La luz y su madre. Autor: Cala

En aquella  noche clara del  29 de Marzo del año corriente, circulando bajo las luces de la Plaza de la Liberación del Cairo, un chico pleno de arrebol; cayó asesinado. Solimán, era su nombre.

Para él esta plaza siempre desplegó, en sus sueños, su color como el viento.  Sabía que era la plaza que precisaba visitar alguna vez durante su vida. Su mítica plaza del Cairo.

Este muchacho, amigo del corazón de su gente, beduino y pobre de cuna, solo  fue poseedor de sus naturales anhelos y del escaso tiempo vivido en Sinaí. Nombre que parece ser viene de un antiguo Dios de la Luna. Es un recio desierto, el más viejo asentamiento del norte de la península, superpoblado por campesinos de vocación; curtidos  como sus vidas, y pobres como él. Estos suelos no les nacen fértiles, se colonizan de molisoles, o de varados alfisoles. A su aislada forma de vida la acaricia  la pobreza más entristecida y pertinaz.

Sus minas y canteras tienen muy baja actividad. Esta zona ha sufrido ocupaciones a lo largo de su historia desde Alejandro el Grande.

Este erial, repleto de desierto, abarca la piel de una parte importante de África. Sus típicas casas circulares con techo de paja, y suelo de lodo seco, pierden todo el frescor en épocas calurosas cuando abrigan las altas temperaturas que luchan por traspasarlas y vencerlas. Sus babuchas no son suficientes para cubrir y refrescar sus pies

Solimán tiene  muy poca formación, si buenos amigos abiertos y hospitalarios con lo poco que poseen; son beduinos como él. Cinco cálidos hermanos y hermanas; beduinos también. Y padres beduinos que, proceden y se remontan desde muy antiguo, de abuelos beduinos.

A sus queridos padres un día, en su temprana infancia, sus hijos los vieron partir en el impuntual autocar desvencijado. Angustiados, al sentirse huérfanos entre tanta miseria,  los despidieron sus hermanos y él, con lágrimas inéditas en el corazón, y un nudo atenazándoles la garganta.

A su silencio de juventud eclipsada, no le llegan precisos sus recuerdos de infancia Esta  quedó muy rápidamente atrás; aunque no haya trascurrido demasiado tiempo. En su memoria si aparece el quebranto de aquellos días, de los primeros meses recordando a sus padres dentro del  destello irreal de su imaginación de niño. Ellos lloraban despidiéndoles muy cerca de la puerta del viejo autocar.

Los recuerda bastante cansados, tristes, antes de emprender el viaje, y encaminados hacia el autobús que los conduciría a El Cairo. Ellos, a pesar de su pobreza, aquí en su tierra, disfrutaban del amor  sus hijos. Los aman demasiado, por eso, tan solo los alejaba de este lugar, el  deseo de buscarles  en esas fértiles tierras, una oportunidad certera de empleo. Y con el tiempo, un hueco para todos en esa ciudad de salmos. Partieron tristes e ilusionados, a  pesar de conocer la dificultad de empleo para una  familia tan abultada y con poca formación.

Solimán quedó encargado de  acunar, con anhelo de padre y hermano mayor; a sus hermanos, menores que él. Desde muy pequeño se concentraba, igual que lo hicieron  sus padres, en cambiar el traspasado destino de su familia y el suyo propio. Pero solo contaba con su deseo y las pocas fuerzas de sus manos. Su peregrina situación económica, en tan árido desierto, ya le era insostenible. Muy difícil de llevar. El viento sopla casi a diario, y hay que contar con ropas de abrigo para cubrirse. Apenas recibía alguna Libra Egipcia y unas pocas piastras de sus padres al final de mes, para su sustento y el de los hermanos.

Poco de lo que puede ocurrir en el resto del país, o lo que sucede en  otras partes del mundo surca  sus oídos. En estos rincones de horizontes muertos, casi recluidos, viven anclados en la ignorancia y el analfabetismo más absoluto; las infancias y juventudes de de centenares de personas.

