El suéter. Autor: Ruy Berrotarán

El encargado del albergue de estudiantes subió a despertarlo a las 9: 30, un poco más tarde de lo acordado. Sabía que el único expreso diario a Bucarest, la capital rumana, partía a las 10: 0: contaba con el tiempo justo para alcanzarlo.  El chico llevaba tres días en Budapest, luego de un largo verano pasado en la costa mediterránea española, donde había trabajado como camarero en bares y discotecas, y conseguido reunir algunos miles de pesetas, cambiados luego por dólares americanos con los que pensaba llegar, en principio, hasta Estambul. Tenía veintiún años, y era la primera vez que salía de España: la mayor parte de su vida había transcurrido en su pueblo natal, en la sierra valenciana.

Tomó el Metro hasta la gran estación ferroviaria de Keleti Pu. El lugar era enorme y lleno de gente que corría por los pasillos, y las indicaciones, además de ser escasas, estaban escritas sólo en húngaro.

Encontró también varios locales comerciales en el recinto, y en uno de ellos se entretuvo mirando la ropa expuesta. Necesitaba comprar un suéter, ya que no llevaba ni siquiera uno, y cuando refrescaba tenía que ponerse varias camisas y camisetas, una encima de otra.  Eran los primeros días de octubre, y comenzaba a hacer frío, sobre todo por la noche. Pero en dos semanas, la mitad de lo ganado durante el verano había desaparecido (el objetivo planteado era llegar hasta la India, siempre en tren, atravesando Rumania, Bulgaria, Turquía, Irán y Paquistán).

Vio algunos sueters muy baratos, aunque mientras se decidía comprobó que eran las 10: 07. Corrió desesperadamente hasta el tercer andén, pero no encontró el tren, y un guardia  dijo que acababa de partir.

Maldiciendo su impuntualidad, buscó el cartel de “Salidas”. El  próximo tren se dirigía a un lugar llamado Szolnock, dentro de diez minutos.

En el mapa vió que se trataba de una pequeña ciudad húngara, a mitad de camino de la frontera rumana. Pensó que desde allí le sería fácil llegar a Bucarest, y parecía una opción preferible a la de pasar otra noche en Budapest

Una gran cantidad de gente deambulaba por los vagones, la mayoría de aspecto pobre y campesino, con grandes abrigos gastados. Caminó por los estrechos corredores buscando un lugar, hasta que una mujer quitó un enorme bolso que ocupaba todo un asiento, haciéndole señas para que se sentara. Él le agradeció en húngaro (era la única palabra que conocía), y se instaló frente a ella.

La mujer, de unos treinta años, era rubia y muy gorda. A su lado se sentaba otra chica de la misma edad, más delgada, con el pelo teñido de un rojo brillante. Observó que ambas se veían muy desaliñadas, con esa triste expresión tan común en la gente del país por aquellos días, que acababa apenas de dejar atrás el comunismo.

La gorda abrió el bolso y lentamente fue sacando camisas, pantalones y blusas, mostrándoselas a su amiga. Pensando que sería ropa para vender, el chico preguntó en su tosco inglés si tenía un suéter.

Como al parecer no había entendido la pregunta, señaló el que tenía puesto ella. Entonces la mujer asintió y sacó del bolso un suéter gris de cuello alto, que se veía lo suficientemente grueso como para ser abrigado. Por medio de señas trató de averiguar cuanto costaba. Ella escribió en un papel y se lo tendió. Decía simplemente “600”.  Aunque al cambio del mercado negro eran sólo tres dólares, se sintió obligado a regatear, más por costumbre que por otra cosa. Finalmente acordaron el precio en quinientos florines.

      Ya con el suéter en su poder trató de entablar conversación. La chica que llevaba el bolso hablaba sólo húngaro, pero la otra conocía algunas palabras de inglés, y así pudo enterarse que habían ido a Budapest a comprar ropa, para luego venderla  en su ciudad, Szolnok, la misma a la cual él se dirigía.

Al poco rato, y mientras seguían esforzándose en hacerse entender, las mujeres sacaron también del bolso unos sándwichs envueltos en papel y le ofrecieron uno. Podía verse que prácticamente era puro pan, pero terminó aceptándolo al recordar que no había comido nada ese día. Dentro tenía algo así como picadillo de carne, y un poco de lechuga.

