Historia uruguaya en Rusia. Autor: Enrique Julio Sánchez

La luz que indicaba no hacerlo, permanecía encendida. Pero el avión había tocado ya pista y carreteaba por el taxi way. Así que se desprendió el cinturón de seguridad. La ventanilla le devolvió una imagen familiar. “Aeropuerto de Carrasco”, leyó. Intentó desperezarse en el asiento. Pero veinte horas de vuelo no se quitan con tan simple movimiento. Volvió a mirar por la ventanilla. Sí, estaba en tierra uruguaya.

Sintió como una tibieza en el alma. La misma que cuando escuchó los primeros aplausos en el teatro Hermitage de Moscú, en el estreno de “Las de Barranco”, de Gregorio de Laferrére pocos días atrás, el 18 de octubre.

Ahora .28 de octubre. era el regreso a casa. El grupo que orgullosamente integraba, el Taller de Teatro dela Intendencia Municipalde Paysandú, había cumplido holgadamente el propósito que lo había llevado16.000 kilómetroslejos de la tierra natal: representar a Uruguay en el Primer Festival dela Cultura Iberoamericanaen Moscú.

Representar al país, “a pesar de” vivir en el interior de una nación centralista y crédula de que la cultura empieza y termina en su capital, había sido en sí mismo un logro sin precedentes.

Pero hacerlo y recibir el aplauso de quienes apreciaron la puesta en escena, hacerlo y recibir las felicitaciones de destacadas personalidades del teatro ruso, algunas de ellas de proyección internacional, como el caso de Valentín Tepleakov, decano dela Facultadde Actuación dela Academia Rusade Artes Teatrales (GITIS), había sido un auténtico triunfo.

El avión buscaba su posición en el área de descenso de pasajeros. A lo lejos vio como dos

ómnibus salían al encuentro de la aeronave, para transportar los pasajeros al área de Arribos. Miró, pero en realidad nada vio, porque estaba lejos, muy lejos de allí. A16.000 kilómetrosde distancia.

…………………

Estaba nublado, eso era evidente. El sol se ocultaba tras el horizonte en esa privilegiada altura en que el Rey puede verse cada día, pese a que haya formaciones nubosas o de tormenta algunos miles de metros más abajo. El día iba dejando paso a la noche cuando el avión de Aeroflot inició la maniobra de descenso. De pronto las nubes lo atraparon y entre ellas voló unos veinte minutos, rumbo a una ciudad que se mantenía misteriosa e invisible. Hasta que saliendo de entre las nubes, pudo verse la primera imagen de Moscú, capital de Rusia, ciudad centenaria, ciudad centro de grandes acontecimientos históricos, ciudad que se descubría ante los uruguayos ojos.

Llovía sobre Moscú. Tenuemente, pero llovía. Por la ventanilla se apreciaban esas  primeras imágenes de la ciudad tantas veces soñada. Primero unas casas de material -quizás ladrillo- o madera, en medio de parcelas de tierra, después unos edificios de apartamentos, algunas grandes avenidas con alto tráfico y una vía férrea por donde transitaba un al parecer interminable tren.

La vista, pero especialmente la mente, trataba de atesorar cada imagen. Un poco por eso, el aplauso con que se saludó el feliz aterrizaje, lo tomó por sorpresa. Había tocado tierra moscovita. Por primera vez desde que había salido de Paysandú para iniciar el largo viaje, se sintió nervioso. Estaba en el lugar con el que había soñado tanto, que tanto esfuerzo había costado. Incluso lágrimas.

Salió del avión, caminó por el pasaje interior y fue directo al sector de Migraciones habilitado para diplomáticos y pasaportes oficiales (como el suyo). La funcionaria miró la foto y luego detenidamente su rostro. Definitivamente, coincidían. Selló el pasaporte y lo dejó ingresar a Moscú. Casi todos sus compañeros tuvieron igual suerte. Pero no los argentinos Miguel Bazzuri y Pablo Alcoba que por tener pasaportes comunes debían exhibir una visa que no tenían. Caso contrario, pagar 150 dólares estadounidenses.

El embajador de Uruguay en Rusia, Pedro Dondo, y representantes del Festival, iniciaron inmediatas negociaciones, perola Migraciónrusa se mantuvo inamovible. Lo más que cedió fue ofrecer trasladarlos a un hotel en el propio aeropuerto .20 dólares la habitación. para resolver el problema al día siguiente, con el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso.

Así las cosas, un poco más tranquilo, con el resto de la delegación se trasladó a la residencia del embajador uruguayo, donde disfrutó de una cena donde había dos sitios vacíos, que estaban en la mente de todos.