Solimán es consciente  de su gran deseo de viajar, del  beneficio  de esa libertad  que derrama la vida civilizada de la ciudad. De las singladuras que sus padres, torpemente, pero admirados; describen en sus cartas. Es consciente de cómo dormita aquí, donde no conoce bibliotecas, cines ni autovías; mientras que  la capital despliega un gran abanico de oportunidades, y hermosas carreteras. Se puede aprender a vivir con  otros sistemas de comunicación que, no sean solo miseria. Y sobre todo, sabe  que ahora lo viste la juventud de  sus ojos, y estos  le suplican  conocer cuanto antes las pirámides de Egipto; su gran tesoro a descubrir y el orgullo de su pueblo. Sueña con la jornada en la que,   fervientemente, se dirigirá al autobús  que le llevara hasta  ellas.

Entre tanto, contempla el deseo de coser   la descosida esperanza de su vida actual, sin futuro ni ritmo; por doce o catorce horas de trabajo diario que, le proporcionen como a sus primos: medios, y un buen sueldo al  final del  mes. Sus padres son mayores, y obtienen unos ingresos de limosna;  casi miserables.

Su sociedad está basada en el sistema de clases sociales. Y en las costumbres islámicas.

Al lado de la tersura de sus dieciocho años,   su formación se le marchita.  Aunque a  medida que crece en edad lo hace en olfato e intuición. Esta sensación lo hace crecer, estremecerse por su alrededor y le aporta mayor sensibilidad, e interés renacido; en su diaria toma de  decisiones. Su carácter, de talante paciente y disciplinado, le presta solidez en este ambiente tan difícil, de rugosa y extrema pobreza.

En su infancia germinaron  en él  los brotes de la escuela. Soñaba entonces, con la geografía de otros países y poco más. Solo le otorgaron enseñanzas muy básicas y escasos  conocimientos de la vida. Con su asistencia no cosecho ni dominó demasiados saberes.   Ni supo incrementar, demasiados conocimientos, de su mermado nivel cultural. Prácticamente, no excedió el umbral de los niños de doce años, poco más. Eso sí, pudo aprender a conocer su idioma, el Nilo-Sahariano, y no le costó demasiado. El no es bilingüe porque  las lenguas vecinas le resultan difíciles, y poco necesarias para su rutinario trabajo de agricultor  y pastor. Tiene poco contacto con los pueblos de alrededor, los autocares no llevan a esos parajes perdidos; solo hacen viajes por largos recorridos.

Como es espabilado por naturaleza,  pronto supo añadir más instrumentos formativos a su edad. Le des aventajaban  escasos conocimientos, palabras poco crecidas,  y falta de experiencias por el mundo; cuando se comparaba a sus primos de la ciudad. Por eso no lo hacía a menudo, siempre perdía la calma -¡Son tan pobres mis referentes y mi cultura! Solo en tres ocasiones, muy  entrañables, pudo verlos y hablarles de sus cosas. Por lo general, hablan, escasamente, por teléfono cada cierto número de años. Si sabe por ellos que la juventud de El Cairo tiene la inquietud de la búsqueda de empleo,  a pesar de los conflictos y del incremento de la población islámica, que ejerce mucha presión sobre sus líderes. En los últimos tiempos hay una convivencia importante en la ciudad entre musulmanes y occidentales. Todos desean que en Egipto germine una verdadera democracia.

El escucha a sus tíos sin saber de lo que exactamente hablan. En su aldea todo es distinto, desde pequeño, si que le ha gustado frecuentar las conversaciones afiladas de los ancianos religiosos, y de cualquiera que en su comunidad fuera sociable y comunicativo. Estos colectivos encienden a menudo sus ascuas; todos coinciden en dibujarle modelos en los que se forjan sus utopías. A ellos es fácil entenderlos.

A  los emigrantes que salen de este desierto en autobús  hasta El Cairo se los describen como héroes enarbolados; siempre con esperanzas de   encontrar   oportunidades, y una posible ascendencia hacia España, y el resto de  Europa.

