Viaje a la ciudad central. Autor: Fran Nore

 “…y si el amor existe, qué cosas dices…”

1

   Una bonancible mañana de domingo, Lisardo tomó el carro hasta La Estación Desértica, puerta que se abría a la inmensidad del Sur.

Tomó el bus hasta La Estación del pueblo y luego el tren que lo conduciría en la tarde hasta su destino, volvía a Ciudad Central.

Era un viaje fatigante.

Los turistas, sobretodo, conformados por amas de casa, obreros y estudiantes en vacaciones, hacían tumulto en los vagones con sus pesados equipajes.

Ahora vagamente recordaba los rostros de sus primas, que pudo de nuevo palparlos en medio de las brumas del recuerdo, acercándose con las voces del pasado Y CON LA SENSACION DE QUE EL VIENTO TRAE LOS ROSTROS.

Esa mañana de domingo veraniego, Lisardo era solamente un pasajero más, sentado en el interior de los vagones atiborrados de turistas, COMO UNA SOMBRA MACILENTA.

Llevaba poco equipaje, unas cuantas cosas y un fiambre.

Las panorámicas del Sur que se abrían ante sus ojos, aparecían frescas y lozanas, con relieves extraños y geométricos, asomaban vegetaciones xerofíticas, pues el inclemente sol parecía evaporar de la tierra todo residuo de agua. Le parecieron siempre a Lisardo tierras extraordinarias las del Sur, mientras El Expreso Tardío se adentraba cada vez más en lo inexorable.

Disfrutaba del paisaje con un mutismo absorbente en contraposición de la alharaca de los turistas, sus ojos fijos en la lejanía de las montañas grises y las serranías amarillas dándole al paisaje un viso marciano.

Súbitamente a su mente vino el insaciable recuerdo del rostro de Daciris como un vaho, pero resultaba ser imperceptible y al mismo tiempo tan notorio como el viaje entre las tierras del sur.

2

Lo recibió la monótona y agitada ciudad.

El cansancio del viaje ahogaba la visión de sus ojos y la luna pequeña y anclada en la distancia crepuscular asomaba tímidamente entre las cúspides de los rascacielos de Ciudad Central.

Los ciudadanos saltaban de un túnel a otro, de una calle a otra, como una jauría de perros salvajes vagando enloquecidos.

A cierta distancia divisó la casa de Daciris, en el epicentro de una calle iluminada su fachada por los rayos lunares, los techos estaban cubiertos por las umbrátiles ramas de una ceiba gigantesca donde venían  a anidar las aves viajeras.

Por los relucientes cristales de las ventanas de la casa se veían los interiores de unas estancias amplias y bien decoradas, se veía movimiento de personas y Daciris parecía aproximarse exhausta hacia algún objeto o no era muy seguro si lo llevaba entre las manitas.

Lisardo continuaba por la calle, el resto del trayecto a pie, dando zancadas, parecía feliz por vez primera, tal vez por la sensación del  regreso y el paisaje que se le abría con la  avenida de carros al fondo pitando como cocuyos gigantescos y, la casa de Daciris a un flanco Y, HABERLA VISTO, estimulaba su anterior melancolía.

La belleza de Daciris  alejaría todas sus fatigas.

Caminando hacia la casa, con la mirada ansiosa y una emoción iluminando un poco su lúgubre rostro invadido por los poderosos embates de la zozobra.

Pero al entrar de lleno a la calle, el viento revoloteó por doquier sus descuidados cabellos.

Caravanas de negros y rojos carritos querían  devorar los pavimentos.

Y dentro de la casa de Daciris sólo descubrió la sofocante vida cotidiana y nocturna de sus habitantes refugiados entre paredes y cuartos extraños.

Al llegar a la puerta tocó y nadie contestó a su llamado.

Esas mujeres que pensaba encontrar  vivían encerradas dentro de esa casa, nunca estaban aunque las viera.

Al mirar hacia las ventanas de cristales ya borrosos, invadidos por la lluviosa escarcha de la noche, Lisardo ya no estaba muy seguro de haber visto a Daciris o a una anciana sirviente.

Toda la ciudad era un versículo rondado por las lluvias de la noche,  poblada de los sonidos  discontinuos de la emergente ciudad.

3

Pensó que los mejores años de su vida había querido ser a última hora el hombre feliz, pero se dijo que todo había acabado y seguía la tristeza del suicidio.

Recordó a sus padres: su madre pobre y su padre santo. Y descubrió que era un hijo más del Sur, que vertería su sangre en la tierra.

Ahora albergaba sentimientos tan confusos.

Recordó a sus primas en aquel pueblo lejos de la civilización, inmersas en las frías paredes de aquella huracanada casa del pasado.

