Desahucio. Autor: David Pérez Pastor

Una enorme bolsa de plástico, un carro de la compra y una maleta de viaje sin ruedas en medio del salón. Marga sentada en el sofá miraba la calle por la terraza y Mila jugaba con una muñeca.

Melissa cerró la llave del agua y bajó los interruptores del cuadro eléctrico. La televisión se apagó de repente y la casa se quedó a oscuras. Se hizo el silencio. Sólo entraba luz por la terraza. Mila había dejado de jugar y estaba sentada en el sofá junto a su abuela. Ambas se quedaron calladas, viendo a Melissa ir de un lado para otro de la casa. Escucharon sus pasos entrar en los dormitorios, revisando los armarios y las camas. Entró en el cuarto de baño, donde reposaba una pastilla de jabón sobre el lavabo. Cerró todas las ventanas, todos los cajones y todas las puertas, y cuando terminó, volvió al saló y dijo:

-Nos vamos.

Melissa se acercó a su madre y le ayudó a incorporarse.

-Yo llevaré la maleta y la bolsa de plástico -dijo Melissa-. Mila, tú llevarás el carro.

-Hija -dijo Marga-, yo puedo cargar con una bolsa.

-No, Mamá. Nosotras dos nos apañamos. Venga, vamos.

Salieron por la puerta y Melissa cerró. No dio dos vueltas a la llave, como siempre que salía de casa había hecho. Nadie podía robarles porque dentro de la casa no les quedaba nada. Todo lo que tenían estaba dentro del equipaje.

Marga fue la primera en bajar las escaleras. Después bajaron Mila y Melissa, llevando en vilo el carro de la compra, cada una de un extremo. Dejaron el carro al cuidado de Marga y volvieron ambas a subir las ciento veinte escaleras. Se abrió una puerta y se oyeron unos pasos bajar. Mientras madre e hija bajaban la bolsa y la maleta, escucharon a Marga hablar con el vecino.

Ya se había ido cuando ellas llegaron al Bajo.

-¿Quién era? -preguntó Melissa.

-El del Segundo Izquierda. No sabía que nos íbamos -dijo Marga.

-Pues ahora ya lo sabe -dijo Melissa.

Antes de salir del portal, por última vez en su vida, Melissa metió las llaves en el buzón.

-Allí se pudran -dijo.

La maleta en una mano y la bolsa de plástico en la otra obligaban a Melissa a pararse para descansar los brazos y coger aire. Mila llevaba la muñeca bajo el brazo izquierdo y arrastraba el carro con la otra. Iba delante, marcando un ritmo demasiado joven para su abuela, que ayudaba el paso con el bastón.

Mila dejó atrás la Calle de la Verja y llegó a Rafaela Ybarra. Súbitamente, se dio media vuelta, miró a su madre, y gritó:

-¡Mamá, un autobús!

-¿Qué número es? -preguntó Melissa.

-¡El 81!

-Déjalo. Ya vendrá otro.

Cruzaron juntas el paso de cebra. Los coches parados vieron pasar a una niña de diez años, a una mujer de mediana edad y a una anciana con un bastón.

Subieron por la calle y llegaron a la marquesina. El letrero luminoso indicaba ocho minutos para el siguiente autobús 81. Se sentaron las tres, una al lado de la otra, y dejaron su equipaje en el suelo. Miraban la carretera, como si quisieran ser las primeras en ver el autobús aparecer en la lejanía.

Primero llegó el 60 y paró en la marquesina. Levantaron la vista para ver quién descendía y vieron a Julio y Julio les vio a ellas.

-Pero bueno, ¿dónde vais con el equipaje? -preguntó Julio.

-Nos vamos a otra parte. Aquí no nos quieren -respondió Melissa.

-Ay, hijo, que nos han echado de la casa -dijo Marga.

Marga le explicó que Melissa se había quedado sin trabajo. Aunque estaba cobrando el paro, no podía pagar el alquiler y los gastos de la casa y comprar comida. Intentaron negociar un descuento del alquiler con el propietario, pero éste se negó. Después de cinco meses de amenazas por impago, el casero les denunció. El juzgado les había dicho que tenían que desalojar la casa. Los servicios sociales no les dieron ayuda y la única opción que les quedaba era irse a casa de su hijo Marcos, en Leganés, hasta que Melissa encontrara un trabajo y pudieran pagar un alquiler.

-Las cosas están tan mal… -dijo Julio.

-Y que lo digas -respondió Melissa.

Cuando Julio se había ido, Melissa recriminó a su madre.

