Minutos, mentiras y kilómetros imaginarios. Autor: Yolanda Sánchez Flores

Aquel verano pasé unos cuantos días en el Parque Nacional Sequoia y King’s Canyon, intentando recuperarme de un invierno de locos.

No era en absoluto el verano ideal de mi esposa, que a menudo se quejaba de todo: del calor, de la habitación del hotel; de los kilómetros que recorríamos en el coche cada día.

Pero yo quería ver la naturaleza florecer: árboles gigantes; bosques; cascadas y cañones; flores salvajes.

Ella no quiso acompañarme en mis paseos por la montaña. La verdad es que ni siquiera nos tomamos juntos un café en el bar del hotel. Para mí era un misterio por qué había consentido en viajar conmigo hasta California, para luego quedarse sentada en la habitación.

“Peor para ti” –pensé cuando no aceptó mi primera invitación a caminar-. Yo estaba decidido a salir y disfrutar. Así que decidí deleitarme con mis escapadas diarias en solitario y encontrar la libertad y la paz de espíritu que necesitaba.

Me habían dicho que había osos en los alrededores. Nunca esperé cruzarme con uno de ellos, pero justo el primer día viví una aventura escalofriante:

Aparqué el coche y me adentré en el bosque por un camino. Debí haber andado unos diez minutos cuando vi un oso negro enorme de unos dos metros de altura y unos cuatrocientos kilos de peso en el mismo camino, pero en dirección opuesta.

Inexplicablemente, no me asusté.

Al principio, el oso pasó de largo. Pensé que no se había percatado de mi presencia.  Me quedé inmóvil e intenté sacarle unas fotografías. Pero después se dio la vuelta, me miró fijamente, dudó un instante y se detuvo. Nos miramos el uno al otro y empezó a acercarse peligrosamente a mí.

Entonces sí que empecé a preocuparme. Probablemente yo era un bocado delicioso, así que puse fin rápidamente a mis experimentos fotográficos.

Recordé lo que recomiendan los Rangers en estos casos: Mover los brazos, gritar fuerte, enfrentarse al oso con agresividad y lanzarle algún objeto para asustarle.

¡Qué fácil es dar consejos cuando no se está delante de un animal de tan espectaculares proporciones en su territorio! Afortunadamente, no llevaba comida encima. De otro modo, mi futuro hubiera estado sentenciado.

“¡Ah, malvada! Seguro que has sido tú la que ha enviado al oso para matarme y así quedarte con mi suculento seguro de vida. Vivirás como una reina en Saint Tropez el resto de tu vida bebiendo champán y conduciendo un Porsche. Nadie sospechará de ti porque no habrá ningún testigo de mi muerte sangrienta a manos de un enorme oso negro americano, en medio de este bosque solitario” –dijo una vocecilla en mi cabeza-.

Podía leer los titulares de los periódicos del día siguiente: “Hombre de mediana edad sin identificar encontrado en las montañas, descuartizado por un oso negro”.

El oso seguía frente a mí. Me armé de valor y agité los brazos ante el animal, muerto de terror; la voz se me entrecortaba del miedo, pero tras articular un par de graznidos, conseguí gritar con todas mis fuerzas. Me quité los zapatos y se los tiré a la cara. El oso retrocedió y siguió su camino. Me quedé unos segundos paralizado por el pánico, con el corazón latiéndome tan rápido como una máquina de palomitas.

Cuando por fin le perdí de vista, regresé al coche y conduje hasta el hotel, donde me tomé una terapéutica y humeante taza de café. Acababa de dar el primer sorbo cuando sonó mi teléfono móvil.

–        ¿Dónde demonios estás? –preguntó mi santa, en su habitual tono mandón-

En condiciones normales, mi respuesta hubiera sido: “No te vas a creer lo que me acaba de pasar” pero esta vez únicamente le dije:

–        Estoy a veinte kilómetros del hotel. Llegaré en quince minutos.

Y colgué.

Me reí para mis adentros, me tomé esos quince minutos para saborear el café y seguí disfrutando diez kilómetros imaginarios. Lejos, muy lejos de mi vida real.

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  1. Elvira Endo Alvarado

    Esos 10 kms de libertad fueron lo mejor de todo después de ese susto tan monumental como el oso

  2. Alces

    Me ha gustado el relato. Lo peor que te puede pasar es hacer un viaje con una persona a la que ya no te une prácticamente nada. Para eso, es mejor marcharse solo (a poder ser, sin que te devore un oso).

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