Cuando caen las hojas. Autor: Ángeles López Rodríguez

 .

I

La visita al cementerio supone una experiencia emocional y espiritual que ayuda a elevarse por encima de lo mundano y exalta la sensibilidad hacia la vida al acordarse de su fin pues en el fondo del alma existe una simpatía subconsciente hacia la muerte porque el espíritu anhela su liberación. El alma busca la hospitalidad del oscuro santuario para refugiarse de la hostilidad de la vida y en él se dialoga con nuestro yo, se divaga y se hacen reflexiones sobre lo que ha sido y lo que es nuestra historia.

En el estancamiento de la vida se sufre una necrosis, se busca el alma enterrada en las profundidades del yo como si fuera un féretro enterrado en la tierra  que mojamos con lágrimas. Permanecemos en el limbo en aspectos de la vida que no se resuelven satisfactoriamente, atrapados en una sociedad cuyos personajes diabólicos se muestran fríos e indiferentes  reproduciendo como autómatas una y otra vez pautas y patrones de comportamiento absurdos. Las voces que provienen de las gargantas ensangrentadas de los asesinados por la falsedad y crueldad del mundo no son escuchadas por la hipocresía colectiva. LLegamos a convertirnos en seres impedidos, muertos en vida y andamos  como zombis, de este modo aceptamos la vida con resignación esperando una oportunidad que no llega nunca.

Recordamos a nuestra familia y anhelamos a los seres queridos que fueron parte de nosotros, a través del silencio pretendemos captar un mensaje. Cansados de estar solos en el mundo, faltos de amor y afecto, añoramos el calor del abrazo de quien nos quiso tanto y deseamos su reencuentro en la otra vida.

Se buscan respuestas y explicaciones a acontecimientos que han ocurrido, a la memoria aflora el recuerdo de vidas ajenas y sucesos del pasado y ante la tumba de personas se cambia impresiones y se aprende de las vidas de otros… que es la vida sino un camino en el que se nos despoja de todo y con lo único que nos quedamos son con nuestras lecciones aprendidas. Cada tumba debería ir acompañada de un libro de la biografía del individuo, un libro con todo lo acontecido; lo bueno y lo malo, lo que se sabe y lo que no se sabe, un histórico de amores, desencuentros, amistades, enemistades, desengaños,traiciones,traumas… para poder entender decisiones y sucesos ocurridos y comprender a los que nos rodean.

II

En el distrito de Père-Lachaise de París el cementerio se halla rodeado de edificios, desde sus ventanas se divisa la necrópolis donde los muertos descansan eternamente mientras que la vida sigue su curso en la ciudad.

Visitar el cementerio de Père-Lachaise en Otoño es todo un espectáculo; sobre un cielo gris de fondo los árboles te dan la bienvenida a lo largo de L’Avenue de l’Ouest, las hojas caen cuando sopla el viento dejando una gran alfombra amarilla que se extiende hasta el final del camino. Es todo un placer perderse por el laberinto de lápidas y sepulcros, al mismo tiempo el frío otoñal resulta ideal para tan lúgubre contexto…

Lugar tan triste como bello donde el recuerdo de vidas pasadas queda relegado a la memoria moribunda que se pierde en el olvido hacia el silencio infinito.

Las tumbas bordean las calles y avenidas; las hay viejas, antiguas, algunas de ellas parecen pequeñas iglesias góticas con puertas y ventanas ojivales, hay tumbas rotas y cubiertas de musgo que resultan fascinantes por su belleza siniestra… incluso la paz funesta del cementerio resulta tan acogedora que el espíritu queda perplejo ante el misterio del secreto sepulcral.

Pequeños palacetes con arcos y columnas recuerdan el arte antiguo del mundo árabe y la historia que está presente en las columnas acanaladas y capiteles con espirales y hojas de acanto sostiene los tejados de dos aguas de los pequeños templos romanos mientras las esculturas con coronas de laureles tocan el arpa, algunos panteones con la puerta rota descubren las vidrieras cuyos colores son realzados por haces de luz tenebrosa.

