África. Autor: Profeta Azul

Cansado del consumo, la moda, el despilfarro, la tecnología, la deshumanización, las carreras en el metro, los objetivos inalcanzables, la competencia desleal, la competencia leal y muchas otras penurias de la vida moderna occidental en el primer mundo, un día luego de ahorrar varios años, hice una maleta con pocas cosas, algunas fotos y recuerdos y tome un barco, llegue a Argelia, fui buscando algo que no sabía  que era, fui recorriendo el país, luego pase a Mali, me desplace desde la frontera hasta el sur cerca de su capital, donde por fin, allí estaba, un lugar con el que había soñado desde hace mucho tiempo, un paraíso sin palmeras ni cocos, sin hoteles ni restaurantes, sin casi nada pero con mucho a la misma vez.

En aquella aldea me instale, no sin antes vencer muchas dificultades y diferencias culturales abismales, necesite dos años para empezar a poder comunicarme con los locales y cuatro años para que dejaran de tenerme miedo y yo de tener miedo de ellos, con mi casa de barro, mi pequeña huerta y mis cabras, me forje una vida, una vida mas rica que la que tenía antes pero también mucho mas dura, durante los primeros años no podía evitar trasladarme cada dos o tres meses a la capital para pasar una noche en un hotel y comer una buena cena, aprovechando para ponerme al día de lo que pasaba en el mundo, pero siempre pasaba lo mismo, guerra, hambre y gente de corbata diciendo grandes palabras, poco a poco fui alargando el lapso entre los viajes a Bamako, supongo que mientras mas me integraba en mi aldea, menos necesitaba del exterior, logre ser aceptado en el consejo y participaba de las decisiones y los problemas, ya no arreglaba todo yendo a comprar a la única tienda de la zona con  mis euros, ahora intentaba intercambiar vienes con los otros aldeanos y aprender lo mucho que tenían para enseñarme de la tierra y yo lo poco que podía saber que les fuera de utilidad.

Al pasar el tiempo forme una familia, una mujer, muchos familiares y luego de un complicado ritual me integre completamente en aquel lugar, la costumbre venció a los recuerdos y las necesidades se convirtieron en virtudes de aquel sitio, todo transcurría bien, a veces muy bien y otras veces pensaba que hubiera pasado si hubiera seguido en mi ciudad limpia y europea.

La tranquilidad y la rutina se rompieron aquel día, aquel día del cual nunca podré olvidarme y que aun me quita el sueño, pasó hace cuatro o cinco años, era un día primaveral, me había despertado  a las cinco de la mañana como todos los días para dar de comer a las gallinas, abonar los campos y las tareas habituales, pero sobre las siete de la mañana algo paso, de pronto se oyeron gritos desesperados, no supe distinguir si eran gritos de una mujer o un niños, solo que ese grito se multiplico en poco tiempo, llegaron tres camiones cerrados, bajaron varios hombres armados gritando en francés, ninguno entendíamos ese idioma ni ellos entendían el dialecto local, comenzaron a dar ordenes y a sacar a la gente de sus casas y agruparlos en un mismo lugar, algunos intentaron escapar, les mataron, yo intenté esconder a mi familia detrás del pozo donde sacábamos el agua pero fue en vano, uno de esos hombres armados se acercaba hasta nosotros, cuando me vio comenzó a gritar, supongo que no se esperaba un blanco en aquel lugar o bien quizás era la primera vez que veía uno, nunca supe que era lo que decía, pero comenzaron a llegar varios hombres mas, se llevaron a mi mujer y mi hija y a mi me mantuvieron en el suelo con varias metralletas apuntándome, no se cuanto tiempo estuve allí acostado pidiendo que dejaran ir a mi familia, intentándome hacer oír entre varios disparos que sonaba mas o menos cerca mio, realmente no sé que tiempo paso, no creo que nunca pueda saberlo, no conozco una forma de calcular aquel tiempo.

