La odisea de los sentidos. Autor: Davi Carneiro de Lima e Silva

Fez, Marruecos

– Balak! Balak! Balak!

Andaba lentamente en medio de aquellas pequeñitas calles – con la mirada perdida entre alfombras, losas y especiarías – cuando percibí un señor que hablaba detrás de mí.

Balak, Balak, Balak!

Di media vuelta y encontré una escena inusitada. “Balak”, palabra proferida a plenos pulmones por nuestro simpático viejito, era el un aviso: venia allí un burrito cargando inmensos cestos de mercancías. Más que un aviso …  Una orden nada sutil para que el desprevenido transeúnte – en este caso, yo! – despertase para la vida” y saliera del canino. Sin percibir, estaba empatando obstruyendo el pasaje de unos seis animales que hacían cola, cargados con pieles, tomates, aves muertas, condimentos, hierbas exóticas, artesanías y cosas que hasta Dios dudaría.

Me recliné en la pared y asistí los jumentos que pasaba con aquellos cestos que ocupaban la anchura total de aquella calles pequeñas y estrechas para cualquier tipo de tránsito … a no ser el de los burros.

Estábamos en la ciudad imperial de Fez, nordeste de Marruecos y 196 quilómetros de la capital Rabat. Caminábamos, más precisamente, por una de las más de 9.000 calles de una de las mayores ciudades medievales Islámicas viva que existen en el mundo y patrimonio de la humanidad de la UNESCO desde 1981: la Medina de Fez El Bali (la “vieja Fez”). Un verdadero laberinto de sonidos, olores, colores, texturas y escenas extraordinarias.

Fundada en el año 789, Fez es la más antigua de las ciudades imperiales marroquís. Fue la capital durante más de 400 años y, a pesar de haber perdido su importancia política, se mantuvo como centro cultural y espiritual de todo Marruecos. Actualmente es una de las ciudades santas del Islam, siguiendo los pasos de La Meca y Medina. En su corazón amurallado está la inmensa Mezquita de Kairaouine, construida en el 857, una de las más viejas e importantes de todo el mundo árabe occidental.

Adentrar en el  Bab Boujeloud – un gigantesco portón azul y blanco construido en 1913 – es como ir a dedo en una máquina del tiempo. Poco a poco, a cada paso, nos íbamos perdiendo en la escala temporal de esta ciudad que  – tal y como quedó visible en el episodio de los burros – poco cambió con el pasar de los siglos.

Por las calles del “laberinto encantado abrigado del tiempo” – como bien describe Paul Bowles en su libro El cielo protector – se vende de todo: ropas, carne de cabrito, productos de piel, hierbas medicinales, narguiles, alfombras, joyas, condimentos, almohadas, frutas, flores,  libros, sandalias, amuletos, sándwiches de páncreas llenos de garbanzos y pimienta. El vaivén de personas (y mulas, por supuesto) es intenso. Desde lo alto de una mezquita, la potente voz del muezim convoca a los fieles a rezar. “Allah u Akbar, Allah es grande!”.

El olor de hierbas, comino, tajines y especias domina el aire. Los puestos de frutas secas, oleos y de plantas medicinales se presentan en una explosión de colores. Las fotos del rey Mohammed VI – estampadas de modo omnipresente en todos los estabelecimientos comerciales – parecía vigilar nuestros pasos. Cabezas de camellos y cabras quedan expuestas en las carnicerías callejeras. Fez es en definitivo una experiencia que asalta todos los sentidos.

Subimos una escalera bien pequeña hasta la “Terrasse de Tannerie”, una tienda de productos típicos, donde es posible apreciar una panorámica impresionante. Súbitamente, un olor fuertísimo invade el ambiente. Es el anuncio de que llegamos a los famosos Tanneries, los curtumes de teñidura de piel, uno de los símbolos de la ciudad. Arriba tenemos una vista del procedimiento, que permanece prácticamente intacto desde hace 700 años.

Un señor nos invita a conocer su tienda. En medio de cuernos de antílope, pieles de lagarto, mándalas e innumerables potes coloridos, explica en un inglés impecable. “Tenemos la solución para todo. Dolor de cabeza, acné, problema de piel, reumatismo, asma, adelgazamiento, calvicie, insomnio, impotencia sexual … Pero aún no tenemos nada para el Cáncer, Sida y Alzheimer”, dice con la cara más seria posible. En otra sala, un inmenso telar es conducido de manera ágil por un jovencito que trenza línea a línea una linda alfombra verde esmeralda. “Yo vendo  todos mis productos en E-Bay”, dice otro señor, que ya había vivido en Texas y hablaba con un divertido acento de cowboy americano.

La luna ya brillaba menguante sobre los inmensos muros de piedra cuando cogemos el camino hasta nuestro hostel por aquel laberinto de calles estrechas. Andaba distraído mirando el caótico vaivén, cuando recibo un toque sutil en mi espalda. Al girarme, un simpático viejito – acompañado de su mulita – suplica:

 

–       Balak. Por favor, puedo pasar?

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Si, en tu relato se percibe exactamente éso: una fiesta de los sentidos.
    Has dibujado una hermosa acuarela del mundo árabe.

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