Viaje en primera clase. Autor: Fran Nore

A Janis Alcira

1

  Los rayos del sol penetraban por las relucientes ventanas de la casa de la familia Arteaga, iluminaban un poco el enrarecido ambiente con sus objetos de colección.

Ana merodeaba por ahí, abriendo  una ventana y asomándose a contemplar la calle invadida por  venteros.

Su madre  permanecía  en medio del silencio de la sala con sus santos que la ataban.

El amanecer poblaba de sonidos furiosos los alrededores.

De la soledad de la casa emergían sombras funambulescas que ninguna veía ni escuchaba. Ana albergaba sentimientos extraños para con su madre.  Entre ellas el silencio casi inmediato, o las palabras profanando evocaciones del pasado. Pero entonces descubrió que amaba mucho a su madre con su difuminada silueta al  desvelo de los años, todo en ella  tembló al pensar en la  ausencia. El resto de su vida era ciega, acudía al altar de La Virgen del Socorro pidiéndole ser feliz, su padre desde la tumba era el único que sabía a lo que se refería con su súplica. Ana ahora temía ser el confortable huésped de un sueño intrépido, donde continuaba vistiendo santos. Ofrendaba con veneración y amor su letargo místico a la adorada virgencita.  De pronto La Virgen milagrosa le cambiaba el lúgubre aspecto de su vida. Se sentía   confinada en esa casa sobre la  calle, sin conocer tan siquiera a  sus vecinos aledaños.  Parecía sumida en un viaje que duraba toda la vida, viviendo con su madre que no tenía para sostener criados, su madre que parecía ya tan senil, pero que era la siluetada mujer que adoraba.

Vivían en una casa laberíntica y vieja, en algunos aspectos descuidada y con descascaros de pintura. Se necesitaba de seguro pintar, retocar y cambiar por nuevas las puertas y las ventanas. La reducida familia vivía allí, se ignora si feliz o no. La casa estaba conformada por el salón de espejos y por una amplia sala, cuatro habitaciones bien acondicionadas, un dormitorio para huéspedes, dos baños, un patio y un balcón en el segundo piso. Y  del vecindario no podían quejarse mucho, estaban en los suburbios de la ciudad de Mérida. No se sentían, en definitiva, tan solas, si no que ahora con la ampliación de las ramadas tenían vecinos nuevos y no se sentían incómodas por aquellos repentinos cambios. De igual manera nunca se dejaban ver por la calle o por los alrededores del vecindario ni siquiera para curiosear. Todo el tiempo se mantenían encerradas en la casa, haciendo sus rutinarias actividades. Nunca visitaban a nadie, porque seguramente no tenían más familiares en la ciudad y nunca recibían visitas de los vecinos, sólo vivían en un silencio absoluto en comparación con los ruidos cercanos de las calles y callejuelas de la ciudad siempre invadidas de hombres de campo, laboriosos y trabajadores, con hijos y cargando fardos; siempre distantes, bendecidas por la soledad. Y Ana sin duda estaba cansada de la vida en la ciudad, del mundo turbulento, siempre con una actitud desatenta, como con el corazón destrozado de extremo a extremo por los pasillos de la  casa. Atrapada  en la casa en que vivía, se descomprimía entre aquellas infinitas paredes, los cuartos y los dormitorios sólo albergaban sombras evanescentes, que le recordaban un pasado inhóspito donde todo era demoniaco, salvaje, insofisticado. Ella, maquinalmente, se rehusaba a mirar hacia atrás, quería olvidarlo todo, la enfermedad de su madre, la muerte infame de su padre, la desaparición total de los bienes, la dejadez de su hermano,  quería huir de aquellos recuerdos punzando su alma, pero no olvidaba que no había escape, por muy lejos que fuera de sí misma. Su madre, igual que ella, sólo amaba esa ausencia, ese retraído mundo donde se esfuman las siluetas, donde sobreviven los perfiles acomodados a la visión solitaria del amor. Carecía de fuerzas para salir a conseguir el amor.

Por ahora ellas sólo disfrutaban del mutismo interior que sumía la casa.

Con la muerte de su padre, Ana de Morales había quedado desorientada con la adquisición legal de las propiedades, lo que por un tiempo considerable provocó en ella inquietud y preocupación. Y en definitiva, su padre nada les había dejado, sólo gloria de su pasado heroico resaltado por los amigos. En cuanto a su riqueza todo le había sido prestado y habían delegado a otro como él a administrar los requerimientos de la fortuna.

Por lo que la familia decidió comenzar de nuevo.

Cristóbal ya estaba alistado en las filas como capitán, sirviendo a los intereses políticos y militares de los comandantes en sus campañas sin límites.