Desvelada primera noche

Esa noche no pudo dormir. Después se enteraría que casi nadie pudo. Las siete horas de

diferencia eran demasiado. El cuerpo todavía sentía “en uruguayo”. En algún momento empero, el cansancio lo venció. Fue entonces que soñó. Ahí estaban sus compañeros Miguel y Pablo en el aeropuerto. No en el hotel prometido sino en un oscuro pasillo. Cansados, molestos, preocupados. Los agentes de seguridad apenas les daban importancia. Hasta parecían reírse de la situación. No eran los únicos en ese purgatorio. Había una chica japonesa que quizás ni 18 años tenía. Era interrogada por uno, luego por

otro. Y así sucesivamente. No tenía visa y querían saber por qué había llegado a Moscú. Había también unos chinos que habían llegado para participar de un encuentro científico. Sus celulares agotaron baterías de tantos llamados urgentes. Ellos, uno a uno, a intervalos más o menos regulares, pudieron ingresar a Moscú.

Agotados, Miguel y Pablo, vieron su primer gris amanecer moscovita, desde el área de Pasajeros en Tránsito del aeropuerto. No habían comido, apenas habían tomado agua. Y estaban nerviosos, especialmente Pablo. Miguel también, pero en su caso la procesión iba por dentro. Horas y horas de espera y tensión desembocaron en un nuevo interrogatorio. “Mire, paguen ahora los 150 dólares o los ponemos en el primer avión que salga al exterior”, dijo un funcionario en esa lengua rusa que sonó inteligible. Y repitió en un inglés que los dos argentinos apenas hablaban. “¡Paguen ahora!”, repitió. Ni siquiera pensaron, simplemente pagaron. Querían irse, terminar con toda esa situación. Quedaban con poco dinero, pero nada importaba, excepto abandonar el aeropuerto. Pagaron, y los dejaron libres.

Un sueño que no lo era

Se despertó temprano. La calefacción estaba alta y eso justificaba la transpiración. Pensó en su sueño y sonrió creyendo que era una locura. Pero horas después se enteraría que todo había sido rigurosamente cierto. Las tratativas de la embajada de Uruguay y la de Argentina conla Cancilleríaiban bien encaminadas, pero la presión de los funcionarios en el aeropuerto pudo más.

De todas formas, el almuerzo de ese lunes 17 de octubre fue una fiesta enla Embajada. Elelenco estaba completo y ahora solamente había que pensar en el estreno del día siguiente, en el Hermitage, el mismo teatro donde Stanislavsky dirigió varias obras, entre ellas buena parte de los estrenos de Anton Chejov. Una sala histórica, en medio de los jardines Hermitage.

Como tierra santa

Cuando pisó el escenario sintió una sensación rara. Pensó que así sería estar en tierra santa. Estaba en el primer teatro de Stanislavsky. Hasta le pareció ver su sombra. Le costó comenzar el ensayo, pero poco a poco pudo meterse en su personaje. Se quedó un rato en su camarín, no tanto para descansar sino para disfrutar del lugar. Y pensar en todo lo que estaba sucediendo.

Era, en realidad, la víspera del estreno en el festival. Y aunque no lo quisiera reconocer sentía el peso de la responsabilidad. Sabía que él y sus compañeros tenían frente a sí un gran compromiso. No sólo por representar a Uruguay, sino porque no podía desencantar al público que llegara hasta el teatro. Que tiene un lenguaje universal, más allá de idiomas y hasta de culturas.

La noche de Moscú lo recibió con sus luces y sus ruidos. Caminó con paso firme por Malaya Dmitrovka, pasó por la plaza en honor a Alexander Sergeyevich Pushkin (ese poeta que tanto contribuyó a la europeización de la literatura rusa como hizo influir esta en la cultura europea), tomóla Tverskaya(“la 18 de Julio de Montevideo”, como decía el Embajador) y pronto llegó ala Embajada, donde esperaba la cena. Después se duchó y se acostó. Ahora sí, para dormir. Porque el despertar traería el gran día.

El gran día

Se levantó, tomó la toalla y el cepillo de dientes y caminó hasta la ventana. Había amanecido nublado. El sol todavía no se había dejado ver. No le dio demasiada importancia. En el desayuno todo era alegría. El Embajador hacía la pregunta de todos los días. “¿Quién quiere tostadas?”. Y quien afirmaba que sí, tenía otra pregunta: “¿Blancas o negras?”. El mismo era quien servía té en un samovar cubierto de sellos, el signo de los muchos premios obtenidos a lo largo de los años. La mañana  transcurrió rápidamente y a media tarde salió junto al resto del elenco rumbo al teatro. No era necesario tomar ni el Metro ni un taxi para llegar, porque estaba cerca. A lo sumo a un par de kilómetros. Llegaron para el último ensayo, para el último ajuste y para prepararse para la función, prevista para las 19 hs.

