Recovecos de París. Autor: Laura López Terrón

En el número 10 del pasaje de Lamber, un hombre de cabellos entrados en canas hace sonar una guitarra española sentado sobre un taburete plegable. La temperatura es más que agradable, y los sonidos, que brotan al hacer vibrar sus cuerdas, permiten viajar a lugares lejanos y tal vez algo familiares.

Incapaz de resistirme al no escuchar, me detengo a deleitarme. Respiro los intensos rayos de luz, el pasear de los transeúntes, el juego de los niños, y el simple mirar de unos desconocidos. Durante unos minutos, leo el Extranjero de Albert Camus. Ambos han armonizado perfectamente. Una mirada fija puesta sobre mi cabeza llama mi atención, levanto mis ojos, y en ellos me vuelvo a encontrar. La calle, la música y el resonar del libro en mi cabeza me dejan jugar protegida ante el desconocido.

No muy lejos, nada más cruzar la avenida, se encuentra el Sena en todo su esplendor. En sus orillas, un puerto de libros atracados en un orden casi establecido de tamaño y proporción. A su lado, recostados, los vendedores de libros y demás. Libros usados, edulcorados con olores e historias particulares. Historias, con las que cuentan también, cada uno de los personajes que atienden su espacio limitado, al mismo tiempo que ilimitado. Son hombres con solera, mujeres a su manera y existe los jóvenes también. Los hay pintorescos y portadores de un cierto grado de excentricidad. Por veces, tu sólo los ves, ellos leen.

Yo me dejo llevar por los que tienen pinta de exploradores, los imagino llegando hace ya algún tiempo con una maleta de cuero remendada en cuyo interior se guardan historias de viajes imposibles de contar. En sus miradas, encuentro el romanticismo como el culpable del anclaje indeterminado en París que les permite resistir hasta la próxima partida, amarrando para ello sus alas en las orillas del Sena. El turista, la compra y la venta de libros ya leídos se han convertido en la mejor terapia frente a la nostalgia.

Por veces yo busco sus miradas, sus ojos e imagino su pesar. Con frecuencia, no encuentro más que ese mirar sin mirar, tal vez perdidos en naufragios o en paraísos abandonados. Me gratifica el encuentro de una sonrisa respuesta a un rostro reconocido del pasar de cada día en el medio de tanto desconocido. Respondo con complicidad y acabo por darle forma a mis pensamientos.

Es viernes tarde, el sol brilla como no lo hacía ya desde hace más de una semana. Aún así, las temperaturas no llegan acercarse, a las de por veces, el hogar añorado. Y es que el Sena, capaz de canalizar un viento casi desagradable, hace recordar al viajero las coordenadas de la ciudad de la luz, donde el verano, por tradición casi no existe. Yo me niego aceptarlo como tal, y no dejo, ni al viento, ni a las nubes, que me impidan desnudar mis brazos y mis piernas al sol.

Es viernes tarde ya de verano, San Juan. Las nubes, masas, avalanchas y corros de turistas se multiplican en estos días. Lenguas de todos los colores resuenan entre los ruidos de la ciudad. Me paro y admiro lo inadmirable: un grupo de soldados bien armados se pasean por “cité”. Continúo mi marcha. En los puentes y en las orillas del Sena, contemplo a tantos “inmortalizadores” de momentos. Vistas y miradas de uno a otro lado Torre Eiffel, Notre Dame, Conciergerie, Sacre Coeur, Jardin Luxembourg, barrio Latino, Bastille… Pero es sobretodo el Sena y sus orillas quienes acaban por convertirse en el espacio de aquellos que buscan en la proximidad alguno de los 5 elementos. Agua que fluye, arrastra y se deja llevar.

Un saxofonista hace sonar su instrumento mientras una profesional de la fotografía le indica como posar. Las escaleras que descienden hasta las orillas aglutinan a unos y a otros que se miran y se abrazan en la intimidad sin intimidad.

Colas y esperas en los museos, teatros y comercios forman parte también de una ciudad que se presenta con sus mejores galas para seguir siendo la más visitada. Si fuese una mujer la tratarían de muy puta.

