El tren de la libertad. Autor: De Acuario

Son las cinco de la mañana de un día más. Otra jornada de agotador trabajo. María barre, friega, limpia el gallinero, el corral, el establo y la pocilga, ordeña las vacas y da de comer a los animales. Se encarama a su vieja furgoneta y marcha al pueblo a vender la leche y los huevos. Vuelve a casa, prepara la comida para sus hermanos mayores que están a punto de regresar del campo, sudorosos, cansados y hambrientos. Después, aun le quedan fuerzas para arreglar la casa, lavar, planchar y avivar el fuego como una vestal en alpargatas.

Cuando llegan las primeras sombras de la tarde, María se sienta a remendar la ropa mientras su pensamiento vuela  y vuela y la aguja refleja en  el aire el rojo resplandor del sol que se despide a través del ventanal de la cocina por donde ve pasar el tiempo y los pájaros. Con los pájaros ha visto pasar muchas tardes, muchos atardeceres, ilusiones, sueños, su juventud, sus amigos y sus padres.

También ha visto pasar a sus hermanos, unos a la capital y otro al extranjero. Por eso espera con resignado sentimiento de fatalidad la marcha inminente de los dos que le quedan. A ellos no les gusta el campo. Emigrarán como todos, todos menos ella. María no emigra. No le gusta la capital. Se siente aturdida por el ruido, el tráfico, la contaminación, la prisa, la angustia y la frialdad de la gente. Tampoco le agrada el pueblo, tan solitario, abandonado y sucio en el que sólo quedan unos pocos viejos.  Trabaja demasiado. Cierra los ojos y ve pasar su vida, la vida de una pobre muchacha encerrada en un cortijo, en las cercanías de un pueblo sin vida, sin apenas juventud, sin inquietudes artísticas ni culturales, sin diversiones, casi un pueblo fantasma.

Hace tiempo su novio también se marchó. Las primeras cartas fueron puntuales y cariñosas, pero luego se fueron espaciando hasta que cesar del todo. Con esta nueva pérdida se colmó el vaso de su soledad y ve cómo los meses y los años  marcan arrugas en su alma y en su cuerpo, joven aún, pero acercándose a la madurez.

Aunque a veces la embarga la tristeza, no se aburre. Tiene algunas distracciones. En los rarísimos momentos de ocio, es capaz de evadirse de su rutina, del cansancio y de la soledad. Lee mucho. Desde que dejó la escuela ha procurado proveerse de libros para alimentar su espíritu soñador. Y escribe, robándole a la noche sus horas de sueño mientras vuelca en el papel su alma inquieta y soñadora, sus ilusiones y fantasías ocultas  en

un rincón de su alma. La gente del pueblo se reiría de ella si enseñara sus escritos. No la entendería. Ni siquiera sus hermanos. Bastante tienen con el duro trabajar. No obstante, María disfruta de otra devoción secreta. Todas las tardes de domingo se acerca a la  vieja estación destartalada y llena de hollín para ver pasar los trenes, para verlos correr vertiginosamente, como si despreciaran al mugriento apeadero del pueblecito. Tan sólo una vez por semana un desvencijado tren de mercancías se detiene unos minutos, recoge a las contadas personas que van a la capital, deja el correo y a veces, un paquete con libros para ella. Le encantan los trenes. En esos instantes, su mente imagina historias, destinos exóticos, problemas e inquietudes personales de los distinguidos pasajeros de tan lujoso tren.

“Si pudiera subir a uno de esos trenes…escapar de este pueblo…librarme del trabajo y la rutina…desprenderme de mis penas y añoranzas…Pero no. No puedo abandonar a mis hermanos ¿Quién cuidaría de ellos, de la casa y de los animales? ¿Y qué será de mí, sola, sin familia, sin amor, sin ilusiones? Él se fue, se fue en el tren cochambroso de cada semana y se quedó allí, en el país extranjero donde con toda seguridad encontró una nueva mujer, una nueva familia.”

Después de haber soñado despierta en la estación camina hacia el cortijo, dispuesta a seguir con sus rutinas y faenas agotadoras, hasta que llega la noche y se queda dormida con un libro en su falda.

