Viaje a la aldea escondida. Autor: Ricardo García Delabat

Era uno de los temas recurrentes de la tía Nana, su queridísima tía abuela. Cada vez que tenía ocasión, se recreaba recordando aquellos días de vino y rosas que disfrutó en la cruel post guerra. Le gustaba, pese a la dureza de la situación vivida, recordar sus viajes a aquel remoto lugar tras tantas calamidades pasadas en la capital durante aquella absurda contienda. La estancia en ese pequeño pueblo suponía olvidar por unos días tanta miseria, tanta necesidad.

Pese al tiempo transcurrido, aún se le hacía la boca agua recordando los hornazos rellenos de chorizo y jamón, los guisos de carne o legumbres, poder comer chorizo o morcilla sin restricciones, pero sobre todo, ponía especial énfasis cuando iba a recoger los huevos frescos, recién puestos en el corral dónde correteaban las gallinas.

Desde muy pequeño, Juan había escuchado infinidad de veces el nombre de aquél recóndito lugar, mientras su madre y abuelas, recordaban aquellos terribles tiempos en los que aquella escapada suponía muchas cosas.

Suponía olvidar por unos días penurias sufridas en la capital tanto durante aquella absurda y fratricida guerra como durante la durísima post guerra. La familia de Juan vivía en el floreciente barrio de Salamanca, en Madrid. Antes del estallido de aquella terrible conflagración, disfrutaban de una cómoda situación económica. El abuelo de Juan, marido de la Yaya, era un próspero viajante dedicado al negocio de los perfumes, con una buena y fiel cartera de clientes, tanto en Madrid como en otras provincias. En el piso vivían la Yaya, Rosario, con su marido Francisco y tres hijos, Clara, Paco y Charo. La tía Nana, tras separarse  de su marido, Justo, tuvo que irse a vivir con la familia. Vivían incluso con cierta holgura, ya que además de los ingresos de Francisco, también la tía Nana contribuía a la economía doméstica aportando una parte del salario que ganaba como enfermera, pero con la guerra, llegaron la escasez y las penurias, sufriendo, como la gran mayoría de los madrileños, las mismas penalidades.

Y fueron muchas las limitaciones y restricciones que tuvieron que padecer. Las primeras restricciones llegaron, al poco de empezar las hostilidades, con la escasez de dinero y la falta de liquidez en la casa, pese a malvender las pocas joyas que tenía Rosario. Más tarde llegarían las restricciones establecidas por las Juntas de Defensa con las odiosas cartillas de racionamiento. Y por si aquello era poco, aún tuvieron que aguantar las estafas del estraperlo y los estraperlistas, sin que el gobierno del dictador interviniese en estos actos ilegales. Tantas calamidades sufrieron en aquel horrible período, recordaba la madre de Juan, que teniendo la fortuna de tener una gallina en la casa, el día que ponía un huevo, lo compartían entre los tres pequeños de la casa, mojando el poco pan que había; y el día que había alguna patata, las mondas nunca se tiraban, se guardaban para hacerlas fritas.

Por todos estos motivos, viajar hasta aquel distante pueblo, suponía, en fin, olvidar por unos días la terrible hambruna, tan difícil de combatir y más difícil aún de olvidar. En aquel paraíso podían comer frescos huevos, recién puestos, sin necesidad de tener que compartirlo con nadie, ¡Un huevo para cada uno; qué increíble! Incluso se permitían el lujo de tirar las mondas de las patatas sin necesidad de guardarlas para comérselas. Eso era lujo. Por unos días niños y mayores, olvidaban la terrible imagen del hambre mejorando además, aunque de manera temporal, su aspecto ya que en pocos días recuperaban una parte de los kilos perdidos en Madrid. Los viajes a aquella aldea quedaron muy grabados en sus memorias.

La narración de lo acontecido en aquellos viajes, lo contase la madre de Juan o la Yaya, presentaba pocas diferencias. Pero hay que reconocer que la tía Nana era la que más empeño ponía, y también la que más variaciones de la historia presentaba, narrando sucesos no ocurridos y cambiando nombres. En cualquiera de los casos a Juan y sus hermanos, les encantaba poder escuchar de vez en cuando aquel relato de post guerra. La tía Nana se empeñaba en dar siempre el máximo énfasis posible a su narración.

