Lugar de las apariciones. Autor: Anturio Grimaldo

Ve al vivir de lejos.

Nunca le interrogues.

Fernando Pessoa

Llegué a esta ciudad alimentado por un deseo ciego de encontrarte. Anduve los últimos meses visitando los amigos que tuvimos y los que tuviste, algunos más lejanos de nuestro pasado que nosotros mismos, otros anclados en la última imagen vaga que guardaron de ti, poseídos por las muchas labores que les ocupan diariamente que me parecieron seres que no podían existir ya que no merecían siquiera detenerse a indagar en sus recuerdos. Recogí los datos necesarios, las coordenadas que fui reuniendo con los nudos que iba enlazando de lo que me nombraban, los breves datos que salían a flote en cada visita, en cada encuentro circunstancial, tras el humo de algún café corredizo. La supuesta desaparición de la que todos hablaron yo la  descarté, porque siempre quise conocerte y lo logré a esa altura de la lejanía que me habías impuesto. Sabía que no te habías muerto, ni siquiera que habías desaparecido, sólo que te habías ido a otro lugar que no supiera de ti, donde pudieras ser otra, salir a caminar sin tener que reprocharle al mundo alguna mirada huidiza puesta en el lugar del misterio. Eras ese misterio. Por eso llegué  aquí, y no se sí es un viaje o un regreso, si es una ilusión o un desencuentro, sólo salgo a buscarte como pasajero en las andanzas matutinas y como vagabundo en las sinfonías nocturnas que van cambiando sobre el asfalto, bajo esa luna hosca que cambia cada día de nombre y de idioma y sabe de ti en su silencio. Mi viaje comienza en tu recuerdo.

9 de marzo

Un largo camino empedrado fue el aviso de llegada. Para los que íbamos durmiendo, hundidos en nuestros propios presentimientos, nos pareció una simple forma de saludar la vida. Me acerqué a la ventana del bus y contemplé los primeros árboles que se escondían y volvían a aparecer tras los muros que cada vez iban creciendo. Recordé el día en que quisiste fotografiar aquella planta que había crecido en mitad de un andén y que nunca lograste hacerlo porque tu temor fue cierto, alguien la pisoteó indiferente y guardaste silencio por unos días hasta pedirme que no volviéramos a cruzar por ese sitio. Así eran tus días, te mezclabas con el otro lado del mundo, el de la ausencia, el que todos ignoran y era difícil volver a rescatarte de sus sortilegios. Hoy tampoco supe porqué escogí esta ciudad, podría ser cualquiera de las que coleccionabas entre tus escritos, pero merecía ser esta, porque se parece a ti, tiene tu aliento, se llega por caminos empedrados como a tu sonrisa y no se sabe nada de sus secretos.

Lo primero que hice fue no alojarme. Pensé claramente en que quizá habías hecho la misma ruta, repetido las mismas visiones y traté de caminar hacia algún sitio donde pudieras haber ido justo después de darte por perdida, o encontrada, mejor. Vi en una esquina un viejo cartel, tenía una luz intermitente prendida a esas horas del día donde aún se pueden ver claramente los ojos de los paseantes. CAFÉ LA ENREDADERA, decía, y tenía un aire otoñal, un aire de remiendos de otras partes que podría ser a simple vista un café de cualquier lugar del mundo. Entré, la luz era tenue y el sonido de una melodía suave salía de un viejo tornamesa que no se podía ver pero que al escucharlo se podía imaginar su forma, sus cicatrices de tiempo, el color del vinilo que estaba trinando. De espaldas un hombre leía el diario en una esquina, había escogido el lugar donde mejor llegaba la luz pero también donde mejor podía esconderse. Escogí una mesa cercana a la puerta, esperaba que el viento que entraba de pronto me trajera un mensaje de ti, un perfume de alguna de las calles por donde deberías estar caminando siguiendo a tu sombra, tratando de desprenderte. Quizá en esa mesa te habías sentado, en esa misma silla, junto al mismo cenicero. Llamé, después de un largo rato se asomó un hombre alto, flaco, con una barba de diez días que me miró sin saludarme, cogió una de las botellas que estaba en el estante y me  sirvió en una copa pequeña ese vino o coñac, no lo sabía en ese momento y me lo acercó desde la vitrina. “Es licor del nuestro, hecho de los viñedos que crecen aquí y que sólo aquí se encuentran ¿Qué tal estuvo su viaje?” me dijo, como si me conociera de hace tiempo, como si me esperara o supiera algo de mí, me sentí extraño por un momento pero no dudé al responderle, como siguiendo un juego que no había planeado, “Gracias… el viaje fue largo pero suave, apenas conozco esto, usted es la primera persona con la que dialogo ¿Cómo sabías de este encuentro?”, “No eres el único que busca desaparecer, muchos lo hemos hecho, venimos aquí y nos damos un cambio de piel y de alma hasta desvanecernos en algún viejo traje, hasta que alguien llega a ocupar nuestro lugar… bienvenido.” Me  respondió, mientras sacaba de una gaveta el cartón amarillento de un viejo acetato.

