Barrio de Santa Cruz. Autor: Peregrina3

Desde que el guía de la excursión anunció que estábamos entrando en territorio andaluz, me sentí diferente.

Llegamos a Sevilla al amanecer; el perfume de azahares era embriagador. A veces en mi país, percibía esa fragancia, sin cítricos cerca que lo justificaran.

Tras alojarnos, descansamos un rato. Después del almuerzo nos llevaron a recorrer la ciudad. Visitamos La Giralda, la Catedral y por sinuosas callejuelas llegamos al Alcázar; desde donde accedimos al Barrio de Santa Cruz.

-¡Tú pareces gitana! –me dijo el guía en el camino, no recuerdo a razón de qué.

Yo soy una criolla común: pelo oscuro, ojos negros, tez aceitunada, un lunar junto a la comisura izquierda y sí… quizás, algún español entre mis antepasados.

Mientras los demás tomaban fotos en la calle de la Judería, entré a comprar un mantón negro bordado con rosas rojas para traer de recuerdo. Al salir, mis compañeros de excursión ya no se veían. Corrí hasta el callejón del Agua creyendo alcanzarlos, pero no fue así. El guía de un grupo que venía en sentido contrario dijo no haberlos visto. No me preocupé; la próxima parada era en la plaza de toros de La Maestranza y preguntando llegaría sin problemas. Sin embargo, me sedujo la idea de seguir sola.

Este viaje a España fue impulsado por un deseo ancestral. Quería estar allí en la primavera del 2003. Era mi regalo por cumplir 50 años, y no fue fácil concretarlo. Por eso resuelvo desertar del tiempo acotado de la excursión y hacer mi propia experiencia de la ciudad.

Entro en la calle de los Descalzos. Mis ojos, niños traviesos, trepan a cada naranjo en flor.

-Disculpe, señor ¿qué son esas ramas atravesadas en las ventanas?

-Parmas benditas, guapa, pa´ huyentá  los  espíritus malos.

Extasiada ante las cascadas de rosas pitiminí; de geranios lilas; de jazmines cayendo a raudales por las barandas, marcho lentamente por la calle de la Pimienta. Por momentos, el aire saturado de olor a azahar se torna irrespirable.

Recorro la antigua calle de la Muerte. De pronto, un llamador de bronce atrae mi mano. No puedo resistir la tentación de azotarlo una, dos, tres veces contra la puerta tachonada de clavos de hierro. Los golpes retumban adentro, pero, por suerte, nadie acude. Del enrejado negro del balcón cuelgan hiedras cuajadas de rojo. Al alzar la mirada intuyo ojos observándome tras las celosías. Un escalofrío me recorre, y voy a continuar la marcha, cuando el patio de la casa se presenta ante mí. Mis manos se aferran a las rejas de la cancela tras la que veo macetas rebosantes de flores, paredes cubiertas de platos, una palmera, un naranjo, y una fuente central cuyo gorgoteo parece confesar lo inconfesable.

Tomo el pasaje de la Gloria y voy a la plaza para enredar mi mirada en la filigrana de la cruz que da nombre al barrio. Por la calle Santa Teresa se acercan los acordes de una guitarra, y un llanto traicionero me ataca sin  poder contenerlo.

Regreso al hotel y me acuesto enseguida; estoy inquieta y con una ansiedad similar a la sed, no saciable con bebida alguna. Además, me duele la cicatriz que tengo de nacimiento en la ceja derecha y  que suele molestarme.

Tal como ocurre en mi casa, un intenso perfume de azahar me despierta en la noche. Salto de la cama; cubro mi cabeza con el negro mantón con rosas rojas y salgo a la calle. En el silencio sólo se oye el eco de mis pasos apurados. Andan sombras en el barrio que duerme. Me deslizo furtiva contra la antigua muralla que limita el callejón del Agua. Me escurro por la lóbrega estrechez de la calle Gloria. Mi mantón, cuervo de alas abatidas sobrevolando mi cabeza, se va reflejando contra las paredes encaladas.

Sin notarlo, he llegado a la casa en la que golpeé por la tarde; me acerco al patio y me prendo a su cancela para contemplarlo. La claridad lunar estampa los arabescos de la reja en el suelo. El agua duerme en su lecho de piedra; duerme el verde anochecido de las plantas; duerme la sombra deforme de los platos en las paredes. Las macetas floridas son ahora lamparones oscuros en el umbrío jardín. Sólo el perfume insistente de los azahares parece no hallar descanso.

Y otra vez aquella atracción; y otra vez doy uno, dos, tres golpes al llamador de bronce. Crujen los goznes de la pesada puerta, entorpecidos por un óxido de siglos. Atravieso temblando el zaguán. A la luz mortecina y titilante, los azulejos y los visillos del recibidor me resultan familiares. No sé cómo aparece la mujer que entra delante de mí, lleva en la cabeza un mantón blanco con azahares bordados y un vendaje sobre el ojo derecho; es de pelo oscuro, ojos negros, tez aceitunada y tiene un lunar sobre la comisura izquierda.

Desde el interior de la casa un hombre grita, con claro acento andaluz:

-¡Ar fin vuelves, mujé! ¿Has orvidaó que hoy e´ siete de mayo de 1845 y cumples los 50? ¡Deja ya de bebé el oló de los naranjos y ven a festejá con vino de Jeré!

La mujer nota mi presencia; se vuelve; me mira un instante y sonriendo me invita al abrazo.

Yo arreglo mi mantón blanco con azahares bordados, aprieto el vendaje que tengo sobre el ojo derecho, la tomo del brazo y juntas nos desvanecemos por las calles del barrio de Santa Cruz

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Ay, Sevilla de mis amores!
    Tengo recuerdos inovidables con un amor andaluz en un patio sevillano en el Barrio de Santa Cruz.
    Me ha encantado este relato porque yo he andado, enamorada de la ciudad y de él, por los mismos rincones.
    Y tampoco olvido el aroma de los naranjos y de las flores de azahar.

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