Según relataba la Nana, recién terminada la guerra y hartas ya de tanto hambre, recibimos una carta de unos familiares que vivían en aquél lejano pueblo ubicado en tierras sorianas, cerca de Berlanga de Duero y próximo al límite con la provincia de Guadalajara, invitándonos a pasar unos días con ellos para disfrutar de la tranquilidad del lugar y de los excelentes y abundantes alimentos de que disponían. Tan solo teníamos que comprar los billetes de autobús hasta Berlanga de Duero, donde nos irían a buscar con caballerizas para llegar hasta nuestro destino. Fuimos la Yaya con vuestra madre y vuestros tíos y yo. Vuestro abuelo, no pudo ir ya que tenía que trabajar muy duro para levantar el negocio que vilmente le había reventado la guerra.

Preparamos los equipajes y fuimos a coger el autobús. Teníamos por delante todavía un largo viaje de varias horas hasta llegar al destino; en este punto la tía Nana hacía siempre especial hincapié. En el mejor de los casos implicaba salir de Madrid por la mañana, muy temprano, para llegar, siempre que las cosas se dieran bien, al anochecer, para todavía tener que subirse encima de unos vapuleados borriquillos, o en un carro de bueyes, para llegar al destino final.

En aquel, nuestro primer viaje, seguía narrando la Nana, cuando llegamos a Berlanga nos esperaban nuestros primos Antonio y Pedro, con las caballerizas preparadas para todas nosotras. Salimos de Berlanga y llegamos a Recuerda; desde aquí partía un pedregoso camino hacia aquella escondida aldea llamada Madruedano, nuestra meta. Según narraba el viaje, la tía Nana se iba emocionando por momentos. Y proseguía contando, con una gran sonrisa, la gran sorpresa que se llevaron cuando vieron que la casa en la que se iban a alojar no tenía cuarto de baño por lo que para hacer nuestras necesidades teníamos que ir al corral, como si fuéramos gallinas. La casa era grande y confortable, con un amplio salón con chimenea alrededor de la cual, tras la cena se juntaban todos por la noche para relatar al amor de la lumbre todas las penalidades sufridas en Madrid, pero no todo eran penas, también se contaban muchas cosas divertidas. Pero lo mejor de todo, decía con ojos alegres la Nana, era la abundancia de comida que tenían en aquella casa. Hacían su matanza, tenían sus huertos en los que cultivaban sus verduras y hortalizas y también tenían un corral poblado por un buen número de aves, que producían maravillosos huevos y hermosos pollos. Con tan abundante producción, que en muchos casos hasta les valía como moneda de cambio, hambre no se pasaba en aquella casa.

Pasados unos cuantos años y después de escuchar tantas veces aquella historia, Juan, ya crecido y experto mochilero, pensó que ya iba siendo hora de ir a conocer aquel apartado lugar. Había que localizar aquel pueblo y ver cómo llegar hasta él. Por lo recóndito del lugar, tras buscar en varios mapas de carreteras, el nombre de Madruedano no aparecía en ninguno de ellos, por lo que decidió consultar en los mapas topográficos, más precisos que los de carreteras (cabe decir que por aquel entonces, las ventajas que hoy nos ofrece Internet no existían, más que nada porque no existía Internet) y en estos sí lo encontró.

Juan haría el viaje solo, acompañado nada más por su mochila y sus botas, con las que tantos y tantos kilómetros había recorrido y tantas montañas había hollado. Pero además de la documentación topográfica, necesitaba otra información muy valiosa y muy necesaria.

Una tarde sentado junto a su madre y a la tía Nana les contó su plan de viaje, pero necesitaba saber nombres de la gente que ellas hubieran conocido en Madruedano. Las dos fueron mencionando varios nombres que Juan iba anotando según iban saliendo, indicando en cada caso qué relación o parentesco guardaban unos con otros. Tanto su madre como la tía Nana, al conocer los planes de Juan, coincidieron en decir que poco iba a ver, si es que quedaba algo de todo aquello, y si es que aún vivía alguien en aquel pueblo perdido. Pero aquellos comentarios, lejos de arredrarle a Juan, le motivaron aún más para emprender aquel hermoso viaje.

Tenía que llegar en autobús hasta San Esteban de Gormaz, desde donde caminaría hasta Madruedano. No eran muchos kilómetros y tenía tiempo de sobra. Juan pensó que en tres o cuatro días podría completar sin problemas el recorrido. Hizo los preparativos habituales, mochila, el saco de dormir, botas, ropa para el frío y para la lluvia y algo muy importante, la cámara fotográfica, una vieja Zenith soviética que hacía unas fotos maravillosas. Para este viaje usaría carretes de blanco y negro de baja sensibilidad, ideales para conseguir buenas y contrastadas fotografías de los paisajes rurales. En lo que a comida se refiere la intendencia habitual: embutidos, huevos duros, algún guiso enlatado y frutos secos. Si faltaba algo lo podría comprar por alguno de los pueblos que pasara.

