El Ferrocarril Central del Perú. El de cuando era niño y el de mi último viaje. Autor: CdM

A decir verdad, hubo un tiempo –cuando era niño- en que no le di importancia a éste tren que pasaba cerca de la casa donde vivía en el campamento minero de Casapalca; cuando dejó de funcionar en 1991 e inclusive años después, veía en él algo que necesitaba ser transformado, y pueda que en algún momento haya sido una buena idea. Aquel tren de cuando era niño estaba lleno de cosas más autenticas, menos elaboradas y todo cuanto pasaba en él era único e irrepetible a pesar de haber viajado en él muchas veces con la familia y otras cuantas solo. El año en que viajé por primera vez en él fue en 1988 y fue toda una novedad para mí: con mi madre fuimos desde Casapalca a Concepción, estación más cercana a mi pueblo.. El tramo de Casapalca a Concepción era el que más me gustaba. Generalmente la mayoría de mis viajes eran los viernes al terminar la escuela, éste llegaba generalmente entre las 12:00 a 14:00 horas, en este tramo de tiempo coincidía en Casapalca la llegada del tren desde ambas ciudades; si había algo de retraso se sabía con certeza al ver el paso de un pequeño auto vagón que llegaba antes del tren y que informaba si había algún retraso de importancia o al contrario, si llegaba a tiempo o con minutos adelantado (esto último no ocurría muchas veces, pero ocurría); daba lo mismo comprar los billetes en las ventanillas de la estación que a los controladores dentro del tren. La vuelta a Casapalca desde Concepción o Lima nunca lo hice en tren, no funcionaba los domingos, pero no quita haberlos cogido en cualquier día de la semana, hora.

En él venía mucha gente que vivía o trabajaba en todos los pueblos que pasa en su recorrido, pero no eran los únicos pasajeros, indistintamente en primera o segunda clase, viajaban los “gringos” (así llamamos a los turistas extranjeros que se aventuraban a viajar en él, cuya motivación entendí años después) muy distintos a los viajeros usuales, cuya principal diferencia eran las cámaras de fotos que llevaban encima, su vestimenta y su dificultad de comunicarse con los demás viajeros. Aunque muy pocos, también viajaban limeños movidos por la curiosidad o alguna motivación incitada por algún gringo. Casapalca está a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, y a esa altura se podía distinguir fácilmente a aquellos que viajaban en él por primera vez: a esta altura el “soroche” o “mal de altura” afectaba a todo aquel no habituado a vivir en este entorno y quedaba por subir algo más de 800 metros más hasta el Túnel de Galera, punto más alto de su recorrido y hasta la construcción del Ferrocarril Qinghai-Tíbet fue el Ferrocarril más Alto del Mundo. Aquellos 800 metros que quedaban por subir, eran agónicos para aquellos que empezaban a sentir mareos, falta de aire, vómitos, palidez, dolor de cabeza y otros síntomas solos o combinados entre sí; pero la mayoría aguantaba aquello por el paisaje de puna que se abría ante ellos rodeado de altas montañas salpicados de ichu, lagunas, arroyuelos y la serpenteante Carretera Central cuyo punto alto es el abra de Ticlio.

En el punto más alto, en aquellas épocas, antes de entrar al túnel Galera con sus 1.177 m de largo, se paraba en la estación de Ticlio y después de cruzarlo a veces de paraba unos minutos en la estación de Galera; a estas alturas del recorrido, llevábamos por lo menos una hora de viaje, muy pocos viajeros bajaban a estirar las piernas, pero casi todos los gringos bajaban, salvo aquellos que estaban realmente mal; estos eran asistidos por el camarero y los controladores quienes hacían de improvisados enfermeros llevando oxigeno en una bolsa de goma que extraía de una botella ubicada cerca del vagón “Buffette” (donde estaba la cocina y el mas exclusivo del tren). Al dejar la puna los gringos volvían a mejorar y se interesaban por el paisaje de nuevo; para los lugareños producía una sensación de impaciencia por estar más cerca de su destino, a aquella sensación ayudaba el descenso a tierras más templadas y con mas vegetación que el dominante ichu que rodeaba Casapalca, además del rápido y variado cambio de regiones geográficas experimentadas por los viajeros venidos desde Lima, hasta llegar a Huancayo.