Sin tener muy claro hacia donde voy, cambio sin rumbo y dejo el Sena a mis espaldas. Tomo fuerzas en la Cafeotheca y dejo que la degustación de un capuchino robe toda mi atención:

Dentro de la proporción, al café le corresponden de uno a dos tercios. El resto de la responsabilidad, es para la espuma que culmina con un diseño imposible de repetir. La leche, templada. Cuando tengas ya el café entre tus manos, gira la taza a la izquierda si eres diestro y haz lo contrario si la que utilizas normalmente es tu mano izquierda. ¿Eres diestra verdad?, con la mano derecha, empuja ayudada del culo de la cucharilla, la obra de arte que resta sobre el café. Estará bien, si más de su mitad se ha quedado recubierta de la espuma y, si en el medio del grupo de colores, el del café hace acto de presencia. Ahora ya puedes girar de nuevo tu taza y, con tu mano derecha tomarla para degustar. Siente el gusto de la leche y, sólo al final, el del café que emerge y que guarda el sabor en tu boca. Los aromas se mezclan tal vez con una melodía clásica o una canción del mundo.

Antes de partir, respiro de nuevo el aroma y, sin saber ni cómo y, sin querer saber porqué, todo mi ser se llena de una sensación formidable. Me escudriño entre la belleza arquitectónica, el peso de la presencia judía y los excesos de una cierta clase apoderada de la capital. Persisto por donde ya han pasado mis pasos, y más despacio de lo que me gustaría voy definiendo mis puntos de referencia. Cuando camino por las calles estrechas, me imagino como la líder del grupo exploratorio presentando y desenmarañando los secretos y decretos de cada una de las calles. Si ese día llegase, les diría a todos que, antes de partir, se proveyesen de un ancla. O si lo prefieren, que portasen pequeñas migas de pan para definir el camino de regreso. A pesar de los factibles inconvenientes, hablaría con Hamsel y Gretel para que fuesen ellos quienes explicasen las mejoras de dicha ocurrencia, que seguramente, ya habrían mejorado, para no volver a perder nuestro camino de vuelta. Su uso imperativo está más que justificado. Ya que, si no fuese porque creo en la inmovilidad de los edificios, en su perdurabilidad a lo largo de los tiempos, su paciencia frente a las acciones del hombre y su resistencia frente a los cambios y avatares de nuestra vida. Si no fuese porque conozco las coordenadas y las referencias establecidas, les diría a mis seguidores que cada día que pasa, las calles, tiendas y mobiliario de este barrio en concreto, simplemente cobran vida para cambiar de lugar. Como tratamiento ante el mareo de dicha dificultad, les sugeriría encarecidamente que se olvidasen de las habituales reglas de orientación que se utilizan en cualquier ciudad, de lo que es una perpendicular para que, como alternativa, no dejasen de utilizar las anteriores medidas recomendadas.

En el medio de toda esta nebulosa me encontré detenida en la puerta de cualquier lugar. En ese mismo punto un hombre que caminaba rígidamente me buscó para encontrarme. Caminaba como sólo los hombres que han pisado fuerte lo podrían hacer. Hubo un día que debió ser un galante – pensé para mis adentros – Portaba un traje que correspondía exactamente a sus medidas y un pañuelo a juego con la corbata de tonalidades discretas. Su estilo hacía pensar en los resquicios de aquellas épocas pasadas en las que bien seguro había vivido momentos de bonanza. Su mirada era pesada y llena de nostalgia, como así lo fueron los minutos de conversación en un pulcro español que mantuvo en aquel mismo punto.

Me cuestionó sobre mi vida, sobre lo hecho y dejado de hacer. Me miró preocupado consciente del paso del tiempo y su irreversibilidad. Sin más, me habló del único país latino-americano cuyas costas estaban bañadas por el océano pacífico y el atlántico, me habló del país donde el crisol de colores se alimentaba al mismo tiempo que se destruían por unos y otros, me habló de los que se peleaban por controlar el tesoro verde al cambio de billetes, del paso de mujeres, de las playas de arena blanca, del frescor eternal y del sonido inagotable de la cumbia. Sus pasos me dejaron. Un ruido metálico delató el andar de una pierna que ya no existía. Y sin más que contar se alejó como había llegado.