—!María! ¿Sabes?— le dice de pronto su hermano mayor—me ha salido un buen empleo en la capital. Me voy.

—¿Tú también?—pregunta ella sin levantar la vista de la costura, resignada ante la frase esperada  desde hace tempo.

— Me pagarán bien, María, ya verás. Compréndelo. Aquí me ahogo. Prometo escribirte, hermanita. Además, vendré a verte a menudo. Te lo prometo.

La muchacha no responde. Hará como los demás. Conoce de memoria las promesas repetidas. Se espaciarán las cartas y las llamadas telefónicas. Una postal en Navidad o por su

cumpleaños. Luego, el olvido total. Por fin le llegó el turno al último hermano, que como los otros, como los demás jóvenes del pueblo, emigró.

“Ahora sí estoy sola. No tengo más compañía que mis animales, mis libros y mis sueños ¿Para qué mantener esta gran casa? ¿De qué me va a servir tanto trabajo?” Lo malvende todo: las vacas, las gallinas, pero sigue viviendo en la vieja casona del cortijo. Piensa en venderlo y emigrar ella también, pero no se atreve. ¿Adónde ir?

Otra tarde de domingo. María, se encuentra en la estación, y como muchas otras tardes, espera ilusionada la llegada del exprés. Pero hoy no es exactamente igual; ha ocurrido un hecho insólito: un lujoso tren se ha detenido en el pobre apeadero. Un impulso incontrolable la empuja a subir. Recorre el tren de extremo a extremo. Está repleto de viajeros. Gente de toda edad y condición. Curiosamente, no se trata de personas distinguidas, como ella había supuesto, sino humildes, al menos la mayoría. Los hay jóvenes y viejos, ricos y pobres, guapos, feos, gordos y flacos, y hasta niños. Todos tienen algo en común. Tristeza. Una gran tristeza se refleja en los rostros de los pasajeros. Algunos sollozan en silencio. Otros suspiran. Se ignoran entre sí. Están inmersos en su desolación. Nadie habla. En su recorrido por el tren, María encuentra un departamento vacío, entra y se sienta.

“!Dios mío. El tren se va! Tengo que bajar. Quieta, ya no puedes. El tren ya está en marcha. Además ¿Para qué? ¿Quién te espera allí? ¿No era ésta tu ambición secreta? Ea. Ya estás en el tren, como lo soñaste tantas veces.”

Un hombre de edad indefinida entra en el departamento. Su porte inspira confianza y serenidad. Es alto y bien parecido. Luce una cuidada barba que empieza a tornarse gris.

—Buenas tardes, María.

— Buenas tardes, señor ¿Cómo sabe mi nombre?

El hombre sonríe y no responde. Extrañamente, ella no espera respuesta. Algo en su interior le dice que este hombre sabe muchas cosas sobre ella. Él le ofrece su mano y ella la estrecha. Es una mano grande, cuidada, cálida y amistosa mano de caballero.

— ¿Puedo sentarme a tu lado?

— Sí. Pero… ¿quién es usted?

— Soy…parte de ti. Soy algo así como tú misma.

María no pregunta. Se debate entre la seguridad y la extrañeza. Ella sabe que él sabe. Vislumbra la verdad. Charlan como viejos amigos y el tiempo transcurre sin sentirlo pasar. El hombre posee una gran cultura, sabiduría y agradable conversación. María se

vuelca en confidencias. Le habla de su pueblo, del cortijo y del campo. Le cuenta su huída  del terruño, sin saber adónde huye, y que a pesar de todo no le pesa ni se arrepiente. Se siente relajada, llena de confianza y no añora lo dejado atrás. Mira a través de la ventanilla. El tren parece correr a una velocidad endiablada. Los árboles, las montañas, las estaciones, las barandillas de los túneles y hasta las nubes, pasan por delante del pequeño marco de la ventana como una película proyectada a toda velocidad.

— Ven—dice el hombre—voy a presentarte a los demás viajeros.

—Sí, sí, por favor. Me encantaría.