Pero no solo era el cambio de geografía y sus efectos en la salud de los viajeros lo atractivo de este viaje para los gringos, para ellos era la ingeniería empleada por sus constructores para ganar altura ante este entorno agreste y duro desde los 7 metros sobre el nivel del mar que esta la estación del Callao hasta el punto más alto de 4.781 m.s.n.m. del túnel de Galera (aunque el punto más alto es La Cima con 4.835 msnm que se halla situado en el ramal minero de Tíclio a Morococha, aun funciona pero ni en esas épocas ni ahora se suele pasar por ese tramo). Para ello se diseño una serie de obras tales como 58 puentes, 69 túneles, y alrededor de 6 zigzags; estos últimos permiten al tren ganar altura sin tener que incrementar la distancia y en cierta forma alivia el esfuerzo que hacen las locomotoras. Fue algo titánico y tomo mucho tiempo abrirse paso con los medios y tecnología del siglo XIX costando muchas vidas, sean por accidentes o por la fiebre de la Oroya, en este último caso surgió uno de los héroes de la historia del Perú, el doctor Daniel Alcides Carrión, considerado el “Padre de la Medicina Peruana” quien con su sacrificio logró el tratamiento para paliar este mal y hacer proseguir la obra de este tren.

Personalmente, creo que los turistas de esas épocas venían por un afán de conocer y experimentar modos de vidas diferentes y exóticas, y en esto el viajar en este tren sus expectativas eran alcanzadas y me atrevo a decir hasta superadas. Para los peruanos que viajaron algunas veces en este tren desde Lima a Huancayo o en parte de la ruta les evoca el recuerdo de aquellos simples o inusuales detalles que lo hacen únicos; el hecho de pasar por diferentes regiones geográficas y climas, unido al tiempo que se emplea en hacer el recorrido, propiciaba una actividad económica indirecta pero muy presente todos los días en que circulaba el tren, tanto de ida o de vuelta; me refiero a la comida que se vendían en cada estación en que el tren se detenía. Estoy seguro que me olvido muy pocas cosas que se vendían en cada sitio; si viajaba desde Lima a Huancayo la lista va más o menos así: duraznos y blanquillos –melocotones- en San Bartolomé, lomo saltado en platitos de plástico en Matucana, humitas y tamales en el tramo de San Mateo a Chicla, “sanguches” de jamón en Yauli, rosquitas, alfajores y pan de molde en La Oroya, trucha frita con papa y ají en Pachacayo, gaseosa “Llocllapampa” en Llocllapampa y rosquitas, alfajores, pan de trigo y bollos en Jauja; no recuerdo en que tramo del viaje se vendia papa rellena y chicharrón con mote; dentro del tren los camareros recorrían los vagones de ambas clases ofreciendo gelatina en vasos de plástico, caramelos, chicles, chocolates, bebidas gaseosas y platos a la carta a la hora del desayuno y el almuerzo.

Todo esto para mí era casi normal, me pasé 4 años viajando en él desde Casapalca a Lima, desde Casapalca a Concepción. En la ruta a Huancayo para mí era motivo de alegría coger el tren los viernes, no me importaba si iba sentado o en pie, lo que contaba era ir en él porque podía ver el paisaje, sentir el vaivén y el traqueteo característico de los vagones al ser tirados por la locomotora y al paso de los durmientes; no importaba si llovia o el cielo estaba nublado, era mejor cuando el cielo estaba despejado y calentaba el sol; a veces intentar hablar con los gringos, los turistas que se impresionaban con cualquier cosa que veian sea por la ventana o dentro de los vagones, me llamaba mucho la atención sus cámaras fotográficas, las cuales siempre las tenían en la mano o en disposición a ser usadas; siempre estaban en busca de una buena toma y más de uno disponía de varios carretes para tomar el mayor numero de fotos posibles. No me explico cómo se daba, pero casi siempre terminaba hablando con alguno de ellos: me preguntaban por el nombre de los pueblos que pasábamos, las estaciones en que parábamos, si esas paradas eran de mucho tiempo, de cómo se llamaba tal o cual cosa, a donde llevaba tal o cual carretera, a que se dedica la gente de cada sitio y por supuesto mi nombre y a donde iba; creo haberme tomado con ellos alguna foto previa autorización de mi madre, pero fueron muy pocas; era muy agradable hablar con ellos intentando esforzarme entender lo que me decían y explicarles algo. Hablando con ellos hacia que mi mundo aquellas veces delimitado en la ruta de este tren, se ampliaba imaginariamente a países como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Canadá, Holanda, Austria y otros países que ya no recuerdo.

Personalmente mi viaje paisajísticamente hablando era algo que me gustaba sin ser consciente de todo lo que me rodeaba. El tramo de Casapalca a Huancayo era el que más me alegraba hacerlo; pasado Galera todo era descenso hacia tierras más templadas con mas verdor y vida, sobre todo la entrada al Valle del Mantaro: desde Jauja a Concepción todo era verdor y campos de cultivo, la tierra no cultivada siempre tenía el verdor de césped, el aire olía y aun huele a eucalipto y según la hora en que pasabas por los pueblos, te llegaba el olor a leña quemándose, indicio en que empezaban a preparar la cena en las casas más humildes; a esas horas, el sol empezaba a ponerse, dando a todo un color naranja intenso. Lo que más me gustaba era llegar a bajarme en la estación de Concepción, un lugar rodeado de arboles y todo cubierto de césped silvestre, casi siempre era de día cuando bajaba, era un paisaje digno de ser fotografiado. Está mal que lo diga, pero varias veces he bajado del tren cuando aún estaba en movimiento antes de detenerse, era una sensación mezcla temeridad y libertad, un modo de terminar un viaje único a pesar de haberlo hecho muchas veces.

