el tiempo de enfrentarse a la conciencia de la futilidad extrema que se esconde en los consejos amistosos y en los folletos de viaje; en las notas turísticas de las revistas dominicales y en los datos exclusivísimos de alguien que vivió ahí. Tal vez esto no signifique que Hilario Alcántara troque su espíritu nómade por un confortable sillón de cuerpo y medio donde apoltronarse de aquí a la eternidad; tal vez sus pies y sus brazos y su cuerpo sigan transportando su alma insaciable por los confines de mundos más acá y más allá del mar. Sin embargo, como el viajero que venció al tiempo, Hilario Alcántara ha vencido al espacio y su imparable cantinela de promesas vanas. Y por eso, sólo por eso, en este mismísimo instante Hilario Alcántara es, por fin, un hombre feliz.

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