-No hace falta que cuentes la historia entera a todo el mundo. No tienen por qué enterarse.

-Hija, ¿y si nos pueden ayudar?

-Si ni siquiera nos han ayudado a bajar el equipaje.

Vino el autobús 81 y Mila fue la primera en subir. Cogió un extremo del carro de la compra y su madre le ayudó a subir los treinta centímetros que separaban la calzada del piso del autobús. Luego subió la abuela. Primero puso el pie derecho y se agarró a la barandilla de la puerta. Cogió impulso, pero no fue suficiente para llegar a poner el pie izquierdo. Tomó nuevo impulso y Melissa le ayudó a dar el último empujón.

Cuando levantó la vista, Melissa vio que el autobús estaba lleno. Había más personas de pie que sentadas. Dejaron la bolsa, el carro y la maleta juntas. Marga se agarraba con las dos manos y se concentraba en no perder el equilibrio. Su hija le sujetaba la espalda con una mano mientras miraba hacia delante.

-¿Cuántas paradas son? -preguntó Mila.

-Tres -dijo Melissa.

-¿Sólo tres?

Pero Melissa no contestó y siguió mirando las curvas y el tráfico que había delante mientras sujetaba a su madre.

El autobús se detuvo en la Plaza Elíptica. Cuando ya habían descendido los pasajeros, Mila cogió la bolsa y la dejó en la calzada. Bajó también la maleta, arrastrándola por el suelo y dejándola caer con todo su peso sobre la bolsa. Después bajó la abuela. Se agarró a la barra de la puerta y, dejándose guiar por su nieta, puso el pie izquierdo en la calzada. Los coches pitaban. Melissa le cogía por la cintura, pero sin hacer fuerza. Cuando Marga hubo bajado del autobús, Melissa tiró del carro. Primero bajó ella. Mila volvió a subir al autobús y lo levantó en vilo para que su madre pudiera descargarlo. Los conductores que aguardaban dejaron de pitar cuando el autobús se puso en marcha.

-Ahora, al metro -dijo Melissa.

-Hay un ascensor allí -dijo Mila, señalando con la mano.

Melissa le dijo a su hija en el ascensor:

-Cuando pase la abuela por el torno del metro, te cuelas detrás de ella. Y cuando estemos en el tren, lo mismo. No tenemos dinero para comprar tantos billetes.

-¿Y si me pillan? -preguntó Mila.

-Hay mucha gente y los guardias no se van a fijar en ti.

Buscaron las indicaciones de la línea 6 y continuaron el camino bajo tierra. Siguieron andando hasta que localizaron el andén en dirección a Méndez Álvaro. Melissa se paraba de vez en cuando. Dejaba la bolsa y la maleta en el suelo, cogía aire y apretaba los puños. Rojas estaban las palmas de las manos.

Llegaron al andén y Mila siguió caminando por delante. Antes de que llegase al otro extremo del andén, se dio la vuelta y buscó a su madre y a su abuela. Se habían quedado paradas, a varios metros de distancia. Quedaba un minuto para que llegase el próximo tren. Mila dio la vuelta corriendo.

-¿Por qué os habéis parado? -preguntó, exhausta.

-Porque la salida del tren está aquí -dijo Melissa.

El tren bufó al entrar en la estación, se paró, se abrieron las puertas y salieron los pasajeros. Mila arrastró el carro y lo dejó apoyado contra la otra puerta. Melissa cogió la bolsa y la maleta, las balanceó y las dejó caer al lado del carro. El conductor emitió el aviso del cierre de las puertas cuando Marga estaba entrando. Las puertas se cerraron justo cuando Marga puso el segundo pie.

-Qué cabrón. Podía habernos esperado -dijo Melissa.

-No te enfades, hija. Al final hemos entrado -dijo Marga, agarrada a una barra.

Las caras que estaban sentadas les miraban. Y retiraban la vista cuando los ojos infantiles de Mila les miraba a ellas. Desviaban entonces la vista a la enorme bolsa de azul y blanco, al carro verde o a la maleta, como si estos objetos pudieran hablar por sí solos acerca de quiénes son ellas, qué relación tienen, de dónde vienen, a dónde van y por qué.

La megafonía anunció la próxima estación, Usera, y una mujer se levantó automáticamente del asiento. Mila fue a sentarse y notó que alguien le tocaba un brazo. Cuando miró a su derecha para comprobar quién era, vio una sombra azul que le robó el asiento. Era una mujer de mediana edad, un poco más baja que Mila, pero mucho más lista. Mila se quedó petrificada, mirando a la mujer, que abrió un libro de bolsillo, de Tagore, y se zambulló en disfrutar la lectura y gozar su merecido premio.

