El día que llegué a la última estación de metro. Autor: Sam Corcobado Moreno

Durante toda la vida sabes que un día mueres. Lo sabes y te imaginas ese día como el entierro más masificado al que nunca hayas estado. Te levantas del ataúd y miras las caras de esa farsa. Puedes meterte en todas las mentes que no saben que estas a su lado, le expiras el último aire que le queda de su boca y sientes que todo lo que has hecho carecía de significado. Mientras siga cumpliendo años, ese día llegará antes de lo que creo.

La última noche deslicé mi mano por su espalda, recuerdas su ternura y se que lo decía de verdad. Me encontré pensando lo que sentía ella y nunca volví a verla. Esas cosas siempre suceden mientras todo lo demás se escapa. Mi luna de miel se recordaba entre brumas, y lo único que escuchaban eran las temidas risas de sus bocas. Estaba en su mente viviendo una vida que era la suya, que era mía entre sus sábanas, pero, ¿de qué servía entenderlo todo?

Esto se parece demasiado a tu tacto, a tu manera de leer. Me miras con los ojos cansados, con la mirada de las flores. Y sigo escribiendo lo que me viene primero a la mente. Mi mente esta cansada, solo sirvo para la mentira escondida. La verdad no sirve para nada. Lo demás esta a punto de acabar.

Casi había olvidado dejar la luz encendida en la mesilla. Tiró el bolso encima de la cama y se desnudó en el baño. Yo aproveché para hacer la fotografía. Detrás estaba el mundo. Ella se estiraba el pelo con mi cepillo. “No te importa que lo utilice yo, verdad”, y me sonreía con el ojo, mirando provocativa al espejo. Me quedé tan quieto que fui incapaz de reaccionar. Aparté la mirada del espejo y volví a mirar la habitación. Apagué la luz de la mesilla. Me senté en el borde de la cama y dejé las arrugas mejor dibujadas que un amante haya dejado nunca. Ella seguía cepillándose el pelo. Tardé media hora en dormirme. Creo que todavía tiene mi cepillo en el cuarto de baño de esa habitación de hotel

El guía de San Petersburgo nos llevaba a todos al galope. Estábamos levantados desde las cinco de la mañana. Un desayuno ligero: dos magdalenas, un zumo de naranja de bote y un par de galletas rancias. Con eso hemos aguantado hasta la excursión al Ermitage: el museo más grande del mundo. El guía nos ha explicado que si alguien se propusiera ver cada uno de los cuadros que hay en el museo, se pasaría nueve meses dando vueltas dentro de sus salas. “Una mujer entraría sola y podría salir con un bebé en brazos”, dijo haciendo una supuesta gracia con un marcado acento ruso. Nos marcó las salas por donde sabía que nuestros ojos se inundarían de belleza plástica, lo que más puede gustar a los turistas: Rembrant, Goya, Velázquez, Van Gogh, Monet. …Pero yo solo quería ver un cuadro. Éste cuadro. Teníamos tres horas para ver el mayor número de cuadros posibles. Me senté en el suelo de la sala, delante del cuadro y esperé que pasara el tiempo.

Perdí el autobús que nos llevaba de regreso al hotel. Aquel cuadro de Picasso me había hecho perder la noción del tiempo y no me había dado cuenta que el museo cerraba en menos de diez minutos. Una señora vestida de militar rusa me indicó la salida con el dedo. Mis ojos se clavaron en su dedo. Uñas de porcelana, decoradas con una flor amarilla y roja. Ella me decía algo en ruso, y entendí que me indicaba la salida. Los letreros de salida del museo estaban escritos con formas cirílicas que no comprendía. Suerte del dibujo que hay pegado en las puertas, donde un señor sale por cada una que te vas encontrando. Miré el reloj del móvil. “El autobús debe estar ya a punto de llegar al hotel”, me dije. Caminé por las salas de los renacentistas; los barrocos holandeses, los impresionistas franceses; las esculturas griegas de la planta cuatro; las marmolinas de mujeres desnudas de la tercera planta. Seguí bajando hasta que llegué a la puerta de salida. Era casi de noche. Decidí regresar al hotel caminando. Tenía todo el tiempo del mundo y las letras de las calles de San Petersburgo no me ayudarían a encontrarlo. “Esto es un viaje, chaval”, pensé. En el borde del río Neva, un viejo pintaba un cuadro sin mirar el atardecer maravilloso que nos regalaba la ciudad a esa hora. Me acerqué lo suficiente hasta poder ver qué estaba pintando. Era el cuadro que me había hecho perder el autobús dentro del Ermitage. El viejo tenía los ojos cerrados. Pintaba de memoria, como si él también hubiese perdido el autobús que le llevaba hacia algún lugar y, sin tener otra cosa mejor que hacer, hubiese decido recordar aquel momento pintando un cuadro de memoria. No era Picasso, pero se le parecía tanto, que no nos importó que la noche fría cayera sobre nuestras espaldas. El viejo siguió con los ojos cerrados y yo, perdido por las calles de San Petersburgo.

