Rumbo al país de la utopía. Autor: Esmeralda

Un sobre amarillento por el paso del tiempo descansaba en la mesita y mirándolo mi mente comenzó a retroceder veinte años atrás.

Recordé que recogía a un viajero  a quien tenía que servir de guía. La verdad es que el encargo podía ser una bicoca o una venganza, todo dependería del cliente en cuestión ya que no tenía fecha final el trabajo, no había una ruta predeterminada, el destino era Grecia “per se”, tampoco había tenido un contacto previo dado que la comunicación vía telegrama fue a través de mi agencia inglesa, que me proporcionaba turistas que querían viajar a su aire, fuera de los circuitos típicos. No obstante, yo llevaba en cartera unas cuantas propuestas que le iría planteando.

El tráfico como siempre en Atenas era frenético, el horario no lo podía escoger en cuestiones de trabajo pero daba igual el itinerario que me planteara: al final el caos te engullía. Algún día me acostumbraré –me dije en alto, probablemente para convencerme, aunque con poco éxito.

Ya me encontraba dentro del  aeropuerto con el correspondiente cartelito cuando entre el tropel de viajeros me llamó la atención un auténtico caballero inglés, vestido como un dandy, el cual a medida que se aproximaba iba dibujando una sonrisa en  su cara que no pude por menos que corresponder. Metro ochenta y una palidez casi enfermiza, enmarcada entre mechones de pelo un tanto desmañados, con pinta de escritor algo atormentado.

Mr. Sebastian?

– Yes, I am.

-Well, I´m Eva.

-Encantado de conocerla Miss Eve. Creo que nos entenderemos a la perfección- mientras dejaba caer la mirada sobre mi collar de cristal de murano, con el amuleto protector contra el mal de ojo que había adquirido en el mercadillo de Plaka, así como sobre el anillo de plata con carneros finamente labrados. Rápidamente deduje que tenía alma de artista y que conectaríamos de inmediato.

¿Tomamos un capuchino antes de emprender viaje?

-O.K.

Frente al café me hizo unas confidencias: Hace varios años estuve en Atenas, mi formación es clásica, ya sabe Oxford y todo eso. Para mi el Mediterráneo tiene un enorme atractivo, pero por encima de todo me interesa su gente. Así que dejo en sus manos que rumbo tomar e iremos improvisando sobre la marcha.

-Podemos tomar dirección este y Ud. marca el ritmo, pronto nos alejaremos del área metropolitana y encontraremos una Grecia más auténtica.

-Es una gran idea.

Cuando nos acercamos a mi coche que era un escarabajo descapotable, amarillo huevo, le observé sonreír complacido. Pronto la brisa se había colado como compañera de viaje y sus mejillas apuntaron un tono más arrebolado. Grecia empieza a hacer su efecto- me dije.

Le vi disfrutar del caos circulatorio que nos envolvió y como su retina se bebía la luz y las imágenes que discurrían a nuestro paso. Al cabo de un rato el embotellamiento dio paso a una autopista más despejada, salvo para los atenienses que en dirección contraria retornaban de pasar el domingo en la costa:  grupos familiares al completo con la típica viejecita enjuta vestida de negro y los coches atestados de bártulos.

Si le parece Mr. Sebastian podemos abandonar la autopista y  rodar por carreteras comarcales.

-Magnífico, estaba pensando en algún pueblecito costero para nuestra cena.

Pronto percibimos el olor a mar y noté que mi viajero se relajaba como si hubiera recibido un bálsamo reparador. La luz del sol decaía lentamente y una paleta dorada nos envolvía cálida en su seno.

Por señas con sus largos dedos me hizo un barrido, dándome a entender que podíamos dejarnos caer por aquella zona. Bajé la estrecha callejuela con el utilitario  traqueteando y apareció frente a nuestros ojos un encantador puertecito rodeado de casas encaladas y un par de tabernas con las sillas de madera pintadas de azul, donde descansaban algunos hombres de rostros curtidos por la mar bebiendo vino , pasando las cuentas del komboli entre los dedos o jugando frente al tabil. Sebastian eligió una de las mesas en medio de aquella parroquia masculina.

