Fuego verde. Autor: Lola Haro

Sabía con certeza que allí no la podía encontrar. Ahora lo tenía más claro, se había casado con el hombre más idiota e ignorante del planeta. Llegó al hotel de madrugada, sonriente y enteramente húmeda y calada. De casa salió a trompicones,  manteniendo el equilibrio desde sus altos tacones, con su bolso de Chanel, la muda del día y en su dedo anular reluciente el anillo de compromiso coronado por el verde intenso de la esmeralda colombiana.

En el hotel la alojaron de inmediato. En instantes se despojaba en la bella habitación de sus ropas bañadas por la lluvia. Desnuda, marcó el número de recepción y solicitó el aviso despertador para el buffet de desayuno de la mañana siguiente. Se adormecería rápido y relajada, pero quería despertar junto al primer albor, y desperezarse con el amanecer del nuevo día que iba a brillar. Llevaba días sin conciliar el sueño, la locura engendrada en machismo y violencia le había hecho temblar más de cuatro días con sus cuatro noches. Pero ahora el viejo extraño conocido que tan bruscamente la había amado, dejaba de custodiarla. Fue la sombra de su paraguas escondido bajo el resguardo del balcón lo que la empujó a huir. ¡Cretino! No le bastó amenazarla, esta vez la vigilaba durante horas oculto entre odios y amarguras. Meditaba, seguro, si cumplir su amenaza. Sintió miedo, pero casi le invadió más la rabia, le indignaba la poca picardía de su querido esposo asesino. Cualquiera hubiese cerrado el paraguas. Así que en cuanto él necesito de nuevo una copa y cruzó al bar, Ella huyó. No soportó más la necedad de su ser.

Que feliz se sentía ahora. Lejos, resguardada en la distinguida habitación. Libre, endiosada tras su decisión. Llevaba tiempo sabiéndolo, tenía que abandonarlo. Por eso había empezado meses atrás a vender todo lo que él le regalaba silenciando las humillaciones. Su cuenta secreta albergaba cada vez más números, la veía tan poquita cosa, que nada sospechaba. Así que tampoco dudó en alojarse en la suite, el último golpe amortiguado por un reloj de oro lo valía.

Desnuda se metió entre las sábanas. Lejos del temblor de noches anteriores, quiso estremecerse separando con las yemas de sus dedos algo frías los labios de su sexo y envuelta en pensamientos platónicos de venganza, oprimió dulcemente logrando en segundos, vibrar entera. Saboreando su inspiración femenina y relajada, el plan se tejía solo.

A las siete la avisaron, se levantó feliz y bajó al buffet. A las nueve concertó una entrevista de carácter urgente con el gerente del hotel; a y diez habían cerrado el acuerdo. Como ella le había exigido, en menos de veinticuatro horas estaría todo resuelto. Lo primero que hizo el personal del hotel fue imprimir las más de doscientas invitaciones para la subasta convocada en el salón de actos a las seis. Después llamaron a los periodistas. El anillo de compromiso de Ella lucía sobre una alta y almidonada mesa de ébano. En la subasta los más selectos y adinerados clientes del hotel esperaban la cuenta atrás anhelando poseer la lujosa esmeralda que tan violentamente había ejercido de carcelera. En la subasta se pujaba por la esmeralda y por la fotografía del famoso maltratador en cuestión. Unos empezaron a pujar por la esmeralda, los periodistas movidos por el morbo de saber quién tan todopoderoso a punto estuvo de matar a su esposa ofrecían su alma. 300€,¿alguien da más?, 1000 €, continuamos,15000…,¡1000.000! ¡Adjudicado! La señora de traje azul obtenía la esmeralda y el rostro del casi asesino.

Junto al gerente, Ella, deleitaba su emoción. En cuanto cobró el dinero refinó el trato, cogió su mitad y el resto lo donó al escenario cumbre de su huida, al hotel de su acogida. En menos de media hora, la señora de traje azul había recuperado lo invertido vendiendo el rostro maldito a todas las agencias periodísticas. Aquel refinado señor amante de los buenos modales que tan famoso era, antes del anochecer estaba enjuiciado por toda persona que ese día leyese el diario o viese la televisión.

Ahora, ella, iniciaba un verdadero viaje, a cualquier destino, donde pasearía orgullosa su triunfo. Antes de coger su avión, lo imaginó llorando torpemente escondido, tropezando con los propios cordones de sus zapatos desabrochados. Sonrió y tarareó su canción preferida de Luz. Supo que era Ella, y fantaseó como serena contemplaba al idiota desde la  altura de sus tacones.

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