Y Ana, convertida en una formidable mujer, tal vez encontraría en algún hombre adinerado los beneficios del matrimonio y la estabilidad del hogar.

En cuanto a Ana de Morales, viuda y retraída, reintentaba en vano afrontar las circunstancias adversas y prometer una oración de vez en vez a La Virgen de la Merced por el eterno descanso de su importante y valiente marido.

Sonaron golpes en el portón.

Ana se asomó al balcón y vio a la puerta a un licenciado. Lo conocía.

Ana bajó y abrió el portón.

El licenciado  descubrió que la belleza de la mujer  alejaba todas sus fatigas. Frente a él estaba una mujer algo ya madura con la mirada ansiosa y una emoción iluminando un poco su rostro.

– Buenos días ¿Cómo amaneció?

– Bien, gracias.

– ¿Y su madre?

– En su aposento.

– Traigo unos papeles importantes para ella.

– Pase, por favor, ya la llamo.

El licenciado entró a la estancia y se acomodó en una poltrona. Pensó con ironía que esas mujeres verdaderamente no estaban allí, vivían dentro de esa casa pero nunca estaban aunque las viera. Se rió.

Lentamente apareció Ana de Morales.

– Mi señora, buenos días. Soy el licenciado Garcel. He traído unos documentos importantes que la acreditan a usted como dueña de una cpnsiderable fortuna y en  propiedades…

No pudo terminar de decir lo siguiente al ver a la madre desconectada de la realidad y a la hija como una enfermera, impávidas, observándolo, retraídas.

– Es usted muy condescendiente con nosotras, mi madre y yo se lo agradecemos…

Entonces él extendió los papeles y la pluma a Ana de Morales para que firmara su potestad sobre esos privilegios y que ella comenzó a auscultar con mirada agresiva y a doblar los papeles, incapaz de firmar.

El licenciado Garcel no pudo ocultar su ansiedad y controló su intención  de recriminar a la enferma mujer.

Pero Ana se encargó de quitarle a su madre los papeles y la pluma y firmó por ella. Luego le entregó los papelitos deshechos al licenciado pidiéndole que disculpara a su madre, entonces dio media vuelta tomando de los brazos a su madre convaleciente, rumbo a la recámara donde su madre se depositaba como una liviana prenda en el lecho. Le dijo al licenciado que por favor la esperara.

Afuera en la calle pasaba un cortejo fúnebre, cantaban las plañideras las loas funerarias, enervadas de tristes recuerdos familiares dejados por el difunto.

La vida de Ana de Morales era tan pequeña que quedaba en la mente de cualquiera una imagen incierta que oprimía de melancolía.

Al mirarla alejarse, extraños pensamientos se agolparon en la mente del licenciado Garcel.

Volvió Ana, lúgubre y hermosa.

– Lo acompaño hasta la puerta.

Al abandonar la casa, el licenciado Garcel alzaba la mirada hacia las ventanas de cristales ya empolvados por el rocío y la arenisca de la tarde. No estaba muy seguro de haber visto a la anciana madre y a su hija.

En la calle la sofocante vida cotidiana y dentro de esa casa sus habitantes refugiados entre paredes y cuartos extraños.

Caminaba  ruidosamente,  alejándose.

2

  Ana de Morales había vendido todas las propiedades que estaban a su nombre y desde su encierro mucho se especuló sobre la verdadera dimensión de su fortuna. Una cosa era segura, no quería nada que procediera de su difunto esposo. Seguramente gastó su fortuna de ciudad en ciudad, conociendo como si fuera una turista, al lado de su hija, hasta cuando quedó sin un céntimo, volvió repetidas veces a su casa en Mérida donde siempre permanecían largas temporadas. En las paredes de sus cuartos colgaban todos los retratos y fotografías de su parentela extinta. Claro que también quedaban de Los Morales algunos parientes en España.

Ana de Morales sólo quería olvidar, lo juraba por su vida, pero era tan latente la inesperada suerte que se sentía parte de todos aquellos destinos funestos cruzados con su destino.

Su fortuna había desaparecido en el aire y sus conocidos más cercanos también en una nébula inabarcable.

Estaban prohibidas  a la vida cotidiana y al amor de los seres.

Y toda su familia estaba conformada de seres egoístas y centrados en sus intereses personales. Ante sus ojos sus parientes se habían evaporado de igual forma como se evaporan los viajeros en las calles nocturnas. Sin embargo, próvida de curiosidad, ahora cruzaba el pasillo hasta el balcón, vestida y envuelta en seda negra.

