El plan perfecto. Autor: Jaime Daniel Tillería

El mar cincelaba las orillas de alguna olvidada costa en Escocia; era un paisaje amarillo y nostálgico que te obligaba a pensar en el arado y el pasado. Las pisadas del caballo se podían ver claramente sobre la arena y había muchas piezas de oro y telas finas que el rey seguramente había dejado para aligerar el peso y huir más deprisa. Esto lo cuento porque un día fui rey, rey de muchos, amigo de pocos y padre de nadie. Una vieja profecía le había sido revelada a su más sabio consejero que después de viajar hasta el medio oriente en busca de la tela más fina, regresó los más rápido que pudo para decirle que huyera lejos y sin carga alguna porque su más terrible temor estaba por realizarse. Una innombrable traición le daría la muerte y su reino abajo se desmoronaría. Los ancianos dicen que rey una vez, se es rey por siempre y esto él no lo supo hasta que un día, vagando pobre y cansado por una lejana ciudad, tras tantos años de huir, un ladrón le quitó la vida en una oscura esquina.

El rey, asustado, tomó sus más preciados objetos de valor (dos anillos, un botella de cristal y un viejo libro –su biblia diría él) y arrancó veloz en el caballo que le había servido de salvador y guerrero en muchas batallas. Atravesó  bosques donde el silencio era sonido y desiertos más vacíos que la palma que sujetaba las riendas del caballo. Los mares parecían enemistados con su causa y las montañas, creía el rey, habían crecido para su desdicha. Así, ocupado en su huída, el rey había ya, sin esperanza de volver a verlo, abandonado a su reino y a todas sus huestes que leales hasta la muerte, le hubieran seguido de no haber sido porque enseguida después de su desaparición, fue levantado otro rey más fuerte y más glorioso. Aquél rey que luego ensanchó con nuevas tierras su reino y logró que lejanas ciudades se inclinaren a él, recibió, a su vez, una profecía de un viejo soldado que, entre los heridos de una batalla al sur del extenso país, deliraba ya devuelto en el castillo, con un mendigo que decía haber sido rey del norte y que su última herencia lo vengaría.

Su reputación le precedía, la de un valeroso soldado que no daba cuartel en las guerras y conquistaba las mujeres de los conquistados. Sin inmutarse reunió a sus mejores caballeros, se vistió con su ropa más fina, se cargó las más puras y brillantes alhajas de oro al pecho y zarpó en busca de aquél mendigo (pues sabía que de su predecesor se trataba). Habiendo ya cruzado mares y desiertos, ciudades y vastos imperios, se acercaba por un camino pedregoso que terminaba a las puertas de una humilde ciudad cuando de improvisto quedó rodeado por un grupo de barbáricos salteadores de caminos que asesinaron a todos sus compañeros, obligándolo a huir para proteger sus adoradas galas, pero estos, sedientos por algo más que sus joyas, le persiguieron hasta las más frías olas del norte, por entre pantanos  y orillas. Poco a poco se fue despojando de sus ropas y por cada reliquia de oro que lanzaba para aligerar su peso derramaba una lágrima. Tras meses de escapar de su muerte y haber perdido a su caballo, llegó a un rincón al sur del mundo donde se buscó fama por robar joyas de oro.

Una tarde para la que el tiempo tenía prevista para una traición, una entre las muchas de los siglos, el antiguo rey que su trono había perdido, vio un destello de realeza en los ojos de un mendigo que levantaba pobremente sus delgados brazos en busca de un falso noble que tirase alguna moneda entre sus dedos. Enseguida recordó la profecía que había recibido en cierta ciudad de Turquía hace ya bastante tiempo. Se agachó para levantar a su rey del suelo y lo invitó sin que él le reconociese, a comer y beber por los tiempos de gloria. Era más de medianoche cuando salieron del figón y entre pisadas y divagaciones, el mendigo le contó su último secreto.

-Yo fui rey una vez. Sólo una.

El ladrón esperaba matarlo antes del amanecer, así que con paciencia escuchó su historia.

