Primer mundo o tercer mundo, la esencia es siempre la misma. Autor: Adriana Laura Cristófalo Vidal

Hace tiempo mis abuelos vinieron de España huyendo del hambre y de la guerra. Nunca hubieran imaginado que su nieta, iría a su pueblo natal, muchos años más tarde. El pueblito se llama Malpica, está en la costa brava de Galicia.

Es una ría que entra en el mar, de un lado el puerto, del otro la playa. Un lugar realmente pintoresco. Uno puede ver a los pescadores del pueblo, mezclados con los turistas, disfrutando de sus arenas blancas.

Solo basta estar un tiempo, para entender el dicho de: “pueblo chico, infierno grande”.

Las figuras principales son el cura, el doctor, el juez, el boticario, el cartero. Y por supuesto detrás de ellos o delante, si observas con detalle, sus señoras. Cada una se pasea por el pueblo, cual primera dama. Es difícil que sepas su nombre, pues ellas se presentan con orgullo, como la señora de… La obligación principal de las señoras, es diferenciarse de las mujeres de los pescadores. Por eso se unen y forman un grupo exclusivo, llamado las amas de casa de Malpica.

Su época destacada, el verano. Es el tiempo del gran movimiento, de las fiestas católicas, donde aparentando rendir homenaje a la Virgen María, o al santo principal del pueblo: San Adrián, se vanaglorian de su poder. Trabajan denodadamente, cortando ramitas de pinos y pétalos de flores, para realizar unas alfombras en la calle con detalles increíbles. Dicha alfombra dura tanto como la procesión, unas pocas horas. Pero en ese lapso es admirada por todo el pueblo y las “señoras de” logran su cometido. Escuchan agradecidas los halagos, simulando una humildad totalmente carente. Lucen sus mejores vestimentas, su cabello perfecto, su maquillaje más aún. Y cuando alguna vecina les dice:

–        Que hermoso trabajo, cuando tiempo les habrá llevado

–        No, por favor. Lo hacemos con mucho amor, por nuestro pueblo y por la Iglesia. Todo es poco para el Señor – dicen con humildad fingida

–        Y que hermosas que están, no se como hacen – contesta la vecina, pensando que ella apenas tuvo tiempo de arreglarse, después de ayudar a su marido pescador

–        Apenas si nos peinamos, idea suya – y ríen felices

–        Y dentro de unos pocos días, tienen que preparar a la virgen, con el trabajo que da

Realmente ver como visten a la estatua de la virgen, daría celos a cualquier novia. Su manto bordado en oro, es acicalado con sumo cuidado. Ni una pequeña mancha puede quedar, debe estar inmaculado como la Virgen María.

–        Vestirla, es el mayor honor que Dios nos puede dar

–        Lástima que todos después besamos el manto y se ensucia tan rápidamente – la vecina había clavado la estaca, ansiaba este momento

–        Es la costumbre y bueno… – el rostro de las “señora de” ya estaba menos distendido, pero la sonrisa seguía pintada

La vecina espera que se alejen, para desdibujar un poco más la alfombra con los pies. Todo con gran disimulo y pensando: “No es justo, que después de pasar el Santo, la alfombra siga ahí. Y yo que por preparar a los niños, apenas pude ver la cola del santo. Igual hoy Diosito debe estar distraído siguiendo la procesión”

Las amas de casa deben estar enteradas de todos las noticias del pueblo. Yo llegué a ese pueblo, con mi madre y mi tío. Los dos nacieron en Malpica y vinieron a Uruguay, teniendo mi tío diecisiete y mi madre diez años. Hablan el gallego como si nunca se hubieran ido, a pesar de haber pasado más de cuarenta años. Yo lo entiendo, pero no lo hablo. Y de esta forma fuimos “la noticia”. Como broche de oro mi nombre es Adriana. Por lo cual todas estaban seguras que fue un homenaje de mi madre, al Santo del pueblo: San Adrián. En realidad mi madre nunca pensó en él al elegirme el nombre, pero ninguno de los tres, las sacamos del error. Si mi nombre nos daba otra categoría, por qué dejar de aprovecharlo.

