Ground Zero (New York). Autor: Carlos Feal Deibe

Me dirigía a casa en metro (línea 1, downtown) cuando, próximo ya a mi parada, se me acercó un hombre de edad y porte distinguido, quien con marcado acento británico me preguntó dónde debía bajarse para ir a Ground Zero, esto es, la Zona Cero donde se produjo el atentado del 11 de setiembre contra las Torres Gemelas. Quedé perplejo un rato, no sé bien si por la pregunta o porque no tenía una respuesta inmediata. Había estado allí poco después de la tragedia; me abrumó la visión de ese lugar fatídico y nunca más volví a poner los pies en la zona. Sabía que estaba más al Sur y que, por tanto, el metro nos iba acercando al destino final del caballero británico, auténtico gentleman. Formaba parte de un grupo, según pude observar, sentados todos en el mismo banco que yo.

–Franklin, creo –dije, tras larga y penosa pausa.

Pero, concluida mi misión de informador, me asaltaron las dudas. Me levanté del asiento para observar detenidamente uno de los mapas del vagón.

–No –rectifiqué–. Chambers.

–Chambers –repitió el correcto personaje en su inglés peculiar. Una mujer, la única del grupo, me premió con una sonrisa. Agradecía evidentemente que un individuo de mi edad, y mejor trajeado que la mayoría de los habituales viajeros del subway neoyorquino, se hubiera molestado en levantarse de su banqueta para dar respuesta precisa, corrigiendo la anterior, a los venidos de un país lejano, sito (como el mío) del otro lado del Atlántico. El otro lado del charco.

Pese, sin embargo, a la sonrisa femenina, que –como es natural– me llegó al alma, mis dudas retornaron al sentarme de nuevo. ¿Estaba seguro? Olvidado del mapa que había visto, repasaba insensatamente mis conocimientos de la zona. Tras mi parada (Houston) venía Canal, que da acceso a Chinatown, el barrio de los chinos, y luego Franklin y Chambers, por este orden. Me invadió el pensamiento irracional (pobre cabeza mía). Asocié la zona cero con el barrio chino: de éste a aquélla sin ninguna parada en medio. Voceé, abandonando mis buenas maneras, al grupo de extranjeros:

–¡Franklin!

Y bajé a toda prisa, pues divisaba ya la H de Houston. Salí a la calle, al aire puro, cuando –como si hubiera despertado de un sueño– me di cuenta de mi error: ¡Chambers! ¿Qué me había llevado a desdecirme? ¿Intentaba quizás alejar al grupo de la zona cero hacia la que el metro avanzaba sin remedio? ¿O al menos permitirles que se recrearan un poco paseando por Tribeca, lugar de cineastas, donde con un poco de suerte podrían ver a alguna estrella (como Robert De Niro o Scarlett Johansson), antes de acceder a la más espantosa desolación?

Soy una persona sensible. Me duele mucho dar información incorrecta. Hiere, además, mi orgullo ignorar detalles esenciales de la ciudad en que vivo desde hace años. ¿Qué diría el grupo al encontrarse en Franklin y verse, claro está, obligados a preguntar de nuevo por su punto de destino? ¿Y la sonrisa femenina se trocaría en mueca de disgusto? Aquella noche no pude dormir.

 

Varios días después de este incidente fui a ver a mi médico, que tiene su consulta cerca del New York Downtown Hospital. La parada de metro es Fulton; yo, desde mi casa, debo transbordar en Chambers. Así hice en aquella ocasión y, para mi sorpresa, vi mientras aguardaba en el andén que había una salida indicada de este modo: Exit 9/11 Memorial. ¡Lo que me faltaba! No sólo es Chambers la parada para Ground Zero sino que incluso una salida nos señala el sitio adecuado: 9/11. Nine eleven u once de setiembre. La fecha crucial, el ominoso día de la catástrofe.

Me recibió el doctor con su acostumbrada cordialidad. Es un judío mexicano y, además de excelente galeno, le gusta hablar de literatura (cosa rara entre médicos en este país).

–¿No cree que ya es hora de que a Philip Roth le den el Premio Nobel?

–Sin duda –respondo–. No sé a qué esperan. Sería un crimen que muriera sin el Nobel.

Luego, como al azar, formula una pregunta que se diría sugerida por alguna de las últimas novelas, tan jugosas, de Roth:

–¿Erecciones?

–Sí, gracias a Dios –. Y, para mis adentros, añado con sorna: Me embriago naturalmente.

Me despido del doctor y de sus majas enfermeras, que hablan todas español (con delicioso acento mexicano). Me han sacado con gran esmero un poquito de sangre. Como tengo hambre –estoy con el estómago vacío– voy a un buchinche próximo, Panini & Company. Allí me desayuno:

–Un café pequeño con un poco de leche y de azúcar, un croissant y un zumito de naranja –digo en español, que es la lengua nativa de las camareras, así como gran parte de la vecindad. Me encanta Nueva York.

Cojo el metro de vuelta a casa. Llego a Chambers de nuevo y, en vez del transbordo habitual, decido de repente salir, armado de valor. Exit: 9/11 Memorial. ¿Voy a encararme con la nada, como un héroe sartriano? No, no es eso. Veo que mi memoria se ha parado en el tiempo. He sido víctima de un trauma. Necesité de unos turistas para que me apuntaran el camino de la recuperación. Sabían más que yo: hace poco, tras largas controversias y proyectos frustrados, se inauguró este recinto y yo, pardillo, sin enterarme.

Dos espacios vacíos y profundos, de forma cuadrada, señalan el lugar donde se asentaban las Torres. En el centro de ellos hay otro vacío, como una  réplica en pequeño. Otro hueco cuadrado. El agua que desciende de los bordes, en suaves cascadas, va llenando esos espacios. Se evoca la nada y a la vez se la anula con el flujo incesante del agua, la vida. Una zona arbolada se extiende entre las dos piscinas. Y en el extremo Norte se erige un monolito gigantesco que, cuando esté concluido, será el más alto rascacielos de Nueva York. La Torre de la Libertad, que reemplaza vigorosa a la Torres Gemelas destruidas.

Pero hay una ausencia imposible de llenar: la de los muertos (casi 3.000), cuyos nombres figuran en los pretiles que rodean las dos piscinas. Víctimas de los atentados de 2001 y 1993. Hombres, mujeres y niños, con fuerte representación hispana (Castaño, Vargas, De la Torre, Neira…). Creación y destrucción en pugna continua: dos piscinas sin cesar llenándose de agua, pero nunca repletas.

La multitud que me rodea, venida de lugares muy diversos, no es aquélla de antaño, aterrorizada. Pasea, paseamos, entre árboles, arrullados todos por el rumor del agua. Juntos los vivos, los muertos, en este bello parque bajo un cielo diáfano.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Haynque conjurar los fantasmas y aprender a pasear con los muertos (nuestros muertos).

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