Finalmente me levantaron entre varios hombres y a lo lejos vi un hombre de aspecto occidental, que me miró y se subió a uno de los camiones, desde donde hablaba a uno de sus “soldados” y el a su vez repetía esas ordenes a los que estaban junto a mi. Me llevaron hasta el camión, donde me metieron una bolsa en la cabeza, me amordazaron, me ataron y me pusieron junto con otras personas, se sentía el olor a sangre, los gritos callados y llantos, muchos llantos, como hacía tiempo que no iba a Bamako y miraba las noticias, supuse que estábamos bajo una especie de golpe de estado o invasión, tuve unas cuatro horas para pensar todo tipo de especulaciones y rezar a un Dios en el que nunca creí.

En un momento el camión se paro, nos tiraron agua con una manguera, allí estuvimos parados varias horas, por fin dejaron abierta alguna parte del camión y pude sentir una leve brisa que suavizo el infernal calor que nos sofocaba, tuve algunas horas mas para seguir pensando y rezando, no se cuantas horas mas, no tenía ni idea del paradero de mi familia ni si las personas que iban conmigo en el camión eran mis vecinos o si eran de otras partes del país, de repente comenzó el trayecto de nuevo, no puedo decir cuanto duró, solo sé que me desperté en alguna especie de zona industrial en medio de la nada, nos comenzaron a gritar en un idioma desconocido, bajo amenazas bajamos unas escaleras, sentí como muchos al no poder ver por la capucha caían en el intento de bajar, lo que provocaba las risas de los “soldados”, estábamos en un lugar húmedo, aun sin poder ver se oían mas gritos, algunos golpes y muchos sonidos desesperanzadores, allí empezó lo que fue mi vida durante unos cinco años.

Luego de pasar la noche en el suelo húmedo y mugriento, nos despertaron los mismos gritos y golpes, nos iban poniendo de pie y nos sacaban la capucha, el lugar resulto ser una especie de fabrica, suponía que clandestina o quizás en algún desierto, realmente no sabía donde podía estar, supuse que en Mali o quizás algún país vecino al hacer el trayecto por tierra, lo primero que intenté fue ver si reconocía a mi mujer o alguien conocido, pero apenas podía ver, solo distinguía colores y formas, pregunte a uno de los hombres armados que me golpeo con la barra de hierro en las piernas, nunca vi a nadie de mi aldea ni a mi mujer y mi hija, ni siquiera supe nunca si esas personas eran de Mali o de otro país, yo era el único blanco que habían atrapado, de eso estoy seguro, tan seguro como de que había visto a los lejos varias veces al menos tres occidentales merodeando y dando ordenes a estos “soldados”, trabajamos como esclavos fabricando y ensamblando piezas de armas, 18 horas al día, la jornada acababa cuando se apagaban las luces y se escuchaba la sirena, bajo las maquinas teníamos colchonetas de lana, las sacábamos y sin perder un segundo nos acostábamos a dormir, solo teníamos 6 horas de sueño disponibles al día y como trabajábamos 365 días al año, a veces 366 no podíamos desperdiciar ni un minuto de sueño, teníamos sueño acumulado desde hace mucho tiempo, yo seguía preguntándome donde estaría mi familia, donde estarían mis amigos y porque esa gente nos secuestro y traslado desde tan lejos solo para fabricar armas.

Recuerdo el primer día como el ultimo, ningún día fue diferente del anterior que el siguiente, los hombres armados se paseaban por los corredores de la fabrica gritando amenazas, cada uno con una metralleta en la espalda, una cerveza en la mano y una playboy bajo el brazo, había un hombre que preguntaba todas las mañanas porque fabricábamos armas, para que iban a servir y donde estábamos, siempre preguntaba lo mismo y siempre al mismo guardia que le respondía con un golpe de caña de azúcar en la espalda, pasó mucho tiempo así, muchísimo, hasta que un día el guardia le dijo que estábamos preparando la guerra, una guerra contra una etnia enemiga, enemiga de aquel país, ciudad, pueblo, aldea del que no sabíamos el nombre, supongo que alguna guerra para apropiarse de algún recurso natural.