Y a mi madre y a mi tío los apodaron: “los americanos de Malpica”. Por supuesto lo decían en susurros, pero un pueblito, todo llega a los oídos y no fuimos la excepción. Nunca me quedó claro si era una forma simpática de llamarlos o en realidad un modo de marcar distancia, y ya no tomarlos como gallegos al haber emigrado. En fin, los dobles mensajes eran materia cotidiana y uno se adaptaba a ellos.

Nos quedamos en la casa de una prima, que nos hospedó con gran alegría, por lo menos en apariencia. Su nombre es Josefina, pero todos le dicen Fina. Su gran cuerpo robusto, parecía oponerse a su mote. Ella había quedado viuda hacía unos meses. Por lo tanto, en el reencuentro hubo risas y lágrimas. Al igual que su marido, ella siempre trabajó en la pesca. No pertenecía al grupo selecto, pero nuestra aparición le dio otro prestigio.

Fina es una mujer muy alegre, que pasó por la guerra y el hambre. Emigró hacia América y luego de unos cuantos años volvió. Sus hijas fueron criadas en Galicia, pero España dio un salto tan grande, que entre padres e hijos, parece que hubieran varias generaciones de diferencia. Ella es casi analfabeta, sus hijas el polo opuesto. Ella supo de hambre y sacrificio, sus hijas de estudios y drogas. Sus mundos son muy diferentes. Los puntos en común entre padres e hijos, son casi imposibles de encontrar. Sus charlas son forzadas y parecen hablar diferentes idiomas.

Dentro de la casa Fina reía constantemente. Contaba chistes. Vestía de colores fuertes. Y hablaba de su marido fallecido, con alegría y alguna lágrima.

No salía demasiado. Yo no entendía el por qué hasta ese día. La invitamos a dar una vuelta con nosotros, aceptó.

–        Bueno, hoy salgo con ustedes. Pero esperen que me cambio

–        Sí, te esperamos, no hay problema

Cuando Fina apareció, enmudecí. Su vestuario era escalofriante. Sus ropas eran negras, su actitud adusta. Entonces nos miró y dijo:

–        Al fin y al cabo soy una viuda – y mostró su ropa – no hay que dejar que la gente hable

Más sorprendente fue su actitud en la calle. Saludaba sin levantar demasiado la voz, con gesto adusto. Una vecina le dijo:

–        Que suerte Fina, que te decidiste a pasear un poco

–        Pasear es una forma de decir, acompaño a mis primos, es mi deber – dijo Fina con cara triste señalando a mi madre y tío

–        Hola, como están? Ven todo muy diferente no? – y sin esperar respuesta – las casuchas se transformaron en pisos increíbles y casi todas las familias tienen dos autos. Antes nosotros íbamos a hacer la América, ahora los americanos vienen a hacer la Europa – y río feliz

El trauma de la pobreza de antaño, había calado los huesos de los habitantes. Y siempre que podían mostraban la riqueza de estos tiempos.

Además el tacto no es una de sus cualidades.

Cuando mi madre fue a contestar el saludo, su prima rápidamente dijo:

–        Ála!, Ála! Vamos que se va ha hacer tarde.

Te explico, esa muletilla que usan como expresión: “ála”, tiene muchos significados. Es una forma de decir hasta luego, acá se terminó la charla, nos vemos otro día y todo sin la menor delicadeza. Luego de unos días te acostumbras, pero igual te sigue sonando mal.