Así fue mi vida desde los 11 hasta los 14 años, hasta 1991 en que dejó de funcionar el servicio de pasajeros, gracias a la hiperinflación económica del país y la inseguridad nacional propiciada por Sendero Luminoso y el MRTA; lo segundo hace años había disminuido la llegada de los gringos, solo unos pocos se aventuraron a viajar en él hasta antes de su cierre, eran muy, pero muy pocos. Casi coincidió con mudarme de Casapalca; las vueltas de la vida me llevó a otros lugares y vivir otras experiencia que me hicieron recordar siempre aquellos viernes en que me subía a ese tren y por algo más de 5 horas sea a Lima o a Concepción pasaba uno de los momentos más evocadores de mi vida. Años más tarde y miles de kilómetros lejos de mi país, tuve la dicha de saber que aquel tren de pasajeros volvía a funcionar, pero ya no para el público local; sino al servicio del turismo -palabra que no me sonaba en aquellas épocas- para los gringos, los turistas que vienen desde varias partes del mundo interesados en viajar en un ferrocarril único en el mundo; un turista pudiente, culto y admirador del esfuerzo humano capaz de superar todo lo que se proponga, pero no es solo para los turistas extranjeros, también para todos aquellos que tienen nostalgia y que pueden darse un caprichillo.

Ante el entusiasmo de volver a realizar aquel viaje, a la primera oportunidad de volver de vacaciones a Perú, lo primero que hice al llegar a Lima fue comprar los billetes desde Lima a Huancayo. Aquel día fue en Junio de 2010; como hace 19 años, estuvimos temprano por la mañana en la estación de Desamparados en Lima, el servicio es muy diferente: facturación del equipaje, comidas y bebidas incluidas, atención medica, dos paradas en toda la ruta, happy hour con pisco sour antes de terminar el viaje, vagones nuevos y más cómodos -aunque esta el vagón clásico para nostálgicos como yo- y el fabuloso vagón bar terraza en la cual se puede disfrutar de tentempiés y bebidas y sobre todo tomar muchas fotografías y videos a la par de tener un contacto algo más directo con el entorno. A pesar de tener la pinta de un turista más que viene de otro país con el anhelo de viajar en este singular tren, no era el pasajero local de antaño; era un nostálgico que intentaba recuperar aquella esencia perdida en la memoria, de ver si todo seguía igual y comparar si aquellos con quienes viajé aquel día sentían lo mismo que yo hace mas de 19 años. En parte se cumplieron mis expectativas; el recorrido fue el de siempre, casi todo está igual, el paisaje tiene pocos cambios, aun hay gringos que son afectados por el mal de altura, a todos aquellos que nacieron fuera de mi país continúan maravillados e impresionados gracias a las explicaciones en inglés, francés y castellano sobre la historia, características y singularidades de la ruta.

Pero al ser un servicio más exclusivo, ha desaparecido todo aquello que para mí lo hacía interesante: las paradas en todas las estaciones, la venta ambulante de comida y bebida, el contacto más cercano con la gente del lugar y mostrar un modo de vida de una zona del Perú tan variada como difícil y hermosa a la vez. A diferencia del pasado, ahora puedo revivirlo gracias a las fotografías y la promesa de poder volver a viajar en él cuando quiera. Sé que las cosas han cambiado, todo es diferente, todo tiene que cambiar porque es ley de vida: la globalización, actividades económicas que desaparecen, otras que surgen y florecen, entre ellas el turismo; de a pocos está logrando que este medio de transporte en el futuro sea consolidado patrimonio del país, para el disfrute de todos cuantos quieran viajar en él.

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  1. Alex

    Al igual que tú viví en Casapalca (barrio potosí) y leyendo cada unas de las líneas de tu relato, la nostalgia me ha abrumado, el nudo en la garganta evoca a mi Madre, hoy vivo en Lima, pero este magnífico tren dejó huella en mi vida. Gracias por escribir de él.

    SALUDOS…

  2. Elvira Endo Alvarado

    Adoro los trenes y mi infancia también está ligada al recuerdo nostálgico de muchos viajes locales en él.
    Hoy ya no existen en Colombia y yo también los echo de menos.

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