-Mi reino me fue quitado un día cuando huía del más mortal perseguidor, la invisibilidad del provenir. Una profecía, me dijeron, avisaba que sería víctima de una traición que causaría el fin de mi imperio y mis riquezas. Así que huí dejando atrás todo lo que había creado. Uno diría que fui yo quién abandoné mi poderío pero en realidad fue mi más fiel y sabio concejero el que, con sus afanes e impaciencias se proclamó rey de mi reino. Para mi desgracia yo nunca tuve hijo alguno que pudiera restaurar mi honor y mi esposa, según escuché, había muerto, efecto de una epidemia que azotó las tierras. Nunca me sentí realmente fuera de peligro hasta que un día, en una lejana región de oriente me fue dada una visión del cielo.

>>Estaba yo caminando entre arbustos de frutos tan exquisitos (cuyo sabor sería inentendible aún si pudiera explicarlos a la perfección) cuando fui arrebatado de esa paz edénica y llevado tierra seca y árida donde los árboles eran apenas maderos desflorados que servían de reposo para los buitres. Yo ahí era vestido de ropa sucia y sandalias rotas. Unos metros más allá, algo brillaba sin luz y sin sombra y cuando me acerqué vi una espada, una hermosa espada de doble filo, pero al intentar recogerla, esta no se alzaba. Me quedé esperando sobre una roca, observándola, a que algo sucediese. Los metros se hicieron años y de la espada comenzó a brotar un árbol plateado con hojas púrpuras y a su alrededor los arbustos empezaron a crecer y a dar frutos. Entonces me acerqué para probar de  uno de esos frutos pero al hacerlo, la boca me quemó y maldije ese árbol, el cual enseguida se marchitó y se inclinó como anciano. Deseé volver a pisar el sublime pasto que abrigaba mis pies y mirar el riachuelo que descendía por el jardín en el que había iniciado mi sueño. Enseguida anduve en ese valle fresco de nuevo pero el árbol marchito seguía enfrente de mí al igual que la espada. Fui al río por algo de agua y comencé a regar aquél viejo árbol, que empezó a florecer de inmediato y la luz que no provenía de ningún lugar, ahora era emanada del tronco plateado. La luz se hizo tan fuerte que me cegó y tuve que postrarme de rodillas sobre la alta hierba. A tientas me acerqué hasta agarrar la espada y comencé a seccionar al árbol, cuando logré derribarlo, me fue devuelta la vista y me desperté.

>>En el instante en el que el sol despuntó me sentí al fin en paz y seguro, y entendí lo que tenía que hacer: esperar. Esperar a que mi visión se cumpliera porque yo no podía hacer nada para acelerarla. Mi reino me fue arrebatado un día y hasta ahora no había entendido que eso era parte de un plan que fue pensado desde el inicio de los días, un plan en el que nuestra intervención, la tuya y la mía, es sólo simbólica, y que no podemos hacer absolutamente nada que altere el curso de la historia, somos sólo hombres, pensadores, siervos, reyes. Nuestro trabajo es someternos a la perfección, pues nadie puede crear lo perfecto. Yo nunca fui un mendigo y tú nunca un ladrón. Como dije antes, yo no tuve hijos, por lo que mi única herencia es lo último que tengo; mi vida, y esta me vengará. Ahora el sol se levanta con el sublime trabajo y orgullo de haber derrocado dos insuperables reinos.

Habiendo dicho esto, la cólera del ladrón comenzó a incrementar mientras a su alrededor las casas y las calles eran poco a poco alumbradas por la farola eterna. Se hizo a un lado su abrigo que le llegaba hasta las rodillas, y desenvainó una larga espada plateada. El mendigo sonrió calmado al ver cómo se alzaba la aurora cuando sintió el filo de la espada atravesar su pecho. Miles de punzadas frías le paralizaron el cuerpo y se tuvo que arrodillar sobre la acera. Con la poca fuerza que le quedaba le jaló del abrigo a su antiguo concejero y lo hizo agacharse para mirarle a los ojos y decirle antes de expirar:

-Te he vencido, mi siervo fiel.

Jacobo de Tella

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