Cuando nos alejamos Fina dijo:

–        Viste como son, ahora me van a decir la viudita paseandera. Son todas unas brujas. Están deseando criticarme, pero yo sigo poniendo cara de viuda y las dejo con bronca – río feliz

–        No, creo que sea para tanto. Estaba contenta de verte en la calle – respondió mi madre

–        No, Lola. Escúchame bien, hace mucho que no estás acá. Hay que cuidarse mucho. – y agregó – mira si yo le digo, que se que su hijo se droga

–        Pero Fina, no hagas caso, disfruta

–        Hagan lo que les digo, si otra nos quiere parar. Saludamos de lejos y pongan cara de que van con una viuda

En este punto, yo no podía ni respirar. Mi tentación era insostenible. Nunca me imaginé que había que poner cara y pose de “viuda”, además de la ropa negra. Pero como haría para poner cara de acompañante de una viuda, ¡que Cristo bajara del cielo y me lo explicara!

Fina seguía rezongando, cada vez más enojada. Cada persona que había echo dinero en el pueblo y ella no tenía claro como, era con la droga según su entender. Su tono de voz era alto como siempre. Pero si una persona pasaba cerca, instantáneamente ponía cara de viuda. Mi duda era:¿practicaría ante el espejo?

–        Te digo Lola, vos al ser viuda, ayudas. Pero tu hermano y tu hija, parecen turistas disfrutando. No me ayudan ni un poquito – dijo Fina muy enojada

Hablaba como si no estuviéramos presentes. Mi tío y yo nos miramos y soltamos la risa. Mi madre nos lanzó una mirada asesina. Esto fue peor

–        Si no paran de reír, ya van a ver. Otra vez salimos solas, Lola – y agregó – claro, tu hija, divorciada y tu hermano casado, así no se puede

–        Te juro Fina, que para la próxima práctico – dije lo más seria que la situación me permitía, pero tentada a simple vista

–        Bueno, está bien. Sigan conmigo – dijo Fina muy segura

Fina nunca entendió el  chiste. Por lo cual ya me veía ante un espejo y con Fina dándome clases de cara de acompañante de viuda. Ahora entendí por que me presentaba como soltera. Pero no era la única. Cuando preguntaban por mi estado civil y yo decía divorciada, en seguida preguntaban si tenía hijos. Al yo contestar que no, decían entonces sos soltera. Se ve que a San Adrián, no le gustan las divorciadas.

Mi tío se quedó con unos amigos, evidentemente era más de lo que él podía soportar. Y como nunca dejó de reír, Fina parecía aliviada de perderlo en el camino.

Seguimos por la playa y luego por un camino en la montaña, que iba rumbo a la Iglesia de San Adrián. Por primera vez, rogué al santo, que ese no fuera el destino final.

Ya había hecho el camino el día de la procesión y pensé morir. Cada señora mayor que pasaba con bastón a mi lado, parecía tener patines en los pies. Y solo de pensar, que adelante iban feligreses cargando al santo y que pagaban para tener dicho honor, me parecía un milagro divino. Todo era subida y bajada, un caminito de tierra horrible y un calor insoportable. Al santo nunca lo vi, la iglesia era diminuta, medio derruida y atestada de gente.

San Adrián me cumplió y en un campito descampado nos quedamos. A partir de ese momento fui una devota más.

Realmente desde esa altura, la vista de la playa y el pueblo, resultaba panorámica. El lugar realmente hermoso.

De pronto Fina nos dijo:

–        Cuiden, que no venga nadie. Cualquier cosa me avisan. Yo acá venía de niña

Mi madre y yo miramos hacia todos lados sin comprender. Realmente fue un momento para filmar.

Fina de pronto se tiró al pasto boca arriba, y en seguida empezó a girar sobre sí misma. Reía como loca y paraba mirando al cielo. Abrió sus brazos al cielo y dijo:

– “Viches como rolo, meu queridiño, viches como rolo”

O sea le hablaba a su marido, que ahora estaba en el cielo y le decía: “viste como ruedo, mi queridito, vistes como ruedo”.

Del asombro pasamos a la risa, mientras la mujer seguía rodando por el pasto, riendo, parando y hablando al cielo.

Entremedio de todo esto, me decía:

–        Cuida, Adriana! Mira si viene alguien. No es broma

De pronto di la voz de alerta, una pareja se acercaba. Como si tuviera resortes en el cuerpo, se paró en un segundo. Quedó con la mirada perdida en el horizonte y nuevamente apareció la cara de viuda.

