El rumor de Venezuela. Autor: Jairo Sánchez Hoyos

El rumor se apoderó de su cuerpo, mente, alma, y tensión. A diario se le veía ensimismado por la ilusión de viajar a ese país, el que ni siquiera sabía para dónde quedaba, pero abrigaba la esperanza de algún día poder ir. Juró que también se sentaría en el banquillo de la tienda de la señora Carmela a entretener a la audiencia de la prima noche con sus relatos peristálticos de su recorrido por Venezuela.

A los 15 cumplidos, creyó que había llegado la hora. Con resolución y entrega reclamó los 5 meses de trabajo que tenía acumulados donde el vecino y partió.

Bostezó, se frotó los ojos. No quería dormirse porque entonces no conocía este extraño mundo contenido en la noche. Pero se durmió, vino a despertar en el frontispicio de la aurora. Rato después se coló por entre el vidrio un sol parecido al de su tierra. Pero éste le infundía tristeza y temor. Un temor de interrogantes y deseos. Difería entre llegar rápido para ver cómo era el rostro de esa tierra que le esperaba, o demorar, para ir disfrutando de los paisajes. Una vez en Paraguachón, se unió a una columna que salía esa misma noche. Eran 8 los aventureros, incluyéndolo a él. Estaba una dama bonita, de ojos color panela, piel canela, alta, esbelta, de nombre Candelaria. Tuvo miedo de contemplarla bien claro porque ese nombre tenía candela. Desde lo más hondo de su triste pena comenzó a mirarla. Hablaba poco, cuando lo hacía, sus palabras brotaban justas, sueltas, civilizadas, inteligentes. A pesar de no ser extraordinariamente bella, era bonita, llena de ángel; labios finos, bien delineados, al igual que su cutis, terso, cabello negro, densamente poblado, brillante y nutrido.

La luna brotó de entre negros nubarrones. Surgió brillante, tanto que se notaba clarito el rostro de los caminantes. Este sutil ambiente entregó un toque romántico. Invitaba al noviazgo. Y ocurrió, cuando a lo largo del recorrido recibió una dulce y refrescante mirada acompañada de una estremecedora sonrisa. Tan sólo había sido un instante, que bastó para que él le matara el ojo. Ella volvió a sonreír entre sorprendida y halagada. Esto lo excitó.

Traumático revivir dichoso instante, soñando con ella y despertar a la realidad, la cruel realidad, la que le decía que no era suya. ¿Qué méritos tenía para que ella se fijara en su figura? ¿Será amor en la luna? “Buscaré mi sitio vacío, no vaya a ser que este ardor me haga despertar en un gran prado frío”.

Pero sabor más agradable entra por sus ojos. La dama se detiene, se sostiene en la alambrada y mira para atrás, simula sacarse una piedra del zapato. No cabe duda, esto fue un mensaje de ternura, con el aval de las alturas.

La luna hizo esta labor y se fue. De nuevo todo el boceto se pintó completamente de negro, ya no más rostros, apenas lánguidas efigies. A propósito de efigies rememoró un poema que había aprendido recientemente, el cual se acomodaba bastante a lo que estaba viviendo, Ilusiones:

Por las riberas azules del Danubio

Tus sueños dormidos van

¿Te acuerdas?

Yo gritaba,

Tú no escuchabas,

Tú no mirabas.

Por la ribera

Tus fragancias dejabas

Cómo ilusión perdida

Cómo ilusión pagana.

Por las riberas del Danubio

Tú te alejabas.

La luna en su pedestal absorta miraba,

Después desaparecía;

La corriente jugaba,

El viento reía,

Todo a tu paso,

Alegre se movía.

En vano mi alma quiso

Arrancarte entera

De aquella inmortal figura;

Pero tan sólo en mis manos quedaron

Albores efigios de tu hermosura.

