Coche de lujo. Autor: Patricia Odriozola

Los Alzabarrena disfrutaban de todos los privilegios que podía ofrecerles una Buenos Aires ufana de su parecido con París, en un tiempo en que el progreso de la sociedad parecía tan constante y eterno como el azul del cielo. Don Estanislao Alzabarrena aún encargaba sus trajes a Londres, y cuando los excesos en la alimentación lo hacían cambiar de talle entre el encargo y la llegada del vapor no dudaba en regalarle sacos, pantalones y chalecos del más rancio casimir inglés al primer vagabundo que pasara por la calle. Su mujer y sus dos hijas no le iban a la zaga: cuando no viajaban a Europa, pedían sus modelos directamente a la casa francesa que les cosía a todas las grandes señoras portadoras de apellido que adornaban las revistas de moda. Sin embargo había en doña Lucrecia Flores de Alzabarrena un resabio anterior, un pequeño síntoma de memoria de su origen que la hacía admirar la destreza de Martina, la modista de la familia. Mientras se desvivía por lucir como esas damas que jamás la considerarían su par, doña Lucrecia había desarrollado con Martina una suerte de dependencia, como si la ausencia de la costurera pudiera despeñarla en una ausencia de sí misma, privada de los límites verdaderos de ese voluminoso cuerpo que su modista dibujaba con puntadas y festones. Y en nombre de esa dependencia, de esa imposibilidad de bienestar sin la seguridad de la cercanía de Martina -siempre lista a marcarle un dobladillo con la boca peligrosamente rebosante de alfileres o presta para soltar en un instante los pliegues de un vestido que le impedía respirar con normalidad-, doña Lucrecia le pagaba a Martina un módico sueldo para que se instalara de lunes a sábados en el petit-hotel de la calle Viamonte, de ocho de la mañana a ocho de la noche, aunque no hubiera costuras pendientes. También a causa de ese vínculo particular, Lucrecia forzaba a sus hijas –jóvenes aprendices de gran dama, pequeños monstruos concentrados en destruir todo vestigio de herencia vulgar presente en su apellido y en sus genes- a tratar como una amiga querida a Elenita, la única hija de Martina, a quien las muchachas despreciaban con un vigor propio de causas más nobles. Más de una vez Lucrecia había ensalzado los simples vestidos de Elenita equiparándolos, en sus mismísimas presencias, a los modelos parisinos de Finita y Clara María Alzabarrena; más de una vez había intentado que sus altivas hijas la invitaran a Elenita a sus paseos al Palais de Glace del barrio de Recoleta; más de una vez les había insistido en que la llevaran a disfrutar de un día de sol en el Club. Y a todo Elenita asentía con una pequeña sonrisa, inclinando apenas la cabeza, dócil, buenita: su madre, única referencia en el mundo, la había educado en la sumisión y el respeto al poder que emanaba de figuras como la de la familia Alzabarrena, y ella, para quien el universo, definitivamente bipolar, se limitaba a la pieza que compartía con Martina y a la magnificencia de la vida de los Alzabarrena, trataba de contentarse con las migajas de dicha que la costurera recogía de la opulenta mesa de sus empleadores.

Una noche, a mediados de la primavera de 1926, Martina llegó a la casa de pensión con las mejillas arrebatadas y el corazón alborotado: don Estanislao Alzabarrena –el señor Estanislao– había resuelto sumarse a la moda que hacía furor en los círculos más altos de la sociedad porteña y, aprovechando una millonaria venta de ganado a Europa, había rentado un coche de lujo, un vagón completo que el ferrocarril engancharía al convoy de línea en un viaje de larga distancia. Lo mismo que hacen los Anchorena, los Alzaga y los Santa Coloma  –seguramente Martina citó a doña Lucrecia, la voz trémula- ahora lo van a hacer los Alzabarrena. Un viaje en tren a todo lujo, con camarotes privados, baño revestido en mármol, y un salón más propio del Plaza Hotel que de un ferrocarril. Pero te digo lo mejor de todo, Elenita…¡nosotras vamos también!

Decir que Elenita se puso contenta con la noticia, sería tan mentiroso como afirmar que detestó la novedad que su madre repetía una vez y otra con el solo objeto de terminar de creer la buena nueva: en todo caso, muy dentro de ella Elenita pudo reconocer una aplastante indiferencia reñida con su juventud, con su educación, con lo que podría esperarse de una niña humilde, y también con la alegría que el Padre Romualdo decía que era el mejor regalo que un fiel podía hacerle al Señor. La perspectiva de pasar día y noche fingiendo ignorar el desprecio que le prodigaban las niñas Alzabarrena, la cercanía constante con su madre –a quien usualmente veía sólo al despertarse y a la hora de la cena, cuando el cansancio las eximía del deber familiar de conversar- y la obligatoriedad de comportarse de la mañana a la noche para que nadie dudara de que Martina le había enseñado la cortesía y los buenos modales que los pudientes exigen de los pobres que se sientan a su mesa, se iban tejiendo en una filigrana que, con el correr de las horas, y sobre el sonido de fondo de su madre ensalzando las bondades de los Alzabarrena, se extendía sobre su ánimo como una nube gris de desidia: una abulia anodina y soporífera, una creciente falta de interés no sólo en ese viaje, sino también en lo poco que podía ofrecerle la vida.

