Tríptico de viaje. Autor: Fran Nore

VIAJE A AMERICA

 

Milagros y yo veníamos  de Europa a probar suerte en las tierras americanas.

Llegamos a Cielo Roto perdido en el mapa de América.

Queríamos comprar tierras y nos recomendaron visitar aquel poblado y conocer sus valles aledaños.

El viaje duró dos días.

Conocimos un valle donde estaba construido un antiguo caserón.

Los guías nos presentaron  al dueño de aquella hermosa tierra, un hombre llamado Leonardo que vivía con dos mujeres. Le propusimos el negocio de que nos vendiera un lote.

Como anocheció rápidamente, el amable hombre nos ofreció hospedaje y comida. Y esa noche la pasamos allí, conociendo la vida de los caseros.

Era una casona espléndida.

Al amanecer salimos de la Casa y retornamos al pueblo.

A la semana siguiente ya teníamos comprado un lote en aquel paradisiaco valle.

Construimos la casa más bella de los alrededores.

Milagros y yo pudimos abandonar el hotel del pueblo y nos trasladamos a vivir a la nueva casa en el valle.

La casa estaba conformada por dos salas, seis habitaciones grandes, dos cocinas  amplias, dos dormitorios para huéspedes, cuatro baños, una piscina de inmersión, dos patios enrejados, un balcón con vista al valle.

Pero los propietarios del valle también vendieron cerca a nuestra casa, un lote más grande, a otros inversionistas que estaban por el pueblo adquiriendo tierras para construir y trabajar. Allí se instalaron otras familias.

Entonces el valle no dejaba de recibir forasteros de otras tierras cada vez más con las pretensiones de instalarse y construir magníficos albergues.

Ya no estábamos tan solos, ahora teníamos un montón de nuevos vecinos por conocer y nos sentíamos incómodos por aquella repentina invasión.

Los nuevos vecinos eran ruidosos con sus aparatos musicales cuando hacían sus fiestas domingueras.

 

 

Milagros estaba preñada.

Por fin veía consagrado mi sueño de formar una familia.

Ahora la felicidad se instalaba en mi vida con la bienaventuranza del advenimiento de la criatura que crecía dentro de Milagros.

Milagros cobró rubicundas fuerzas, se vistió de gala con las flores del valle, cubrió su rostro con mantilla de seda.

 

Nació Sofía.

Los nuevos vecinos vinieron a visitarnos con la intención de conocer a nuestra hija.

Cuando se marchó el invierno por entre los arroyos del río y llegó el rápido verano con sus florecientes promesas de alegría, Milagros comenzó a sufrir temblores de calentura espasmosa. Aún así no descuidaba a Sofía que era todo para nosotros: bendición excelsa de nuestro amor.

Milagros se sentía agotada.

Trataba de subirle su decaído estado de ánimo. La atmósfera del valle la influenciaba a esa emoción dispar.

La abrazaba, protegiéndola, la acariciaba y le susurraba canciones, parecía estar reducida a comportarse como una niña  marginada.

Sus ojos suplicantes en medio de su rara debilidad visionaria, alzaba la mirada por entre las ventanas de la casa hacia las lontanas montañas sospechando que iban desapareciendo con la niebla, que se reducirían a montones de arenas prehistóricas.

Luego se resguardaba en un rincón de la casa y permanecía varios días escondida.

Su desvarío empezó a atemorizarme.

Sofía notaba las raras actitudes de su madre, Milagros lograba asustarla.

Empecé a creer que se estaba volviendo loca.

Milagros estaba confundida. Apenas hablaba, guardando sus temores, tenía los ojos desorbitados.

Me ocasionaba encendidas expresiones de tormento.

Estaba ebria de desquicio, delirante.

Sentí que se reventaban también mis nervios.

Y ella temblaba como si tuviera mucho frío.

Examinaba su frente y le sentía fiebre, los ojos enrojecidos. Estaba de súbito perdida en la locura, sollozando lágrimas trémulas.

Cada día que pasaba era peor.

