Vuelo sin número. Autor: Antonio Ortuño Casas

Estoy con mi familia en un aeropuerto internacional, de una conocida ciudad, esperando la llamada para ingresar en el avión. Hasta ahora ya nos han avisado dos veces que el vuelo se retrasaría media hora, por lo que el vuelo, de salir, lo haría una hora más tarde de la hora prevista.

Cuando entramos al aeropuerto no había mucho movimiento, por lo que no nos demoramos mucho en obtener las tarjetas de embarque, y el ingreso a las puertas de salida transcurrió sin mayores problemas, excepto el inconveniente de despojarse del reloj, zapatos, monedas, cinturón, móvil, portátil, …, en fin muchos de los artilugios que nos dejarían desnudos si del todo nos los requisarán y nos tiraran en una isla desierta, sin más elementos, fuera de nuestra piel, que la ropa que llevamos.

Pero si la talla del pantalón es más grande de lo normal sin el cinturón vamos andar muy incómodos; si en la isla apenas hay arena vamos a tener varios problemas para caminar; estaremos igualmente perdidos sin reloj, sin saber la hora en la que nos encontramos, aunque de mucho en una isla no nos va a servir la hora. Del resto de maquinitas más vale no referirse, sobre todo si no llevamos rooming, aunque lo más probable es que no llegue señal alguna de cualquiera de las muchas existentes, satelitales, tridimensionales, …, hasta otras más inimaginables.

Muchas veces nos referimos a perdernos en una isla para escapar de muchas cosas, o simplemente pensar que vamos a vivir ahí sin ningún tipo de problemas. En realidad no sabemos, en la gran mayoría de las ocasiones, lo que decimos, pero por qué no probar aunque sólo sea una vez, permanecer un largo período de tiempo en una isla perdida, no importa que sea en una del Caribe o del Pacífico, que es donde siempre piensa uno, puede ser cualquier islote, isla, cayo, de cualquier mar u océano en este poblado mundo. Pero no, no por favor de la manera en que se ve en esos estúpidos programas televisivos, llamados de la misma manera de donde muy probablemente emergieron por primera vez y luego copiaron otras televisiones. Esos reality shows, como tantas otras muchas cosas inventadas en los últimos años, para hacernos creer menos mortales y vulnerables y más supertodo delante de la pantalla y creernos lo que no es, sino todo lo contrario.

Quiero desaparecerme en una isla, con lo puesto, mis gayumbos, un cómodo pantalón, una camiseta de manga larga, unas sandalias que no me obligaron quitar en el control. Con eso sobreviviré unas semanas bebiendo agua de coco, porque eso sí, palmeras por doquier deben poblar la isla. O sea, una exigencia, la isla tiene que ser del Pacífico o Caribe al menos.

En ella comeré cangrejos, varios tipos de crustáceos con coco, que será abundante. Será raro que no llueva, porque en los trópicos suele diluviar muy a menudo. O sea, otra exigencia, que llueva mucho para que no falte agua dulce, porque no será suficiente con la de los cocos. O sea, que no me conformo con un sólo tipo de agua, ya no me puedo olvidar que es mejor contar con competencia entre productores para que se abaraten los productos, evitando el monopolio.

En las noches dormiré en una pequeña cueva para no quedar al frío de la intemperie. Me tendré que olvidar del café bien fuerte con tostadas y mermelada en las mañanas, y en su lugar coco con coco, y si da lugar quizá algún fruto tropical. Eso no puede faltar, por tanto mango o piña mejor que nada. Del café intentaré hacer el gran esfuerzo de olvidarlo, porque al menos en el ambiente no se sentirá su inconfundible olor.

Me convertiré en un pescador honorable de crustáceos, porque imagino que de peces lo veo complicado, haré los intentos obligados con una caña bien afilada en la punta apuntando a vivos peces de todos los tamaños, que se reirán de mi y revolotearán a mi alrededor enfureciéndome cada vez más. Soñaré que una vez, aunque sea una sola vez, acertaré a darle a uno muy grande que se despistó o abusó de su confianza, estúpido con espinas, pero que suerte la mía, y me dará suficiente alimento por más de un día. Como me gusta el sushi no pondré todavía reparo alguno a la crudeza de lo natural.

