Caballo nervioso. Autor: Julio Lencero

En Estambul apenas tuve tiempo de sacudirme de encima la sarta de tópicos culturales con los que, los mayoristas de las agencias turísticas, acosan a los viajeros: la luna extática iluminando el patio del caravansar; el murmullo enigmático que brota de la fuente otomana; las filigranas caligráficas de los azulejos de Iznic; en definitiva; todo aquello que embota la capacidad digestiva del visitante más  lisonjero.

Por supuesto, visite la basílica de Santa Sofía, al palacio Topkai y el Museo Arqueológico Nacional; en el que no  pude evitar de sonreír delante de un monstruo babilónico que llevaba un “pin” cosido a la piel… recordé los que se cose mi novia en la ropa que roba impunemente en unos grandes almacenes de Madrid. Y también me zampé -contemplando absorto a un patético vendedor ambulante de relojes despertadores en perfecta asintonía-, el pintoresco bocadillo de caballa que preparan y sirven desde las barcazas de pesca abarloadas al muelle del Bósforo.

Lamentablemente es muy cierto; ya no llegan desde Inglaterra los aristócratas victorianos en el Orient Express, ni las fugaces y bellas “vedettes” que les siguen los pasos como caudas de cometas, pero aún (y sin la colaboración del ojo morado de Hemingway), a los forasteros curiosos que se les ocurre pedir al barman un cóctel de menta en la barra del Hotel Pera les sigue sorprendiendo su propio rostro reflejado en el espejo de aguas. Unas facciones sospechosas al fondo del salón tapizado de damasco rojo en las que se adivina al presunto asesino del tren que -por más que nos empeñemos en no enterarnos o disimularlo-, todos llevamos dentro. Mala suerte.

Fue el intempestivo comportamiento de un matrimonio español (de Albacete, seguro), lo que me instó a abandonar súbito la gran urbe. Él, fue reprendido por tirar la colilla encendida del cigarrillo frente a una tienda tapizada de alfombras y su parienta, una cortijera escandalizada, soltó una retahíla de improperios que daba vergüenza ajena contra esos “moros o turcos que es lo mesmo”. Oye tú, -le hubiera contestado con ganas; tal como se merecía-, si tienes la mejor casa y los mejores cojones los tiene tu marido ¿Qué haces viajando?

Sí; me dirigiría, sin pensármelo más, a Anatolia; hacia la cuna del fénix, el pájaro purpúreo que muere abrasado de amor para, renaciendo de sus propias cenizas…, volver a las andadas.

La ruta con la que se inició mi humilde singladura, carente de pueblos, me desconcertó bastante. En una puesta en escena que parecía un despropósito llegué a ver una vaca, con la lengua fuera, parada en la acera de un edificio recién construido en medio del bosque. Y luego…Ankara, toda de aluminio y cristal, con el brillo aséptico del poliéster incrustado en la retina, acabo por sacarme de “onda”.

Sin duda – pensé escéptico- bastaría rascar con la uña para descubrir, por detrás de esos rascacielos otra realidad: las de los gecekondu sin ir más lejos, esos suburbios de chabolas construidos de noche por lo inmigrantes rurales que describe con maestría Robert Kaplan. Ahora bien; uno no iba a hacer negocios especulativos en la moderna capital, pero tampoco -a pesar de lo que opinase el escritor citado sobre los que vamos buscando mitos de otras épocas en el Oriente-, tenía la menor intención de meterme en camisas de once varas (o babuchas que no fuesen las mías y que encima me apretasen); es decir, no estaba allí para averiguar cuantas son las caras de la verdad, ni a resolver las dudas internacionales sobre si, efectivamente, Turquía está en Asia o en Europa.

El autocar de línea era muy cómodo y permanecí sentado, sin ganas de bajar a estirar las piernas en la estación; esperando que arrancase de nuevo.

Avanzaba ya, sin apenas notarlo, a buena marcha, acercándome a las tierras quemadas del Anadolu. En la orilla de un dilatado lago, protegidos del calor bajo un tenderete de alfombras raídas, unos hombres -que por su agreste porte cualquiera diría que eran supervivientes de la Guerra de las Galaxias-, escupían las pipas de un melón temprano de secano en dirección Sur.