El ensayo fue breve. Apenas un par de escenas clave, especialmente para que los técnicos rusos tomaran sus tiempos. Después, todos a los camarines. El maquillaje era mínimo, apenas una base. Sentado frente al espejo su vida pasó ante sus ojos. Quién lo diría…

Ahí estaba, en una de las capitales del teatro mundial. Era apenas un egresado del curso de teatro, al que le había dedicado los últimos años de su vida. Siempre le había parecido una quimera llegar a la capital rusa; le había parecido demasiado para un elenco con tan poca experiencia. Pero estaba ahí. Podía sentir .muy quedo. el murmullo del público en la sala. “¿Cuáles serán sus expectativas?”, se preguntó. Y no encontró respuesta.

“Primer timbre”, dijo alguien en defectuoso español. Se levantó, se colocó el saco, se probó el sombrero. El espejo le devolvió una imagen conocida. Sonrió para darse ánimos. Y salió al pasillo, donde se encontró con otros integrantes del elenco. En sus ojos reconoció el mismo nerviosismo que lo afectaba. Aunque las sonrisas y las manos en los hombros intentaban ocultarlo.

La hora de la escena

Todas las manos –todas- unidas, demostración gráfica de que el esfuerzo colectivo solamente podría lograr una buena función. La escena estaba a oscuras, pero bajo la tenue luz del pasillo interior, se veía la determinación en los rostros de todos. “Bueno, esta bien, ¡con fuerza!”, dijo Raúl Rodríguez, el director.

Había llegado el momento. Tras cuatro años de estudios, la gran oportunidad de actuar en Moscú estaba a punto de concretarse. No era el momento para acordarse del esfuerzo, la transpiración y las lágrimas vertidas en el largo y sinuoso camino en busca del financiamiento necesario; no era momento de acordarse que el Ministerio de Educación y Cultura no había aportado siquiera un dólar, pese a que el emprendimiento había sido declarado de Interés Nacional; o quela Intendencia Municipalde Paysandú apenas si entregó escuálidos 2.000 dólares. Nada de eso importaba ahora. Ni siquiera los problemas de Bazzuri y Alcoba para ingresar a Rusia. Todo era pasado. Todo había sido, pero no interesaba ya.

La función

Piazzola comenzó a escucharse. El escenario seguía a oscuras. Pero era la señal para ingresar. Todos, lentamente, fueron ocupando sus lugares para la “foto de familia” con que se iniciaba el espectáculo. Una luz cenital y dos frontales mostraron al público esa “foto”. Después, cuando la luz lateral alumbró la escena, la imagen se desvaneció y sólo quedó en escena Doña María (Graciela Paz).

La luz del pasillo le pareció demasiado fuerte. Pero no tuvo mucho tiempo para buscar una alternativa. “¡Qué preciosura! ¡Son una monada!… Dígale que muchas gracias, que se las agradecemos muchísimo”, escuchó decir a Doña María (Graciela Paz). Y entró en personaje. Se puso al lado del piano que estaba detrás de la escena y esperó su momento. La hora y media pasó casi sin darse cuenta. Porque fue como si no la hubiera vivido. La vivió su personaje, pero no él. Y su personaje no estaba preocupado por estar en Moscú. Es que, en realidad, no lo estaba, estaba en su época, en su sitio. No en Moscú. “¡Carmen!… ¡Carmen!…. ¡Carmeeennn…!”, clamó Doña María y cayó sollozando junto al Capitán Barranco (Miguel Bazzuri), que había permanecido en su silla de ruedas durante toda la obra. Lenta, dificultosamente, se fue acercando. “Chirrii.., chirriii…” se escuchaba nítidamente, mientras la silla de ruedas se movía. Barranco estiró con gran esfuerzo su mano. Y alcanzó a acariciar el cabello de Doña María, su esposa, la mujer de Barranco, eje de la obra que en esos momentos culminaba.

Un aplauso pleno de afecto

El aplauso cálido y afectuoso lo llenó de gozo. Las luces de la sala se encendieron y entre

bambalinas pudo ver los rostros satisfechos de la audiencia rusa, que no había entendido una palabra, pero que daba muestras de haber comprendido cada emoción. Saludó junto al resto del elenco. Dos, tres veces. Sintió algo húmedo en su rostro. Adivinó antes que comprender, que era una lágrima. El pasillo interior volvió a reunir al elenco. Se miraron, profundamente emocionados. Algunos de sus compañeros se abrazaron con fuerza y sin palabras. La inquietud del estreno, el miedo a presentar una obra en un idioma diferente al que los espectadores hablaban, habían sido finalmente vencidos. En el teatro Hermitage todavía se escuchaba el rumor de los espectadores. No se entendía lo que decían, pero parecían conformes. El elenco, en cambio, seguía mudo. Disfrutaba el momento, disfrutaba ese instante que la vida les permitía vivir. En el camarín, lentamente se quitó el maquillaje, también el traje y se dispuso a volver ala Embajada. Porúltima vez ese día, se miró en el espejo. Estaba un poco demacrado. Pero sus ojos brillaban con gozo.