Los días pasarán entre grandes siestas bajo una enorme palmera; baños eternos nadando en aguas tranquilas donde los tiburones tendrán prohibido el paso; sueños despierto, muchos, en los que no habrá guión, o si los hay serán para despistarme a mi mismo. Caminatas adentrándome en la isla, y dando vueltas sobre ella, mirando al más allá donde sólo se vislumbra la paz de la intensidad del azul, rota por alguna que otra isla a lo lejos adonde quizá si construyera una balsa pudiera correr el riesgo, poco por favor, de dirigirme a ella y quizá allí encontrar a una rubia de ojos azules, que como yo se haya aventurado con lo puesto a dejar la rutina y el mundanal ruido, y explorar la soledad más sola en una isla recóndita.

O sea, que pronto hecho en falta compañía, y que casualidad buscándola de un estereotipo muy marcado; y por qué no podría ser morena y de ojos verdes, o de color con el pelo corto, o un amigo al que hace rato no ves y tienes ganas locas de contarle mucho de lo que has vivido, desde la última vez de haberlo visto.

Me voy a tener que hacer una especie de sombrero, con unas hojas de un árbol de banano que he encontrado en uno de los paseos por la isla. Si sigo así el sol me va a quemar más que el pelo y mi cabeza, oliendo a chamusquina, va a tramar algún acto del que luego tendré que arrepentirme. Lo digo porque se me estaba ocurriendo salir nadando hasta la isla más cercana, aprovechando la marea. Y es que yo no soy buen nadador y sería casi un suicidio intentarlo. Por cierto, me supo bien comerme los dos bananos que quedaban en el árbol y que las aves aún no habían devorado. Debe haber más plantas de banano en la isla, o es por algún acaso otra excepción, como lo es querer tener ya compañía, no sé, no sé, creo que sí.

De momento, resisto la tentación de ir a buscar a Eva; me sigo conformando con los cocos y los crustáceos, los paseos y los baños en las playas, correr bajo la lluvia abriendo la boca y sentir el agua entrar por mi garganta, y con la brisa y el arco iris saludando a todas las islas del entorno, imaginándome en ellas no sólo a Eva sino también a mis amigos, tantas islas como lo son todos ellos. Y en ese momento, creemos vernos y decirnos desde nuestros corazones que hermoso es todo, que grato lo es y por qué estar solo si el contacto llenará cualquier vacío, eliminará cualquier rencor, limpiará impurezas, esas que salen por si solas con cualquier desprecio a cualquier cosa.

He perdido la cuenta, no sé si son días o semanas, igual podría decir horas, pero creo que no, estoy seguro que he dormido algunas noches. Lo que sean, días o semanas, es como perder totalmente la noción del tiempo y con él el espacio se reduce a unos limitados confines que marcan el territorio de la isla, porque el otro espacio se amplia cada vez más; un espacio sin fronteras materiales, ni físicas, las que mi mente que ha adquirido poderes increíbles se permite crear y ampliar más allá, más lejos de lo posible, todo abierto, todo posible, …

– Señores pasajeros, les informamos esta vez que ya no habrá un nuevo retraso porque el vuelo se ha cancelado. Les remitimos a que se acerquen a los mostradores de nuestra compañía en el segundo piso, justo en el hangar de llegadas donde podrán reprogramar sus vuelos para los próximos días. Gracias por volar con nuestra compañía.

Y en verdad yo sí que había volado, seguramente yo había sido el único de todos los pasajeros de ese vuelo que lo había tomado, aunque fuese con otra compañía, en otra dirección.

La compañía no se había ni siquiera disculpado por la cancelación y las molestias causadas a los pasajeros; y yo sería, seguramente, el único entre ellos al que no le importaba, ni necesitaba de las disculpas.

Antusas

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