Distante, la fortaleza de Uchisar, una madriguera troglodítica que doraba la reptante luz crepuscular, me remonto -todo lo irreflexivamente que se quiera-, hasta una época de leyenda; o sea, yendo en pos de las huellas de los carros hititas. Pero después de aquellos inevitables instantes de atávica exaltación (por otra parte lógicos arrebatos de la invención), descendiendo hacia los valles de Goreme, empecé a temer que si al poner los pies en tierra firme, al primer limpiabotas con el que me tropezase, se le ocurriese vacilarme innecesariamente con sus servicios de limpieza, iba, sin remedio, a empezar a pensar vulgaridades de los políticos del país.

Todo fue bien y cené estupendamente. Liquidado el postre, agarré parsimonioso una larga pipa del sosiego y me deleité con la combustión aromática de las hebras de piel de manzana. Los densos tirabuzones del humo perfumado, ascendían hasta las columnas truncadas de una tumba excavada en la cúspide de un capirote pétreo; muy por encima de las bombillitas multicolores del restaurante. Sin la mitad inferior del fuste, rotas, las columnas romanas gravitaban en el vacío. Incongruentes.

Sumada a la tibieza de la temperatura reinante, la música alevi tocada con el saz y las ascuas al rojo con las que los camareros mantenían en el local a los parroquianos adictos a las delicias del narguile me impelían a postergar indefinidamente los placeres del momento, mas igualmente querría madrugar, por lo que  precavido…me fui directito a la cama; no sin que previamente y, en inglés, un desconocido me hubiese aclarado el sentido etimológico de la palabra Capadocia: “Kapadokia means…a good place for a horse”. Más valioso, mucho más valioso que la seda, el oro, la plata, las perlas del mar arábigo o los perfumes procedentes del  Hadramut: los equinos.

Esclarecía apenas y los aldeanos cruzaban el pueblo subidos a los carricoches tirados por los caballitos anatólicos “fuerte como turcos”. Iban a sus huertos, a por sus patatas de kilo, sus brevas de cuello de dama y sus melocotones milagrosos, pues todavía se cree fervientemente que procuran la inmortalidad.

Con la querencia y el ánimo en consonancia a la primaveral alborada, los perseguí alegre; acatando de muy buen grado el consejo del autor de En brazos del amado: “conviértete en el polvo de los cascos del caballo derviche si quieres galopar sobre la brisa del alba”.

A no más tardar; ante el fabuloso panorama circundante debo cuestionarme seriamente y rapidito si no sigo en un inverosímil sueño del que no logro, o más bien, no quiero despertar. La luminosidad del cielo turquí se derrama líquida por  un laberíntico paisaje en el que los domos y cúpulas de toba calcárea, las pulidas agujas basálticas, las gráciles “chimeneas de hadas”, componen una égloga decantada en piedra que, gracias a la desinteresada ayuda de la deriva loca del viento, es inusitadamente original.

Alentado por la sutil armonía que flotaba en el ambiente, me introduje por un desfiladero que discurría encajonado entre sinuosas paredes asalmonadas. Desde el cantil me llegó vibrante el dulce aleteo de los pajarillos. Até entonces mi pañuelo a las ramas de un arbolillo panteísta e inspirado, continué caminando, cada vez más ligero y silvestre, por el lecho de aquel arroyo seco.

Así; asombrado, fui descubriendo los nichos donde los anacoretas, eremitas, ascetas y demás, incubaron sus doctrinas gnósticas; cincelados con un objeto punzante -que bien pudo ser el mismísimo clavo torcido usado para la redención de nuestros pecados-, los antiguos pneumáticos penetraron, milímetro a milímetro, en la roca; hasta alcanzar su dúctil corazón.

A la hora clemente, con la algazara de los pájaros anunciando el final del espectáculo diurno, regrese a Goreme., desandando mis pasos en un estado beatífico.

Al igual que ayer y probablemente mañana, durante el opíparo desayuno servido a los clientes del hostal en la terraza, el francés de la 22, me aburre soberanamente con sus exploraciones sobre el terreno. Hoy está pletórico pues ha hallado –eso dice al menos-, unos restos de pinturas bizantinas sin catalogar; inéditos y del siglo IV. Adopto entonces una aptitud comprensiva con el arqueólogo y sus deslumbrantes investigaciones científicas hasta que me canso de tecnicismos y me largo a tomar viento fresco.