—Mira. Esa señora se ha quedado viuda. Aquel hombre acaba de salir de la cárcel y nadie quiere darle trabajo. Ese niño se ha escapado del hospicio. Aquella viejecita está muy enferma. Esa muchacha fue violada en un parque. Ese chico intentó suicidarse porque su novia lo dejó por otro chico. Todos ¿sabes? todos huyen. Absolutamente todos los que han subido a este tren buscan un cambio en sus vidas. Todos corren hacia la libertad, la paz, el amor y la felicidad.

El tren cada vez corre más deprisa. El paisaje ya no se percibe. Tan sólo una ondulación del aire, unas líneas verticales desdibujadas dan fe de su endiablada velocidad. Ahora empieza a entrar en un larguísimo túnel, un túnel negro, interminable, de paredes que rozan el aliento de los pasajeros con un fuerte abrazo de piedra y humedad. El tren en estos momentos está tomando una curva muy cerrada, y es entonces cuando María vislumbra el final del túnel. Un semicírculo blanco, muy pequeño al principio, pero que paulatinamente se va haciendo más y más grande conforme el convoy gana terreno.

El semicírculo blanco avanza y avanza, está muy cerca, muy cerca. Lo atraviesa el tren. María sólo ve luz, una luz vivísima, blanca, inundándolo  todo, pero no hiere la vista. Y  a

medida que el tren  sale del túnel, una suave melodía se deja escuchar, primero débilmente y después, in crescendo, hasta llegar a impregnar cada rincón del tren. La música ahora es

intensa. Ocupa todo el ámbito. El tren atraviesa la nube de luz. Ya sólo existe luz.

La vertiginosa marcha del tren comienza a disminuir. Se detiene poco a poco, muy suavemente, sin el más leve chirriar de ruedas. Poco a poco, los viajeros empiezan a despertar del sopor en que estaban inmersos. Se avivan sus expresiones. Sus semblantes se animan, se distienden. Hablan.

Preguntan. Se mueven. Flota entre ellos una tímida alegría contagiosa. Se abren las puertas. Un sol esplendoroso se cuela en el tren y lo calienta. La mañana es hermosa y cálida. María observa  cómo  la noche pasó sin darse cuenta.

El andén de la estación donde el convoy se ha detenido se encuentra repleto de gente que ríe,  canta y saluda a los recién llegados como si los estuvieran esperando. Los viajeros descienden. Allá, a lo lejos, la ciudad se adivina limpia y alegre. Abundan las torres

y las cúpulas que brillan al sol. Las casas, muy blancas, se distinguen contra un cielo sin

nubes y unas montañas muy verdes. Hay jardines por todas partes y multitud de pájaros entonando un himno a la libertad. Mucha gente por las calles, paseando sin prisas, feliz, tranquila, acariciando a los perros y gatos que deambulan limpios, felices, libres y lustrosos. Los viajeros van perdiendo su tristeza mientras descienden del tren. Ya han olvidado sus problemas, sus vidas y dolores y empiezan a caminar ligeros. Ríen y cantan y abrazan a la multitud como si fueran amigos de toda la vida. María  sonríe exultante. La ciudad la atrae, ejerce un influjo especial sobre ella. Le infunde seguridad. No es como la capital. Aquí no existe la contaminación, ni el ruido, ni la suciedad, ni siquiera hay coches. Pero tampoco es silenciosa y fría como su pueblo. Es una ciudad alegre, llena de vida, activa y al mismo tiempo reposada. Se siente dichosa, muy dichosa. Como nunca recuerda haberse sentido. No la  extraña el contemplar a un lobo y un cordero bebiendo en la misma fuente. El misterioso

caballero continúa a su lado. La mira sonriente, sin hablar, respetando su emoción. Ella le sonríe a su vez. Un hermoso león refriega su rubio lomo por las piernas de la muchacha y una anaconda lame su mano. Todos les saludan sonrientes.

El hombre toma la mano de María y un calor agradable sube por sus venas hasta llegar al corazón mientras un aleteo de pájaros multicolores juega con las águilas y los halcones peregrinos.

María y su acompañante se pierden entre la multitud.

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Este cuento me suena conocido.
    Creo haberlo leido ya pero ha vuelto a gustarme.
    Ojalá el tren de nuestra vida nos lleve a una estación final tal cual la ha descrito quien escribe este relato

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