Noche de muertos en Michoacán. Autor: Jorge Varela Martínez Negrete

Como cada noviembre las almas de los difuntos vuelven al lago. Por coincidencia o no, retornan con las monarcas, las mariposas que cada año por estas fechas vuelven desde Canadá a los bosques de oyamel que rodean la meseta tarasca. Asi que nuevamente emprendo el viaje para reencontrar espíritus perdidos, y quizás con un poco de suerte pueda encontrar ahí mi espíritu errante.

En Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán abordo el camión que me llevara en busca de mi destino. Con algo de comida en la mochila y un  libro para leer (La montaña de las mariposas de Homero Aridjis) tomo el camión con destino a Tzintzunzan, no es el trayecto más corto pero sí el más interesante. La mayoría de mis acompañantes de trayecto son Purépechas que vuelven a sus pueblos después de haber llevado sus mercancías a la central de abasto. Las mujeres envueltas en sus rebozos de colores azules y grises cuidan de sus hijos que comen fruta de temporada, los hombres son significativamente menos, casi todos vestidos con camisa americana y gorra de beisbol; No hay duda la mujer es más persistente en cuanto a las costumbres de nuestra sociedad.

Es el día de tianguis en Tzintzunzan, en el atrio del convento franciscano se tienden los puestos con hongos, nopales, leña, ropa de manta, huaraches, y otros artilugios pero sobretodo se venden flores y candelas para honrar a los muertos, los mantones lucen un color naranja calabaza con las flores de cempasúchil, la flor de los muertos y junto a ellas atados de velas de parafina amarradas en pares por su pabilo que esperan con ansia que caiga la noche donde habrán de brillar. Al fondo el convento de Santa Ana con su capilla abierta y sus viejos olivos que se dice planto Don Vasco y que fueron traídos de España.

Este lugar sirvió de una especie de refugio para los indígenas que eran protegidos por un joven monje franciscano llamado Fray Jacobo Daciano y donde él, aun siendo príncipe heredero a la corona de Dinamarca decidió dejarlo todo y venir a América a luchar por los derechos de igualdad de los indígenas. Daciano Escribió el tratado “Declaración del pueblo bárbaro de los indios” pero posteriormente fue obligado por la inquisición a retractarse. Bien por este “príncipe” Daciano que lucho desde el principio de “la larga noche de los quinientos años”.

Sobre el pueblo de Tzintzunzan están las “Yacatas” que son las ruinas de lo que fue el reino de Tariácuri, el caltontzi purépecha que dominó la región y que nunca pudo ser conquistado por los Mexicas, pero a los purépechas no les sucedió igual con los conquistadores españoles y fueron traicionados por el sanguinario Nuño de Guzmán lo que ocasionó que toda la región estuviera en guerra hasta que la corona española, con buen tino envió a Don Vasco de Quiroga que sin ser un fraile ayudo a fomentar la calma entre los indígenas, enseñándoles a cada uno de los pueblos un oficio diferente con lo que promovió la unidad interior de sus gentes. Don Vasco fué ordenado sacerdote e inmediatamente obispo a la edad de 68 años y nunca fue muy querido por los nobles que inclusive dejaron Pátzcuaro para fundar Valladolid la que hoy es la ciudad de Morelia.

Para llegar a las “Yacatas” puedes hacerlo de dos formas; una es subir en el coche o lo puedes hacer a pié por un sendero que parte desde la plaza, la vista desde las ruinas con el pueblo abajo y en el fondo el lago y las montañas de la meseta tarasca bien valen la pena. Dar un recorrido por las ruinas laberínticas en forma ovalada te hará pensar que quizás y el purépecha aquí venía a descansar y que este es un buen lugar para absorber la magia del “lugar de los colibríes”.

El sol comienza a caer a sí que es hora de volver al camino, esta vez consigo un “aventón” con un señor que en su camioneta de redilas se dirige a Pátzcuaro que no está muy lejos de aquí, la carretera bordea el lago para después internarse tras una pequeña montaña y conectar con la autopista que viene de Morelia. Me bajo en el embarcadero ya que apenas hay tiempo de tomar la lancha que me llevara a las islas.