Y también recordó a Daciris que a las luces de la noche abría los ojos dentro de su casa tratando de alcanzar alguna persona o algún objeto mientras trataba de salir de la estancia o sorpresivamente caminar hacia alguna alucinación llamada puerta, con el rostro  quebrado por el desvelo de las noches interminables, sus cabellos pelambrados  y sus manos temblorosas y frágiles.

Esos tristes recuerdos ahora no aliviaban  la mirada de Lisardo y todo su ser se estremecía de pies a cabeza, lleno de espanto mientras retenía sus amargos alientos.

Sacudió la  cabeza de un lado a otro, su rostro bajo un rictus misterioso y sus manos que no dejaban de temblar.

Los primeros días del regreso de Lisardo, caminaba ruidosamente por las calles, todo el día y toda la noche, incluso espantaba el sueño, a lo largo de la ciudad ondulante de un modo salvaje. Quería que apareciera ante él, Daciris y su belleza melancólica y citadina, con sus grandes ojos negros brillantes, provocando  fugar de ensueño y pasión sus alterados ánimos.

Nunca imaginó Lisardo que se enamoraría de los desplantes de Daciris.

Ahora no podría considerarla ni su novia ni su querida. Pero percibió que Daciris había estado escurriéndose de él desde que había llegado de regreso a Ciudad Central.

Esos primeros días de su regreso a la ciudad,  sí, lo repito, solía caminar fantasmalmente por las calles, desde tempranas horas de la mañana hasta entrada la noche Y PLANTARSE FRENTE A LA VENTANA DE LA MUCHACHA COMO UN INVESTIGADOR, cuando creía que Daciris espantaba su sueño mientras extendía la mirada perdida asomada por la ventana de su casa a lo largo de la avenida en la distancia.

Ambos parecían estar asaltados por vacíos pensamientos que pasaban veloces por sus cabezas, sumidos en una tristeza incierta.

Lisardo  percibió que había estado escurriéndose de él desde siempre. Y se sintió apesadumbrado. La pálida belleza de aquella mujer  era cada vez más  distante y su destino más extraño, pensaba que aquel amor era solamente un capricho loco de su afán de poder, que le brindaba un reconfortable consuelo.  Ella no se animaba a moverse de su cálida casa, parecía suspendida en un encierro permanente, en cuarentena quizá, como paralizada,  queriendo huir de los fantasmas caseros que la atrapaban, enojadiza, entre los muros inquebrantables de la casa.

Lisardo apesadumbrado, pasaba todas las noches frente a la casa de Daciris y ella nunca salía.

Los cantos de los pájaros nocturnos se escuchaban sonoramente  mientras se depositaban en los altos tejados de la casa.

Daciris se despertaba con el canto nocturno de las aves sobre los tejados y  al cabo de unos instantes salía a bailar por los pasillos, embriagada de fantasmal soledad, recorriendo los dormitorios con las luces encendidas.

Parecía notar la presencia de Lisardo mientras bailaba dentro de su casa impregnada del polvo añoso de las alcobas.

Si Daciris estaba cansada de vivir en el ocio y ser  solamente un fantasma en la penumbra de su casa invadida por las profundas marañas de sus pasiones confinadas,  la vida no le abriría sus ojos somnolientos y le sería extraña.

Pues la vida de los alucinados es tan encantadora, palpita en un paisaje áureo que satisface todas los intimas deseos.

Presa de su desamor danzante se refugiaba en su casa de devaneo

4

Los rayos del sol penetraron por las relucientes ventanas de la casa de Daciris, iluminaban un poco el enrarecido ambiente con sus objetos de colección.  Daciris  merodeaba por ahí, abriendo  una ventana y asomándose a contemplar la avenida invadida por los venteros ambulantes. El amanecer poblaba de sonidos furiosos los alrededores. En la soledad emergían de la casa  sombras funambulescas que ni ella ni su madre escuchaban.

Daciris confinada en su casa sobre la  avenida, sin conocer tan siquiera a  sus vecinos aledaños.  Parecía sumida en un viaje insómnico que duraba toda la existencia, viviendo con esas dos mujeres, una que parecía muy posiblemente su abuela y otra mucho más joven que tal vez era su madre, pero que más tarde Lisardo supo se trataba de su hermana.

Vivían en una casa laberíntica y vieja, descascarada. Pero era un lugar seguro y confortable.

Daciris, su madre y su hermana vivían allí felices.

La casa tenía una gran sala, varias habitaciones con aire acondicionado, baños bien acondicionados, un patio trasero y un balcón enrejado con macetas de flores que daba hacia la calle de la avenida ruidosa.

