En el transcurso de un viaje. Autor: Anelkis Marte

Había esperado muchísimo las vacaciones, porque más que nada necesitaba descansar, estar con mi esposo, incluso sentía unas ganas tan inmensa por librarme de mi trabajo, que hasta quería ver a mi suegra, y por fin llegaba Semana Santa; Roberto se había ido primero que yo y me esperaría en donde su madre en la provincia de Monte Cristi, lugar en donde pensábamos quedarnos.

Me levanté muy animada ese día, sin dolor de cabeza, sin ganas de quedarme a echar otro sueño… Entré al  baño y mientras el agua mojaba mi cuerpo pensaba en lo feliz que serían esas vacaciones, porque es ahí cuando Roberto y yo volvíamos a sentir esas ganas de jóvenes enamorados, porque rompíamos con la rutina de hacer el amor una vez a la semana, de decirnos hola al llegar del trabajo y de acostarnos temprano porque al día siguiente nos tocaba madrugar para trabajar. Estaba realmente excitada, era como si hasta el agua que mojaba mi rostro, mi cuello, mis senos… fuera cómplice al deslice de emociones que se infiltraba en mi cuerpo. Ya me imaginaba hacer el amor en la hamaca de la terraza, a plena claridad de la luna, sin preocuparnos por el tiempo, sin prisa, con muchísima calma, despertarnos tarde y sentirnos eternamente confundidos de piel al ver nuestros cuerpos tan fusionados.

El sol estaba más radiante que nunca, era aproximadamente las ocho de la mañana y desesperada esperaba yo en la estación el autobús que me conduciría hasta Monte Cristi, donde me esperaba mi esposo. Mucho tiempo transcurría y muchas personas esperaban al igual que yo, entonces me dije para mí misma “tranquilízate Susana que ya pronto estarás disfrutando con  él”.

De pronto mi celular timbró y era él, seguro me estaba llamando para saber si ya iba de camino, tomé la llamada y me dijo: _ Hola mi amor, ¿Por dónde vienes?

Quise mentirle en ese momento y decirle que ya casi llegaba, pero no era así, de hecho había llegado un autobús el cual no alcancé a subirme  porque había demasiadas personas esperando; por lo que le dije la verdad. Le noté muy desesperado; y es que seguramente se encontraba él en medio de nuestras utopías, anhelando el momento en el que yo llegara. Me imaginé que ya había comprado el libro de las posiciones que habíamos planeado usar en nuestras vacaciones.

Cada minuto que pasaba me desesperaba más y más, sentía que el tiempo estaba en desacuerdo con lo que haríamos, y que quizás era preferible hacer todo atrás, pero no, no podía dejar pasar la oportunidad de perderme en su cuerpo, sentirlo mío como hacía tanto tiempo no lo sentía. Hacer el amor era lo que más me interesaba,  no dejaba de pensar en eso; y es que no era lo mismo estar con él una vez a la semana y hacerlo en la misma cama de siempre. Quería naufragar en su ser, agotar mi cuerpo junto al suyo.

Ya casi daban las doce del medio día y había más personas que a mi llegada. Me encontraba sentada en un banco que por casualidad pude encontrar desocupado al partir una señora enojada por la tardanza del autobús. Yo pensaba muchas cosas, me imaginaba leyendo aquel libro, moviéndonos de un lado para otro, disfrutando la vida…

De un momento a otro tuve que pararme, porque sentí un enorme calor recorrer mi cuerpo; es de esa clase de calor que se siente al despertar de una pesadilla o al comenzar un juego que no se sabe cuando acabará; corrí al baño, y de pronto no veía a nadie, cerré la puerta con seguro y quise tocarme, pero al mismo tiempo sentí una vergüenza terrible de mí misma, me miré al espejo e intenté apagar aquel fuego que envolvía mi cuerpo con agua, mojé mi rostro y me quité el sostén para sentirme más cómoda. Al salir del baño tuve la horrible sensación de que todo el mundo sabía lo que había intentado hacer. Caminaba despacio, mis rodillas me temblaban, nunca antes había sentido tanta cortedad, pero gracias a Dios que ahí mismo llegaron dos buses y todo el que estaba ahí se formó detrás de mí y poco a poco fuimos entrando.