Por las calles de la ciudad

Era ya noche en Moscú. Las luces de los autos bailaban veloz danza en las grandes avenidas. Curioso el tránsito de la ciudad. Con pocas reglas, casi una selva donde la antiquísima ley del más fuerte sigue imponiéndose. Curioso el parque automotor, teniendo en cuenta tantos años de ostracismo. Marcas como Mercedes Benz y BMW parecen competir francamente con la local Lada. En fin, pensamientos que trataban de ocultar la gran emoción, apagar el redoble nervioso del corazón, controlar las piernas que casi flaqueaban. Caminó hastala Embajadadisfrutando del fresco aire de fines de octubre.

Caminó entre cientos . quizás miles. de personas apuradas por llegar quién sabe dónde. Bajó a un pasaje subterráneo y cruzó la calle,la Tverskaya, cerca del hotel Marriot (“allí se hospedó el presidente Hill Clinton las dos últimas veces que vino”, recordó la anécdota del Embajador). Y siguió hacia la sede diplomática.

Champagne, champagne

Cuando entró escuchó risas. Ingresó al comedor, que estaba ya listo para la cena y siguió hacia la sala donde estaba la gran chimenea. “Venga, jefe, venga”, le dijo el Embajador. “Jefe”, curiosa forma de llamar a las personas. “Siéntese, que es tiempo de brindar”, agregó Pedro Dondo. En la mesa varias botellas de champagne y una docena de copas esperaban. vio el rostro feliz del Embajador, igual que el de su esposa, Magdalena Shaw.

Y esa felicidad se repitió en los rostros de sus compañeros y de Raúl Rodríguez, su director. El primer corcho saltó y el champagne se derramó un poco. El segundo también, pero con peor suerte, pues el vino espumante se derramó sobre los vestidos de Sofía Sánchez, Alejandra Planell, Graciela Paz y Magdalena Shaw. “Alegría, alegría”, dijo riendo Graciela. Y todos acompañaron su risa. El brindis por el éxito obtenido. Un brindis múltiple, pues cada uno de los presentes propuso el suyo. Después, pasaron al comedor y cenaron. Los comentarios no cesaron. Era una forma de ir sacando afuera tantas emociones. Esa noche salió a festejar, con sus compañeros. Bailó hasta el amanecer. Y no sintió el cansancio cuando al otro día tuvo que estar en el comedor a las 9, para el desayuno. “¿Quién quiere tostadas?”, repetía el Embajador.

……………

Apenas le tocaron el hombro. Pero se sobresaltó. “Vamos flaco, vamos”, escuchó. Miró a su alrededor, con cierta extrañeza. Estaba casi vacío el avión. “Si, si… vamos…” dijo por decir algo. Y comprendió que en pocos instantes había revivido lo mejor de esa quimera convertida en realidad. Descendió la escalerilla del avión y volvió a leer lo del principio: “Aeropuerto de Carrasco”. Estaba en casa. Se puso el saco al hombro, en un gesto casi mecánico. Buscó su pasaporte y su hoja de Migración y siguió al resto. “Sírvase señor”, le dijo la funcionaria devolviéndole el documento. Fue después en busca de su valija, y miró el área de Aduana. “Espero que no me saquen los recuerdos que traigo”, pensó, refiriéndose a los regalos que traía desde Moscú. No a su memoria, ese tesoro que nadie podría quitarle. El funcionario lo miró y miró su equipaje. “Pase, adelante señor”, le dijo.

Caminó unos pasos y pasó entre quienes ansiosos esperaban a sus afectos. Saludó y lo saludaron. Y siguió camino a la puerta, que se abrió automáticamente al detectar su presencia.

Ahora sí. Estaba en su país. Había vuelto luego de ser protagonista de una experiencia irrepetible, desde que fue la primera. Junto al resto del elenco llevó allá lejos, “al otro lado del mundo”, una muestra del teatro rioplatense. “Lindo haberlo vivido, para poderlo contar”, pensó. Nada original. Pero muy cierto.

Enrique Julio Sánchez. enviado especial a Moscú.

Diario EL TELEGRAFO, Paysandú, Uruguay.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    “Lindo haberlo vivido, para poderlo contar”…se puede opinar otra cosa?
    Gracias por contarlo y compartirlo

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