Ellas, sin embargo, disfrutaban del mutismo interior que sumía la casa.

No se sentían, en definitiva, tan solas, si no que ahora con la ampliación de la avenida tenían vecinos laboriosos y propietarios de negocios. Por lo tanto no  estaban incómodas por aquellos repentinos cambios que se desarrollaban por la avenida de la ciudad. . De igual manera nunca se dejaron ver por los alrededores del vecindario ni por la calle de la avenida  siquiera para curiosear. Todo el tiempo se mantenían encerradas en la casa, haciendo sus rutinarias actividades. Nunca visitaron a nadie, porque seguramente no tenían ni amigos ni más familiares, nunca recibieron visitas de nadie, sólo vivían inmersas en un silencio absoluto en comparación con los ruidos cercanos de la metrópoli,  siempre distantes, bendecidas por la soledad.

Las tristísimas cancioncillas de las mujeres comprimían el transitar nocturno de los transeúntes por la avenida.

5

La avenida eléctrica pronto creció entre transeúntes atontados que observaban volar los carros como aves de colores.

Aunque Daciris y su reducida familia estaban agotados  de la vida metropolitana querían darse un descanso prolongado en alguna parte menos trajinosa. Resguardada con su madre y con su hermana en un rincón de la casa  permanecían varios días mirando por los ventanales la realidad de la vida citadina.

En la noche calurosa lluvia  se escuchaban sus cantarines sones que provenían de la casa.

Las mujeres compartían canciones entre sí, apenas expresaban palabras y a veces se comunicaban haciendo señas al aire con los dedos, como inventando un idioma donde todas podían compaginar sin contratiempos sonoros.

Cuando la noche invadía la casa, ellas parecían listas a estremecerse en la vigilia. Desde sus recámaras cantaban himnos de batallas heroicas, enervadas de sublimes  recuerdos familiares y patrióticos.

la vida de ellas transcurría sin altibajos.

En la memoria de Lisardo quedaba grabada una imagen incierta que oprimía de melancolía su razón.

Al mirar a Daciris desde la calle, asomada como un turpial por los ventanales traslucidos, mientras la noche de verano caía con su manto estrellado.

La noche en Ciudad Central refulgía con el cielo estrellado.

Orquestas ambulantes formaban montonera en las esquinas de las avenidas.

En los semáforos en rojo esperaban batallones de carros acelerados.

Transitaban los mendigos en su acostumbrada demencia nocturna provocando pavor y repugnancia por entre los puentes, con los ojos insomnes.

Daciris  carecía de fuerzas para salir a conseguir el amor en alguna esquina.

Pronto, Silvina, la hermana de Daciris, consiguió empleo de secretaria  en El Terminal Aéreo.

Y Daciris y su madre quedaron relegadas a cuidar la casa y hacer oficios.

Solían visitar a Silvina.

Lo que aprovechaba bien Lisardo para verla por la calle, alguna  que otra vez.

También estaba que no sabía a quién acudir para que le ayudara a abordar a la muchacha, pues le parecía indecente increparla delante de su madre.

Hasta que finalmente una tarde se encontraron caminando por la acera de la calle.

Se miraron. Se sonrieron. Ya se conocían.

Y enfrentados uno con otro, con sus ansiosas miradas, solo optaron por permanecer en silencio.

Él se acercó, buscando el pretexto para poder hablarle.

Lisardo fijaba sus ojos en ella que tímidamente desviaba la mirada hacia la vitrina de un almacén. No podía  ocultar su ansiedad.

Él controló su intención  de sujetarla, de tomarla por un brazo, de hablarle sobre sus confesiones.. A su mente llegaron los recuerdos de desazón que experimentaba desde mucho antes de conocerla esporádicamente.

Comprendió entonces que ella estaba sumida como en un estado animal, hipnótico,  donde nefastas emociones la habían hundido en la más profunda melancólica. Tal vez ella no conservaba la esperanza de ver en él a su hombre.

Ahora la tenía tan cerca,  encontrarl por ahí, despreocupadamente.

–        Hola, ¿cómo estás?

–        Hola, muy bien, gracias.

Y pasaron veloces como en una novela inanimada.

Daciris y él estaban condenados a esos encuentros inesperados y fulminantes… La despedida de ambos siempre fue muy emotiva, nunca compartieron ni besos ni abrazos, sólo silencios que comprometían aún más su distancia, asegurando que de vez en cuando mientras vivieran se verían. Era una alianza  escénica entre sus miradas desapercibidas.

Ella albergaba sentimientos extraños para con Lisardo.   Ahora se arrepentía de haber tratado con tanta indiferencia a Lisardo y sentía su ser invadido por una inquietud avasalladora.