El mismo, tampoco desea romper con su cultura, así de un plumazo, ni con  las tradiciones que rezuma y que pretende continuar. Por eso atiende ese caudal tan grande de consejos dados por sus padres en sus cartas. Poco a poco le comentan las diferentes costumbres que ellos asimilan en la ciudad. Hablan de huelgas continuas, lideradas por los jóvenes, y subida de los precios que, tampoco imagina.

Su familia y él son  culturalmente musulmanes, y de religión musulmana. Desean practicar y renacer con sus ritos, y si es necesario,  introducirles pequeños y necesarios cambios. Conoce de memoria los  sueños inolvidables de su familia,  y los suyos propios. Todos coinciden, en el proyecto de cruzar el estrecho cuando se  hayan reunido en la ciudad del Cairo; si no lograran abrirse camino en ella. Ese será otro paso importante en sus vidas; adentrarse y asentarse en España. Viajar, vivir de la agricultura, y del ganado. En una familia de ganaderos, como la suya, conocen métodos y multitud de formas, para explorar este comercio y garantizarse buenos réditos.

Solimán, ansia verse en el horizonte de la ciudad, aunque los sueños también lo arrastran a viajar hasta Granada o Córdoba. Sus tíos visitaron recientemente en autobús las dos ciudades españolas, y le hablan maravillas del arte musulmán que albergan, y de sus paisajes alegres,  cómodos de vivir, y llenos de oportunidades. Sin fundamentalismos ni integrismos.

Como es el mayor de los hermanos tiene que asumir sus responsabilidades; debe recordarles la importancia de practicar amistades sanas. Enseñarles poco a poco a sobrevivir con el pequeño rebaño, y a saber administrarse con  el escaso sustento. Eso es lo que hace él desde la partida de sus padres. Solo cuando los vea organizados, puede comenzar a tomar la decisión de preparar este largo viaje hacia  allí.

Como lo que mucho se pretende, se llega a conseguir, poco a poco su paciencia se vierte por la senda de la madurez, y una apacible mañana tras recibir un telegrama de sus padres Naser y Fátima, anunciándole cobijo y aprobación para emprender el viaje;  Solimán se acerca al comienzo de su sueño, retoza de alegría, cierra su cazadora, su maleta, su cama portátil, sus ojos; detrás de la espalda de sus hermanos más pequeños, y su boca; delante del viejo vecino que, le despide con una sonrisa tensa, desdentada y sincera. Y se marcha a buscar la parada del único autocar que convierte los sueños en razón de ser.

Pegada al cristal posa su sonrisa,  lo observan todos sus hermanos. El aunque triste por los que deja, está  muy ilusionado y acomodado en su asiento; así los despide. Lee una y otra vez el telegrama que recibió  de sus padres. Las lágrimas de congoja hacen que  su energía estalle, y se multiplique. Imagina, porque ella se lo ha  prometido, que  después de tanto tiempo lo va a esperar su madre a un lado de la esquina, junto al ayuntamiento, en la plaza mítica de la Liberación del Cairo, a las ocho de la tarde de ese  29 de marzo.

No se ha encontrado nada bien durante el itinerario desde que abandonó Sinaí. Las vísperas del viaje le pasan ahora  factura. Han sido largas las noches en oración, arrodillado y sin pegar ojo. Suman su pesadez a este  largo trayecto. La cabeza quiere estallarle y romperse. Desea entretenerse, una revista abandonada aquí, un papel allá, le van dando ideas de la nueva y anhelante situación que atraviesa la capital de su país. Entretenido, el sueño definitivamente lo abandona. Se mantiene despierto, y muy sorprendido, con  la voz de la megafonía del techo del autobús.  No cesa de  trasmitir las mismas e inclementes   noticias.