 

Caminaron durante toda la noche. A las seis de la mañana se refugiaron en un bosque. Era la estrategia, ocultarse durante el día, caminar durante la noche. Él no tenía sueño, salió a dar una caminata por el contorno que mostraba un atrayente espectáculo. La melodía del viento llegaba trayendo el trinar de las aves. Había un riachuelo, poco sonoro, pero bonito, reliquia de la creación. Hacían presencia varios árboles de mango. Empezó a escoger los más lindos. Era ella ahora la que gobernaba este tranvía, de alguna manera se los entregaría. ¡Quedó helado! ¡Congelado! Ya no era necesario. Por ellos venía. Ahí viene evaporada en el bordado matinal. ¡Oh, dolor más agudo! Detrás, el marido, celoso y rudo. Antes de llegar, doblan hacía el oriente, hacia el recodo del bello riachuelo. Se desnudó con paciencia. El marido pendiente de todo lo que acontecía en el ambiente.

Extravagante ebriedad con aquel contemplar gozoso. Se bañaba su diosa con tanta y delicada sensualidad que despertaba fuego en el agua. Su cuco de nylon blanco dejaba ver el montículo oscuro, el de los más deliciosos  y sensuales placeres.

Los mangos cayeron al suelo. No quiso. No quería, pero tuvo que aceptarlo, se masturbó.

Ahora duerme plácidamente, pero un mosquito lo despertó. Vio que la figura más interesante de su vida se apartaba del campamento para desocupar la vejiga. Se puso de pie de manera inmediata. Caminó con pasos ágiles y felinos por el mismo camino.

–Candelaria, amor, ni siquiera mires para atrás, deja todo al pasado, camina conmigo sin voltear, sigamos al encuentro del futuro, sobre los rieles del presente. Si no lo encontramos, lo construimos, lo fabricamos.

– ¿Será que ya es tiempo de la cosecha? ¿Tú lo sientes así? ¿Estás seguro de lo que haces? ¿No irás a resultar mutilado, muerto o embriagado con los frutos de la aventura, el riesgo y la locura?

–Claro que estoy seguro de lo que hago y de lo que quiero. Quiero beber, quiero embriagarme con el vino de nuestro viñedo, seremos bienaventurados porque hemos dado rienda suelta al crepitar del amor dentro del prado de la pasión. Abre tu pecho soberano para que entre este animal humano.

Con un fuerte beso, grande, puro, casi depravado, clavaron las ristras en el rostro del potro, y temblando de deseos, subieron a él.

Caminado, casi trotando, descubren una camioneta varada. Una dama alta, delgada, vestida con blusa escotada y pollera amplia, suave, colorida, hacía ingentes esfuerzos por cambiar la llanta herida.

–Esta es una bonita oportunidad, juguemos con la psicología, si le servimos, tenemos la posibilidad de que nos arrastre un poco más, ¿qué dices?

–Me parece bien, vamos.

Saltaron de entre el monte. La bella dama se asustó.

–Vea mi estimada y augusta señora, de requerimientos sinceros, esta joven aquí presente, me la acabo de robar. Se la he raptado al afortunado que la poseía y la gozaba. Lo he hecho sin emplear una gota de violencia siquiera, simplemente hablaron los ojos y por ahí derecho brotó el amor, encanto, pasión y locura. Hemos recibido la bendición de estos montes que nos han declarado marido y mujer. Sólo las hojas secas del tiempo nos darán el veredicto de culpables o inocentes, en este, el ciclo terrenal. Que nuestro Padre bueno bendiga nuestros pasos de locura, o más bien de holgura.

–Creo que no deben meter a nuestro Padre bueno en esto. Ahora que me han dicho la verdad, les daré un aventón. Los llevaré hasta Peñas Azules, mi matera, de ahí buscan para dónde irse, ¿estamos?

El destino los llevó a pasar por Barquisimeto, Maracaibo, Costa Rica, Ojeda, Bachaquero, Mene Grande y Aguas Viva. Remontó por la carretera 17 hasta que llegó a Peñas Azules cuando la aguja del reloj marcaba las 3:00 a m.

