El tranvía. Autor: Reni

Los comensales cenaban saltando los comentarios de fotografía en fotografía. En una de las mesas cercanas a la puerta principal, Laura y Rubén se divertían adivinando el trasfondo de nombres a los que remitía cada una de las instantáneas cinematográficas que decoraban aquel restaurante de la Alfama lisboeta. En blanco y negro, decenas de rostros en primer plano poblaban cada una de las paredes, junto a una inacabable secuencia de escenas de filmes casi olvidados. Bocado a bocado, se adentraron en las anécdotas de vida de aquella pléyade de gentes del cine. <<Es James Stewart… Supongo que conocerán la película. —La voz del camarero alzó sus miradas de la imagen perdida a ras de zócalo. Junto al segundo plato servido, la joven pareja encontró una sonrisa cómplice de inquietante intención—. Parece desesperado…>> El personaje del fotograma vestía como el individuo al que Rubén había fotografiado aquella misma mañana. Lo había captado de espaldas cruzando los raíles que atravesaban una plaza abierta empedrada cercana al río; inmerso en una carrera sin sentido aparente.

Desenfundó la cámara y amplió el zoom de la pantalla. Contrastó el parecido con aquel fotograma una vez, su segunda, la constatación de la tercera. La posición desequilibrada de los brazos, aquellas piernas en carrera… <<¡No puede ser!>> Laura le arrebató la cámara, giró la mirada al zócalo asombrada y dijo tras tomar aire: <<Anoche soñé que un hombre escapaba de algo… Parecía que huía de un perseguidor imaginario como el protagonista de tu fotografía. De repente apareció una caja de zapatos gigante sobre un raíl del tranvía y el hombre entró en ella. La caja resultó ser un restaurante, ¡y nosotros cenábamos en él!>>. El camarero descorchó el silencio en el que cruzaron sus miradas mostrándoles la segunda botella de vinho verde pedida. Al servirles, afirmó en un tosco portugués: <<¿No pensarán que una rueda podría…? Están cenando. Degusten los platos, por favor. De todas maneras, James Stewart todavía permanece en la fotografía, ¿no?>>.

Desconcertados, compartieron un inquieto postre sin café. Intentaron pagar apresurados, sin saber bien el porqué, pero el camarero no les aceptó la solicitud de la cuenta. Al retirar el platito y las cucharas del postre, enraizó el acento de sus palabras: <<De nada sirve ya… ¡Invita la casa!>>. Justo al recoger el bolso del pie de la silla, Laura observó en blanco la fotografía. El camarero señaló sonriente la puerta: James Stewart acababa de entrar en una desesperada carrera.

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