El tiempo nos dio suficiente sabiduría para crear un idioma paralelo con golpes de metal, un estilo de código morse codificado, cada golpe de metal servía para comunicarnos entre los 467 esclavos de esa fabrica de armas, fuimos hablando durante el ultimo año sobre libertad, planeábamos una revolución, pero aunque fabricábamos una media de mil armas por persona al día, nosotros no teníamos nada con que defendernos, ni siquiera sabíamos quien era el enemigo, no parecíamos tener amigos ni aliados, estábamos solos, pero estábamos unidos.

El plan era claro, la pólvora era fabricada en otra nave que no sabíamos si estaba lejos de nuestra fabrica o quizás justo enfrente o a menos de 15 metros de mi, que tenia su puesto contra una pared, una pared de la cual provenían ruidos similares a los nuestros, ruidos de fabricación, pequeñas explosiones esporádicas y gritos, muchos gritos.

El tiempo nos dio sabiduría y descubrimos que como éramos capaces de mantener el mismo ritmo de producción exactamente de manera ritual todos los días, había un momento en la tarde, exactamente a las 19:14hs donde entre todos teníamos las herramientas y piezas necesarias para crear 13 pistolas automáticas entre las 40 personas de la sección A, donde trabajaba yo y mis compañeros, el grupo B y D podía hacer los mismo con rifles de asalto, el grupo C solo podría construir el 90′ porciento de 12 metralletas, tendrían que disminuir el rito e intercambiar piezas con el grupo E, ellos a su vez tendrían a su alcance varias granadas de mano, pero sin embargo todo esto era inútil sin munición, la pólvora era un sueño, todos teníamos miles de teorías sobre como acceder a ella, mediamos cada milímetro de nuestro plan en nuestro cerebro, vivíamos una revolución imaginaria todos los días pero la realidad seguía igual.

Mediante nuestro código habíamos planeado la ansiada revolución ese miércoles, justo a las 19:14hs un grupo se mesclaría con los otros modernos esclavos, para ensamblar nuestras armas y otro grupo arremetería contra los guardias, debería ser un duelo a matar o morir, pero dando tiempo a poder organizar el armamento, teníamos superioridad numérica así que la victoria era segura aunque sabíamos que perderíamos compañeros en esta guerra. Faltaba un minuto y los golpes de metal se repetían, las conversaciones por años disimuladas comenzaron a ser evidentes para los guardias, ellos se pusieron nerviosos, nosotros también, ese día no seria igual al anterior ni al siguiente, el minuto que faltaba, que nos separaba de la libertad fue eterno.

Sincronizados a la exactitud comenzó nuestra operación encubierta, los doce guardias estaban nerviosos pero confiados en que nuestra entera subordinación a ellos no cambiaria nunca, no esperaban este ataque que comenzó a golpes de puño y con cualquier herramienta que tuviéramos a mano, luego mordiscos, estrangulaciones, rabia, sangre, miedo, todo valía y en cuestión de minutos murieron todos los guardias y seis compañeros. Las cosas salieron mejor de lo que habíamos planeado, teníamos el factor sorpresa de nuestra parte y las ansias acumuladas durante años por ser libres unida a la unidad de todos pudo mas que sus armas, la victoria parecía inminente, ya empezaba a sentirme contento, hacía años que no me sentía así, aunque nunca en nuestra vida ninguno de nosotros podrá olvidar a nuestros seis compañeros muertos, con los cuales no habíamos intercambiado palabra ninguno durante nuestros años de secuestro, nos unía uno lazo inexplicable, fue como perder a un hermano, pero no tuvimos tiempo de lamentarnos.

Antes que vinieran mas “soldados” de las otras secciones, entramos en el cuarto donde todos pensamos que guardaban la pólvora, efectivamente, teníamos razón, allí cargamos rápidamente las armas que habíamos podido ensamblar, atacamos a los soldados que llegaban y anunciábamos mediante nuestro código donde se encontraba la pólvora, nos armamos casi todos y volvimos a luchar por nuestra libertad, otros ocho compañeros cayeron, no se si alguno de esos “soldados” escapo o quedo vivo, creo que todos teníamos muchas mas ansias de ser libres que de vengarnos de ellos.

