Libros de Cuba. Autor: Adriel Jonas Roitman

“La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados” (León Gieco)

 

Nos gusta demasiado leer. Pero hay algo que nos apasiona igual o más que eso: comprar libros.

Desde un principio sabíamos que íbamos a recorrer librerías, plazas o calles en la búsqueda de material bibliográfico de todo tipo, aunque especialmente nos interesaba llevarnos documentos sobre historia y política de los últimos 60 años de Cuba.

Nuestro primer acercamiento se dio en la plaza de armas, en La Habana. Allí, al estilo de San Telmo, los puesteros ubican sus estantes con mercadería expresada en dólares americanos, para sorprender al turista de ocasión. Vimos muchas cosas que fueron de nuestro interés, pero fuimos pacientes, sabiendo que quedaba mucho camino por recorrer y a medida de que nos vayamos alejando de occidente, las cosas se volverían cada vez más baratas.

Días después, compramos los primeros libros. Uno reciente de Fidel, otro sobre pensamiento económico del Che y algún otro que ahora no recuerdo. El precio: 16 CUC.

Lo tomamos como una victoria, y así lo celebramos. Era natural, habíamos comprado todo en la casa de una señora mayor y le regateamos bastante. “Más barato no se puede conseguir”, dijimos riendo. Luego, el tiempo se encargaría de darnos una lección inolvidable. En aquél momento, ni siquiera imaginábamos la existencia de librerías en moneda nacional.

Cuando nos cruzamos con la primera de ellas, como creo haber narrado hojas atrás, no podíamos salir del asombro. Nuestra cara fue la misma que puso Cristina, nuestra anfitriona, cuando nos vio llegar con una caja repleta de libros a la casa, detrás de una sonrisa traviesa. Esos 40 libros (de historia, filosofía política, literatura cubana, universal, poesía, etc.) todavía nos esperan en La Habana. Quizás crean, aún dentro de la caja, que serán las estrellas más preciadas a la hora de regresar a Buenos Aires. Todavía les falta saber una parte importante de la historia.

Llegamos a Trinidad con la consigna de refinar la búsqueda literaria y no dejarnos llevar por los precios bajos. En ese entonces, quedaban cerca de dos semanas de viaje y todo lo que compráramos nos acompañaría inexorablemente durante los días venideros. Allí, el plan fue sencillo de cumplir. La única librería del pueblo tenía precios excesivamente altos. Tal vez en otro momento nos hubiéramos desesperado (puesto que, aún con el recargo, todo seguía siendo más barato que en Argentina), pero ya teníamos una buena idea de lo que costaban las cosas entre los cubanos. Desde la compra en la casa de la anciana, habíamos aprendido bastante.

Más allá de todo, el éxito aparente de la empresa propuesta no fue tal. Hubo un factor inesperado que torcería el curso de los hechos: empezaron a regalarnos libros. Primero en Trinidad y luego en Santa Clara. No se puede tirar carne a los perros y esperar que se conformen con eso. Con los libros nuevos en nuestras mochilas, y al descubrir que su peso no molestaba, nos lanzamos nuevamente al acecho. La primera víctima fue una pequeña librería en Santa Clara donde compramos no más de 4 libros. Lo peor vendría después.

En Santiago de Cuba, encontramos una vieja tienda, llamada Vietnam, a la que llegamos de casualidad, después de dar vueltas por la ciudad subidos a una guagua con destino incierto. Allí compramos ejemplares varios entre los cuales, si bien predominó la literatura latinoamericana (encontramos ediciones de textos que en Argentina costaban hasta 100 veces más), también llevamos algo sobre Frank País y el Combate de Girón. Todavía no llevábamos la cuenta de los libros que teníamos encima, pero puedo decir que ese día mi mochila de mano pesaba como si tuviera unos 20 adoquines. Recuerdo que esa tarde, mientras Facu se bañaba, se me dio por contar los libros que teníamos encima.

–        Facu, ¿Me escuchas?

–        Si, ¿Qué pasa? – se escuchó entre el ruido de la ducha.

–        ¿Cuántos libros crees que tenemos en total, sin contar los de La Habana? – pregunté de modo capcioso, conociendo la respuesta de antemano.

–        No se, ¿20?

–        Estuviste cerca – le dije riendo – tenemos como 40.

Desde ahí, propusimos limitar la adquisición de libros por el bien de nuestras espaldas. Además, nos preocupaba la incertidumbre sobre el peso que cargábamos, teniendo en cuenta que inevitablemente en unos días tendríamos que subir a un avión. Solo nos permitiríamos dos libros más cada uno.

El último día en Santiago yo llené mi cupo con un recuento sobre la guerrilla de Ostulsky y un trabajo sobre penas alternativas en Cuba y Brasil. La cuenta estaba cerrada para mí. Aún así, miré hasta el último momento –con cierto recelo- una librería en la calle Ramadac que estuvo cerrada por inventario durante los 3 días de nuestra estancia en la ciudad. Con 42 libros distribuidos entre las 4 mochilas, una guitarra y un tres cubano (que conseguimos la noche previa a partir de Santiago), salimos para Baracoa, el lugar donde se derogaría el cupo recientemente instituido y se saldría definitivamente de control la desmedida búsqueda de libros por Cuba.

Hasta hace unas pocas horas, cada vez que pasamos por la librería local, siempre estuvo cerrada. En parte era un alivio, pero la abstinencia ya empezaba a inquietar y creo que ambos supimos que tarde o temprano íbamos a terminar entrando. Hoy a la mañana lo hicimos.

Todo empezó con “Pasajes de la guerra revolucionaria” a tan solo 10 pesos cubanos. Después, un libro sobre Pombo, otro sobre política revolucionaria después del 59. Encontramos una edición bellísima de “La historia me absolverá”. Compré 5 –para regalar- por 25 pesos cubanos. Luego, todo se salió de control. Eduardo Galeano, el CHE, Martí, Fidel y más. Cuentos, poesía y ensayo. Todo pasó muy rápido. Cuando volvimos en razón, estábamos caminando por la Avenida Martí con una caja repleta de libros en mi mano y una bolsa con otros tantos en la de mi hermano. Si no fuera por la lluvia que nos regaba (como castigo, tal vez, a nuestra indisciplina literato-consumista), hubiera creído estar viviendo el mismo momento de hace algunas semanas, en el barrio Vedado de La Habana.

Todavía no se cuántos libros tendremos que cargar. Ni siquiera tengo una idea aproximada de su peso. Solo se que afuera sigue lloviendo y que escribo estas palabras sonriendo, satisfecho y feliz, mientras Facu duerme en su cama, soñando quizás con algún ensayo de Carpentier para salir a buscar.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Me identifico plenamente: me gusta leer pero me gusta más comprar libros. Sobre todo en las librerías de segunda.
    Para uds, en el relato, ésto como una cacería de tesoros

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