La cosecha. Autor: Jaime Daniel Tillería

Eran tiempos dominados por el tifus y la fiebre amarilla. El zambo había sido infectado con la primera y en la cama se pasó nueve días agonizando y delirando sobre la muerte de su padre en las lejanas plantaciones de cacao. Yo fui mandado a su cuidado por el doctor Yellowstone, pues me mantenía como su fiel aprendiz.

A la tercera noche de la recuperación del montubio, este me pidió que le trajera el machete con el que estaba trabajando el día en que agarró la temible enfermedad. Me dio direcciones específicas sobre la hacienda en la que trabajaba y de dónde exactamente había abandonado el instrumento. Yo siempre fui testarudo y por no hacerme demorar, no escribí los puntos de giro para dar con el machete. Así pues cuando llegué a la hacienda, olvidado ya de las instrucciones del negro, no pude hacer nada más que preguntar al casero, o landlord, como me enseñó mi mentor, dónde había sido encontrado el cuerpo sufriente del zambo. Por cuestiones más profundas que la casualidad, el casero tenía falta de memoria a corto plazo y apenas recordaba el cuerpo del negro herido. Me dio vagas instrucciones que me fueron de perdición en la extensa hacienda. Llegue a un cruce en el que se encontraban cinco caminos, opté por el de la derecha, que seguía de manera oblicua al horizonte sobre el cual se empezaba a posar el sol.

Seguí derecho por el camino, ignorando todos los cruces hasta que, gracias a la luna pude dar con el machete al ver un brillo sosegado entre una plantación de caña. Me alegré por la extraña coincidencia que me hizo encontrar el machete y me dispuse a volver, pero al intentar regresar por dónde había llegado, me di cuenta de que el camino había desaparecido. No había forma racional para explicar lo sucedido pero era noche y el viento y los mosquitos comenzaban a arreciar, así que empecé a abrirme camino entre la húmeda maleza. Me sabía perdido, no conocía la hacienda y las sandalias no me protegían de las posibles serpientes. Recordé entonces al padre del zambo, muerto por la terrible herida de culebra mientras cosechaba el cacao, abundante a mi alrededor. Pensé que quizá mi destino debía ser el mismo. Pensé también que de haber muerto el zambo no tendría yo que morir; era un espantoso círculo de tiempo e historia, yo o él, su vida o la mía. Acepté entonces lo inevitable; el zambo había sobrevivido y yo, inocente aprendiz, serviría de sacrificio para satisfacer el hambre insaciable de la historia. Estiré mi mano para rodear un cacao colgante de la rama más cercana; lo tanteé en medio de la tenue luz que me otorgaba la luna traidora, levanté el machete y me decidí a cortar el primer cacao de la cosecha. Sentí una fuerte mordida en mi pie derecho.

 

Jacobo de Tella

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