Cuando no había ninguno a la vista, en silencio, como estábamos acostumbrados y teniendo en cuenta que éramos esclavos de varios países y regiones diferentes con distintos idiomas o dialectos, no gritamos, no hablamos, no nos felicitamos ni nos dijimos nada, golpeando las palmas, armas contra armas o pequeños sonidos fuimos comunicándonos y atravesamos nuestra autentica enemiga, la única enemiga visible en nuestra guerra particular, una puerta, una puerta roja que nos dirigió hacia un mundo que habíamos olvidado que existía desde hace años..

Salimos corriendo y al llegar a la puerta nadie quería salir, teníamos miedo, mucho miedo, habíamos olvidado al mundo, en la primera planta se escuchaban pazos, allí era donde otros guardias nos vigilaban tras un cristal oscuro blindado en una planta superior, siempre creí que allí era donde se escondían esos blancos que vi varias veces, teníamos que salir rápido, y así lo hicimos….

Encontramos una marea humana atravesando las calles, siempre creí que estábamos en un área asolada de aquel país que no sabia su nombre, estábamos seguros, al menos yo lo estaba de ello, pero salimos a unas calles superpobladas, la fabrica tenia las paredes aisladas del sonido o quizás nos acostumbramos al sonido y nos parecía inexistente, empezamos a correr todos en la misma dirección, buscando mas pólvora, pólvora y munición para nuestras armas, pero aquel pueblo, aquella ciudad estaba en paz, la gente nos sonreía amablemente mientras nuestros amarillentos rostros en silencio lloraban, reían, gritaban y se perdían entre la multitud, los de piel oscura tuvieron mas fácil su integración o mejor dicho su camuflaje entre la población local, aún estaba en África eso era seguro, la gente me miraba, yo ya me había separado del grupo, nadie era lo que era ni nada fue lo que creía, solo corrí, corrí lo mas lejos que pude de esa fabrica, la gente se apartaba y yo tenia tantas ganas de vivir como de dormir, comer, cagar, follar, gritar, sentir, beber, estar y moverme, corrí varias horas seguidas, el cansancio como lo entiende un ser humano civilizado no existía, existía una sensación nueva, luego de cuarto o cinco años con las mismas sensaciones, sentir una nueva sensación como el cansancio no era un problema, un nombre se repetía entre los carteles y las voces de la gente, quizás fuera el nombre de la ciudad, me sonaba ese nombre de alguna clase de historia o alguna declaración del consejo de seguridad de las naciones unidas o algo por el estilo, sabia que era una ciudad de África, poco mas sabia y pero no quería dejar de correr para averiguarlo.

Ya sin fuerzas me detuve y caí en el suelo mugriento de un barrio de chabolas, no podía casi respirar y perdí el conocimiento, necesitaba recuperar las horas de sueño robadas durante todos estos años, no se cuanto dormí, quizás días, quizás semanas, prácticamente no desperté durante todo ese tiempo, solo recuerdo levemente, alguien que me daba algún liquido espeso.

Finalmente desperté en el seno de una chabola en medio de un barrio con calles de barro y niños descalzos jugando solos, estaba sobre una especie de manta, en medio del salón de una casita de chapa, me levante y enseguida apareció un señor mayor, bastante mayor o que quizás lo parecía al haber sido muy castigado por la vida, me dijo algunas palabras que no comprendí, pero su tono amable me tranquilizo, me hizo señas de esperar, salió y volvió con otra señora que parecía su mujer, me volvió a hablar con el mismo tono amable del señor, me ayudaron y guiaron hacia afuera de la casita, allí empezó a llegar gente, niños, ancianos, mujeres, hombres, todos se reunieron allí y me miraban, algunas mujeres cantaban, me trajeron algo de comida y agua, algunos me saludaban enérgicamente, otros simplemente saciaban su curiosidad mirando y estudiando cada uno de mis movimientos, allí pase una media hora, por alguna razón ellos parecían contentos de que yo estuviera allí, su alegría era contagiosa, ya había olvidado el sonido de las risas y ellos me lo recordaron , vivo en una casita de barro junto a ellos desde entonces, son mi familia, me habían alimentado durante ese tiempo y me habían dejado el lugar menos húmedo de su chabola para dormir, yo había fabricado las armas que mataron a sus padres y matarán a sus hijos dentro de no mucho tiempo.

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