Su desvarío estremecía mi sueño.

Hasta que una mañana en que el verano prometía flores del regreso, ella no pudo levantarse del lecho.

Su marchita belleza salpicada de restos de alas de mariposas.

 

La muerte calmó su locura y sepultó mi vida.

Cavé su tumba en el alto de una colina.

Al funeral fueron los habitantes del valle y la pequeña Sofía sosteniendo en sus manitas ramos de flores vistosas.

Lánguidas mujeres cantaban con incógnita tristeza mientras el viento traía sus mieses enlodadas.

Muerta Milagros, estaba enervado de recuerdos, arrastrado al desconsuelo.

Deseaba que me sobreviniera alguna enfermedad doliente, tristes pensamientos giraban en mi cabeza aturdida. Ignoraba qué había visto Milagros y cuál era el origen de su inesperada locura y muerte. Su imagen quedaba en mi mente con un sabor incierto.

Las tristes canciones de despedida de las mujeres  oprimían de melancolía mi corazón.

Sofía aparecía inmóvil, pálida como una pequeña estatua.

Al mirarla, extraños sentimientos se agolpaban en mi cerebro intentando hallar una solución para su desamparo.

La hermosura de la niña no contrastaba con la taciturna ceremonia de sepultura de Milagros.

No lloré, no podía, pero mis pupilas estaban enrojecidas.

El viaje del hombre es uno solo: el de llegada y el de ida. Pensé.

Luego cayó la tarde.

 

Fueron pasando los meses en que su recuerdo perturbaba mi paz.  Me perseguía y se apoderaba de mí, lánguidamente.

Las noches permanecían sin estrellas, las orquestas de cocuyos habitaban las hojas de acantos, en un segundo batallones de zancudos provocaban zumbidos abismales.

Al amanecer, la lluvia caía sobre el valle formando huellas digitales sobre la hierba.

Sofía salía a jugar con la lluvia. Mantenía los rasgos característicos de su extinta madre: ojos negros profundos, el espeso cabello oscurecido alrededor de su cándido rostro y su sonrisa deslumbrante.

 

Con la muerte de Milagros comenzó a alimentar resquemores.

Se mantenía distante de mí.

Sin Milagros estaba desorientado con la crianza de Sofía,

Alguna vez me arrojó piedras.

Su indolencia me sorprendió y la entré a la casa reprendiéndola.

La castigué, impidiéndole volver al valle para continuar con sus travesuras. Perp no estaba dispuesta a dejarse orientar por mí.

Sus agresivos juegos incluían caminatas nocturnas por el valle para espiar a los enamorados de las casas vecinas, cazar mariposas que ingería,  dibujar burlescos.

La aislé en su recámara y luego decidí enviarla a Europa con mi madre.

 

Por mi mente pasaban los recuerdos implacables.

 

EL VIAJE DE CHRISA

 

 

 

Chrisa empezó a escuchar en la distancia el corazón de Nolasco, que se fue acercando a su vientre y empezó a latir.

Supo que tendría un hijo de él.

Con la certeza de estar embarazada se refugió en la soledad de su habitación mientras su belleza se fugaba.  Era un gran acontecimiento sentirlo vivo dentro de ella. Ni en la maternidad logró reponerse de las bruscas impresiones de su alma, inspiradas por la crueldad inhumana de la guerra.

Pero cuando las mujeres de las casas aledañas empezaron a notar que le crecía la barriga, la acosaron a preguntas, querían saber el nombre del semental. Ella seguramente pensaba que Nolasco estaba muerto.

La guerra empeoraba.

Dentro de la Casa se leyeron las últimas notificaciones de las tropas en las guarniciones. Las mujeres se consolaban reunidas y envueltas en una senil nebulosa y parecían amedrantadas. No sabían quiénes de sus esposos habían muerto en la guerra. Pero cuando supieron los nombres de los caídos, se arrancaron los cabellos y gritaron como locas. Y cuando mencionaron el nombre de Nolasco para Chrisa perdió sentido esperar.