Comenta el noticiero: que “Egipto ha dado una lección a todos los países árabes de cómo liberarse de una dictadura represiva y corrupta”. Habla de desencantos repletos de violencia,  protagonizada por   el  presidente del país en los últimos doce días. Solimán se preocupa. Siempre lo nombraban, en la confianza de los conocidos, el dictador,  y ahora estaba  demostrando la  verdadera magnitud de su poder, violencia, y de la atención que ejerce su mandato para el mundo entero. Comentaba la información repetidamente que, el dictador había delegado el poder en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

Había surgido, en esos días, el germen de las manifestaciones, rebeliones, desobediencia civil y violencia en el afán de derribar las autoridades políticas y su larga corrupción. Decía que se congregaban en las calles miles de ciudadanos.

Hablaban de una nueva etapa para el mundo árabe

La radio del autobús repetía y repetía; como una cita, una y otra vez que, el dictador  los tenía sometidos desde hacía más de treinta años, y administraba el tiempo en su favor y en el de su hijo; destinado a sucederle. Su habilidad diplomática, informaban, y los errores de sus rivales le permitieron no dañar los lazos contra Israel. Hizo de Egipto un país indispensable. No entendía nada pero se respiraba entre sus compañeros de viaje la preocupación.

Esta información  con su monotonía, ofrecía  cifras  y claves nuevas. Por un lado hablaba de   más de ochenta  millones de habitantes, y por otro, de los más del sesenta por ciento de analfabetos campesinos, que vivían en su país en el umbral de la pobreza. -Casi   como yo mismo. –

La voz no callaba, hablaba una y otra vez sobre la esencia del problema. El no podía recuperar la calma, su incapacidad para entender lo que estaba ocurriendo, lo llevaba al máximo del estrés. La radio hablaba y hablaba, ahora    insistía como de pasada de pasada, en algo nuevo para él. En un apagón informático que, inevitablemente se producirá,   y que prevén puede durar más de cinco días.

-¡Qué es eso del  apagón informático!-

Excitado, Solimán no llega comprender el verdadero significado de esa posibilidad; solo comprobaba, humildemente,  que volvía  a escucharlo una vez tras otra, y continuaba  sin entender nada.

– ¡Cinco días de apagón, no puede ser, no puede ser!- Cómo iba a ir su madre, en un par de horas que faltaban para su llegada  a…

-Cómo va a salir  de casa, para recibirme en la plaza con “ese apagón”. A esas horas, la noche ha caído. Yo no podré dar con la esquina del ayuntamiento, ni verla  a ella. –

Le era imposible dejar de escuchar  el  altavoz, y a la vez  insoportable. En su cabeza ya solo caben miedos y frágiles recuerdos. También la misma tenaza en la garganta que la mañana en que sus padres partieron en autocar hasta la capital, de nuevo idéntico sufrimiento con   la visualización del rostro desapacible de su madre.

Este viaje ya se le hace incapaz e interminable.  El recuerdo perenne de su cara  desfigurada por el dolor, mientras se alejaba cogida al brazo  su padre camino del autobús; siempre está ahí. Aún así, la recuerda con admiración…

-Ella no se despojó de su sonrisa detrás del cristal de la ventanilla. Aunque  entre sollozos, nos prometió  un futuro mejor. Sería un poquito más adelante, en la ciudad.

Ahora mismo, ni soñarlo, no, no, –

El no iba a obligar a su madre, con esa mirada perfumada,  a salir a la calle en medio de un apagón así, en una ciudad en discordia…

-¡Es que ninguno de los tres lo hemos podido prever, cómo no nos hemos enterado de esto, que es tan importante! –

De repente, perdió ese deseo arrastrado por los años de llegar al Cairo. Si no había luz, no había trabajo, ni futuro para él. Le asustaba la obtusa ebriedad de las palabras extendidas por el altavoz.

Preocupado por el “apagón informático”, y sin sospechar lo que realmente significaba “ese apagón”, casi sin aire en el pecho; porque la agitación lo dominaba. Se dio cuenta de lo poco preparado que estaba para una ciudad así; oscura y revuelta.