Pero rebelarse o tan siquiera rezongar, eran acciones que no entraban en el acotado catálogo de conductas que habían construido ella y su madre en dieciocho años de triste cotidianeidad; al final de la noche, con una sonrisa forzada y una leve reverencia, Elenita le mintió a Martina que, para ella, la idea de esa travesía era lo más parecido a la felicidad.

La finalidad era disfrutar de la vida como lo hacían las familias de la sociedad; el destino, la estación de Zapala en el Neuquén, la zona donde don Estanislao Alzabarrena atesoraba gran parte de los recursos ganaderos que le hacían posible, a él y a los suyos, ese pasar más que acomodado que deslumbraba los ojos ávidos de Martina. Partieron de la Estación Constitución, cabecera del Ferrocarril del Sud, un caluroso anochecer de principios de diciembre. El contingente era relativamente nutrido: además de los Alzabarrena, abordaron el coche antes que ellas cuatro parientes de doña Lucrecia, amén de dos de las mucamas que servían en la casa. Don Estanislao tuvo la magnífica deferencia de descender para hacerles a Martina y a Elenita el honor de escoltarlas en su ascenso por los altísimos escalones: los oídos de Martina se inflamaron de orgullo cuando escuchó cómo un par de pasajeros comunes, prestos a subir al convoy general, se admiraban de “la clase” de esa gente que viajaba en el lujoso coche con servicio de plata y vidrios biselados. Elenita, atenta a no desgarrarse con salientes y manivelas el vestido satinado que su madre le había cosido especialmente para abordar el tren, no pudo disimular un ínfimo estremecimiento cuando la mano de don Estanislao retuvo la suya un momento más de lo que necesitaba para afirmarse en el pasamanos; y mucho menos pudo evitar, en el instante siguiente, un franco disgusto: don Alzabarrena, so pretexto de facilitarle la entrada al vagón, le rozó los glúteos con una suave ambigüedad que invalidaba cualquier reproche.

Cuando la tremenda locomotora pitó anunciando la partida, el contingente profirió en hurras y bravos y la champaña empezó a correr entre las copas con el monograma FCS hasta que el tren, en franca carrera hacia el horizonte, se estableció en el chato paisaje de la pampa verde. Esa fue la única vez, en el viaje, en que las diferencias y las jerarquías parecieron borrarse en un conglomerado ávido de placer y aventuras: varias veces don Estanislao quitó las botellas de las manos de las mucamas para servirles personalmente esa burbujeante bebida importada que en tierra firme y quieta escondía de ellas bajo tres llaves, en la cava del subsuelo; otras tantas, doña Lucrecia avergonzó a sus hijas ofreciéndoles personalmente, a Martina y a Elenita, unos canapés de caviar que paseaba por el magnífico salón posterior, trastabillando según el ritmo del tren. Recién después de la medianoche los señores Alzabarrena asignaron los seis camarotes: para ellos, sus hijas y sus invitados, los primeros de la fila que se desplegaba a la derecha del estrecho corredor; para las mucamas el austero cubículo de servicio entre la cocina y el pequeño toilette de la servidumbre, muy cerca del paso que conducía al cuerpo del tren; para la costurera y su hija, el camarote de lujo que estaba al lado del cuarto de baño. ¿Has visto, Elenita? –dijo Martina, agitada por la champaña y por la emoción. Fijate el que les han destinado a las mucamas y fijate el que nos han dado a nosotras. Un camarote como los de ellos. Como si fuéramos familia,¿no es verdad?

Pero al día siguiente, a medida que se mecían sobre el traqueteo adormecedor del convoy, avanzando por campos y arroyos, por sembradíos y lagunas rodeadas de juncos, las niñas Alzabarrena se ocuparon muy bien de recordarle a Elenita su falta de pertenencia a ese lugar, de formas tan sutiles como diversas: en los juegos plagados de palabritas en francés; en las conversaciones sobre gente de la sociedad que sólo ellas conocían; en la comparación apasionada de las cloches que acababan de recibir de París. Mientras Martina seguía de aquí para allá a Lucrecia por las reducidas dimensiones del coche -del salón al camarote, del camarote al salón- y Lucrecia declamaba sobre las mil y una posibilidades de vestido en el caso de que efectivamente Claudio Méndez Vidal pidiera la mano de Finita, Elenita se concentraba en el cuadro móvil que le ofrecían los grandes ventanales del salón para escapar de la mirada, cada vez más fija, cada vez más penetrante y lasciva según avanzaba el viaje y según se iban extinguiendo las botellas de Dom Perignon cargadas para amenizar la travesía, de don Estanislao.