Entre ellos el silencio siempre profanó  evocaciones congeladas. Pero entonces Daciris abrió los ojos y descubrió que Lisardo  la amaba con su difuminada silueta al  desvelo de los años, entonces todo en ella  tembló,  albergaba sentimientos extraños para con él. El resto de su vida era ciega.

Daciris  y Lisardo, ambos, por aparte, querían irse del país, tal vez ella a Europa y él a África, seguramente a conocer o a probar suerte recorriendo aquellas tierras remotas.

Pero Lisardo siempre terminaba viajando de Ciudad Central al pueblito llamado Cielo Roto.

De alguna u otra manera hubiera querido irse a vivir lejos del pueblo de Cielo Roto o lejos de Ciudad Central, pero la realidad era otra y se abría ante sus ojos, primitiva y desconocida.

Pensamientos nudosos se agolpaban en la mente de Lisardo.

Los fugaces recuerdos de Lisardo de amar sin sentido y misteriosamente a Daciris quedaban en su mente sin que pudiera contenerlos.

Lisardo sin duda estaba hastiado del mundo turbulento que se tragaba todo ideal, siempre reluciendo una actitud descortés y desatenta.

La soledad que lo agobiaba empezaba  a destrozarle  el corazón,

La noche en Ciudad Central refulgía con el cielo estrellado.

Orquestas ambulantes formaban montonera en las esquinas de las avenidas.

En los semáforos en rojo esperaban batallones de carros acelerados.

Transitaban los mendigos en su acostumbrada demencia nocturna provocando pavor y repugnancia por entre los puentes, con los ojos insomnes.

Pero luego se precipitaba el rocío del nadir.

6

Una apacible mañana de domingo de 1949, Lisardo tomó de regreso el Ferrocarril de Antioquia que pasaba por Caldas y Amagá, puertas que se abrían a la inmensidad del Sur.  Volvía a la casa de sus primas en el pueblito. El viaje volvía a ser  fatigoso. Los turistas, en vacaciones, hacían tumulto en los asientos de los vagones con sus pesados equipajes. Nuevamente venían a su memoria los vagos rostros de sus primas, que palpaba en medio de las brumas del trayecto. ,

Llevaba poco equipaje y un fiambre.

Las panorámicas del Sur aparecían frescas y lozanas, con relieves geométricos, asoma el inclemente sol sobre las vegetaciones xerofíticas y evaporaba de la tierra todo residuo de agua. Le parecieron siempre a Lisardo estas tierras extraordinarias y enigmáticas.

El tren se adentraba como por un túnel, cada vez más en lo inexorable.

Ahora ya no disfrutaba del paisaje como antes. La voz del recuerdo de Daciris lo atormentaba.  Permaneció todo el viaje en un mutismo absorbente en contraposición de la alharaca de los turistas embelesados. Sus ojos perdidos en la lejanía amarillenta.

Volvería a Caldas, llamado el pueblo de Cielo Roto, donde sus primas que habitaban una casa de bareques viejos en el centro del pueblo, otra vez con las manos vacías. Pero también podía dirigirse hacia Amagá donde su tío, dueño de una finca cafetera muy fértil de la región, pero le parecía poco probable, porque la finca estaba bastante internada dentro de una vereda. Incluso había pasado algunos días allá que le parecieron monótonos y eternos. Como un errante de allá para acá, reflexionando sobre su vida. Todo el pasado se manifestaba  en su mente , el presente le daba vueltas y el futuro aparecía ante él undívago y misterioso destino irremediablemente conectado al amor que sentía por la atristada Daciris. Sus primas, Daliza y Demiana, eran dos mujeres solteronas, envueltas  en una acre juventud espasmódica. Solo pensaba en Daciris, que era más joven y bonita, a la que había dejado otra vez aislada en la casa de la calle de la  avenida.  Luego el tren hizo su parada en Caldas y él se bajó con un caminar  cansino en la estación El Paso, donde había un ajetreo de personajes rústicos con mercancías pesadas. Permaneció inmóvil hasta que la estación quedó vacía y él en medio de la dejadez y de una realidad zumbona  en sus oídos, estremeciéndolo. Le pesaba su valija y sus pies los sentía desgarrados. Se  sacudió la cabeza con sorna, quería desprenderse de su cuerpo, hacer volar su alma y su imaginación hacia las esferas del destino, de su futuro desgarrador. Pero tenía que continuar su ruta no importando que lo amedrantara aquella soledad invasora.

 

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Mujeres esquivas y lejanas encerradas en el mundo reducido de las cuatro paredes de su casa.
    Ana y Daciris comparten similar destino.

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