Retazos de Córdoba. Autor: Juan Murillo Sáa

Viajamos a Córdoba porque Belén había mostrado muchísimos deseos de visitar la ciudad hacía unas semanas. Así que yo aproveché la cercanía del puente de San José para organizar el viaje sin que ella lo supiera. Yo había estado allí años atrás, con mis padres. Regresábamos de Extremadura, de pasar unos días en el pueblo de unos amigos, cuando mi padre decidió que podíamos ampliar nuestra estancia fuera de casa unos días más. De aquella primera vez en la luminosa Córdoba guardo el recuerdo de los patios particulares, abiertos de par en par para que todo el mundo contemple la belleza que albergan y que con tanto esmero cuidan sus propietarios. La calleja de las flores, decorando graciosamente los balcones. Y el sol. Un sol radiante que permanece en mi retina desde aquellos días como un retazo indisociable de la ciudad de los Omeyas, señores de Al-Andalus.

Iniciamos nuestra aventura cordobesa con buen pie. Perdimos el tren. España entera sabe que es la primera vez que me pasa algo semejante, por eso probablemente nos sonrió la fortuna y la compañía nos reubicó en un AVE que salía unas horas más tarde; de modo que nos castigamos a permanecer en Atocha hasta entonces. Independientemente de la defensa que se haga de la red de cercanías, hay que reconocer que el tren de alta velocidad proporciona una comodidad absoluta. En hora y media llegamos a nuestro destino cuando apenas nos habíamos repuesto de la modorra habitual que le entra a uno después de la comida.

Temía que la pensión que había reservado fuera un antro cochambroso, por lo barato, pero resultó estar en muy aceptables condiciones. Dejamos todas nuestras cosas allí y salimos a dar un paseo por la ciudad, no sin antes recoger una publicidad sobre una taberna medieval que anunciaba carnes exóticas en su carta. La idea de devorar una cebra me resultaba muy alentadora así que me prometí echarle un vistazo al lugar en los días sucesivos.

Como era ya tarde para visitar monumentos nos dimos una vuelta por el centro histórico. Córdoba es una acogedora ciudad atravesada por un Guadalquivir diezmado y abarrotada por una horda de turistas extranjeros ávidos de recolectar souvenirs made in Spain. La ocasión es propicia, en uno de los cascos antiguos más grandes de Europa, y ninguno de los visitantes pierde la oportunidad de conseguir desde una estrella de David hecha en plata, recuerdo del pasado sefardí de la ciudad, hasta un compendio de cachivaches repletos de color rojigualda y adornados con el omnipresente toro de Osborne.

Guiris aparte, todo se olvida al bajar por la calle de Torrijos y darse de bruces con la Mezquita, que se alza imponente reclamando para sí toda la atención del visitante. Objeto de numerosas ampliaciones y convertida más tarde en Catedral tras ser Córdoba conquistada por las tropas de Fernando III El Santo, se trata sin duda alguna de uno de los monumentos más importantes de España, patrimonio de la humanidad y símbolo de una curiosa manera de entender la convivencia interreligiosa. La Mezquita se alzó tras la expropiación y posterior derribo de la basílica cristiana de San Vicente. Sucesivos emires y califas cordobeses fueron ampliando la edificación hasta el momento en que son los reyes cristianos los que toman el relevo convirtiéndola en catedral, si bien respetando gran parte de la estructura de la construcción.

Continuamos nuestro paseo durante un rato antes de dirigirnos a la Plaza de la Corredera, lugar recomendado para disfrutar de unas bebidas y tapas a bajo precio en la pléyade de terrazas que la inundan a diario. Nos sentamos en una y al instante acudió a atendernos un muchacho marroquí cuyo dominio del español no era precisamente nativo, pero que manejaba los pedidos en una agenda electrónica con sorprendente soltura. Llegado el momento de regresar a la pensión hicimos unos someros planes sobre el recorrido del día siguiente y nos perjuramos que madrugaríamos para poder aprovechar bien el día. Sorprendentemente cumplimos nuestro objetivo. Quien lo iba a decir…
A través de la Puerta del Perdón llegamos al “Patio de los Naranjos” de la Mezquita de Córdoba. Afortunadamente nuestro madrugón hizo su efecto y apenas tuvimos que guardar cola para sacar nuestra entrada y disfrutar del esplendor del arte andalusí. El interior de la Mezquita es básicamente una compleja estructura de columnas de mármol, jaspe y granito que sostienen los famosísimos arcos de herradura bicolores que a uno siempre le vienen a la cabeza al pensar en el monumento. Me llama la atención que las huestes de Fernando III, probablemente extasiados en la contemplación de esta obra apologética del poder califal, no echaran abajo todo para edificar su catedral, sino que simplemente acometieron las reformas necesarias para adecuar la Mezquita a la liturgia cristiana.