En el muelle todo está a reventar, es la fiesta más importante del pueblo y hay gente de todo México así como de varias partes del mundo. La mayoría se dirige a Janitzio la más grande de las siete islas, pero esta no me interesa, busco alguna lancha que vaya a la isla de la Pacanda que es una pequeña isla donde aún se conservan las tradiciones originales y hay pocos turistas, pero hay un problema, está noche no hay embarcaciones, como es tanta la gente que va a Janitzio todas las lanchas van para allá. Alguien me escucha y me sugiere que me embarque en una de ellas y ya en Janitzio contactar con algún lanchero que me ayude a terminar el trayecto.

Cae la noche y el muelle de Pátzcuaro parece que se va a hundir. Ríos de gente que buscan cómo llegar a la isla, así que hago como me lo sugirieron anteriormente y abordo la embarcación que va a Janitzio que por cierto va atestada de turistas listos para el jolgorio, cerveza tequila y ron, vasos con hielo y bolsas de papitas, definitivamente ahí no voy. En la barca comienza la música de banda, sacan a las muchachas a bailar, el barco se menea ojala y no se menee de más.

La noche está oscura, la luna no ha salido aún, solo las luces de navegación marcan el camino de las lanchas que vienen y van, a lo lejos se ve Janitzio, un pueblo que centellea reflejado en las tranquilas aguas del lago, ya cercas del muelle veo por estribor un grupo de cayucos de madera de las llamadas “mariposas” que extienden sus redes para pescar el pescado “blanco” y que han salido esta noche para también honrar a sus “muertos”.

Atraca la lancha en el muelle y el espectáculo es el de un autentico pueblo pirata en los mares del Caribe, no está mal para el que busca el desenfrene pero no es a lo que he venido, camino un poco tratando de conseguir transporte a la “Pacanda” que se encuentra a dos islas de aquí pero va a estar difícil ya que todos están atareados con la multitud que viene de Pátzcuaro y no quieren perder esta oportunidad, camino un poco entre los callejones hasta que doy con Don Eladio, un señor ya entrado en años y que mira con la calma que da el tiempo como si su isla se transforma en un bacanal. __No me gusta esto, pero que le vamos a hacer__ me dice don Eladio, __Es el precio de la fama, yo creo que ya ni “muertos” tenemos en esta isla, pero la gente sigue viniendo y nosotros vivimos de ellos, asi que a cuidar lo que nos queda y no dejarnos llevar por esa ingratitud del dinero que al final todo se lo lleva. __ ¿Cómo voy a la Pacanda? Le pregunto a don Eladio. __ ¿Y a que vas allá? Si ni hay gente, no hay restaurantes, es más ni música hay, mejor diviértete aquí un ratito y luego te llevamos al panteón para que veas los incendios. __No don Eladio eso que me dice no es lo que ando buscando por eso quiero ir a la Pacanda. __Pués mira, la única forma de que llegues ahí esta noche es que vayas al embarcadero y preguntas por Nicolás, el es de por allá, no creo que tenga tiempo pero a lo mejor y tiene algún encargo y te lleva. Pués asi le hice y en menos que lo que dura una canción de Vicente Fernández ya estaba arriba de la piragua de Nicolás con rumbo a la Pacanda eso si bien sudoroso por que había que remar.

Si, la piragua de Nicolás era de remos no tenía motor pero al fin y al cabo esto me gusta asi que comenzamos los dos a remar en medio de la noche oscura del día de muertos. Poco a poco nos fuimos acercando a La Pacanda que es una pequeña isla circular de unos dos kilómetros de diámetro con forma de cono volcánico, el pueblo está en la parte alta asi que sus luces no se reflejaban tanto en el agua como en Janitzio. El muelle estaba solitario, no había ruido ni nadie con quien hablar. Nicolás solo iba por su teléfono celular que había olvidado en la lancha de su compadre, asi que me dio indicaciones para que continuara con la busca de mi espíritu. __Vas a subir por esta escalinata y al llegar a lo más alto vas a ver una plaza, en la esquina de este lado vive don Rodolfo Morales, vas a su casa y le dices que yo te envío. El te va a ayudar mucho, su padre murió hace menos de tres meses asi que su alma todavía anda por aquí.__ con estas indicaciones de Nicolás partí en solitario por las escalinatas del muelle de la Pacanda.