 

Chrisa empezó a sentir los dolores del parto prematuro cada vez más fuertes, como una fiera herida, sosteniéndose en las paredes que crujían, se incorporó débilmente.

La  socorrió Brunilda, otra mujer que había perdido a su enamorado.

Cuando ambas abandonaron la reunión, en el camino hacia la casa de Chrisa,  la criatura se le salió del vientre.

Brunilda pidió ayuda a gritos. Pero nadie pareció escucharla.

Entonces Chrisa se abrazó a un bollo visceral que había sido expulsado de sus entrañas y que lloraba ensangrentado envuelto entre sus vestidos.

Chrisa estaba a punto de desplomarse.

Brunilda le aconsejó que se quedara quietecita mientras ella buscaba ayuda. Comenzó a suplicarle para que no la dejara, pero Brunilda ya se alejaba dando gritos enloquecidos. Chrisa, debilitada, salió tras ella, con torpes pasos.

Los paisanos corrían gritando que la guerra también los alcanzaría. La noticia de la muerte de los soldados provocaba que alzaran los brazos al cielo solitario.

Chrisa estaba gastada. No sabía si la criatura de carne ensangrentada que tenía entre sus brazos era un niño o una niña.  Como si despertara de un sueño trunco, escuchaba las fuertes lamentaciones de las mujeres abandonadas. Hasta que la tempestad desencadenada sobre el valle apagó las voces, los latidos de sus corazones.

Chrisa se sintió desorientada. No sabía con certeza qué maldición se avasallaba sobre los pobladores del valle.

 

Por los baturros céspedes del valle, aparecieron las huestes fantasmales de los soldados muertos de caras execrables.

Los difuntos combatientes interpretaban blancos instrumentos en una fúnebre música de loas funerarias que le heló la sangre en las venas. Y entonces reconoció entre ellos a Nolasco.

Creyó que  estaba  delirando  por los efectos del parto. Pero los muertos eran  reales, venidos de ultratumba. Unos danzaban y otros cantaban formando un cotillón  de  barbianes.

Cuando Nolasco la vio se le acercó como queriendo tocarla.

Ella corrió visiblemente asustada, cargando la criatura.  Los silbos apocalípticos del viento y los lastimeros ululares de los resucitados la aturdían.

Entonces comprendió que debía prepararse para un largo viaje sin retorno, pues los zaratanes difuntos, envueltos en sus bataholas, en danza simoniaca, desesperados por encontrar sus pateras cinerarias, querían darle alcance y llevársela con ellos a sus barruntados carcamales, sin oportunidad de salvar a su pequeño crío.

Se sacudió la cabeza. Se levantó  y continuó.

El crío lloraba sobre su vientre.   Era un niño.

No dejaría al niño a lo inesperado, ahora que era su esperanza para alimentar el amor que sentía por Nolasco.

Abandonó el valle invadido por los difuntos soldados que la acosaban y que al descubrirla con el recién nacido intentaban arrebatárselo.

En su fuga, voces y  despavoridos momos de los últimos moradores iban y desaparecían al bramar del viento de la noche que sacudía  los bosquecillos borrascosos.

Cuando se aventuró hacia la inexorable intemperie del valle pensó que se los tragaría el salvaje viento. Pero se protegía de los temblores y de los caminos en ignición que provocaban enormes grietas en la tierra.

Quería estar segura que no le darían alcance los agónicos espectros de la guerra.

Entonces emprendió el viaje de huida.

Alcanzó  los caminitos  hacia los  bosques donde se empezaban a amontonar los fragmentos de las casas desgajadas del valle por  el viento sub lunar.

Las almas de los soldados querían devorarla junto con el niño. Pero ella sacudió de sus ojos aquellas visiones.

Sentía la azotaina del viento borrascal ajando su piel desnuda. Se escondió de sus perseguidores y reposó desfallecida, metida con su criatura en una caverna vacía, abierta en el boquete de la roca de una montaña. El niñito lloraba y temblaba de frío envuelto entre telas desgarradas, sacudido por fatales indicios. Cuando salió de la caverna, había dejado de temblar sobre la tierra. Trepó por un desfiladero con sus últimas fuerzas y en lo alto vislumbró la desaparición del valle.