Resbaló, asustada, creyendo que alguien la perseguía, y cuando cayó al suelo se percató de que estaba sola en la insondable duna de su existencia.

– ¡Ana! –Gritó con sus últimas fuerzas.

– Madre, ¿Qué hace usted ahí? –Subió Ana a toda prisa.

Ella se levantó ayudada por su hija. Se acomodó la tela del vestido sobre sus piernas.

Ana la condujo a su habitación.

Luego comenzó a delirar y al otro día no despertó.

Ana estuvo toda la noche cuidándola, al lado suyo, tomándole la mano, rezando precipitadamente y cuando descubrió que su madre se había quedado dormida definitivamente sólo lloró desconsolada sin poder contener sus gritos.

El traslado de sus restos a España reclamados por sus pocos familiares lo efectuó una funeraria privada.

Cristóbal  vino ese fin de mes después de conocer la nefasta noticia.  Llegaba de Caracas, un viaje extenuante. No pudo ver el cadáver de su madre porque ya se lo habían llevado. Entonces se quedó visitando  a la desconsolada Ana. Aunque sólo permanecería en la ciudad unos cuantos días y volvería a internarse en las campañas militares. Su viaje a la ciudad era pasajero y sólo había venido para ver a su hermana y  asistir a las oraciones por el eterno descanso del alma de su madre, para estar seguro de que todo estaba bien con el estado de ánimo de Ana y de que ella no  dependía de su presencia permanente en la casa. Cuando llegaba a la ciudad buscaba a sus amigos y juntos salían a tomar cervezas y a compartir una mesa de billar en las cantinas.

3

Ana y el licenciado Garcel se encontraron accidentalmente comprando en un tendero de la calle.

Él se quedó mirándola.

– ¿Se acuerda de mí?

– Por supuesto que me acuerdo de usted.

– ¿Cómo van por su casa? ¿Y su madre?

– Mi madre murió hace dos semanas.

– Lo siento mucho.

– Y usted, señor, ¿piensa permanecer mucho tiempo en la ciudad?

– Seguramente… tengo mucho por hacer… Vivo solo en una casa muy amplia y grande, y ya me siento bastante incómodo con la soledad… En estos días viajo para Colombia…

– Estamos en idénticas situaciones, mi hermano Cristóbal esta en campaña, lejos de la ciudad, también me… encuentro… muy sola… Y pienso hacer un viaje…

– Que bueno que pudiéramos acompañar nuestras soledades… ¿Y adónde piensa viajar?

– Aún no lo sé…

Y ella simplemente se rió, con una risa tan tranquila y diáfana que volvió a hacer que el corazón del licenciado Garcel palpitara de emoción.

Quiso acompañarla y hablaron de otros temas. Pero el tema que más cundía era la desaparición de los seres queridos de Ana.

Ana descubrió entonces que ya no estaba rodeada por la presencia benefactora de su madre.

La casa de Mérida era ahora de su propiedad y estaba  a la venta.

Comprendió con sorpresa, que en el transcurso de unas semanas, su vida había dado un vuelco inesperado.

Ana de alguna u otra manera hubiera querido irse a vivir lejos de la ciudad, pero el mundo que se abría ante sus ojos le parecía primitivo y desconocido, irremediable, como la muerte. Aún así estaba dispuesta a correr los riesgos de brindarse una oportunidad.

Estaba agolpada de sufrientes cavilaciones, entregada como una penitente sonámbula a la búsqueda de un fantasma que era ella misma, sabía que tendría que volver a empezar. Hablaba entre sí y hacía figuras al aire con los dedos, como inventando un juego donde todos sus invitados permanecían ocultos.

– Cuénteme, cómo murió su madre

– Siempre estuvo muy enferma… -Se le encharcaron los ojos-. Se quedó dormida…

El licenciado Garcel entendió a lo que se refería y se arrepintió de haberle preguntado muchas cosas, lleno su ser de inquietas y arremolinadas preguntas. Luego comprendió que había cometido muchos errores imperdonables y quería remediarlos encontrando auxilio en una bella mujer.

Permanecieron en silencio, buscando de qué más hablar.

El licenciado Garcel fijaba sus ojos en ella que desviaba la mirada hacia algún punto muerto de la calle estremecida.

A su mente llegaron los recuerdos de desazón que experimentaba desde mucho antes de conocerla.

–  ¡Puedo albergar alguna esperanza de sensibilizar  un poco su corazón!

–  No es mi corazón, es mi mente, mis principios… Mi razón no quiere entender lo que mi corazón siente… Y mi corazón quiere sentir lo que mi razón no entiende…

– No la culpo por lo que le pasa, en ocasiones a mí me pasa igual, es un desfase propio de la conducta dispersa en la que nos ha sumido la crisis social, ¿no le parece?