La Pacanda es una de las siete islas del lago de Pátzcuaro, está situada en el centro del lago muy cercas de la isla de Yunuén, prácticamente es autosuficiente y hasta cuenta en el centro de la isla con un pequeño abrevadero abastecido de un manantial donde se cultiva trucha y pescado blanco. Hay una capilla donde cada quince día viene un sacerdote de Tzintzunzan a celebrar la misa, tiene un comité de la comunidad indígena como principal forma de gobierno y su lengua principal es el purépecha, casi todas las casas tienen sus huertas y sus canoas donde salen a pescar. A la isla normalmente se puede llegar desde los embarcaderos de Pátzcuaro y del de Ucasanástacua y no te tomara más de una hora.

Dejo el muelle y subo por la cuesta, no se escuchan ruidos ni música, la gente parece estar resguardada en sus casas, que diferencia con Janitzio, por un momento y hasta dudo que vaya a encontrar la ceremonia del día de muertos aquí. Por fin llego a lo alto y sigo las indicaciones hasta que doy con el lugar. La Casa de Don Rodolfo luce estupenda pero no se encuentra de momento, asi que es su hija Araceli quien me recibe muy atenta. Tras cruzar una puerta de madera cubierta de buganvilia llegamos a un pequeño jardín en el frente de la casa, luego un corredor con techo de alero y plantas en macetas de barro, ya dentro de la casa hay un lugar donde sentarse y lo que parece ser la recamara principal está ahora acondicionada para el altar en honor de Don Sixto que ha muerto hace menos de 60 días, Don Sixto tenía al morir 92 años y según dicen “murió de muerte natural”, él había sido el guía de esta isla por más de cuarenta años logrando mantenerla aislada de muchas de las nuevas costumbres de tierra firme, ahora Don Rodolfo ha tomado su lugar y dirige los destinos de esta isla ubicada en el ombligo de México.

En la habitación de honor pintada de color verde pistache hay un altar en varios niveles forrado con papel de china picado, donde se colocan frutas, panes, y las botellas de charanda que le gustaba tomar, también hay cosas que le pertenecieron, su sombrero, una soga y un remo de su canoa. En la parte más alta y custodiada por dos cirios está la foto de don Sixto, con expresión seria como la de todas las fotos antiguas. Me siento en una de las sillas que hay a un costado y nadie habla, junto a mí se encuentra también una familia de amigos de Araceli que ha venido desde Guadalajara y que se sienten muy honrados por haber sido invitados a esta ceremonia.

De la cocina sale doña Julia esposa de don Rodolfo que después de saludarnos comienza a rezar en purépecha las oraciones de rigor. Que orgullo ver a estas personas que conservan se lengua y la comparten con nosotros, así los rezos continúan y todos la acompañamos mientras el silencio quiere adueñarse del lugar.

Cerca de la medianoche aparece en el umbral de la puerta Don Rodolfo. Cara grande ovalada con mucha personalidad; después de las presentaciones y darnos la bienvenida nos platica que a los muertos recientes se les honra durante tres años consecutivos, para después dejar partir su alma. Después de permanecer en silencio un momento nos indica que es hora de partir hacia el camposanto. A todos nos toca llevar algo, ya sea el balde con flores y agua, o los atados de velas, o la canasta con la comida. Formamos una fila y vamos por las calles del pueblo que comienzan a llenarse. Pasamos a un costado de la iglesia que cada 15 minutos toca las campanas a duelo, seguimos por el largo callejón de piedra bola de río hasta que atravesamos el arco del panteón que es donde comienza el cementerio. Aquí las tumbas son a ras de suelo y los cuerpos solo se cubren con la tierra que les cae encima, asi que montículo tras montículo el panteón se va llenando así Pasando entre los entierros llegamos hasta donde está el lugar donde se encuentra enterrado don Sixto.