Madre con todo respeto –empezó a decirle Elenita esa noche a Martina, antes de intentar dormirse en el camastro superior desde donde se divisaban, lejos, las tenues luces de una ciudadela perdida en la estepa en que había derivado la voluptuosidad de la pampa. Madre con todo respeto, Dios me perdone si estoy cometiendo un error, pero don Estanislao… No sé, me mira como si… Madre, don Estanislao no me quita los ojos de encima. Elenita había pensado que su madre saltaría indignada por ese viejo que codiciaba a su niña como si fuera una de esas mujerzuelas importadas de Francia con las que, por lo que Martina misma le había confiado, tanto se solazaba de la aridez de doña Lucrecia. Pero no: muy en contra de sus presunciones y sus deseos, Martina le aconsejó olvidar esas ideas extrañas que cómo podían caber en una mente casi infantil; que cómo podían escupir con semejante desparpajo la mano que les tendía la Providencia en la forma de la tosca diestra de don Estanislao, ese ademán del destino que las elevaba de su condición de mujeres pobres y les permitía codearse, casi como iguales, con la gente bien. Y por otro lado si todas esas sandeces que está diciendo, m’hija, fueran ciertas… -le aclaró con enojo, antes de que Elenita le diera la espalda a la ventanilla para cobijar en la almohada de pluma su desconcierto, su desazón- …tenga  por seguro que si todo esto fuera cierto, m´hijita, cómo se le ocurre que podría ofender a los Alzabarrena desconfiando, justamente, del señor Estanislao. ¿Qué diría doña Lucrecia? ¿Y las niñas…? ¡Válgame Dios! Duérmase ahora mismo y que sueñe con las angelitos, y pídale al Señor que le quite ya mismo de la cabeza esas cosas feas que le anda metiendo el Demonio, quién más.

 

La primera noche el ronroneo del tren la había acunado en sueños dulces que se sucedían el uno al otro fluyendo sin esfuerzo; esa noche, en cambio, no pudo siquiera dormirse. Al calor de Buenos Aires, tan sólo el día anterior, y al benévolo aire templado de la pampa le había sucedido una brisa fresca que fue creciendo en rigor mientras avanzaban sobre la tierra seca, hasta hacerla tiritar de frío, de pena y de desprotección. El traqueteo le impedía sumergirse en nada que no fueran rostros descarnados, monstruos horrendos que venían hacia ella y la desforaban con gritos guturales; el vaivén del coche la suspendía en un mareo que sabía a vacío; el silencio del afuera la despeñaba en la triste conciencia de su soledad. Al día siguiente llegarían a destino: las Alzabarrena juraban que estaba todo arreglado para que los recibiera la banda del pueblo tocando el charleston de moda y doña Lucrecia planeaba estrenar el abrigo de visón que Martina había adaptado a su gran talle durante las horas de viaje. Las imágenes anticipadas de ese cuadro ajeno al que nunca pertenecerían ni ella ni su madre, mezcladas con el recuerdo de un enano del Parque Japonés muerto de risa ante las miles de Elenitas desintegradas en el laberinto de los espejos la convencieron de abrir los ojos, bajar en silencio del camastro, y calzarse la bata para instalarse a solas en el salón posterior.

En el hogar ardían unos trozos de quebracho: mientras el humo ascendía, invisible, por el tirante de la chimenea, las cenizas reproducían la forma original de los leños: bastaba introducir apenas un atizador para que los maderos se deshicieran en un finísimo polvo grisáceo, raro testigo de la finitud. Inclinada hacia adelante en la desolación del salón, Elenita se entretuvo largo rato desarmando esa apariencia de orden perfecto que le daba el hogar con su luz rojiza y su fabuloso calor; tanto, que se sobresaltó cuando sintió detrás de sí un cuerpo macizo que no respetaba el suyo. Don Estanislao había seguido bebiendo: en su incredulidad –la inocencia es un lujo que no pueden darse los débiles-, Elenita no lo supo por la intencionalidad con la que el señor Alzabarrena sacaba provecho del bamboleo del tren para apretarse contra ella sino en el vaho alcohólico, de una mansa violencia, que emanaba de su piel cetrina.