– Creí que usted sólo sabía de documentos y escrituras…

Y en la calle la  atmósfera se tornó térrea como en todas las calles del mundo, a las horas de la tarde.

La volvería a ver, se preguntaba él, en medio de la catarsis. Es una mujer sola, pensó, una mujer bella, adinerada y sola. Y sin embargo, ella no pretende nada conmigo. Se despidió de ella arrimándola hasta su casa, prometiéndose que se volverían a ver, promesa que Ana nunca cumplió.

A las semanas siguientes le llegó la noticia de que su hermano Cristóbal, había contraído una peligrosa enfermedad del Trópico.

4

Pasaron los meses en que la imagen de mujer recta de Ana rondaba por la vida del apesadumbrado licenciado, que pasaba los días y las noches hurgando frente a la casa queriendo verla y ella nunca salía.

Él no quería dejar pasar una conquista así y entonces quería acercarse modestamente a la solitaria mujer.

Los fugaces recuerdos de amar misteriosamente a Ana quedaban en su mente sin que pudiera contenerlos.

Estaba terriblemente desilusionado de la vida.

A visor descubrió que Ana en definitiva no era para él.

Pasadas otras largas y duras semanas en que su recuerdo rondaba por su mente, unos vecinos de Ana le comunicaron que preparaba maletas para hacer un viaje. Había puesto en venta la casa y ya tenía a algunos interesados en su compra.

Al transcurso del mes siguiente, Ana había reunido suficiente dinero para comenzar una nueva vida en otra ciudad.

El licenciado Garcel estaba inquieto por ba por su partida.

No le quedó más remedio que resignarse a perderla.

No la volvería a ver, y le causaba un agudo pánico de melancolía.

No había solución al sentimiento de ruindad en el que Ana lo había sumido.

Asaltado por vacíos pensamientos de tristeza que pasaban veloces por su cabeza, se asomaba nuevamente por esa casa a ver si la veía a ella extendiendo la mirada por el cristal de una ventana a lo largo de la calle.

La pálida belleza de Ana era cada vez más  distante y su destino más extraño.

Pensó que aquel capricho era solamente un loco afán de compañía  que podría  brindarle un reconfortable consuelo.

Ella no se animaba a moverse, parecía suspendida en un encierro permanente, como paralizada y atrapada entre los muros de la casa.

Cuando la noche invadía todo, ella parecía lista a estremecerse en la vigilia.

Al mirarla desde la calle asomar por los ventanales mientras caía la lluvia estiada de la noche, extrañas ideas lo agolparon.

Entonces al verla comprendió que la amaba.

Erró toda la noche espantando el sueño, a lo largo de la ciudad descomprimida.  Quería que apareciera ante él, Ana y su belleza melancólica, con sus grandes ojos negros, provocando el ensueño de sus alterados sentidos.

Nunca imaginó que se enamoraría de ella.

Finalmente siempre terminaba viajando de Mérida a los pueblitos.

5

Ana parecía atontada observando volar mariposas de colores.

Estaba cansada de la cotidiana ciudad y quería irse a vivir a alguna ciudad menos ruidosa y festiva, más tranquilo. Resguardada en la casa,  permanecía varios días mirando por los ventanales, la realidad de la vida citadina.

Por ese tiempo comenzaron a caer los telones de lluvia  apaciguando sus cantarines sones contra los asfaltos reventados de la calles.

Súbitamente a la mente de Ana vino el recuerdo del rostro de su padre como un vaho, perceptible y al mismo tiempo tan notorio, que sintió un mareo. Era el rostro de un hombre joven y aguerrido y para ese entonces ella era una adolescente que escribía memorias con una letra exquisita.

Al otro día salió de la casa, ya cuando la lluvia había amainado, dispuesta al viaje que la sacaba de Mérida. La recibió la monótona y agitada vida de la ciudad que  ahogaba la visión de sus ojos.  Toda la ciudad era un versículo rondado por las lluvias de la noche pasada y poblada de los sonidos  discontinuos de sus habitantes.

Un transeúnte que pasaba le preguntó si pensaba dar un paseo y ella que no quería hablar  terminó perturbándose.

Abandonó la calle y siguió su vida lejos de los desconocidos impulsos de los hombres de la ciudad. Se embarcó en una flota que transportaba tabaco y compró un tiquete para viajar en primera clase.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Quien dejó la herencia ?
    Cuando tomo Ana posesión de la misma?
    No he leido con atención y no se trabajó este aspecto en el relato?
    Me parece que la historia quedó abierta. La siento como el primer capítulo de una novela. Será que si?

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