Parada en el metro. Es casi medio día, y allí estoy yo, un perro y la mujer que tal vez lo lleve a pasear. Dos jóvenes cercanos a mi edad portan trajes de cierta elegancia. Mientras discuten de manera pausada, se miden y disimuladamente miran hacia mi. Mismo vagón del mismo metro. Unas cuantas horas después. Es el final de la semana. Ya nadie se mira, todos estamos cansados. Camino de nuevo y entro en otro vagón. Ahora todo está más tranquilo, miro a los ojos de la gente en los que yo también me encuentro. Quizás tenga 20 años pensé, su barriga rebosa cualquier resistencia elástica de la ropa. A su lado una pequeña hace caso omiso a todas las prohibiciones de quien le ordena. Un joven indio ocupa un asiento del metro. Lejos está la empatía hacia aquella joven. Para él es simplemente negra. Para ella, forma parte de una cosa más que ha de soportar. En las horas puntas todo tiene aún menos sentido. Me falta el aire, así como es escaso para todos los que me rodean. Miro a mi alrededor, y sólo siento la angustia de un sin vivir en una lógica que llega a perder toda su razón de ser.

A la salida del metro St. Paul., escucho la conversación del que se ha sentado en un banco cualquiera. Son las 11:38 de la mañana. Lo observo con cierto disimulo y, mientras se bebe tal vez, la primera cerveza de lata de la mañana, lo compadezco al ver cómo ni su propio perro quiere caminar junto a él. Mientras aspira las caladas apuradas de un cigarro, sus humos me hacen recordar la infancia y el entorno pasado rodeado de fumadores. De repente, el silencio se rompe, pretende iniciar una conversación, pero hoy no tengo ganas. Hoy sólo quiero mirar… mirar como lo hice ayer, como parte de una nube de inmigrantes en París que quisieron poner a prueba la lengua gala para seguir intentando mejorar en su dominio. Entre todos, conformábamos una torre de Babel, a veces incomprendida, a veces, sin querer entenderse bajo esta lengua que difícilmente se deja dominar. Como subproducto del elevado número de presentes de origen español, surge, de la boca del francés de turno, la ironía que les caracteriza y nos clasifica, sin ningún tipo de pudor como los que huyen de la crisis español, ignorando nuestro simple derecho a ser inmigrantes. Sea por la razón que sea.

Si hay un lugar mágico en esta ciudad, éste es el Pont-des-Arts. Como puente que deja entrever el mismo agua bajo nuestros pies, la gente pasa, la gente mira, la gente se abraza. Los bancos vacíos constituyen e instituyen una de las tantas reglas rotas de este puente, como también lo es la de no beber, no unirse, atarse o condenarse bajo un sólido y rígido candado. Símbolo banal culminado con el lanzamiento de llave al Sena, que sin el permiso de cualquier ente viviente que pueda restar en el agua, deja a la eternidad tan estúpido enlace.

Tatuaría este instante en mi cabeza, no sólo por estar entre la grandiosidad del Museo Louvre y la elegancia de la fachada de la Biblioteca Mazarino, sino por la luz, el aire, la magia que te empuja a mirar con otros ojos a escuchar con otros oídos y que simplemente te deja sentir.

En el piso quinto del número 22 de la Rue de Pont Louis Philippe se han terminado las obras. Detrás queda todo un progreso de actividades a las que ya desde el principio de la jornada seguía atentamente a través del cristal. Atrás se quedaron las idas y venidas de los trabajadores, las subidas y bajadas de los materiales, el uso de equipos que durante días ponían a prueba las máquinas humanas para subir, con la simple ayuda de una polea los esqueletos de los andamios colgantes. Curiosamente, las máquinas humanas eran pieles negras que, a pesar de posar sobre sus cabezas un casco de protección, no se alejaban demasiado del recuerdo de los trabajadores valerosos que, sin ningún tipo de medida de seguridad, hacían lo que fuese por ganarse un pan para llevar a casa. Mientras preparo los últimos cubiertos me despido en silencio de esta obra, de los pasos que me han traído por esta calle y de sus alrededores.

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  1. baraka

    Por supuesto Elvira. Su presencia cada vez mayor no nos hace más que recordar los fuertes desequilibrios a los que la sociedad actual está sometida que los convierte en los presos de la calle.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Pintoresco retrato de París, sobre todo de los libreros a las orillas del Sena, imagen típica de la Ciudad Luz.
    Pero también está la contraparte: la actitud hacia ciertos inmigrantes, los “sans toit” con sus perros (todo un clásico!), las sombras de la hermosa capital gala.

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