Miré el pasto que había quedado aplanado, único testimonio del momento de locura de Fina. Siguió el trayecto de mi mirada y en seguida hizo que nos corriéramos de lugar.

–        Sí, es mejor. No vaya a ser que miren el pasto y se den cuentan – dijo Fina contestando una pregunta que yo nunca hice.

–        ¿Siempre venís acá? – pregunté cuando pude hablar

–        Sí, pero sola es más difícil. No puedo rolar tan a gusto, entiendes?

Preferí no contestar. Para ser sincera no supe que decir, todavía no salía de mi asombro.

Fina dentro de su ingenuidad, en esos momentos, volvía a ser niña. Volvía al tiempo en que aparentar no era necesario.

Pasó el tiempo, yo estaba nuevamente en el Uruguay. Fui a la casa en la playa de un matrimonio amigo. Es un lugar hermoso en Santa Lucía del Este.

En el invierno es un pueblo, en el verano los lugareños reciben a los turistas, de su propio país.

En la casa vecina, hay un matrimonio que vive todo el año en el lugar. Para ellos no es un lugar de veraneo, es su pueblo. Son una pareja algo especial, por su historia y tal vez físicamente un poco despareja. Ella petisa, regordeta. El es alto, musculoso, con pelo negro, con ascendencia india evidentemente. Pero tienen algo en común, se sienten dueños del lugar y tienen un gran ego.

Es evidente que el espejo les devuelve una imagen diferente, a lo que uno ve realmente.

Ese verano la pareja tenía una gran noticia para contar, en donde ellos eran protagonistas. Los dos pensaban que ahora no importaban las novedades que trajeran los montevideanos, ellos serían estrellas y provocarían gran envidia.

Ni bien llegamos hicieron su aparición. Luego de los saludos correspondientes dijeron:

–        ¿Qué novedades hay por Montevideo? ¿Algo nuevo? – dijo la mujer

–        Nada en especial y por acá? – dijo la montevideana

Eso era lo que estaban esperando. En realidad no interesaba escuchar, sino contar “la noticia”.

–        No lo van a creer! Van a filmar una película de la historia del Uruguay. Donde van a ocupar un lugar fundamental los indígenas.

–        Ah, mira que bien – dijimos por compromiso sin entender

–        No te explicas bien, mujer! – dijo el marido tomando la palabra

–        Claro, mi marido va a actuar. Va a ser de indígena – aclaró la mujer

En este punto, la sonrisa de los dos era amplia. Nos miraban tratando de ver la admiración que nos provocaban. Al no contestarles, porque ni tiempo nos dieron, la historia comenzó a crecer

–        En realidad, hablo en confianza, va a ser el jefe de la tribu, el actor principal. Por favor no cuenten, no queremos que los vecinos nos envidien – dijo la mujer simulando humildad

–        Mira que bueno. Felicitaciones

Nos cortó en seguida el hombre, mejor dicho la futura estrella

–        Sí, y nos van a pagar en dólares. Así es la industria del cine. No se como haré para seguir con el taller, pero tengo futuro como actor

La mujer lo cortó para ser también protagonista:

–        Sí, y yo ya estoy a dieta. Me voy a teñir el pelo de negro. Así cuando me vean, me ofrecen un papel fundamental. Si me miran bien, también tengo rasgos indígenas, no?

Como decirle a la señora que su tez blanca, su abdomen pronunciado y su pelo blanco, de tanto teñirse de rubia, era lo opuesto a una mujer indígena. Imposible y más imposible aún, que nos escucharan.

De pronto el perro de la pareja apareció ladrando y moviéndonos su cola. Era un cuzco simpático, pero demasiado flaco. Yo pensé que tal vez ahora empezara a tener comida, el pobre animal. Jamás imaginé el futuro que le esperaba

–        Y el perro también va a trabajar – dijo la mujer rápidamente

–        ¿El perro también? – preguntamos atónitos

–        Sí, van a ver perros cimarrones. Nos va a dar un poco de trabajo. Pero si le teñimos el pelo y lo alimentamos un poco, ¿quién va a notar la diferencia?