Por las calles, sin otra cosa que hacer, me dedique a observar a las mujeres hilando turquerías románticas; probé tabaco kurdo de liar y, amplificada por el gramófono del alminar de la mezquita, escuché la llamada a la oración. Un perro famélico me ladró desaforadamente, sin tener en cuenta que el día anterior le había echado un buen hueso.

Estaba merodeando por los alrededores de un palomar abandonado  cuando, al arrearle una patada al polvo del sendero una plancha de hierro oxidado vino a parar a mis manos. Sin adivinar a ciencia cierta qué podía ser me la guarde en el bolsillo del pantalón y continué con mi paseo; pisando cascarones de huevos y plumas de pichón.

Desde la linde de la vereda se me arrimó un campesino de mirada partida; lánguida por un lado de la cara, socarrona del otro. Dejándome llevar por una obsesión étnica difícil de explicar, me puse a dar “azadonazos virtuales” a las viñas, intentando conseguir algún gesto de complicidad; tal vez una sonrisa indulgente o aunque fuera de desprecio (y tener así que darle la razón a Elia Kazan; ese director de cine que decía que los anatolios sonríen por dentro, con rencor), pero aquel tipo, con el entrecejo fruncido y un aspecto visiblemente ausente, no mostró el más mínimo interés en hacerse el simpático. Me acompañó hasta una encrucijada del camino y apartándose de mi amistosa compañía, se fue silbando a sus feraces huertos; dejándome solo y extraviado, en medio de un inmenso oleaje fósil.

Fue en esos momentos, sin drogas o alcohol -puedo jurarlo-, cuando tuve una experiencia alucinante. En la cima de uno de esos cipos pétreos, como un faro en medio de la tormenta, el mismísimo espectro barbado de Rumi -el místico cuya fama de mirlo blanco no necesita introducción alguna-, giraba sobre su propio eje, con las faldas al vuelo y enarbolando una flauta de caña cual batuta. Estaba rodeado por los adoradores del pavo real, de las ratas, del fuego; no faltaban aquellos que se equiparan a divinidades cornudas o los que se representan a su Ser Supremo aniquilando criaturas. Vamos; la colección completa (o al menos una extensa variedad) de unos seres que ni por asomo merecían entrar en esa “bienaventuranza sideral”  Abducidos por el conjuro solar, de puntillas, ejecutando sublimes piruetas excéntricas en plena borrachera gozosa y libérrima, formaban una unidad discordante de fuerzas contrarias, demoniacas y angelicales (monta tanto, tanto monta al estar unidas en amoroso abrazo), en la que sin poder explicarme la razón, deseé integrarme de inmediato. Dar vueltas y vueltas y converger, por medio de la danza girovaga, en un idéntico impulso vivificante y totalizador.

Mientras tanto los campesinos, con el espinazo doblado, ocupados en sus labores agrícolas, permanecían completamente indiferentes a esa visión espiritista de cascarones astrales que yo contemplaba demudado. ¿O no era un engaño? ¡Se ve que este género de contingencias paroxísticas no eran nuevas en el valle de la Rosa! Aquello ofrecía material para una larga y profunda meditación personal. A punto de precipitarme, tal que un insensato insecto, sobre la llama purificadora de la ilusión, me pregunte embargado de emoción: ¿Quién, entre bastidores, podía estar orquestando esa quimera? Quizás –especulé-, ese Mago de Oriente, Rumi el poeta, fuese el único responsable de organizar tal Ensayo General de exaltación colectiva.

Fue de ese modo; sumido en aquel trance de aquel mediodía de esplendor inusitado, que fui colmando mis anhelos (siempre insatisfechos) de abandono trotamundo. Ante tanta “mirabilia”, mi inútil vida rebosó de felicidad y permanecí durante un buen rato entregado a la santa idiotez de los primeros patriarcas a la que tanto aspiro el poeta Rimbaud: la verdad de la nada.