Entendía el imán que todo esto ejercía sobre él, yo también era una expatriada del norte de España y este clima tan bonancible, el azul turquesa del mar…era el paraíso.

Mr. Sebastian me sonrió y acordamos pedir una jarra de vino y un pescado asado  en la sencilla parrilla. Nos trajeron unas olivas negras y un vino fuerte y rotundo, que hacía honor a su nombre “brusco” y enseguida convirtió a mi acompañante en un locuaz comunicador.

Me contó que era de origen irlandés. Ambos éramos celtas, allí estábamos lejos de la bruma y la lluvia, hermanados por unos lazos invisibles, nuestra sensibilidad de artistas entendía un lenguaje subliminal.

Sí, a mi también me atraía la bohemia. Me sumergí en mis propios pensamientos: ¿Por qué si no iba a estar aquí en Grecia, después que desapareciste? Yo decidí quedarme, busqué mi equilibrio, me procuraba mi subsistencia, tampoco necesitaba mucho más. Habían pasado los días en que trabajaba como una autómata y no disfrutaba de la vida. Hacía tiempo que había tirado el reloj por la borda y no lo lamentaba. Mi viajero me miraba a los ojos como comprendiendo todo lo que discurría por mi cabeza.

Ya habíamos terminado los deliciosos salmonetes con especias picantes, cuando sonó la música de un sirtaki. El ambiente se fue caldeando y Mr. Sebastian palmeaba relajado hasta que fue invitado al corro que formaban espontáneamente aquellos hombres, la mayoría con ropas claras y él de negro, pero ello no supuso ninguna barrera.

Desde mi asiento me veía envuelta en aquella celebración y recordaba las clases lejanas de yoga, cuando mi vida no la dirigía yo y el stress me atenazaba. Estos eran los beneficios de “fluir” -pensaba- al mismo tiempo que me trasportaba a aquel corro de lugareños que daba vueltas y más vueltas, en la maravillosa noche.

El sol ya estaba alto cuando me desperté y salí al balconcito invadido por la floresta de la bungavilla, lo cual trajo a mi memoria los múltiples intentos que había hecho mi madre para que creciera esta planta en nuestra casita de la costa cantábrica, pero el nordeste que a menudo azotaba lo impidió.

Pronto estuve lista y saboreando el yogur griego con miel que me volvía loca. Sebastian tomaba indolente un café bien cargado, esta vez vestía  pantalón y camisa de lino blanca que refulgía con los rayos que se filtraban por el emparrado donde se encontraba. Al parecer la inspiración había acudido a su encuentro y anotaba con una cuidada letra victoriana en su cuaderno lo que tenía pinta de ser un poema.

-¡Mi querida Miss Eve Grecia ha ejercido su beneficio! Si le parece bien trabajaré un rato más y partiremos en un par de horas.

Busqué acomodo en otra mesita de la terraza para escribir sobre los últimos días. Tenía empezado mi “carnet de voyage” donde volcaba mis impresiones sobre todo de geografía humana y a menudo hacía unas acuarelas sobre los lugares que visitaba o los detalles que captaban mi atención. Estaba dando las últimas pinceladas cuando noté que Mr. Sebastian me observaba por detrás.

-¡Es una artista Miss Eve¡ decía entusiasmado.

Enseguida nos vimos inmersos en un debate,  me impresionó el concepto que tenía del arte por el arte sin ninguna ambición de reconocimiento económico. Cuando yo hablaba con otros artistas al final el aspecto crematístico afluía a la superficie como un iceberg. Seguimos discutiendo vivamente nuestros puntos de vista al tiempo que dábamos cuenta  de una ensalada con queso feta y unas berenjenas rellenas.