Llegó el día y cogió un autobús de Continental Auto que tras dos horas y media de viaje le dejó por la tarde en San Esteban de Gormaz, inicio del recorrido. En esta ocasión no contaría con la compañía de sus colegas habituales de montaña. Prefería disfrutar de aquello en soledad y no depender de los demás. Así se movería con mayor libertad.

Al llegar a San Esteban lo primero que hizo fue comprar una buena hogaza de pan en la panadería de la plaza. A continuación paseó tranquilamente por el pueblo sorprendiéndole muy gratamente la belleza de las añosas y bien conservadas iglesias románicas que aún se tenían en pie, S. Miguel y Nª Sª del Rivero, ambas con preciosas galerías porticadas bellamente ilustradas con detallados y bien labrados capiteles esculpidos con multitud de figuras. Tras un amplio reportaje fotográfico continuó caminando por carretera hacia Pedrajas de San Esteban, llegando a La Rasa cuando la noche había ya vencido al día. A la entrada del pueblo encontró una casa medio derruida, aunque suficientemente habitable para una noche. Soltó la mochila y sacó una vela que encendió para iluminar la oscuridad que le rodeaba. Comió abundante embutido con pan y un par de huevos duros adornados con un poquito de sal, uno de sus manjares favoritos; sería  suficiente para reponer la energía gastada en ese primer día de viaje.

Se despertó para enfrentarse a su segunda jornada de caminata. Continuaría el camino siguiendo el trazado de una vía de tren abandonada mucho tiempo atrás, opción algo más corta que por carretera. En el pueblo encontró un bar abierto y pasó a tomar un café; era necesario para despejarse definitivamente. Llegó a la vía abandonada y caminando entre los oxidados raíles, Juan se fijó en como hierbas y arbustos se habían adueñado de la vía, creciendo anárquicamente entre las piedras del balasto, claro indicador del tiempo pasado desde su abandono.

Al rato se encontró una ruinosa casa, claramente abandonada y se acercó para curiosear en su interior, donde las vigas caídas y unos pocos muebles desmembrados por el paso del tiempo le hicieron pensar en quién habría vivido allí, por qué abandonó aquella casa, situada en tan hermoso lugar, qué historias habrían ocurrido en su interior, tan solo era un intento de reconstrucción de la historia de aquel lugar. Mientras se imaginaba ese pasado, una enorme lechuza, asustada por la presencia del extraño, se descolgó revoloteando desde una viga en dirección hacia la puerta, rozando al pasar en su alteo la cabeza de Juan, produciéndole un susto descomunal. Repuesto del sobresalto y una vez que sus contraídas pupilas, era verano y el sol lucía con gran intensidad, se acomodaron a la oscuridad del interior, Juan pudo ver que en la viga desde la que se había lanzado la lechuza, había un nido en un magnífico estado de conservación. Fotografió aquel abandono y tras el revelado, por entonces había que revelar las fotos para ver los resultados, nada de la moderna instantaneidad digital, vio que había conseguido unas fotos dignas de una exposición.

Prosiguió caminando entre los abandonados raíles hasta que se encontró una carretera por la que debía de continuar. La carretera, entre pinares y alamedas, serpenteaba desde lo alto adaptándose al sinuoso curso de los meandros del Duero. Llegó a la villa de Gormaz, vigilada desde un elevado cerro por las ruinas de lo que en su día debió ser un imponente castillo. Ascendió hasta el castillo y al llegar arriba se acomodó para descansar aprovechando la sombra de los viejos y ruinosos muros. Dada la hora que era, sacó comida del macuto para quitar el hambre de la mañana de caminata. Tras un reparador descanso, y como no, unas cuantas fotos, con energía renovada, siguió por la carretera hasta llegar a Recuerda. Ya le quedaba menos para llegar a la meta.