Continuamos nuestro recorrido hacia el Alcázar de los Reyes Cristianos, donde Colón solicitó a los Reyes Católicos la financiación para su alocada expedición a las Indias y que más tarde albergaría sombríos destinos como Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición y, después, cárcel civil hasta la llegada de la II República. Allí pudimos admirar no sólo su interior sino también su exterior, pues el Alcázar posee unos jardines que verdaderamente quitan el hipo. Bien hubiera dedicado algo de tiempo a reposar entre naranjos, cipreses y limoneros al abrigo de la sombra, pero mi estómago no perdona ni una sola comida y la petición de sustento se presentó en forma de rugido en mis exigentes tripas.

Y es aquí cuando llegó el momento de probar los manjares de la taberna medieval cuya publicidad habíamos recogido el día anterior. Una de las muchas cosas que aprendí de mi padre es a desconfiar de los lugares vacíos. El ser humano es un animal gregario y gustoso de la aglomeración, más si hay de por medio un banquete. Por eso cuando vi la nula clientela desde la entrada de la taberna comencé a sospechar de forma alarmante. Sin embargo ya habíamos caminado hacia allí y nos decidimos a entrar. Cuando pienso en el Medievo imagino una gran mesa saturada de enormes raciones de comida y bebida. Por eso me decepcionó conocer el tamaño del dichoso solomillo de cebra. Obviamente no había contado con la dificultad y el cargo en el precio a la comida de importación. Así que pese a la decoración, bastante lograda todo hay que decirlo, constaté que los platos no eran nada medievales en lo relativo a cantidad. Tampoco la calidad era demasiada así que salimos de allí conmigo mascullando entre dientes, como cada vez que no estoy satisfecho con la comida, y Belén soportando pacientemente mis lamentos con una sonrisa condescendiente. De este modo, pasamos el resto del viernes visitando diversos rincones de Córdoba y callejeando por la ciudad donde, dicen, nació el filósofo Lucio Anneo Séneca.

En el libro quinto de sus Tratados Morales, Séneca discurre sobre la brevedad de la vida iniciando su perorata de este modo: “La mayor parte de los hombres, oh Paulino, se queja de la naturaleza, culpándola de que nos haya criado para edad tan corta, y que el espacio que nos dio de vida corra tan veloz, que vienen a ser muy pocos aquéllos a quienes no se les acaba en medio de las prevenciones para pasarla”. Sin embargo, a estas quejas el sabio contesta con una sentencia: “Larga es la vida si la sabemos aprovechar”. Y qué mejor forma de aprovechar una vida que llevando a cabo obras inasequibles al paso del tiempo, como es el caso de Medina Azahara.

El autobús que nos desplazó hasta las ruinas de la antigua Madinat-Al- Zahara supone todo un reto para la resistencia auditiva del viajero. Durante el trayecto se reproduce un DVD sobre el monumento cuyo volumen dista mucho de las recomendaciones de la OMS y me obligó a taparme los oídos y concentrarme en la lectura del folleto explicativo mientras llegábamos.

Mandada edificar por Abderramán III, los restos de Medina Azahara están situados unos cinco kilómetros a las afueras de Córdoba. La ciudad se construyó como símbolo del poder del Califa ante sus rivales fatimíes y resto de oponentes políticos. Incluso teniendo en cuenta que sólo se conserva una pequeña parte de lo que fue la urbe, uno puede hacerse una idea sobre cómo era la vida en aquel lugar, sometido al capricho de sus gobernantes máximos y destinada a ser olvidada y posteriormente saqueada durante la Guerra Civil que acabó con el Califato de Córdoba.

En realidad la visita a Madinat-Al-Zahara, nombre en árabe de la ciudad, requiere de un esfuerzo imaginativo, ya que el aspecto que ofrece en la mayoría de su trazado es el de un piso sobre plano. Existen numerosos paneles explicativos para quienes no disponen de la ayuda de un guía que explican lo que antaño fueron las diferentes dependencias del lugar, pero no deja de sentirse uno en ocasiones como esas parejas que se acercan al solar vacío fantaseando sobre dónde va a ir la cocina. No obstante, el conjunto en sí mismo ofrece una especie de halo evocador que permite sentirse casi como el Gran Visir de Abderramán III campando a sus anchas por la ciudad y soñando con ser Califa en lugar del Califa tal y como lo hacía Iznogud en los tebeos de Goscinny y Tabari.
De nuevo en Córdoba al mediodía, comimos en el restaurante Federación de Peñas, que resultó de mi agrado afortunadamente, y por fin pude probar un salmorejo cordobés elaborado como debe de ser. En general fue un sábado de lo más gastronómico, pues dedicamos la tarde-noche a recorrer las diversas terrazas del centro probando todo tipo de tapas regadas con vino de Moriles y cerveza. Para terminar esa noche, descubrimos el Soho, un local de copas situado en la azotea de un edificio junto al Guadalquivir y desde el que se disfruta de unas vistas espectaculares del río y sus alrededores mientras se bebe y se charla tranquilamente. Aunque también se puede bailar, por supuesto. De todas formas, los que no estén dotados de ritmo pueden acomodarse en los sillones, para charlar o para dar rienda suelta a las pasiones al amparo de la tenue luz del local.

El domingo, con pena por el fin de la experiencia vivida, aunque con ganas de ver de nuevo Madrid, regresamos a la Capital cansados por el viaje pero, eso sí, sin perder el tren esta vez.

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