El cielo nocturno era como una mancha bituminosa.

Entonces Chrisa se armó de valor. Y se echó a andar por sendas que no conocía.

 

Descubrió la estación ferroviaria.

Allí se encontró con los despavoridos sobrevivientes.

La masa de escapistas provenía de los mangles. de los montes de caminos gravosos, de los alcores polvorientos y de las isbas del pueblo  evacuado,  formando una algarada enajenada.

Abrazó al niño contra su pecho sofocado.

En la lejanía se escuchó el ronco silbido del tren que se acercaba velozmente por los raíles de la vía oscurecida.

La multitud conmocionada se agitaba entre exclamaciones de socorro. Los prófugos impacientes, desfallecían de fatiga.

Y el tren parecía acercarse por los villorrios apagados en la noche, con su atronador rugido en la distancia.

Nadie divisaba  la descomunal máquina.

 

“¡Hemos perdido la guerra!”, tronó la voz neblinosa de un hombre de rostro astroso que estaba al lado de Chrisa.

– ¿Quis est il otro?” le preguntó en una vieja lengua

– Es un pequeño pasajero.

El  hombrecillo se lanzó hacia la zaragata, renegando.

 

El tren alcanzó la estación en medio del viento morado de la noche.

La enloquecida riada alcanzó los vagones arrojándose entre globos de sangre.

LA EXPEDICION DE  FRANCISCO RUIZ

1

 

Francisco Ruiz, hombre experimentado y valiente soldado de Mirabel.

Explorador que desde la Real Audiencia de Santo Domingo llegó a La Gobernación de Cartagena en 1535 con la expedición del licenciado Joan de Badillo, encargado de hacerle juicio de residencia al gobernador Pedro de Heredia acusado de múltiples delitos, se había integrado a atravesar, en búsqueda del afamado Perú, la parte septentrional de la cordillera de Los Andes, llegando hasta el río Cauca, nombrado por los españoles el Río Grande de Santa Martha.

Desde Puerto Rico, Francisco Ruiz llegaba a las tierras de Venezuela en 1536 con la expedición del entonces gobernador Antonio Sedeño y se integraba a las tropas conquistadoras del oriente venezolano.

De 1539 a 1546 se establece en la ciudad de Cartago. Pero sólo permanece hasta cuando es llamado por La Real Audiencia de Santo Domingo para abrir el camino ganadero que lo conduciría de la costa caribeña de Cumaná hasta la ciudad andina de Tunja.

En 1546 recibe la  autorización de La Real Audiencia de Santo Domingo, la capital de La Española, sede del arzobispado de la Nueva Granada, de emprender el viaje a la conquista de las tierras andinas.

Conforma su tropa de sesenta hombres y continúa la expedición.

Los hombres, hambrientos y acosados por el frío, siguen a la par de sus acémilas enflaquecidas.

Anduvieron muchas semanas, por sendas selváticas troncadas de montañas agrestes, sorteando los peligros de las selvas.

 

 

2

 

Un atardecer arribaron a un mesón a la orilla del camino.

Con el rostro marchito por el polvo de los senderos, Francisco Ruiz se acercó a tocar la puerta de madera mientras el temporal de la tarde se abría en el horizonte.

Una mujer de labio leporino, dueña del lazareto, salió a su llamado.

– Danos de comer, buena mujer…

La mujer horrorizada por el aspecto cetrino de la cara del viajero,  avisó a los demás habitantes del lugar de la presencia de los intrusos.

De repente se sintieron cercados por una veintena de campesinos de caras lóbregas.

La  mujer incitaba a la turba a atacarlos, gritando poseída por una fiebre divina. ¡Esta es tierra de Dios y tú eres un hereje!

Francisco Ruiz espoleó su caballo y huyó con su tropa de maltrechos hombres de la miserable aldea a la orilla del camino.

