Tres a, y en Sarmiento. Autor: Leonardo Agustín Segovia

Nos reencontramos a las ocho en punto de la mañana, pero recién salimos de la ciudad al cabo de una hora. Pasamos a buscar a Ezequiel, que se demoró un poco porque no podía entrar a su pequeño perro “Toby”; luego fuimos por un tanque lleno de combustible. Transcurridas unas dos horas de viaje  estábamos en Sarmiento, la “Ciudad de los lagos”.   Mientras  mis copilo-    tos   dormían,  yo -sin poder hablar con nadie- no dejaba de sorprenderme   del  zorro que atravesó  lentamente la ruta con un  pedazo de carne ensangrentada  en  su  boca;  como  si  mostrara  un  trofeo.

Primeras paradas: la estación  de  servicio y la oficina de turismo;  luego     el camping del Rio Senguer y el del lago. Allí tomamos unos mates en el  auto, porque pese a ser pleno verano,  estaba fresco y nublado. Deliberación de por medio, decidimos acampar sobre el río. Este camping tenía sus ventajas: quedaba más cerca del pueblo, parecía estar más    equipado y  su imagen era menos desoladora. Pasamos al supermercado a comprar el almuerzo,  que  hicimos  después  de  armar  la  carpa.  Como  casi  todas  las  veces,  Fernando  inició  el  fuego ;  él  tenía   experiencia  y sabía hacerlo a la perfección.

A la tarde, que seguía nublada, fuimos a tomar un  helado y al Parque Paleontológico. Este cuenta con réplicas de dinosaurios que habitaron la zona. Fueron  realizadas  por  paleoescultores  en  su  tamaño  original  y  están,  a cielo abierto.   En el predio, también se halla el Museo Regional. Según nos explicó la guía, pronto todo será un complejo museológico. No sólo  podía observarse fósiles y réplicas, también contaba con objetos pertenecientes  a  los  pueblos  originarios  y  a  las  primeras  familias  colonas  del  valle.  Nos  llamó  mucho  la  atención  algunos  de  esos objetos, pero ninguno tanto como “el sobador de manos”, tal como lo indicaba su leyenda.  Era  la  primera  vez,  que  yo  escuchaba  sobre la existencia de algo así. A propósito de su forma y de la pícara imaginación de Fernando y Ezequiel;  nuestras  comentarios  y  carcajadas  irrumpieron  en  el  monótono silencio del  lugar.

De vuelta en nuestra morada,  hubo metegol, una partida de escoba, una recorrida  a  la  vera del río, duchas y “un pinchón”,  según la expresión de un joven chileno que ofreció gentilmente su ayuda para cambiar la  cubierta del coche. A la noche hizo más frío… por lo que preferimos refugiarnos  en  el  restaurante  de un hotel.

A la mañana siguiente, me desperté siendo más o menos las ocho horas; y a las  nueve,  salió  Fernando  de  la  carpa  mientras  yo  hacía  el  fuego.  A  la hora, fue el turno de Ezequiel, que por la noche roncó y habló dormido… Emprendimos  viaje  al  bosque  petrificado, distante a unos 28km. Pero fueron  suficientes  unos 15km para  dejarnos  con el caño de escape en la vista  del  retrovisor,  luego  en la mano y cuando se enfrió, en el baúl del auto.  Habiendo  desistido de aquella travesía, que parecía solo estar preparada para vehículos altos o 4×4, pasamos a conocer el colegio agrotécnico.  Nadie  había  allí,   salvo  la  portera  que   justamente se  retiraba…  y nosotros, casi  detrás  de  ella.  Los  mosquitos  apresuraron  nuestro  superficial  recorrido  por  los  patios; no alcanzamos ni a recoger algunas  frutas. A la tarde, los chicos  volvieron al metegol y después   pasaron a la cancha grande a jugar fútbol. Yo aproveché a recorrer el camping, para concluir caminando apenas unos metros por el  sendero del  Mallín Chico. Luego  de haber observado ligeramente el juego en la cancha, y habiendo visto  que  Ezequiel  y  Fernando  estaban  aparentemente bien,  me recosté por un momento.  A su regreso, buscándome provocativamente,   sacudieron la carpa mientras yo permanecía adentro, inmuta-      ble. Inmediatamente ingresaron  y  la  pequeña  superficie  de  lona  se  convirtió  en  un  ring de lucha libre de dos contra uno; mis únicas armas :  mis manos y mi pequeña  manta  de lana cruda que la abuela me dejara como herencia. Después de merendar,  fuimos a juntar leña por la galería  de  árboles que surcaban el río del otro lado del puente. En tal actividad y con el hacha en  mano, Fernando y Ezequiel demostraron entonces sus  fuerzas y sus destrezas; en este y en muchos aspectos más, yo me  sentía en situación de inferioridad respecto de ellos (pero eso me alegraba).

Acercándose  el  ocaso,  el  intenso frío  y el viento,  nos dirigimos juntos a las duchas y nos divertimos bastante con las zapadas improvisadas “del leñador”  y  el acompañamiento “del asador”, que pasaba letra si era necesario.