–Mira mijo, aquí te traje a estos colombianitos que me encontré regados por el camino, les recogí porque me ayudaron a cambiar la llanta pinchada. Tienen una bonita historia de amor, di que te la cuenten. Además dice él, que se apellida Polo, tal vez sean parientes.

Domingo, cuyo apellido también era Polo tuvo una amena charla con ellos en medio de la galería estrellada. No resultaron del mismo árbol.

–Se van a quedar aquí para que no hagas desventurada a esta joven.

Con el tiempo, Domingo se embarcó en un nuevo proyecto, o sea el de gallinas ponedoras. Mandó hacer los galpones. Necesitó 4 trabajadores más. Resultaron guajiros, de esos mal encarados, huraños, desconfiados, parcos en el hablar y prolijos en el actuar. Por eso Peñas Azules se fue llenando de peñascos negros de sátiras y peñones rojos de desafíos.

Todo cambió en Peñas azules. El odio y la desconfianza se apoderaron de las voluntades. La magnánima camaradería, la excelsa carcajada, la franca sonrisa, se trocó por el gesto indiferente, el ánimo perturbado, la sangre tensa, la pupila en acecho; la vida un desecho.

–No aguanto más, me voy, dijo Rubén.

–Yo te sigo, dijo Juan Darío. ¿Nel Sulapio, pues, te quedás?

– ¿Queda? Yo voy a donde vayan, aquí lo único que vamos a ganar es que nos maten o que nos manchemos las manos de sangre con los perros esos.

Se lo plantearon al patrón.

–Sangre de hermanos, querrás decir.

–Que hermanos, ni que hermanos, esos hijos del desprecio ni siquiera son humanos.

–Está bien, me dejan en una encrucijada, pero prefiero esto a un crimen.

Llegaron a El Brillante, del venezolano Walberto Caldera, de casi 2 metros de estatura, corpulento, piel blanca, cara redonda, escaso de pelo, ojos cariacos. El saludo que daba a los trabajadores era el súper puteo de la madre.

–Apenas necesito una pareja, habló el mastodonte, decidan entre ustedes.

– ¿No sabe de alguien que necesite?

–Si atraviesan esos potreros, llegarán a La Florida, ahí están necesitando, griten antes de llegar porque hay perros.

–Bien Sulapio, vos te quedás aquí, nosotros seremos tus vecinos.

Debía estar en pie a las 3:00 de la mañana para pegarse en las ubres. Por la tarde otra vez el mismo episodio, hasta más allá del triste culminar del día.

Pero lo dicho, nada bueno es completo. Ahora tenía otro tormento, este le molestaba más que el anterior, ahora debía estar con los cinco sentidos puestos en su mujer, día y noche porque  los demás trabajadores de la hacienda no dejaban de acosarla con ganas de copular con ella.

Ella se lo confesaba. Que Juan me ofreció 30, que Terencio 40; que Antonio 45.

Cada vez él le repetía lo mismo. ¡Cuidado me traiciones porque te mocho el bolo! Tú sabes que soy capaz, no lo dudes en ningún instante, bueno pues, abre el ojo, que yo no te traje para calmar las pasiones de estos inmundos alacranes, amos de orgías y desmanes.

Los días se fueron enganchando en las púas del pasado. Pero el pasado era terco, y se devolvía embadurnado de sudor, boñiga de vaca, ¡coños de madre!, y por supuesto…, propuestas indecentes.

Tras muchos meses de morar en El Brillante, estando acostados en el patio, contando las estrellas y descubriendo cuál era la de ellos, le dijo, ¿sabes qué papito mío?

__ ¿Si?

–El hijo del patrón me ofreció 70 bolívares para que me deje coger de él. ¿Cómo te parece el descaro? Que siquiera un ratico no más.