– Para qué voy a ir, no tiene sentido poner los pies en un suelo lleno de oscuridad y problemas.-

De pronto, la idea de acabarse  el tiempo, tras muchos y largos días de viaje, tomó verdadera forma

-¡Ya es demasiado tarde, ha llegado el autobús!-

Lo estaban aparcando allí mismo; en su destino, y había luz, estaba… ¡asombrado!, -no esperaba esta claridad.- Se desprendía tal luz de la plaza, tal iluminación…que no la comprendía…A él llegaban solo porqués…

– ¿Cómo hay aquí esta luz  a pesar del “apagón informático”? Y después de todo lo que han prometido que iban a hacer…Hablan por hablar, para asustarnos a los que no conocemos la ciudad. Intentan que el miedo nos domine, y no sigamos adelante. Quieren agricultores y ganaderos en el desierto, para que no falte el alimento en estas ciudades tan importantes. … Yo he llegado hasta aquí, estaré junto a mis padres, y nadie va a convencerme de lo importante que son las labores del desierto. He estado demasiado tiempo allí, y se cómo se vive.-

Entre los ruidos de la calle, los compañeros de viaje, y su propia sorpresa; pasaban los minutos,

-Lo cierto es que no sé qué pasa; como tampoco puedo imaginarme de qué va ese apagón informático.-

Se olvidó de la luz y del apagón.   En esta espiral de novedades, y algo más relajado, no disimulaba la alegría  de poner los pies, al fin, en aquel suelo. Confiado y alegre bajó las escalerillas del vehículo ya  como si tal cosa.

– Qué tontería de noticias y de miedos míos. Mira que solo unos momentos antes, intentaba acallar peligros imaginarios;  estaba muerto de miedo.  Y con la incertidumbre de la oscuridad, habían conseguido asustarme hasta el punto de querer dar la vuelta. Y ahora en cambio, que sensaciones tan bonitas…-

Su felicidad, recién estrenada, le desbordaba.

-Está es la inmensa plaza que tantas veces me han descrito mis padres en sus cartas, ¡la he soñado tanto desde niño!  Es increíble, estoy en ella, igual que en mis sueños. Lo mismo, lo mismo…Allí está la  esquina  rojiza, ¡ahí es donde mi madre me espera! Ya  la veo, la estoy viendo. ¡Hay mucha luz y me mira, puede verme! Ella también me ve, si, si. No ha llegado el apagón aun,  mejor así; después de tanto tiempo… otra vez a su lado. Ahí está, ¡como me mira!… tiene el rostro impaciente y los brazos abiertos, como yo.-

¡Podía contemplar la luz en la profundidad de la mirada de su madre. Había luz.

– La luz  y ella lo iluminan todo. -Es estupenda esta  luz, y ver a mi madre tan cerca,  mirándome como  ahora me mira. No deja de mirarme,-

Lo miraba… Lo miraba, como…como  si le quisiera…decir algo…quizá advertirle…advertirle de algo, si de algo… ¿de qué?

-¡Parece advertirme, si, ¡advertirme   de algo ¡Si, si ,de algo, si, si…pero, de qué; de qué, si hay luz por toda la plaza! –

Asombrado por la caudalosa   luz que desprendía la plaza, a pesar del anuncio del “apagón informático”,  no dejaba de mirar el resplandor en la mirada de su madre.

En unos segundos, la velocidad de un coche oficial llego hasta él, y no se redujo a su altura. Demasiada rapidez desvaneció toda su felicidad; lo atropellaron. Solimán cayó arrollado sin la lumbre de las caricias de su madre. Derrotado el pecho, daba tumbos por el asfalto, sin dejar de mirar la luz, en el rostro de su madre en la Plaza de la Liberación del Cairo en una noche clara.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Doloroso final para una corta vida llena de sueños.
    La muerte le sorprende al tiempo que cumple la ilusión de su vida: conocer la Plaza de la Liberación del Cairo.
    También él fue liberado…

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