Nos pusimos en marcha para llegar al cabo Sounion y disfrutar de la puesta de sol. Estaba segura de que le encantaría después del largo invierno londinense. Ya en el coche se colocó un sombrero panameño completando su “look” como si hubiera vuelto de alguna de las colonias inglesas del siglo pasado. Leyendo entre líneas en las conversaciones que surgían, me percate de que en su interior sufría enormemente,  como si su extrema sensibilidad no encajara en este mundo. Diría que tenía más desarrollada su parte femenina e intuía que deseaba huir de algo o de alguien y esto le atormentara, un día mencionó algo así como que “quería dejar de cenar con panteras”. Yo no pregunté, sino que más bien me afané como un gusano de seda tejiendo una cápsula protectora a su alrededor con la intención de que disfrutase de la travesía.

Al llegar al promontorio abandonamos el coche y continuamos a pie por el sendero que discurría hasta las ruinas del templo dedicado al Dios Poseidón. Decidí dejarle a su aire al notar cierta mística en su actitud, con lo que me senté en una roca esperando la puesta de sol. Eramos los dos únicos turistas que se habían atrevido a enfrentarse al fuerte viento. Subidos los cuellos de la chaqueta hasta las orejas me entretuve viendo una pareja de codornices que correteaban ligeras por aquellos secos andurriales. Fijé mi vista en la puesta de sol, pero mi mente estaba lejos. Recordé unos brazos que me rodeaban y entonces me parecían un refugio seguro mientras nos besábamos indolentes y ajenos a los demás espectadores, años atrás en aquel mismo despliegue de la naturaleza.

Muy despacio la luz atemperaba sus destellos, un velero surcaba las aguas del Egeo frente al acantilado, todo era perfecto.

Rodeé la colina y le ví sentado en una de las columnas caídas. Parecía sollozar mientras acariciaba la piedra. Me escondí detrás de las ruinas hasta que emprendió el camino de vuelta. Aproveché para acercarme a curiosear el lugar que le producía tal desconsuelo, acertando a descifrar una inscripción: era el típico corazón atravesado por una flecha que los enamorados graban y dos nombres: “Oscar y Bosie”. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, sentí como si hubiera destapado una caja que guardara un secreto de años.

Emprendimos camino en silencio observando el paisaje que a nuestro alrededor se iba apagando poco a poco. Imprimí ritmo a mi utilitario con la intención de dejar atrás la nostalgia que a ambos nos sumía en nuestros propios pensamientos.

Decidimos hacer noche en un pueblecito del interior y hasta el mediodía no volvimos a vernos en el comedor de aquel hospedaje familiar. Comimos con gusto verduras regadas con abundante aceite puro de oliva y de postre unos melocotones en almíbar enormes para mezclar con yogur, casi con seguridad todo cosechado en la propiedad. Sin pedirlo nos sirvieron un espeso café de herencia turca y dos copitas de ouzo, un licor de sabor anisado que nos animó la conversación. Al parecer ninguno de los dos habíamos perdido el tiempo: yo había recogido mis impresiones y pintado abstraída de todo, Sebastian por su parte había escrito algún poema. Estaba claro que la tristeza auspiciaba las mejores producciones artísticas como lo demostraba el curso de la Historia. Me contó que en otras épocas había escrito cuentos para niños o ensayos, pero ahora la poesía era el género que más cultivaba. Mientras hablábamos me fijé en su cuaderno de trabajo y me llamó la atención  que tenía grabadas unas iniciales en la piel que recubría el mismo: O.W., de modo que se podía deducir que él fuera el Oscar del corazón dibujado en la columna del templo, aunque no imaginaba yo un ser tan sensible cometiendo tal sacrilegio en un monumento…salvo en un arrebato de pasión.

Teníamos que fijarnos algún rumbo y por mi parte le hice varias propuestas pero mostró un vivo interés cuando le hablé de los monasterios que existían en Grecia, tanto masculinos como femeninos; los había en la costa y en el interior, estos si cabe todavía estaban más apartados del mundanal ruido, favorecidos por unos enclaves estratégicos en rocas prácticamente inaccesibles, tanto que los  alimentos o cualquier mercancía necesaria se subían aun mediante poleas instaladas al efecto, salvando las escarpadas piedras.