10 de marzo

Me alojé en el primer hotel que encontré. Lo escogí por su aire ceniciento, antiguo, como sabía que te gustaban; ahí donde no pudiera llegar nadie más, un lugar en el que pocos se fijaran, eso aseguraba el silencio. Desde la puerta se sentía un frío que ocupaba toda la estancia. Sólo un foco de luz en el primer pasillo dejaba ver la dimensión de las paredes, su color de hueso humeante. Caminé por él hasta llegar a la recepción. Una mujer de cabello largo, liso, con la mirada hundida por un breve bostezo me saludó. “ya íbamos a cerrar, lo estábamos esperando, el bus llegó hace una hora y media ¿Cuántos días piensa hospedarse?” “Lo que sea necesario, tal vez una semana. Vengo buscando a alguien.” Le respondí. “Su habitación es la trescientos cuatro, no hay nadie más en el hotel, si necesita algo pulse el cero en el teléfono de pared.” Por las escaleras pude ver algunos cuadros, todos eran imágenes de otras ciudades, en otras épocas, no reconocí ninguna. En sus esquinas se alcanzaban a entrever los hilillos de las telarañas. Había mucho silencio. Al entrar dejé las maletas junto al escritorio y después me senté en el sofá rojo que está junto a la ventana. Tal vez hubieras estado aquí, en ese mismo lugar, intuía que este lugar te había conocido y me recibía como te recibió a ti. Dormí toda la tarde, hasta la medianoche. Soñé, recuerdo que soñé pero no puedo recordarlo. Sólo la imagen de un candelabro encendido que persistía en medio de una tempestad es lo que pudo quedarse.

Hoy fui a caminar. Recorrí las calles por las que podrías estar y anduve buscando sitios donde posiblemente te encontraría, bibliotecas, jardines, cafés, cigarrerías. Miré a los ojos de los transeúntes hasta reconocer sus próximas diligencias, me sumergí en sus afanes, en sus rutas, hice una cartografía de la cotidianidad que envuelve este sitio pero no pude hallarte, no aún. Pienso que estarás en cualquiera de ellos, porque se parecen a ti en algún aire que no puedo definir y hasta posiblemente te conocen. Todos apartan la mirada, esquivan el camino, cambian de acera. Es una ciudad donde todos quieren estar solos, por eso se alteran ante la presencia incómoda de alguien que los escudriña buscando señales de algún olvido predispuesto, le huyen al destino, parece que quisieran evitar crear otros recuerdos. Rara vez se hablan entre ellos, sólo se dicen cosas puntuales y pasajeras, cosas que son inevitables en una ciudad. Pude haberte visto, no lo sé, en alguno de ellos deben descansar tus miserias. Quizá nos hayamos cruzado demasiadas veces, mientras caminabas buscando a tu sombra y yo por alguna otra esquina pensaba en tu luz, en la última lágrima que vi crujir en tus ojos y que quedó en mí presente, como una de tus tantas despedidas.

11 de marzo

Suceden cosas extrañas aquí que pasan inadvertidas o como normales para cualquier otro. Esta mañana cuando salí del cuarto me di cuenta que estaba en otra habitación, estaba en el segundo piso. Quizá llegué tan cansado que olvidé la ruta en las escaleras, pero es extraño, todo sigue en su lugar, estaba todo tal y como lo dejé el primer día, con la ropa acomodada en el closet y mi libreta sobre el escritorio. Decidí no ponerle atención. A estas alturas, pienso, no habría nadie aquí que pudiera darme explicación aquí. Si llegaran a llover plumas, de repente, la gente sacaría sus paraguas y andarían como si nada bajo ese aguacero torrencial sin preguntarse sobre su origen y su destino. No hay nada que pueda sorprenderlos. El hecho es que hoy estoy escribiéndote esta carta desde otra habitación que tienen la misma vista a la calle, nada nuevo, nada distinto, el mismo olor a tiniebla colándose por las sábanas. Hoy tampoco pude verte, fui más allá, tomé un transporte hasta algún lejano extremo. Sé que te conocen, aquí todos deben saber de ti, pero no quiero decirles ni preguntarles nada porque sé que te prevendrían. Aunque todos andan llevando a cuestas sus misterios, siento a veces que me conocen y que de alguna forma me observan y te cuentan, sabes de alguna manera que te estoy buscando. Pesa el cansancio y este viejo reloj que cuelga de la pared hoy se ha detenido. ¿Qué fecha pondré mañana? ¿Seguirá siendo once de marzo? ¿Amanecerá?