Los obeliscos que presiden algunas tumbas conectan el cielo con la tierra en un intercambio místico, con la misma finalidad una pirámide de mármol con una inscripción árabe donde descansa el escritor Hedayat Sadegh se alza del suelo, adquiriendo el lugar un carácter enigmático que recuerda a civilizaciones pasadas. También las estelas con inscripciones de piedra se erigen del suelo como vestigios de tiempos remotos.

Esculturas de personajes femeninos semidesnudos de piedra nos transportan varios siglos atrás, auténticas obras de arte que aportan clasicismo al valle sombrío, bustos y cuerpos rígidos de  bronce oxidado por la intemperie son los supervivientes del paso del tiempo, camafeos enormes con la cara de los sepultados esculpidos en la piedra, dedicatorias grabadas en la roca indestructible tratan de recordar a los difuntos para siempre.

III

Las hojas cubren el suelo y las tumbas, de modo que sobre el gris mortecino de la piedra destaca el amarillo alegre de las hojas muertas. Los cuervos son los vigilantes del paraíso fúnebre, revolotean y se posan sobre ellas, sus graznidos son inquietantes y evocan muerte. La primavera duerme y la vida permanece aletargada, bajo tierra duermen las semillas embrionarias y la vida espera a los seres que están por nacer.

Ante mi un panteón con dos espectros afligidos sin rostro cubiertos por un manto vigilan la entrada de manera que un aura fantasmal  envuelve de misterio tan curioso hallazgo.

Deambulo en la bella soledad del camposanto cuando por casualidad encuentro el ilustre busto de  Honoré Balzac reflexionando sobre “las especies sociales” en un intento de comprender la sociedad desde el reino de los muertos. A los lados de la columna que lo sostiene se puede leer por un lado:

Né à Tours                               y por el otro:                Mort à Paris

le mai 1799                                                                  le 18 aoüt 1850

Balzac decía. “La muerte es demasiado cierta. Olvidémosla”, pero la muerte si que se acordó de él. Nadie escapa a la transitoriedad de la vida y la pretendida inmortalidad queda relegada a la memoria de la historia escrita. En el busto se puede leer L´Histoire de l´humanité lo que evoca en mí voces  de  represión, de injusticias, de ideales, de accidentes, de guerras, locura, asesinatos, tragedia que emerge de lo más profundo de la tierra….

Sobre un pedestal donde está grabado el rostro de Frédéric Chopin una muchacha de piedra escucha música de piano, partituras que emanan del romanticismo musical del espíritu del compositor capaz de ablandar los corazones pétreos de las esculturas del cementerio, mientras tanto vago por los umbríos caminos de la muerte acompañada por la corte de espíritus que proviene de una construcción megalítica cargada de un gran poder ritual que recuerda a nuestros antepasados del Neolítico, la cual refugia el busto de Allan Kardec ,el escritor de “El libro de los espíritus”.

Mis pies se detienen ante una pequeña abadía, escucho unos corazones que laten bajo la tierra húmeda, unos corazones que cada vez laten con más fuerza, el latido de unos corazones rotos, arrancados de cuajo por la mano de acero de la religión… Son los corazones de Heloïse et Abelard los amantes legendarios de Père-Lachaise que se abrazan en un intento de alcanzar un orgasmo póstumo. El amor que se usurpó en vida permanece unido eternamente.

IV

Las estatuas y monumentos fúnebres son de un color  azul verdoso y destacan sobre el  poblado de sepulcros y panteones, entre ellos un ángel de piedra da una atmósfera de divinidad a tan macabro lugar.

Una chimenea enorme de piedra se eleva hacia el cielo, la entrada al Averno conduce al inframundo donde las almas son condenadas al castigo eterno por los pecados que han cometido, sin posibilidad alguna de redención. La sombra los ha atrapado para siempre.