Melissa, que había visto lo que había pasado, llamó a su hija y le liberó del encantamiento.

-Ven, hija. Sólo quedan tres paradas -dijo Melissa.

A medida que pasaban las estaciones, el tren se llenaba de más pasajeros. Marga apoyaba la espalda contra una puerta que no se abría, mientras que con una mano sostenía el bastón y con la otra cogía la barra.

En Méndez Álvaro se vació el tren. Melissa contuvo el ímpetu de su hija, que quiso salir en tromba, y le dijo que dejase salir antes a los demás. Antes de que pudieran poner un pie en el andén, ya estaban entrando los que esperaban al tren, como animales en cuadra, para buscar un asiento libre.

-Qué gente, de verdad. Me pone negra -dijo Melissa mirando a un chico, que no se dio por aludido.

Y, como al entrar sucediera, la abuela consiguió salir en el mismo momento en que se cerraron las puertas del tren. Una larga fila de viajeros se amontonaba frente a las escaleras mecánicas. Mila esperaba a su madre y a su abuela, que llegaron cuando la fila ya se había consumido. Mila puso un pie en la escalera y arrastró el carro de la compra tras de si. No fue tan fácil para su abuela. Frente a la escalera, dudaba si poner el pie izquierdo o poner el pie derecho. No encontraba el mejor momento para pisar.

-Mamá, espera -le dijo Melissa.

Apartó a Marga de la escalera mecánica y puso la bolsa y luego la maleta, que subieron solas. Mientras Mila las retiraba, Melissa cogió del brazo a su madre y le ayudó a subir.

-Ahora -dijo Melissa.

Marga se tambaleó un poco y dejó caer el bastón. Miró hacia atrás, pero el bastón se dejó llevar por el efecto de la gravedad y volvió al inicio de la escalera. Mila apartó el equipaje y bajó por las escaleras mecánicas para recuperarlo.

Como había pronosticado Melissa, en el hall de la estación de tren de Méndez Álvaro había guardias, pero también reinaba el bullicio. Unas personas salían de los tornos del tren, mientras que otras entraban. Unas salían de los tornos del metro, al tiempo que otras salían. Unas compraban los tickets del tren en las taquillas. Otras compraban los tickets del metro. Los dos guardias de seguridad no sabían a dónde mirar y hablaban entre ellos.

-Los tornos del tren son distintos a los del metro. Tenemos que hacerlo rápido para que no se den cuenta -dijo Melissa, mientras compraba los tickets.

Una hilera de tornos, separaba la entrada a la estación de tren del hall. Dos guardias conversaban en uno de los extremos. Melissa se dirigió hacia el torno más alejado. Le dio un billete a Marga y dijo:

-Mamá, mete el billete por esta ranura. Mila, tú pasas detrás de ella con el carro. Cuando pases, haz como que metes un billete y recoges el billete de la abuela que saldrá por esta otra ranura.

Se colocaron en fila, primero Marga, luego Mila y en último lugar Melissa. Marga metió el billete y Mila le siguió, arrastrando el carro. Melissa esperó a que pasara su hija y se cerrara la puerta, pero esta se quedó encajada en el carro. Aunque Mila tiraba del carro por un lado y su madre empujaba por el otro, la puerta no cedía. Marga vio venir a los dos guardias de seguridad y se retiró unos metros. Uno de los guardias empujó la puerta y Mila consiguió sacar el carro.

-Me enseñas el ticket, ¿por favor? -le pidió el guardia.

Pero Mila no lo encontraba. Buscó en los bolsillos y miró al suelo. Dio una vuelta sobre sí misma y de reojo vio a su abuela, a unos diez metros de distancia, mirándoles distraídamente. Mila se había puesto roja. Fue Melissa quien le salvó de la vergüenza:

-Hija, no has recogido el billete -le dijo, tendiéndole el ticket, que se había quedado olvidado en el dispensador.

Los guardias ayudaron a Melissa a pasar el equipaje y volvieron a su puesto. Mila y Marga esperaban detrás de los tornos. Melissa tenía gotas de sudor en la frente. Un panel electrónico indicaba los próximos trenes.

-¿Cuál tenemos que coger? -preguntó Mila.

-No lo sé -dijo Melissa.

-¿Y si preguntamos a los guardias? -preguntó Marga.