Lo primero que hacen las mujeres es limpiar la tierra para luego colocar los petates donde acomodan las canasta con flores, comida y bebida y que no deberá de regresar a la casa de donde vino, después se cubre el montículo con las flores naranjas de cempasúchil, luego las frutas, los panes y los alcoholes, para por ultimo colocar los cirios a su alrededor, la cantidad de velas es tan impresionante que fácilmente llegan a contarse hasta cincuenta por difunto.  Cuando ya está todo listo se saca la canasta de la comida que se comparte con sus allegados, corundas, tamales y atole, que se comen en silencio. Después Don Rodolfo como jefe de la familia y el más cercano al abuelo que ha muerto se descubre ante la tumba de su padre y en silencio entra en comunicación con su espíritu sabiendo que en algún momento asi lo harán por él, a su alrededor sentadas en los petates están las mujeres que calladamente y envueltas en sus rebosos azules y grises, envuelven también con ello su orgullo purépecha, el que las hace mantener vivas sus tradiciones.

Cuando llegamos el panteón este se encontraba prácticamente a oscuras pero paulatinamente se ha ido iluminando con cada una de las velas que encienden por las familias del recordado. El espectáculo que queda ante mis ojos es maravilloso, miles de velas que centellean entre las flores naranjas de cempasúchil, rebozos y canastas, hombres y mujeres que mantiene su tradición.

Ya son cerca de las tres de la mañana, poco a poco la gente se va durmiendo unos cuantos se quedan en vela, ahora no queda más que entrar en comunicación con ese ser que se nos ha ido y que quizás en esta noche de muertos se haga presente ante nuestros pensamientos. Momento de conexión. El silencio, las luces de las velas que centellean en la noche, el olor a flores, la luna que por fín se ha dejado ver y que ilumina el lago, un viento ligeramente frío que te roza la cara, los pensamientos vuelan, que mejor forma de honrar a los Muertos, todos juntos, no a solas, no en la oscuridad de una cripta. Aquí el cuerpo del difunto está a centímetros de donde tú estas parado, solo una pequeña capa de tierra lo separa, a los muertos se les recuerda con alegría y con la certeza de que algún día nosotros seremos los que estemos dentro del montículo aterrado frente a mí.

La noche termina y el sol comienza a  despuntar, cuando la lancha de motor me lleva de regreso a Pátzcuaro. En el muelle solo quedan restos de la noche anterior. Una pestañeada en el hotel y luego a dar una vuelta por el pueblo. Las plazas; la de doña Gertrudis y la de don Vasco, las casas; la de los once patios y la del gigante, las iglesias; la de la compañía y el santuario  de nuestra señora de la salud, pero lo mejor, sentarte a la sombra de los viejos fresnos de la plaza Don Vasco rodeado de antiguas casas de tejados colorados.

Dejo con tristeza Michoacán, la tierra purépecha que a pesar de los quinientos años aun habla su dialecto, se viste con sus ropas y come sus exquisiteces; tierra que ha sabido hacerle un hueco al progreso sin desdeñarlo; tierra de lagos, volcanes y montañas; Pátzcuaro, Santa Clara del Cobre, Zirahuén, Quiroga, Uruapan, el Paricutín, Tzintzunzan y muchos pueblos más; tierra de artesanías, de textiles, de cerámica, de madera; Tierra de hombres extranjeros que le han querido y le han cuidado como Daciano, Don Vasco de Quiroga y hasta J.M.G. Le Clezió; pero sobretodo Michoacán es la tierra mexicana que ha sabido permanecer autentica a pesar de ser parte de esta brava tierra de volcanes.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Super interesante conocer los rituales mexicanos de celebración de la noche de los muertos.
    Me ha gustado este relato que contiene tantos datos sin ser pesado.

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