Vuelto  de compras,  con  chorizos  y  salchichas  parrilleras,  pan,  gaseosa, sobres de sopa y helado, el leñador Ezequiel y el asador Fernando prendieron el fuego y levantaron una gran fogata que nos permitió alumbrarnos  y  soportar  las  bajas  temperaturas.  Antes  de  comer  los  choripanes,  y a modo de entrada,  mis caldos tuvieron gran aceptación.

Lejos  del  amanecer  anunciado  por  loros y  teros;  la hora del despertarse del día siguiente nos emparejó un tanto más. Nuevamente Ezequiel me despertó por la noche, pero esta vez con sus estornudos y cómplices risas; había tomado frío tras haber ido  –según él- al baño… seguro que fue  al árbol más cercano. Si bien no al mismo tiempo, los tres nos levantamos alrededor de las nueve de la mañana. El día auguraba ser más cálido y soleado. Luego del desayuno (que incluyó, helado!) nos fuimos a la  “Granja San José”; yo quería conocer el sistema de cultivos hidropónicos, los chicos aceptaron… La chacra quedaba a unos pocos kilómetros del pueblo, por el mismo camino que conducía a la escuela agrotécnica y finalmente, al bosque petrificado. La ida fue en vano, no había nadie que pudiera conducir nuestra visita, aunque permitió que unas “caseras” recordasen a un pastor con el sólo hecho de haberme visto. Fernando supo    de quién se trataría. Había estado por allí, de paso, con su familia  alguna vez,  habiéndose tenido que ir tras un problema “de   polleras”. Yo  me quedé con la sensación de que ese camino de ripio estaba cargado negativamente, al menos para con nosotros: no pudimos cumplir objetivo alguno a ninguno de sus destinos –el bosque, la escuela, la granja-. Terminamos pasando un rato en la Plaza San Martín, hermosa como siempre. Comimos un par de manzanas verdes, Ezequiel y Fernando jugaron con su pequeña pelota de rugby y compartieron unos pases conmigo, hicieron algunos pasos de hip hop y conversaron un rato con el placero en la glorie-   ta central. Yo daba unas vueltas a su alrededor… Observé lo que parecía  ser un monumento a la madre, el busto del Libertador y los viejos armamentos del ejército que yacían sobre la avenida. Me crucé a la iglesia, pedí  para que a los chicos les vaya siempre bien en la vida y recordé que allí se casó mi prima hace mucho tiempo, cuando mi tío vivía en el Regimiento y cuando veníamos con mi familia cada tanto, algunos fines de semana.

Comprando el almuerzo, una pizza para hacer a la parrilla, supe que   el empleado de vigilancia del supermercado les advirtió a los chicos que se pongan la remera. Era el mismo que el día anterior los sorprendió echándose desodorantes por doquier… Inquietos siempre, pero esta             vez sin ser descubiertos ni sorprendidos, pellizcaron y comieron -entre risas-  del  mantecol  trozado.

A la tarde fuimos al Lago Musters. Si bien el agua estaba helada, Ezequiel    se sacó todos sus collares, se dio un chapuzón y luego tiritó por un rato. Fernando y yo, apenas nos mojamos los pies. Nos recostamos en el pedregullo y cada tanto mirábamos a las chicas que tomaban sol apostadas a unos pocos metros. No sé porqué, pero Ezequiel estuvo distante y como ausente por un momento… igualmente, tomamos unos mates amargos con unos dulces pastelitos de membrillo.  Nos alejamos pensando ya en el retorno… Desarmamos la carpa, juntamos nuestras pertenencias y pusimos de nuevo     a León y La Bersuit. Le pasé un trapo mojado a los vidrios y luces del auto, nos bañamos por última vez y nos despedimos de la Administración del camping. Pasamos a cargar nafta, nos fuimos tomando yogurt, escuchando    el rugir del escape libre del coche y las canciones de Quilllapayún y  Víctor Jara, que a los chicos tanto les había gustado. Ellos, además,  bailaron como podían y acompañaron con la percusión. En la estación de servicio de Cerro Dragón, la única a mitad del camino, bajamos para ir al baño. Acabábamos de esquivar un tierno piche…Yo aproveché para echar    un poco de humo y los chicos para comer. Hicieron trueque con sus galletitas y tomaron la leche; en eso estábamos y se comunicó la mamá de “Patu” –como  llaman  a  Ezequiel  sus  amigos  y  compañeros – ;  vaya  casualidad  la suya: era el único lugar en el que había señal para la telefonía móvil.

A Comodoro llegamos con las luces del alumbrado público y con el gran tránsito que caracteriza a la Ruta Nacional N° 3 en su paso por nuestra   ciudad. Fernando sintonizó rápidamente una radio y por largo rato, se     rieron burlonamente al mirar a otro conductor que escarbaba con gran   ímpetu sus diminutos orificios nasales. De noche, ya estando en el viejo  barrio de Km. 5, nos fuimos a la playa con una refrescante bebida espumante. De inmediato se acercó Lucas, el integrante que faltaba de los autodenominados “Pepis”; había respondido a un “mensajito”. Conversamos un poco y nos marchamos. Lucas se volvió caminando solo. En la casa de Ezequiel no había nadie –como a mí, nadie lo esperaba-. A Fernando en cambio, lo esperaban su mamá y su papá. El protestó murmurando porque salieron a recibirnos y saludarnos; esto parecía avergonzar su autoestima adolescente.

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