–Ni se te ocurra, oigo que me estás “rayando” y te hago picadillo, te echo a los pollos para que se alimenten de coya. Pórtese firme, sea una dama, no se deje comprar como una gallina, ni se deje llevar de la lujuria. Hasta ahora confío en ti, recuerda, “La esclava nunca ve la antorcha alumbrar para ella”.

¿Pero, qué será lo que quiere el destino cuando vira de pronto? ¿O, qué hace virar al destino, así de pronto? Fue él mismo quien torció el timón de la buena vía. Cada noche, para las materas vecinas cogía. Ella le reclamaba, ni caso le hacía. Las noches pasaban evaporadas; dinero en madejadas. El troglodita del Walberto las quincenas le adelantaba. En el juego y el licor, todo quedaba. Empezó a deber. Ya ningún dinero le alcanzaba. La estabilidad emocional dejó su adiós. Se le iban aquellas noches en claras y turbias vigilias. Se levantaba ojeroso, legañoso, aburrido, perezoso.

Surgió lo inesperado, en medio de una de esas noches insomniadas le llegó la brillante idea, pero se abstuvo de proponérsela, mantuvo la lucha entre la conciencia, la ética, el yo, y el propio yo, hasta que no pudo más, y puso sus pasos sobre los pesos, se lo dijo.

– ¿Sabes una cosa, amor mío?

– ¿Ajá, dime dueño del Pampero, que le mantiene el sueño ligero?

–Si “Dios te la puso en el medio, fue para tu remedio”, ¿no es así?

Le sorprendió aquella expresión, exaltada le preguntó:

– ¿A dónde quieres llegar? ¿Qué es lo que te pasa?, ¡dime ya!

–Que empieces a “coger” con todo el que te lo proponga, yo no te lo voy a impedir, total es que ganemos platica.

– ¿Cómo?  Me defraudas, me decepcionas. Lo que hice contigo fue porque, aunque me celaba, mi cuerpo era un templo solitario por largas temporadas, mientras a su lado, el manantial se derramaba. No puedo aceptar, que tú, mi propio marido, me pida prostituirme para satisfacer una adicción a la derrota. Es lo último que esperaba de ti.

_ Pero mija, amorcito sencillo, no lo mires de esa manera, piensa en el dinero que entrará a nuestros bolsillos.

– ¡Mira, mejor cállate!  No agraves más las cosas. Nadie jamás me había ofendido de esta manera.

Desde esa vez nunca más fue la misma, se fue adelgazando en la distancia, apenas era una gotica en el océano furioso. Sus ojos ya no tenían lumbre, se evaporó la miel, panal vacío, su alma, sinónimo de abismo. La contemplaba fatua. Pensó que pronto aquella pesadumbre le pasaría. Se equivocó. En la infinita tristeza se consumía. Entonces, le pidió perdón. La apretó entre su pecho. Ella sintió un espasmo de cariño y sinceridad. Esto la atormentó con episodios seguidos de amor.  Pero nada contestó, botó lejos la debilidad que casi la agarra y continuó tratándolo con desprecio.

Entonces se le ocurre otra errática iniciativa, decide despertarle los celos, para esto busca refugio en una “catirita”. Más distante la veía.  Llegaba tarde, borracho y sin ninguna valía, volvía a insistirle que convirtiera su ranurita en la ávida boca de la alcancía. Esto se volvió un estropicio nocturno y una piltrafa diurna. Ya ni se bañaba, ni se mudaba de ropa. Andaba como un apátrida. Debía en todas las materas donde vendieran Pampero y Cacique. Era todo una bazofia. A cada momento en camorras.

Ojeroso, tramposo y peligroso, ahora si que estaba en una prisión de ruindad. De un momento a otro lo  matarían. Estaba flaco, cadavérico. Ahora si que era el digno dueño de la lástima. A ella le partió el alma su facha externa y su derrumbe interior. En su pecho emergió un tanto de compasión, fue por esto, para no seguir viéndolo de esta manera, que aceptó, pero únicamente con Bonifacio, el hijo del mastodonte, quien ya había aumentado a 80 bolívares la “follada”, suma significante, cuando ellos apenas ganaban 30 al mes.