Mis botas pisan las hojas desahuciadas de los árboles, entre las hojas marrones y amarillas una escultura de bronce reproduce la muerte del joven periodista Victor Noir. Una magnífica instantánea de la muerte cogida a tiempo que refleja la expiración en su cara, la disposición del cuerpo desplomado en el suelo y la ropa que llevaba puesta en su último día. ¡Pobre estatua muerta!

Orfeo lleva hacia mis oídos “La vie en rose” cantada por unos gorriones que rodean a la yaciente Edith Piaf en una sepultura de piedra negra donde descansa una pesada cruz. En el costado  de la tumba han dejado ofrendas como un retrato dibujado y macetas con flores de colores, otros peculiares obsequios como conchas marinas y poemas acompañan a otras tumbas y memoran a los difuntos.

La fatalidad de un monumento fúnebre en honor a las víctimas de un accidente aéreo en Venezuela ennegrece mi ánimo:

Catastrophe Aérienne

Venezuela

16 oüt 2005

Todos los nombres de las numerosas víctimas aparecen escritos en piedra  a ambos lados de la placa conmemorativa.

Más adelante descubro una escultura cadavérica que representa a las víctimas del horror del Holocausto donde la muerte labró la tierra con la esvástica sembrando miles de cadáveres. ¡Que abominable tragedia!, otras conmemoraciones dejan constancia de la monstruosidad del genocidio nazi:

SOUS CETTE PIERRE

REPOSE

UN PEU DES CENDRES

DES SEPT MILLE

MARTYRS FRANÇAIS

ASSASSINÉS PAR LES NAZIS

AU CAMP DE

NEUENGAMME

ILS SONT MORTS

POUR QUE

NOUS VIVIONS LIBRES

LEURS FAMILLES

ET LEURS CAMARADES RESCAPÉS

ONT ERIGÉ CE MONUMENT

A LEUR MÉMOIRE

Se hace honor a los héroes y mártires de guerra:

GLOIRE A NOS ELUS

HÉROS ET MARTYRS DE LA RESISTANCE

ASSASSINÉS PAR LES NAZIS

V

L´Avenue des Combattans Étrangers morts pour la France me lleva hacia el columbario que enmarca una plaza cuadrada, entre los arcos se ve un mosaico de depósitos de ceniza. Por una escalera desciendo al Hades y paseo a través del caróntico pasillo, donde las pequeñas lápidas quedan al fondo y a ambos lados del pasadizo acompañadas con flores que destacan sobre la oscuridad subterránea. Pero este corredor está impregnado de lírica… se escucha una voz dramática como de tragedia griega que proviene de la placa del club internacional de María Callas que memora y excusa las cenizas robadas y que una vez recuperadas fueron devueltas al Mar Egeo.

Isadora Duncan baila las danzas de la muerte, un automóvil la condujo hacia ella al enredarse el chal que llevaba en el cuello en los radios de las ruedas del mortífero vehículo, reuniéndose así con sus dos hijos que murieron cuando su coche cayó al Sena en un accidente que ocurrió años atrás. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Je vais à l’amour”.

Una vez fuera del columbario me siento como si renaciera entre las cenizas, levito por mis pensamientos, confundida entre emociones contradictorias y pareidolias de recuerdos. El cielo se va volviendo cada vez más plomizo hasta que finalmente la noche cae como un telón negro, algunos cuervos se posan en la hierba para dialogar entre ellos antes de refugiarse entre las ramas de los árboles. Las cruces de las tumbas van adquiriendo un aspecto más siniestro, el frío marmóreo atraviesa el cuerpo y la luna creciente se convierte en la guadaña de la noche. Las almas del cementerio se adentran en la noche oscura hacia el sueño eterno, el silencio reina en el retiro de la vida y la visita llega a su fin.

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