Algo. Autor: Quidam

14 de febrero de 2010

Ciudad de México

 David aceleró el ritmo del automóvil; la velocidad no era algo que fuera del total agrado de Laura pero en esta situación era comprensible que su ahora esposo estuviera ansioso por llegar la playa que atestiguaría su luna de miel.

–       ¿Y que se siente ser la Señora de Robles? – Preguntó él en tono de broma

–       No sabes como ha cambiado la vida; ahora veo todo de otro color eh – Le respondió ella en el mismo tono

De forma sutil cruzaron sus miradas para intercambiar una sonrisa, ocasionalmente; cuando el auto se veía forzado a detener su andar debido a las luces rojas de los semáforos; los amantes intercambiaban besos y caricias en sus rostros que no podían ocultar el resultado de un amor que tras cuatro años noviazgo se había consumado hace algunas horas con el matrimonio.

Ni siquiera ellos mismos se imaginaron que ese fatídico día en el que David estrelló su primer automóvil; un Cavalier de color negro contra el Tsuru de tonos gris que pertenecía a Laura derivaría en una invitación a cenar de él hacia ella como parte de la compensación debido a su falta de pericia al volante y menos después de que fue

etiquetado con una cantidad casi infinita de improperios por la agraviada conductora; ese día los respectivos agentes de seguros tardaron tanto en llegar que a los accidentados no les quedó de otra que empezar a socializar lo más educadamente posible sin saber que era sólo el primer apartado de una historia a la cual le añadieron otra página.

A falta de unos cuantos kilómetros para arribar a una de las casetas de cobro el vehículo nuevamente fue forzado a reducir su velocidad; ese lapso de tiempo fue suficiente para que un indigente se acercara a David:

–         Una monedita por el amor de Dios – Le pidió el vagabundo

–         No tengo cambio – Respondió David sin voltear a ver a quien le pedía su ayuda

–         Ándele no sea malo, lo que sea su voluntad – Insistió el mendigo

–         Ya le dije que no tengo cambio – Enfatizó David con molestia; acto seguido subió el vidrio e hizo avanzar el vehículo ante la mirada molesta de quien le pedía su ayuda y ahora le maldecía entre dientes

–         Amor, no tenías porque ser así, total; yo tenía cambio – Le amonestó Laura

–         No Laura; a estos toda la vida se les va en pedir dinero y no se preocupan por salir adelante – Se justificó él

Y continuaron su ruta dejando de lado aquel asunto; una vez que llegaron a una zona boscosa y como si hubiera escogido precisamente ese lugar para gastarles una broma pesada a los recién casados; el automóvil comenzó a fallar; debido a que por momentos la circulación se veía interrumpida, otros conductores hicieron sentir a la pareja su inconformidad a través de su claxon.

Esto orilló a David a buscar una zona segura en el interior del bosque para poder estacionarse y analizar la situación aunque como la gran mayoría de los hombres no tuviera una remota idea de mecánica y su impulso fuera más bien un deseo de impresionar a su ahora esposa; tras un breve vistazo tuvo que resignarse a aceptar su ignorancia en el tema; metió la cabeza por la ventanilla y miró a su mujer:

– ¿Tienes saldo para llamar a alguien que nos pueda ayudar? – Le preguntó

– No mi vida, con todos los preparativos para el viaje no pensé en eso – Contestó Laura

– Ok mira ya conozco esta carretera y más adelante hay un negocio, iré a hacer una recarga y veré si el Licenciado Uribe puede mandarnos a uno de los mecánicos de la empresa – Sugirió

– Esta bien amor, pero no tardes mucho está muy oscuro – Le pidió ella

– Sí, no te preocupes no me tardo – La tranquilizó David

Y poco a poco Laura contempló la figura de su esposo alejándose en la mancha de oscuridad que teñía al bosque.

***

10 DE ENERO DE 2011

UNIDAD DE ATENCION PSIQUIATRICA DE LA CIUDAD DE MEXICO

–         Dígale que venga a mi oficina enseguida por favor – Le pidió el Doctor Medina a su asistente

–         Sí doctor; en un momento – Respondió una chica desde la otra línea telefónica

Minutos después el joven Orlando Cabrera ingresó por la puerta mentalmente preparado para lo que le esperaba; por lo general ir a la oficina de Medina solo era la antesala de un aumento salarial o el inicio del fin para la carrera de un interno:

–         Tome asiento – Le indicó Medina

–         Así estoy bien doctor – Contestó Cabrera

–         Explíqueme que lo motivó a realizar esa acción – Le pidió el doctor

–         Bueno; yo solo creí que a la interna le habría gustado recibir un regalo y no se me ocurrió otra cosa que guardarlo en una bolsa; después le dije “tengo algo tuyo” y cuando intenté sacar el regalo vino la crisis – Se justificó

