Cara de luna. Autor: Peregrina3

Volví a España en primavera. Justo para el estallido del azahar.

Ya al dejar mi país, junto con la emoción que me generaba la expectativa de mi objetivo principal, saboreaba el placer de embriagarme con el aroma de la flor de los naranjos.

Pese a lo tranquilo del viaje, no pude dormir ni un minuto. Una red de pensamientos confusos me envolvía la cabeza.

Me quedé una noche en Madrid y al otro día temprano, indiferente al cansancio de las doce horas de vuelo, y de las esperas en las escalas en distintos aeropuertos, partí rumbo a Sevilla que era mi destino.

Viajaba sola y debo confesar cierto temor mitigado, en parte, por la esperanza de concretar mi misión que sabía era muy difícil y que para los demás constituía una locura que solo mi mente podía albergar. No obstante, mi familia había apoyado de inmediato mi proyecto y festejó la ocurrencia que atribuyeron solo a una excusa para volver a esa tierra que tanto me atrae.

Yo iba a buscar a alguien. Pero ese alguien quizá no existiera; quizá nunca hubiera nacido; quizá hubiera muerto en el mismo instante en que la gitanita aquella me dio la espalda para ofrecer sus flores a otra persona.

La primera noche en Sevilla me vestí con la ropa que llevaba puesta tres años atrás y que verifiqué antes en las fotos: la misma blusa floreada ribeteada con puntilla negra, el mismo pantalón, los mismos aros y el pelo recogido en la nuca.

El corazón me batía el pecho, acelerado por la ilusión y, a la vez, por el miedo de andar sola por lugares que tenían fama de peligrosos para los visitantes.

Repetí el trayecto del viaje anterior. Desde el hotel situado en las afueras de la ciudad, tomé un taxi hasta el Patio Sevillano, un local de baile flamenco que era mi punto de referencia. De allí continué a pie. Crucé con lentitud el puente de Triana y me encaminé hacia los barcitos dispuestos en la costanera. Llegué a aquel cuyo nombre recordaba con claridad y me senté en la que creí era la mesita que habíamos ocupado con mis amigas hacía tres años. El lugar se mantenía igual. Sobre la pequeña mesa cubierta con un mantel a cuadros blanco y rojo, titilaba la luz de una vela. Pedí una fritada de mariscos y una copa de vino manzanilla y me dispuse a esperar.

Si es que estaba en el mundo debía andar cerca. Ese era su ambiente, su territorio, su espacio.

Abajo el río acunaba el reflejo dorado de los faroles. Una hilera de patos blancos marchaba en silencio hacia la arcada de piedra del puente.

Por las mesas desfilaron varios gitanos, desaliñados, marchitos, entregando sus canciones. Una gitana mayor intentó decirme la buenaventura, pero la despaché con rapidez. El estar sola no me impediría plantarme firme al momento de despedir a quien fastidiara mi ansiosa espera.

Los gitanos que pululan por Sevilla esgrimen mil artimañas para conquistar la atención del turista y son muchísimos. Sin embargo, la que yo esperaba no aparecía.

Tal vez ella hubiera variado su zona de trabajo; tal vez se había ido lejos a desgranar su oferta de romero y pitiminí a cambio de unas monedas. Y en ese caso, más allá de la alegría que siempre me causaba volver a España, más precisamente a Andalucía, mi viaje había sido inútil.

La luna extendía hacia mí su largo brazo de plata a través de las aguas del Guadalquivir.

Evoqué el episodio ocurrido durante mi último viaje, motivo que me había llevado de nuevo allí.

Mi abuela sostenía que una embarazada nunca puede decir lo que no quiere que ocurra tocando su vientre, porque sin dudas sucederá. Así, no debe nombrar lo desagradable, lo deforme, lo indeseado, pues, trasmitido como en una imposición de manos, el hijo nacerá con lo que la madre ponga en palabras.

Por eso me sorprendí tanto cuando años atrás, en el mismo lugar que ocupaba ahora, aquella gitana, que no tenía más de quince años, me dijo mientras acariciaba su vientre: “Que mi niña salga con tu cara, cara de luna, piel de oliva, ojos de uva anochecida”

Yo sonreí al oírla, admirando su habilidad para la metáfora, su riesgo con tal de obtener alguna ganancia, y me salió del alma la exclamación:- ¡Pobrecita!

A la joven la contrarió el comentario y dando un paso adelante, repitió levantando el tono y con un vuelo de murciélagos en la mirada: “Sí, que mi niña nazca con tu cara, mujer”. Me arrancó el ramillete que antes me había colocado en la oreja, fue retrocediendo sin despegar sus ojos de mí, hasta que, ya lejos, lanzó el ramo con ímpetu contra el piso, me volvió la espalda y desapareció entre la gente.

Mi rostro es en efecto redondo como la luna llena, mi tez algo aceitunada y mis ojos oscuros; es un rostro común, y normal, pero no con una belleza que amerite que alguien, y encima desconocido, lo desee para una hija.

Fue tras los minutos de silencio que siguieron al suceso cuando comprendí que aquella sentencia iba más allá de la mera necesidad de obtener una ganancia. Era más que una frase hecha o un falso halago del momento para apurar la colaboración. Trascendía ese afán de negociar sus palabras en augurios o adivinaciones, o las simples ramitas de algún yuyo al que, solo por el hecho de ser gitanos, parecen conferirle un poder particular.

Se había consumido la vela y, pese a que lo había bebido a pequeños sorbos para hacerlo durar, se había acabado el vino de mi copa. Era tarde. Ella ya no vendría. Y si la niña existía, lo más probable es que no anduviera con su madre a esas horas. Con seguridad quedaría al cuidado de las gitanas viejas. Yo me conformaba con que la madre viniera sola, pues podría entablar conversación con ella e indagar sobre la fisonomía de su pequeña o descubrir en su rostro la sorpresa al reconocerme. Pero entre todos los que merodeaban por la zona no había ni rastros de aquella jovencita.

Pagué; me levanté y frustrada ante el fracaso de mi gestión inicié el regreso por la orilla del río.

Siempre observada desde lejos por la torre de la Giralda, atravesaría el puente para abordar un taxi al otro lado, sobre el Paseo de Colón.

Al volver a mi país tendría que darles la razón a los que entre risas me decían:-¡Quién va a creer en lo que dice un gitano! ¡Esos son capaces de cualquier cosa con tal de conseguir un peso!

Caminaba perdida en mis pensamientos sin reparar en la gente que iba y venía, cuando de pronto algo me alertó y me volví para mirar hacia atrás.

La noche se partió en dos; se agitaron las aguas del Guadalquivir; se perturbaron los patos y el corazón se me detuvo en la garganta.

Allí, solo a unos pasos, la joven también se había vuelto. Estaba detenida en medio del puente mirándome. Por detrás de su pollera florecida asomaba con timidez la cara de luna, la piel de oliva, los ojos de uva anochecida de su niña.

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  1. María Esther Valenzuela

    Lo más interesante del relato aparte de lo correcto de la escritura es que parte de él es real.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Compartimos el mismo amor desmedido por Sevilla, esa hermosa ciudad andaluza!

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