Sintiéndose obligado a contribuir con algo, abrió una botella de vino croata, comprado en Zagreb una semana atrás. Bebieron directamente de la botella, y pronto las dos chicas comenzaron a reír a carcajadas. La gorda se atragantó y tosió varias veces, escupiendo pedazos de pan mezclados con vino por todas partes. Tuvieron que cambiarse de asiento, pero a esa altura ya muchos estaban desocupados. El tren paraba en todos los pueblos que atravesaba, a veces hasta en medio del campo, lo que hizo que el viaje resultara muy largo. Finalmente, luego de unas tres horas llegaron a Szolnok, y al bajar las dos mujeres lo acompañaron a consultar  el horario de las próximas partidas.

Pudieron ver en la pizarra de la boletería que el tren a Curtici, primer pueblo del lado rumano, salía recién a las siete de la tarde. Eran sólo las dos y media, y esperar más de cuatro horas en esa estación desolada no lo sedujo en lo más mínimo. Para colmo de males comenzaba a hacer mucho frío, pero la gorda despejó sus dudas haciéndole señas de comer con la mano, y la pelirroja lo invitó también a seguirlas.

Los tres caminaron entonces hacia el pueblo por anchas calles desiertas, surcadas  por escasos automóviles. Las casas eran bajas y con pequeños jardines en el frente, algunas veces con flores. Pudo observar tres o cuatro edificios antiguos, grises y descuidados, probablemente dependencias gubernamentales. A poca distancia divisó también un grupo de viviendas familiares de propiedad horizontal, con ropa colgada en la mayoría de las ventanas y balcones.  Luego de recorrer aproximadamente un kilómetro y medio torcieron a la derecha por un camino empedrado, y pronto dejaron atrás los últimos edificios.

Los campos parecían sin cultivar, y no se veía gente por ningún lado. Para colmo empezó a caer una llovizna fría, que aumentaba la sensación de tristeza y abandono del lugar. Cuando comenzaban  a mojarse, arribaron a una casa levantada en el borde de un pequeño bosque de pinos, con un jardín en el frente desmantelado por el otoño. Según el chico creyó entender, se trataba de la vivienda  de la  gorda.

Entraron los tres en la casa, y las mujeres comenzaron a preparar la comida enseguida. Gulash, ensalada de coliflor, y por último unos pasteles rellenos con algo parecido al queso, aunque muy agrio. Para beber sólo agua, servida en unos vasos de plástico con dibujos infantiles.

Comieron rápidamente y en silencio, un poco incómodos por las dificultades para comunicarse. Al terminar, la gorda le dijo unas palabras en húngaro a su amiga. Ambas rieron, pero el chico no supo adivinar qué le habría dicho. Luego, la mujer tomó el enorme bolso con la ropa, le dio la mano, y salió de la casa.

Se encontró de golpe a solas junto a la chica pelirroja. Ella sacó de un armario dos tazas y una botella de vidrio sin etiqueta, llena de un líquido oscuro. Sirvió las tazas hasta la mitad, le alcanzó una, y después chocó su taza contra la suya, sonriendo.

El gusto era raro, pero no estaba tan mal. Preguntó, ayudándose con señas, de qué estaba hecho el licor. La chica entró en la cocina y la escuchó revolviendo entre bolsas de plástico. Regresó casi enseguida, mostrando una remolacha.

Continuaron bebiendo un largo rato, siempre de un sólo trago. A pesar de que la bebida era fuerte, la chica parecía estar acostumbrada. Cuando iban ya por la quinta taza la tomó del brazo, sentándola sobre sus rodillas. No pesaba casi nada. La besó en la boca, y creyó sentir todavía el agrio gusto a queso en sus labios. Enseguida comenzó a desabotonarle la camisa.  Ella lo tomó de la mano y lo llevó al dormitorio.

A las cinco y media el chico volvió a vestirse, mientras la mujer lo miraba. Entonces sacó un billete de diez dólares y lo dejó sobre la mesa del comedor, bajo un cenicero de madera.  Pudo observar a la chica sonriendo desde la cama, a través de la puerta entreabierta del cuarto. Luego lo saludó con la mano.

Salió al jardín. Se había hecho de noche, y hacía más frío que nunca. Se puso su nuevo suéter, otra camisa gruesa encima, a modo de saco, y comenzó a caminar hacia la estación de trenes, mientras trataba de recordar el camino por donde habían llegado hasta la casa. La oscuridad era casi absoluta, a pesar de la hora.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Espero que haya encontrado el camino de regreso a la estación y que no haya vuelto a perder la conexión del tren.

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