12 de marzo

Amaneció. Creí que iba a seguir siendo noche y quizás hubiera sido el único en darme cuenta y hasta me hubiera tocado ir calle a calle encendiendo los candelabros que cuelgan de las ventanas. Hoy el hotel estuvo más solo que de costumbre. Hace días que no veo a la recepcionista, sólo sé que cuando regreso de mis caminatas diarias las sábanas sucias han desaparecido y el polvo que ha caído sobre las mesas lo han trasladado a otro lugar. Hoy conseguí astromelias en un lejano mercado al que llegué después de mucho caminar, te las fui dejando en las puertas, sobre los autos, en las ventanas. Sé que esas flores son de tu agrado y que quizá así mientras pases por algún lugar puedas encontrarlas y sepas que estoy por ahí cruzándome. Hoy supe que esta ciudad no tiene cementerio. Escuché en una cafetería a un señor que llegó a preguntar al hombre que atendía, cuál era el lugar más cercano donde se hallaba el primer cementerio. Una carcajada fue la respuesta. Fue difícil articular lo que significaba ello, pero pude notar que el hombre que preguntaba estaba con un vestido de luto y todos en el café lo miraron con extrañeza.

Creí verte en una mujer que estaba de espaldas observando una vitrina, me acerqué sigiloso para contemplarla, pensando en lo primero que te diría sí fueras ella. Sabía que si llegara a encontrarte lo mejor sería no hablar, me bastaría una sola de tus miradas para saber lo que estarías pensando y esa sería la mejor respuesta para saber si debo quedarme. Supe que no eras ella porque desde el reflejo del ventanal pude mirar su rostro, unos largo pendientes colgaban de sus orejas. Nunca tuviste de esos, ni siquiera en los días de fiesta. Así que caminé de nuevo hasta el hotel, el frío empezaba a sumergirnos en la impaciencia, aunque no lo dijeran podía sentir lo que el resto de los habitantes sentía bajo ese cielo de otra parte. No estaba la recepcionista, quería preguntarle sobre el cambio de habitación, pero lo dejo mejor para mañana. Subí despacio, mirando de nuevo las pinturas, buscando en ellas algo de ti, un lenguaje cifrado que pudiera simbolizarte. Llegué al segundo piso y busqué las llaves. Todo seguía en su sitio.

13 de marzo

Hoy es mi cumpleaños. El día es un continuo frío latente que se cuela por toda mi esperanza. Hoy quisiera encontrarte. Alguien diría que es un día para celebrarlo pero pienso lo contrario, alguien debería dejar que mi muerte pase desapercibida, sin festejarle. No quisiera morir sin otro más de tus recuerdos, algo que pudiéramos hacer para olvidar la incertidumbre. Quisiera abrir la puerta de este cuarto y dar de golpe con tu brisa, llevarte y llevarme a conocer lo que no hemos conocido. Un frío secreto que podamos esquivar sin pesadillas. Hoy quise encontrarte pero desaparecí. Salí bajo los aleros de esta calle desierta y me dirigí hacia los mismos sitios donde fui dejando ayer las astromelias. Ya no estaban, alguien las había recogido cuidadosamente, porque ninguno de sus pétalos quedó flotando como certeza de que allí habían estado. Busqué LA ENREDADERA, el café que visité hace unos días y hallé que todo lo habían cambiado de sitio. La vieja tornamesa ahora reposaba sobre una vitrina donde se exponían algunas antigüedades. Un violinista limpiaba su instrumento en una de las mesas mientras silbaba una tonada popular que escuché cuando era niño. Y no fue el mismo hombre flaco y de barba el que me atendió esta vez. Cuando pregunté por él me dijeron que no lo conocían. Esta vez fue una mujer gorda la que se acercó a los estantes. Quise beber uno de esos vinos que tomé el primer día  y la respuesta fue una carcajada. “Nunca ha habido viñedos en este lugar.” Me dijo.  Regresé rápidamente al hotel. Me sentía confundido y extraño. No sé cuanto dormí. Un olor a astromelias impregna esta casa. Te dejo esta carta bajo las sábanas para cuando regreses. Pocos vienen por aquí y el silencio es lo único que no se altera con el tiempo. No conozco el camino de regreso pero sí el de llegada.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Viaje a la ciudad del olvido, al paraiso de los perdidos.
    Cuántas veces no hemos soñado con alejarnos de todo, hundirnos en el anonimato.
    Que al final los personajes ya no sean los mismos, no indicaría que fueron finalmente encontrados por otro buscador obstinado?
    Me ha gustado mucho este relato especialmente esta frase: ” mientras caminabas buscando a tu sombra y yo por alguna otra esquina pensaba en tu luz “.

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