Mila y Melissa se miraron durante unos segundos, hasta que no pudieron contener más la risa.

-Mejor no, Mamá. Vamos a ver qué pone en este panel. Es un tren directo, pero no sé qué dirección es.

En un soporte metálico de color rojo, y bajo un amplio cristal, estaba expuesta la red de Cercanías de los trenes de la Comunidad de Madrid. Mila localizó la estación de Méndez Álvaro y con el dedo recorrió la línea C-5 hasta que encontró la estación de Leganés.

-Dirección Humanes -dijo Mila.

-Entonces hay que subir estas escaleras -dijo Melissa.

Como antes habían hecho, primero subió Mila con el carro de la compra. Cuando llegó arriba, Mila vio que tren estaba entrando en la estación. Los viajeros se apresuraron a subir corriendo las escaleras. Melissa, en vez de subir, se quedó abajo y avisó a su hija de que esperase a que el tren se hubiera ido. El tren abrió sus puertas y un riada de pasajeros se despeñó por las escaleras mecánicas de bajada. Liberadas las de subida, Melissa dejó la bolsa y la maleta en las escaleras y dejó que subieran solas. Después, cogió a su madre del brazo y pusieron rumbo al andén.

Mila les esperaba con una sonrisa.

-Quedan nueve minutos para el próximo tren, pero podemos sentarnos a esperar donde queramos.

El andén estaba vacío y había varios asientos metálicos libres. Antes de que pasaran dos minutos, fueron llegando más pasajeros. En su mayoría arrastraban maletas con ruedas, pero también se veían estudiantes con sus mochilas o sus carpetas bajo el brazo, así como trabajadores que acababan su jornada. Eran las seis de la tarde, hora punta de un día laborable.

Los paneles del andén anunciaron la inminente llegada del tren. Mila fue la primera que se levantó. Melissa ayudó a su madre a incorporarse. Cogieron el equipaje y se colocaron en la última fila, detrás de un grupo de personas, que se abrió por la mitad cuando comenzaron a bajar los primeros pasajeros. Mila fue la primera en subir. Cogió el carro por la abrazadera y su madre le ayudó a subirlo. Un chico se ofreció para subir el resto del equipaje. Cogió la bolsa y la maleta con tanta facilidad que parecía que no pesaba.

Marga había estado esperando en el andén a que llegase su turno. No podría subir los dos escalones del tren sin ayuda. Puso un pie en la escalera, pero las fuerzas no le llegaban para impulsar el segundo pie. Todos los pasajeros habían subido ya, pero el conductor del tren no emitió el aviso de cierre de las puertas. Debió de mirar por el retrovisor y ver a una anciana que no conseguía subir, a pesar de que tenía la ayuda de una mujer de mediana edad. No podía hacer otra cosa más que esperar.

-Déjalo, hija -dijo Marga.

-¿Pero cómo te voy a dejar aquí, Mamá?

Y ocurrió que los brazos que antes habían levantado el equipaje salieron en su ayuda y tendieron sus manos a las manos de la anciana. El chico tiró con suavidad hacia atrás. Marga dio los dos pasos que le separaban del andén y subió las escaleras.

-Muchas gracias -dijo Melissa.

-No hay de qué -respondió el chico.

-Qué mozo tan guapo -le dijo Marga.

El chico se ruborizó y se perdió entre el gentío.

Las estaciones de tren se sucedieron. Bajaban y subían nuevos pasajeros. Una mujer cedió el asiento a Marga. Madre e hija soportaron todo el trayecto de pie, cuidando el equipaje. Las miradas de los pasajeros del tren no eran las mismas que las de los pasajeros del autobús o las del metro. Eran miradas de cansancio. Sumidas en sus pensamientos, no se atrevían a levantar la vista más allá del suelo o de un libro o de evadirse en el paisaje que se divisaba a través de la ventana. Dentro del tren, reinaba el silencio, el calor y el agotamiento.

La estación de Leganés, fin del viaje de estas tres mujeres, fue anunciado por megafonía, tan sólo quince minutos después. El tren comenzó a reducir la marcha. Melissa fue a ayudar a su madre a reincorporarse, mientras que Mila acercaba el equipaje a la puerta.

En el andén, esperaba Marcos. Con la ayuda del primogénito, descargaron el equipaje y bajaron del tren.

-¿Esto es todo lo que traéis? -preguntó Marcos, refiriéndose al carro, a la bolsa y a la maleta.

-Sí, esto es todo -respondió Mila.

-Y menos mal que no hay más, porque no habríamos podido -dijo Melissa.

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