Por fin ya me encontraba camino a Monte Cristi, camino a mis vacaciones, a la gloria y al sexo por así describirlo. Habían tantas personas en el autobús que el aire se hacía cada vez más espeso, me costaba mucho trabajo respirar y aunque me había sentado cerca de la ventanilla no lograba abrirla; a mi lado se había sentado una señora como de algunos setenta años con un niño en las piernas. Parado en el pasillo se encontraba un señor muy mayor; por un momento me pasó por la mente que ése señor era su esposo y que el niño

que llevaba la señora era su biznieto o algo parecido, pero reincidí, porque en la primera parada que hizo el autobús, la anciana se levantó y se marchó, también observé que el bebé que llevaba en sus brazos no era nada suyo, porque antes de salir se lo entregó a una joven que se encontraba de pies más adelante. En esa parada casi todos los pasajeros se desmontaron, y yo que pensaba que todos irían a disfrutar de las azules playas de Monte Cristi, pero noté que no; y es que seguramente su vidas no eran así de sugestivas como la mía, pues a pesar de que mi vida estaba envuelta en la rutina, al menos una vez al año podía disfrutar de momentos como ese, en cambio ellos de seguro irían a pasar unos días en donde amigos o donde familiares aburridos; al pensar esto sonreí para mí misma y al mismo tiempo saludé al señor que anteriormente había estado parado, que ahora se sentaba a mi lado. Eché el asiento más atrás para intentar descansar, porque el viaje que me esperaba apenas estaba comenzando, también intenté dormir, pero no pude, pues una vez más comencé a pensar en Roberto, lo imaginaba tocándome, quitándome la ropa, y de nuevo estaba comenzando a sentir esa extraña sensación recorrer lentamente todo mi cuerpo, martirizándome, como si estuviera burlándose de mí porque en ese momento no podía seguirle. Moví la cabeza de un lado para otro e intenté pensar en otra cosa que no fuera sexo, entonces miré por la ventanilla, pero nada me parecía interesante, porque a lo lejos solo veía la sequía de la tierra, muchos cactus, muchos arboles secos y aunque nunca había visitado un desierto esa vez lo comparé con uno.

Un movimiento del señor que estaba a mi lado hizo volver mi vista adentro, entonces le miré a él, miré sus ojos cansados, sus arrugas en la frente, sus cabellos con canas, sus lentes empañados; lo miraba por completo porque quería mantenerme alejada de toda aquella fantasía, de lo que haría al llegar allá, o mejor dicho quería mantener mi mente ocupada para no pensar en Roberto. Pensé también en la posibilidad de que alguna vez en su juventud ése señor que se encontraba a mi lado fuera un hombre fornido, con partes grandes y bien definidas, con mucha fuerza; me lo imaginé incluso más hermoso y saludable que Roberto, como aquel vecino que tuve una vez, así de fuerte y rudo; y sin darme cuenta ya mi cuerpo le había dado inicio a la rutina de comenzar algo sin yo estar presente; de repente sentí la necesidad de tocarlo, de probar su vejez quizás, pero no, me volteé para despistar ese mal pensamiento y volví a contemplar los cactus hasta que finalmente me quedé profundamente dormida; fue ahí entonces cuando soñé que una voz que provenía no se de donde me decía: “haz lo que quieras, vive tu vida y aprovecha esta oportunidad. Quizás sea la última”.

Me desperté y todo estaba a oscuras. Sentí un enorme peso encima de mi hombro derecho. Me espanté muchísimo, pero el sonido del autobús en marcha me hizo aterrizar a mi realidad; al parecer el señor se había quedado dormido y sin querer “supongo”, recostado en mi hombro, yo, queriendo obedecer a la voz no lo pensé dos veces y lentamente comencé a acariciarle, quizás a aprovecharme de él así como una vez lo hice con un niño diez años menor que yo.

Lo toqué de arriba hasta abajo, me gustaba muchísimo esa sensación, aunque no podía moverme y tocarme a mí misma. Me cercioré de que nadie me viera en la oscuridad, aunque dudo me hubiera importado, pues estaba completamente hundida en mis emociones; de un momento a otro él se movió y bruscamente apartó mi mano de su pantalón, yo atónita no encontraba que hacer, nada que decir, y por un instante me sentí la mujer más sucia de la faz de la tierra e incluso estuve a punto de vomitar; entonces él me besó, no sé si era producto de todo el paisaje que había presenciado anteriormente, porque reaccioné como cuando se tiene mucha sed y te ofrecen agua; quería aprovechar el tiempo.

Hice más atrás el asiento y no hizo falta nada más. Todo parecía más que perfecto y si acaso el viaje o mis vacaciones no resultaban como tanto había soñado, ya había valido la pena, puesto que estaba en plena juventud su cuerpo, lo disfrutaba muchísimo, estaba llegando al límite de mis emociones, completamente perdida en un éxtasis indefinido.

Veía todo un mundo de colores y a medida que pasaban los segundos, todo aquello me gustaba más y más. No existía la moral, tampoco existía Roberto.

En medio de esa plenitud finalmente encontrada, pensaba en la satisfacción inmensa que estaba viviendo, cuando entonces un iluminado letrero apareció por la ventanilla: “Bienvenidos a Monte Cristi”.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Buenísimo éso de “hasta quería ver a mi suegra”!
    Excitante encuentro y momento fugaz aunque intenso.

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