–         Ya veo ¿Conoce los antecedentes de la paciente? – Preguntó Medina

–         No del todo doctor; sólo lo que comentan los otros médicos – Respondió Cabrera

–         Que sea la última vez que toma decisiones por su cuenta; después de su gran idea tuvimos que sedarla para contener la histeria; un día de estos vamos a matarla con tanta droga –

–         Sí doctor; lo lamento –

–         No, si lo vuelve a hacer realmente lo va a lamentar ¿Entendido? –

–         Entendido doctor –

Y Cabrera salió de la oficina del Doctor Alonso Medina con un semblante similar al de un perro que ha sido brutalmente apaleado por otro de mayor tamaño; ni siquiera él imaginó las consecuencias tan devastadoras que acarrearía el simple hecho de querer sorprender a una paciente cuyo cumpleaños tendría que celebrar en la UPCM.

Absorto en sus ideas; Orlando evitaba mirar tanta locura contenida en un espacio reducido; miles de historias producidas por algo que simplemente estaba mal en el interior de las personas; una falla minúscula en esa telaraña de pensamientos llamada cerebro podía condenar a alguien a vivir completamente ajeno a esta realidad aunque muchas veces tantas malas noticias le habían hecho pensar a Cabrera que eso podría ser lo  mejor.

Repentinamente una silla de ruedas detuvo su andar a petición de quien la usaba; los ojos de la mencionada paciente se posaron en Orlando con un gesto de frágil alegría haciéndolo detener su caminata y ponerse en cuclillas para abrazarla:

–         Feliz cumpleaños – Le dijo al tiempo que la abrazó con ternura

–         Gracias – Contestó ella – ¿Sabes si ya regresó? – Le preguntó

–         No, creo que aún va a tardar pero pronto volverás a verlo – La consoló Cabrera

–         Pero sólo iba a hacer una recarga, él me lo dijo; me prometió que no iba a tardar – Insistió la paciente

–         Te prometo que en cuanto llegue te aviso –

–         ¿Lo prometes? –

–         Lo prometo –

Después de todo ya habían tenido la misma conversación antes y la promesa se mantenía firme a sabiendas de que jamás podría cumplirla; la enfermera continuó el trayecto de la mujer en silla de ruedas y Orlando la miró alejarse; un pequeño golpecito en el hombro lo sacó de su dispersión mental:

–         ¿Cómo te fue con Medina – Le preguntó Rosaura; su compañera de generación y quien entró a la UPCM al mismo tiempo que él

–                     Horrible; me dijo que si volvía a hacer algo sin recibir instrucciones me corría – Le contó Orlando

–                     Es que solo a tí se te ocurre llevarle un regalo así a la paciente – Lo regañó su amiga

–                     Era una muñeca de trapo de las que hacía antes para venderlas y pagarme la carrera – Le contó Cabrera

–                     No es por eso; fue la bolsa – Le contó Rosaura

–                     ¿La bolsa? ¿Eso que tiene que ver? – Insistió Orlando

–                     Bueno te voy a contar, pero que quede entre tú y yo ¿Ok? –

–                     Sí, tú cuéntame –

***

14 DE FEBRERO DE 2010

Ciudad de México

 

Los minutos comenzaron a transcurrir lentamente; por más que Laura intentó despejar su preocupación por su esposo a través de la música ofrecida en el menú radiofónico; le fue imposible, el nerviosismo la orilló a encerrarse a piedra y lodo en el vehículo sin poder dejar afuera el miedo aunque de buena gana lo habría hecho.

El locutor le confirmó sus sospechas; desde que David había partido a aquel negocio para realizar la llamada de auxilio a su contacto; ya había transcurrido poco más de una hora; la más larga en la vida de la recién casada.

Por fin un leve golpeteo en la ventanilla del conductor interrumpieron sus pensamientos; a primera vista no reconoció al autor del ruido pero una vez que pudo adaptarse a la poca luz del entorno identificó al indigente al que David le había negado su ayuda en la caseta de cobro.

–                     Tengo algo suyo – Le dijo aquel individuo con una sonrisa al tiempo que le mostraba una bolsa de plástico con el logotipo de una tienda departamental

–                     Váyase por favor – Suplicó Laura sin atreverse a bajar la ventanilla y deseando con mayor intensidad que su esposo regresara pronto

–                     Pero es que es suyo – Insistió el vagabundo sin dejar de sonreír

–                     Váyase – Gritó ella con fuerza

–                     Se lo voy a mostrar aunque se hayan portado mal conmigo – Advirtió el indigente

Acto seguido; aquel hombre sumergió su mano en la bolsa y extrajo de su interior la cabeza de David que aún reflejaba un semblante de miedo.

Y después de los gritos desesperados; predominó el silencio.

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