Pasarían muchos años antes de que pudiera reproducir lo que en verdad sucedió aquella madrugada en aquel coche de lujo que vagaba por la estepa, a la cola de un tren de carga. El horror de ver corporizarse ante sí una de sus más trágicas fantasías, la rabia por el mísero papel que le tocaba desempeñar en la comedia de la existencia, la sorpresa y seguramente el miedo –sobre todo el miedo- desencadenaron en Elenita una suerte de inconciencia que no le permitió actuar ni tan siquiera reaccionar ante lo que se desplegaba ante sus ojos: que en un pequeño salto sobre una jiba de los rieles, inmediatamente antes de hacer sonar la sirena y aminorar la marcha, el vagón se sacudía y de pronto una colérica Lucrecia, aparecida de la nada, separaba de un golpe limpio a don Estanislao de la espalda de Elenita y, en el mismo ademán, lo arrojaba sobre el hogar que ahora crepitaba como si, breve infierno, celebrara la llegada de uno de sus condenados.

Los gritos de Alzabarrena despertaron a todo el pasaje del coche de lujo y llegaron hasta el convoy, desde el que acudieron con inédita premura un inspector y un guarda. Las hijas lloraban a espasmos regulares, los invitados caminaban de un ventanal a otro del salón, las mucamas ocultaban una sonrisa satisfecha, Martina escrutaba los ojos nublados de Elenita en busca de alguna respuesta al enigma que proponía ese hombre que, tendido en el piso, con la robe de chambre chamuscada y enroscada en el torso, oliendo fuertemente a carne quemada, se retorcía hacia un lado y otro por el inconcebible dolor del fuego. Elenita sintió desarrollarse ante sí una película sin voces como las que pasaban en los biógrafos del centro: un pequeño maremágnum sin argumento ni sentido que sólo pareció detenerse cuando la señora de Alzabarrena, desconsolada y altiva, sin abandonar las manos de Martina que pretendían reconfortarla de semejante desgracia, señaló a Elenita con un gesto despectivo. El inspector, suprema autoridad sobre el tren en marcha, no precisó más para juzgar, en un segundo, la insolencia de esa niña que, vaya usted a saber por qué absurdas razones, agachaba la cabeza como carnero degollado cuando era muy claro que acababa de atacar con indudable alevosía a ese hombre decente y sin mácula, a punto de desvanecerse de dolor.

Fuera de la ventanilla la monocromía del paisaje se había vuelto un continuo negro, sin luna, únicamente horadado por las lucecitas temblorosas del convoy. La estepa comenzaba a plegarse en pequeñísimas lomas no más altas que el terraplén y no tenía caso, a esa altura, intentar salvar a nadie. Sólo con suerte y una especial misericordia divina don Estanislao sobreviviría, claro que con impensables carencias y amputaciones; y a esa chirusa, única culpable de semejante atropello, ya le aplastaría la osadía todo el rigor de la Ley. En lugar de la banda del pueblo tocando el charleston de moda, en Zapala tendrían que esperarlos un coche de ambulancia y otro de policía.

Parada en el andén, Elenita rozó con las yemas de los dedos el vagón de lujo del que acababan de bajarla por la fuerza, como si no quisiera terminar de apartarse de ese mundo conocido que se deconstruía con cada paso que escuchaba a sus espaldas. No era lo que había soñado su madre, no; tampoco ella, si bien su objeto había sido mucho menos ambicioso: tan sólo no defraudar, tan sólo complacer a esa vieja desconocida que desde hacía tanto tiempo le endilgaba sus míseras esperanzas de plenitud en forma de un retorcido amor maternal.

En la estación de Zapala se había agolpado la totalidad de la gente del pueblo y sus alrededores; alguien había corrido la voz, y nadie quería perderse el espectáculo de unos ricachones porteños en el colmo de la decadencia. Avanzando con cierta dificultad entre la concurrencia Martina, un mar de lágrimas, pasó al lado de Elenita sin tocarla ni abrazarla –Dios mío, cómo me has hecho esto. Cómo me pagás así todo lo que yo hice por vos-. Pero Elenita no podía siquiera apenarse por sí misma: con los ojos fijos en un punto inexistente, con las manos transpiradas a contramano del frío de la estación, con la misma docilidad con la que bajaba la cabeza con expresión agradecida cuando doña Lucrecia adulaba sus vestidos, se había detenido en una eternidad sin recuerdos ni proyecciones, la mente en blanco, la escasa voluntad lista a aceptar la culpa que le endilgaban por algo que no recordaba muy bien pero de lo que, sin ninguna duda, si ellos lo decían, había sido la única responsable.

Nunca más el coche de lujo arribó a la estación de Zapala. Las familias acomodadas eligieron eludir ese destino: por más racionales que pretendieran mostrarse, se empezó a decir que pesaba sobre el trayecto una maldición india, pendiente desde la Conquista del Desierto, que arremetía con fiereza contra las personas de bien blancas y cristianas y les acarreaba la muerte y la locura.

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