El eco vibrante de un rebuzno desmaterializando a los bailarines cósmicos, rompió el hechizo. Poco a poco el racionalismo obtuso, ya lo sabía, trivilizaría la experiencia.

Retorne a la civilización y obligado a cargar las pilas para conseguir el deseado equilibrio de alma y cuerpo deguste un rico yogurt con especias y un suculento cordero asado en mi lugar preferido. Para rematar la faena me fui a tomar una estimulante y digestiva infusión natural con pasteles a la Casa del Té. Allí, junto a la reencarnación de Shubibuliuma I el Grande, estaba el rústico de la expresión disimétrica, ni concreta ni abstracta, ni figurativa ni relativa… dormitando en la fresca acuarelada que le procuraba la parra trepadora de la vid. Al reconocerme con su ojo sardónico -el taciturno estaba “kaputt”-, se sacudió el sopor de ese su ojo izquierdo, el del Oeste, que despabilándose por su cuenta, se me mostró confianzudo. El rústico personaje, con ganas de establecer conversación, se puso a contarme algo acerca de la gallina coja que cacareaba debajo de la mesa. Gesticulé patéticamente, sin saber que trataba de comunicarme con tanto énfasis. Al parecer se trataba de un chiste genial pero yo era incapaz de verle la gracia. Metí la mano en el bolsillo posterior del vaquero, saque la herrumbrosa plancha e inquisitivo, se la enseñe. El compadre, con una  actitud imprevisible, se levantó de la silla de mimbre y se puso a patear el suelo con brío. Acto seguido, sin darme tiempo a reaccionar, salió corriendo; para nunca más volver. Derviche loco… ¡Como para entender algo!

Sin embargo -discurrí- o mucho me equivocaba o la extraña actitud de aquel “Nasrudin” era, indudablemente, la prueba más contundente de que la suerte estaba de mi parte. Tenía en mi poder el talismán más preciado de la turcomania: la herradura que cubre todo el casco de un bendito cuadrúpedo. Puede que hubiera pertenecido al corcel de San Jorge; mismamente. El gallardo caballero andante que in illo tempore, revestido de su bruñida armadura, lanza en ristre y a galope tendido, se enfrento al dragón de dimensiones ciclópeas, de aliento pestilente, de escamas ígneas, y le aplastó el cráneo. Ese monstruo arquetípico (azote de doncellas), que simboliza las fuerzas oscuras, tensiones y contradicciones agazapadas y al acecho que habitan dentro de nosotros y que cada uno, por su cuenta y riesgo, debe combatir para llegar -venciendo a las fuerzas antagónicas del yo consciente- a ser, por fin,  libres.

Capadocia: “tierra de bellos caballos”. Epílogo perfecto para mi aventura de bolsillo. San Jorge “El Verde”, montado en un caballo blanco y nervioso puso rumbo a Etiopía y uno, triste desfacedor de entuertos, debía incorporarse a su trabajo. Las vacaciones en la hierofánica comarca llegaban a su término.

De vuelta, por la ventanilla del autocar admire la cumbre nevada del Erciyes Dagg, el volcán de casi cuatro mil metros de altitud donde se esconde el nido de canela y mirra del ave helíaca. ¿Donde estaría el pájaro Fénix que se alimenta con el llanto de la aurora y que la reina Madre de Occidente llevaba uncido a su calesa? Desde los tiempos del emperador Heliogábalo, al que por cierto se los servían en la mesa de palacio como si fuesen pajaritos fritos, no había vuelto a  avistarse ninguno…

En esas disquisiciones u otras similares andaba cuando un individuo muy simpático, probablemente el último de los jenízaros, me deshizo de un pisotón el dedo gordo del pie. Era el apéndice que en la mezquita Azul de Estambul -me fije bien en su momento-, se me salía por el agujero del calcetín. El pulgar izquierdo, en el cual, separado de todo el resto de mi estupenda anatomía,había logrado acorralar mis dilemas existenciales. Despertando mi tremenda susceptibilidad egótica, privándome de todo sentido cósmico, el pisotón evaporó el encanto del viaje.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Este relato tiene magia. Una magia que la rompe algo tan aparentemente anodino como un pisotón que es lo que le da al autor una bienvenida a la realidad.

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