En Recuerda entró en un bar para tomar un café y preguntar qué distancia quedaba hasta Madruedano, con tan buena fortuna que a su lado había un señor que se dirigió a Juan diciéndole que era el panadero del pueblo y que si no tenía prisa, hoy le tocaba ir a Madruedano y saldría en un rato. Todavía tenía que cargar unos sacos de semillas. Juan no dudo y agradeciéndole su buena disposición le ayudó a cargar la furgoneta echando al interior cinco sacos de semillas de cereal. En el interior de la furgoneta Juan pudo ver que además de pan, el panadero llevaba un auténtico supermercado ambulante: leche, bollos, galletas, jabón, y…muchas más cosas, necesarias para la vida diaria de los habitantes de aquellos apartados pueblos, en los que por no haber, no había ni tiendas.

Una vez cargado el vehículo, salieron de Recuerda. Juan estaba nervioso, deseando llegar a su destino, mientras charlaba amistosamente con el panadero. Al rato dejaron la carretera y cogieron un ancho camino de tierra, fruto de la concentración parcelaria hecha en fechas recientes. Después de media hora llegaron a Madruedano, “Ya hemos llegado” le dijo escuetamente el panadero. El pueblo era bastante más pequeño de lo que se había imaginado Juan y había una gran cantidad de casas hundidas, en un estado similar al de la casa que había visto por la mañana al lado de la vía. Tan solo unas pocas permanecían en pie en un estado habitable.

Al llegar a una pequeña plaza, el panadero hizo sonar su claxon varias veces y enseguida llegaron unas cuantas mujeres dispuestas a hacer la compra. Terminada la venta, Juan se despidió agradecido del panadero y vio como se iba por el mismo camino por el que habían llegado.

Juan se quedó solo con su mochila, rodeado por varias mujeres que le miraban con cierta inquietud. Ante tanta desconfianza Juan saludó y contó el motivo que le había llevado hasta allí. Una de las señoras con cierta emoción le dijo que iba a su casa a dejar la compra y que enseguida estaba con él. Volvió, como las otras señoras, en un momento, al fin y al cabo pocos visitantes llegaban por el pueblo.

Le invitaron a pasar a una casa que resulto ser el bar del pueblo. Juan comenzó a dar detalles de quiénes eran sus familiares y enseguida, las más mayores, en algún caso con cierta emoción, recordaron perfectamente quiénes eran, especialmente la Nana, de la que se acordaban todavía alguna de las más mayores del pueblo por ese carácter tan alegre que tenía. Entre botellín y botellín charlaron sin parar durante un montón de tiempo. Agradecidas por la visita, y por la novedad, le ofrecieron para dormir un estupendo pajar en el que tras una buena cena, pasó una larga y reparadora noche.

A la mañana siguiente, según salió del pajar, su sorpresa fue mayúscula. Genoveva, una de sus compañeras de botellines del día anterior, estaba esperándole ya que le tenía preparado el desayuno. Buen café y excelente pan de hogaza recién tostado, junto con unos deliciosos y recientes bizcochos caseros. Juan se quedó mirando a una anciana que estaba en la calle, al sol, junto a un barreño lavándose las manos y la cara. Genoveva le explicó que era su madre y que aunque ya tenían agua corriente en la casa, algo bastante reciente, su madre prefería la forma tradicional del barreño calentado al sol.

Juan pasó a la casa de Genoveva para paladear el suculento desayuno que le tenía preparado. Mientras terminaba de beber su café, Juan comentaba que ese viaje estaba dedicado especialmente a su madre y a su tía Nana. Terminado el desayuno, recogió el saco, guardó todo en la mochila y se fue a dar una vuelta por el pueblo aprovechando para hacer un amplísimo reportaje para disfrutar viéndolo con su Madre y con la Nana. Acabado su paseo fue a despedirse de las mujeres que tan bien le habían tratado, agradeciendo las atenciones recibidas. Le despidieron con besos y abrazos, saliendo todas hasta el camino para despedir a Juan, como si le conocieran de siempre, diciéndole adiós con la mano.

Emocionado, Juan comenzó su regreso por un camino de tierra que le llevaría hasta Retortillo de Soria. De aquí fue hasta Atienza, donde durmió al raso al lado del hermoso castillo situado en lo alto de la villa. Aquí terminaba su viaje ya que cogería el autobús que le llevaría de nuevo a su ciudad. Estaba deseando llegar para contarle todos los detalles a su madre y a la Nana. Había sido un viaje corto pero intenso en el que había disfrutado intensamente cada uno de los momentos vividos, muy especialmente el recibimiento que le hicieron en Madruedano. Desde entonces volvió unas cuantas veces más y siempre le recibían con especial cariño, como si fuera uno más de la familia.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Qué lindo viaje! Es como volver a un paraiso perdido…o mejor dicho, escondido.

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