–        Sí, él también – corroboró el hombre

–        Seguramente, los productores van a venir por casa. Por eso la estamos adornando un poco. Ni se imaginan el cuadro que compramos, y nos salió tres pesos.

En este punto, ya sentíamos vergüenza ajena. No quería ni imaginar, cual era la obra de arte que salió tres pesos. Pero la respuesta a mi pregunta no se hizo esperar.

–        Sí, es una pintura de un famoso. Claro una copia, pero parece un original. Verdad? Amor. Yo nunca miento – dijo la futura india

–        Sí, es la Mona Lisa. ¿La conocen? – sin esperar respuesta – Por favor vengan a casa, así la ven y nos dan su opinión. Entre nosotros, en confianza, el feriante ni sabe la obra que nos vendió.

Acto seguido, fuimos llevados a la futura mansión. Vimos a su hijo, y nos imaginamos el indiecito, hijo del jefe de la tribu. Si nos descuidábamos, nosotros seríamos parte de la tribu, seguramente sirvientes del cacique.

Y ahí estaba la obra de arte. Con un gran marco dorado, semejante a un sol saliendo de la pared. No se como describirla, pero haré un esfuerzo.

Yo siempre admiré a Leonardo da Vinci y toda su obra. La Mona Lisa, con su sonrisa enigmática, imposible definir si es irónica, burlona o plácida. El gran trabajo del esfumado y el realce en las manos de la mujer.

Imposible confundirla con el original. Me dio pena decirles que el original es pequeño. Esta pintura en cambio, ocupaba gran parte de la pared. Y lo más dramático que la Mona Lisa, carcajeaba mirándonos. Era casi una caricatura del original.

–        La vieron, no? Impresiona verdad? – dijo la mujer

–        Y lo mejor, la risa de la mujer es contagiosa. Yo me cago de la risa, cada vez que la miro – dijo el hombre riendo

Fue una suerte el comentario. Un milagro de Dios, con el perdón realmente merecido a Da Vinci. Ya no tuvimos que contener la tentación y pudimos reír sin remordimiento.

El matrimonio, futuras estrellas de Hollywood, estaban realmente felices. Ahora si que los montevideanos, los iban a admirar. Por fin, ellos eran reyes y los demás sus súbditos.

Y como broche de oro, mi mayor temor se hizo realidad:

–        No se preocupen, haremos lo posible, porque a ustedes les den un papelito en “nuestra” película – dijo la mujer

–        Por supuesto, ustedes son nuestros amigos. Y aunque seamos millonarios, no los vamos a olvidar

Nos dejaron sin palabras. Ni un comentario de nuestra parte. Huimos antes de que empezaran con nuestra transformación. Ya me veía teñida de negro y con dos plumas en la cabeza.

El tiempo pasó, los dólares nunca llegaron. Cada vez que nos veían, nos explicaban que faltaba poco para la filmación.

La Mona Lisa siguió riendo, tal vez tenía algo de la sabiduría del original. Ya sus dueños no la miraban con gran cariño. Terminaron descolgándola.

En su lugar una gran foto ampliada de la familia, perro incluido, donde se habían caracterizado de indígenas. Seguramente pensaron era mejor, para el momento en que los productores los visitaran. En sus sueños era la escena final de la película y hasta los aplausos del público escuchaban.

Hoy recordé a Fina en España. También a los actores sin público en la playa.

Por eso al final de esta historia, que tiene mucho de realidad y un poco de fantasía, te digo de América a Europa, la esencia humana sigue siendo la misma.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    En Malpica, retrato típico de un pueblo con sus personajes públicos.
    Y en Santa Lucía del Este, los seres anónimos que le dan colorido a los lugares donde habitan.
    En el fondo todos los humanos somos los mismos, vengamos de donde vengamos y habitemos donde habitemos. Buena conclusión.

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