Viéndolo de esta manera aceptó, pero únicamente con Bonifacio, el hijo del mastodonte, quien ya había aumentado a 80 bolívares la “follada”, suma significante, cuando ellos apenas ganaban 30 al mes.

Lo que para una fue pudor y obligación, para otro fue belleza, frenesí, entrega y pasión. A Bonifacio se le sembró esta mujer en todo el parque del corazón, quitándole el juicio y la mera razón. De mañana, tarde y noche, vivía con el alma en un hilo, en pos de la repetición.

En cosas del amor nadie sabe, conoce o entiende el proceder del corazón. Ella también empezó a sentir placer con aquellas relaciones usurpadas. Ahora era su esclava, pálida, generosa y muda. Se ponía más pálida que él cuando sus ojos se encontraban en la entretención laboral. Aquellos encuentros no sólo acumulaban en ella unas monedas, sino manojos de espigas entre los rehiletes del viento, sin ningún lamento.

A él le quemaban aquellos manojos de billetes que le quitaba para diluirlos en Pampero y catira. Se miró el interior. Deseó con todas sus fuerzas que por encima de todas las enormes cosas, jamás se le hubiera ocurrido aquella aciaga idea. Ahora comprendía cuanto la amaba. Pero ya era tarde, su amor hacia él era una margarita deshojada, la estaba perdiendo por el fin de los días. Esto era el comienzo de un sorpresivo verano, de una gran sequía. Estaban llegando los bueyes del olvido, las nutrias del desamor, el buque de las despedidas. Era el producto manufacturado por él mismo. Las pútridas amarras se iban, se iban, al abismo final.

Linda noche, noche de diciembre, la noche en que nace Jesús, se vino antes de lo previsto. Iba a luchar con todas sus fuerzas para lograr que el amor renaciera junto con el Redentor. Se vino dispuesto a pedirle perdón, a implorarle de rodillas que volvieran a ser los amantes de antes, sin culpas ni pesados tablones que debilitaran los amores. Iba a cambiar, se renovaría, se lo prometería. Le diría que sería capaz de romper todos los billetes del mundo con tal de tenerla de nuevo, y para siempre. Adiós al licor, adiós a la catira, ¡y no era mentira! Pagaría todo y en una semana estaría de vuelta en su tierra, se la traería a vivir para siempre en su terruño natal.

Irrumpió al cuarto, llegó asfixiado, necesitaba una boca para respirar. Estaba ebrio, delirantemente ebrio.

– ¡Cande!  ¡Oh Cande de mi vida! Cande del cielo y la tierra. ¿Dónde estás corazón?

Encendió la bombilla. Silencio, un silencio de panteón que penetraba los oídos cómo un largo e imperceptible silbido. ¡Nadie! Apenas algunas prendas de ella regadas por el descuido o la prisa. Un dolor agudo salió de lo más hondo de su pleno ser.

Extraño mundo, vivimos a la espera de las encrespadas furias. Tesonera evasión empujada por la traición. Se había dado el regalo de navidad, en cambió él, a recoger las migajas de la extinción.

Ellos disfrutando el meloso sabor de la cosecha buena, y él, llorando sobre su propia ruina. Lloraba como un niño por haberla convertido en la sumisa esclava. Que tristeza tan mortal, que amargura tan profunda. Él, su enemigo, ella, su daga letal. Salió al patio como un perro husmeando en el basural.

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  1. Alba

    Me encanto el relato, muy bien escrito y la tematica no muy lejana de la realidad del sueno venezolano de los 70s y los 80s.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Pues él se lo buscó, hizo todo lo que había que hacer para merecer su triste y solitario destino.
    Este viaje fue hacia su perdición?

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