Viajamos por el interior de Grecia, atravesando pequeños pueblos en los que casi no se veía gente, huyendo del calor asfixiante en las horas centrales del día, si acaso algún pastor de ovejas o cabras por el campo.

Al atardecer llegamos a Kalambaka, antes de entrar en la recogida ciudad me orillé en el arcén para que Sebastián contemplara las magníficas construcciones de Meteora. En medio de un terreno llano se erigían unas rocas, que como meteoros caídos del cielo se hubieran clavado en la tierra y en su cumbre se encaramaban austeros monasterios a duras penas excavados, haciendo que te preguntaras de qué querían escapar las personas que allí se recluían.

Sebastian  estaba impresionado y deseando que llegara la mañana siguiente para acercarse a alguno de ellos.

Recién levantados, las pronunciadas curvas nos fueron aproximando al Monasterio de Agias Varvaras donde habitaban monjes desde hacía varios siglos, aunque los ingresos en la actualidad eran escasos, sabía que mi viajero estaría haciendo cábalas sobre cómo acceder a su interior. Cuando culminamos el último repecho vimos la otra cara de la construcción completamente aislada. Aparqué mi coche y descendimos unas escaleras excavadas en la piedra, para recorrer una galería interior que nos condujo a un puentecillo levadizo de madera, afortunadamente extendido.

Acordamos que dentro de unas horas  vendría a recogerle dado que en el interior no estaban permitidas las visitas de mujeres y los hombres con restricciones varias. Por mi parte esperé un tiempo prudencial para asegurarme que sería admitida la presencia de Sebastian y regresé a Kalambaka.

A media tarde volví a recogerle. Sabía que los monjes se retiraban temprano porque al alba comenzaban su jornada. Descendí por las escaleras y me encontré  con el puentecillo recogido al otro extremo. Consulté el reloj preocupada por si me hubiera retrasado, descartando esta posibilidad. Cuando mis ojos se hicieron a la penumbra distinguí en una oquedad de la galería dos sobres y para mi sorpresa estaban dirigidos a mi.

Escrito con una pulcra caligrafía de pluma había una nota de agradecimiento de Mr. Sebastian por ser la guía que le había abierto las puertas de su corazón estancado, comunicándome que había decido permanecer algún tiempo en el monasterio y no había encontrado mejor retiro que aquel escenario para tranquilizar su espíritu y crear en paz, lejos del hedonismo disfrutado en otras épocas.

Otro sobre lacrado  y también dirigido a mi, rogaba que lo abriera dentro de… ¡veinte años!.

Y allí estaba yo, después del tiempo transcurrido, con una envidiable serenidad,  respetuosa y sin prisa disponiéndome a averiguar algo más de aquel misterio.

En una carta sin artificios, sin rodeos, me confesaba que era homosexual lo cual le había provocado el escarnio público, la prisión e incluso el exilio en Francia donde adoptó el nombre falso de Sebastián Melmoth, pero su nombre real era Oscar Wilde.

A veces –reflexionaba- podemos pasar años sin vivir en absoluto y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

Francamente nada de todo esto me sorprendió en exceso a estas alturas de la vida, dado que era la confirmación de lo que mi intuición femenina había percibido en aquel viaje y respecto a la revelación de su verdadera personalidad no era yo quien para juzgarle.

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  1. Arturo La Roca

    ¡Qué historia! Me ha hecho viajar y tengo unas ganas enormes de buscar a los personajes por Grecia…

  2. Pauli Cayon

    Muy buen relato, en algunos momentos brillante. He disfrutado de su lectura y tras escribir esta nota volveré a hacerlo.

  3. Elvira Endo Alvarado

    Buen relato.
    Y qué paciencia y respeto por la solicitud de OW de esperar 20 años para desvelar el misterio del sobre lacrado.

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