 

 

3

 

En la distancia, divisaron la ciudad de Tunja, provincia de viajeros y de peregrinos, en el epicentro de una hermosa altiplanicie.

Iluminadas las fachadas y los techos de las casitas por los rayos solares.

Los caminos hacia Tunja estaban cubiertos por ramas de arboles retorcidos.

Los recibió el jolgorio de la altiplanicie de la pequeña ciudad de Tunja.

Francisco Ruiz bajó del lomo del tordillo, exhausto, quería continuar el resto del trayecto a pie, el paisaje lo estimulaba.

Tenía la mirada cansina y una emoción febril.

Pareció escuchar en el viento voces de bienvenida.

Al alcanzar el primer caserón de la población se echó al suelo y dio gracias  a Dios de haber llegado.

Arrimaron a una posada entre las estrechas callecitas.

Dentro de la posada, sus hombres descubrieron cuartos vacíos.

– ¿Hay alguien aquí?

Y nadie contestó a sus llamados.

Cayó el manto de la noche sobre la pequeña ciudad.

Esa noche la pasaron dentro de aquella posada abandonada.

Desde las lejanas cumbres de los Andes llegaban a sus oídos las voces indias entonando versículos.

La diezmada tropa de hombres enfermos en aquella posada maloliente.

El clima era adverso.

 

 

 

4

 

Las luces matutinas invadieron el penumbroso ámbito de la ciudad de Tunja.

 

Francisco Ruiz abrió los ojos.

Salió de la estancia tratando de alejar su somnolencia.

Vio caminar una figura femenina por la senda de la desolada callecita, creyó que era una alucinación, pero efectivamente se trataba de una retraída persona que traía en sus manos especímenes de hierbas, cuando los descubrió los fulminó con una aguda mirada.

Su rostro descompuesto, sus cabellos pelambrados, triste y senil, cubierta con un vestido negro. Su llegada alivió la inquietud de Francisco Ruiz.

Luego se plantó ante ellos, descalza y huraña, oliente a magnolias silvestres.

– ¿Quién eres tú?

– Soy Francisco Ruiz. Y estos son mis hombres.

Trató de controlar el pálpito y de retener  sus preguntas.

– Yo soy Eleonor, la posadera.

Movió la cabeza de un lado a otro, cobró su rostro un rictus patibulario mientras temblaban sus manos.

– Necesitamos descansar, comida y frazadas…

– Dentro de la posada encontraran eso…

Luego la mujer entró a la posada envuelta en misteriosos sortilegios.

Corría el año de 1549.

 

 

5

 

La llegada de Francisco Ruiz a Tunja no fue celebrada como él se lo esperaba,

los campesinos de la ciudad apreciaban su gran labor de haber abierto el camino ganadero.

Los campesinos solían preguntarle sobre los beneficios de la apertura de la vía de penetración, en la altiplanicie y en los territorios mineros de la provincia de Antioquia  y de la Gobernación de Popayán

El precio del ganado se había incrementado, el ganado llegaba a esas zonas remontando el río Magdalena con mucho trabajo y sufriendo las penalidades que conllevaba el traslado de las reses.

Con el camino abierto por los hombres de Francisco Ruiz el comercio fluyó y mermaron los precios del ganado y de las provisiones. Y hubo un contacto más cercano con La Corona española.

Terminada la misión del corredor vial, Francisco Ruiz se quedaba algún tiempo más en el Nuevo Reino de Granada y se incorporaba a las conquistas de los territorios de Tunja y Popayán.

Quería probar suerte recorriendo aquellas tierras, amasar fortuna y conocer las provincias de los indios que encomendaba, entonces se aventuraba a las indomables cumbres andinas, con tan mala suerte que sufrió con sus hombres  muchos contratiempos.

En 1595 moría en la ciudad de Mérida, en la más completa indigencia.  

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Tres cuentos en uno, verdad? O hay un hilo conductor que yo no supe descubrir?
    Me gustó mucho el viaje de Chrisa.

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