Todos los aeropuertos huelen a moqueta recién limpiada. Cada vez que aterrizo en una nueva ciudad quiero guardar ese primer aroma al salir del avión. Siempre me encuentro con el mismo olor: la moqueta limpia. Los pasos de millones de viajeros han amortiguado el olor de cada moqueta que he pisado, pero siempre hay una brigada de mujeres de la limpieza con un aspirador funcionando en algún punto de la terminal de llegadas. No puedo recordar el primer aroma de ningún país. Sé lo que me voy a encontrar. Por eso me inventé un ritual que no ha dejado de acompañarme en mis últimos viajes.

Compré una colección de botellines pequeños de licores de todo el mundo: whisky irlandés, vino de Burdeos, ron cubano, vodka ruso, ginebra checa…Si no tenía el botellín de licor del lugar hacia donde me dirigía, iba a comprarlo a la bodega de confianza. J. ya me conoce y me guarda cada uno de los botellines más raros que encuentra por el mundo. A él se lo traen de fuera. Yo me los vuelvo a llevar a los países de origen.

“Qué necesitas hoy”, me pregunta cada vez que me ve entrar en su bodega.
“Tienes algo bueno de Pekín”.

“Toma, este licor de dragones te dejará el maldito sabor que necesitas; ya me contarás”.
Cuando salgo del avión, antes de pisar las moquetas limpias, saco mi botellín de licor del lugar, espero a llegar hasta la primera moqueta y le echo un trago largo. Me empapo de su aroma, de su sabor. Así, cada vez que piso un nuevo país, una nueva ciudad; tengo un aroma diferente al de la moqueta recién limpiada. Aunque a veces sepa a restos de dragón disecado

Es absurdo escaparse de la rutina. Entro en la habitación del hotel y enciendo el televisor. Decenas de cadenas a un golpe de dedo. Me siento en el borde la cama y le doy a la tecla P + del mando a distancia; igual que en casa, sin mi sofá, pero con la rutina de ver imágenes sin sentido. No miro lo que hacen, pero el sonido de los presentadores de la CNN Noticias Internacional es lo más cercano que tengo de casa. Busco el papel de las cadenas de televisión encima de la mesilla. Hay propaganda de la ciudad: “Visite X por la noche”; “los monumentos de X”, y lo malo es que X es también una rutina. Busco la televisión española internacional. “TVE Internacional: Canal 13”. Llego a la cadena de televisión que nunca veo en casa. “Una mujer muerta a manos de su marido en un pequeño pueblo de la Costa Valenciana…”, la voz chillona de un busto parlante con el pelo estirado, sin una arruga, me habla con la cara impasible. Belleza perfecta para los maridos que después pegarán a sus mujeres, las comparan y se quejan de su suerte: “¿Por qué no tendré yo una como ésta?”, piensan esos borregos descerebrados que apestan a tabaco y a haberse tomado dos cervezas de más. No quiero seguir imaginando los golpes de los maltratadores, pero el busto parlante de la Televisión Española Internacional me ha devuelto a casa. Quiero salir del hotel y escuchar idiomas que no conozca. Apago el televisor. La rutina me atrapa dentro de esta habitación de hotel.

Hace frío en Londres. Me imagino que hace calor en Cuba. La lluvia me mantiene alejado de cualquier tipo de excursión por la ciudad. Pienso en las playas del Caribe y descubro que nunca he estado allí. Solo. Golpean la puerta. El director del hotel me invita a una recepción en la Sala de Juntas. “Estamos de celebración, señor S.; sería un honor que nos acompañase”, me dice cortés. Tiene acento argentino, o uruguayo. Me hace gracia oír un acento inglés dentro de otro acento que no es el mío. Le pregunto dónde aprendió tan bien a hablar castellano. “Mi madre es paraguaya”, me dice. Me equivoco de países y vuelvo a pensar en las playas del Caribe. Estuve una vez. Con amigos. Salíamos oliendo a colonia y las jineteras nos guiñaban el ojo, nos perseguían hasta la puerta de las discotecas. Todas se querían acostar con nosotros. “Que papito más sabrosón”, y era otro acento el que me hablaba y no me cuadraba. ¿Cubano?, ¿mejicano?, ¿paraguayo? Las chicas no podían entrar solas a la discoteca. “¿Cuándo estuve en el Caribe?”, y la lluvia en la ventana del hotel de Londres. El director del hotel me estrecha la mano y le sonrío. “Bajaré encantado, me ducho y me pongo guapo”, intento hacer una broma, pero a pesar de que su madre era paraguaya, su humor es totalmente inglés. Confunde mi proposición y se disculpa. “Tenemos a un camarero que le encantaría decirle lo guapo que es usted, yo estoy casado”, enseñándome el anillo. Me sonrojo y le pido disculpas, con acento cubano, mejicano, ¿paraguayo? Me ducho en el agua de las playas del Caribe antes de bajar a la recepción. Las chicas de la entrada de la discoteca han podido entrar con nosotros. Somos cuatro españoles en busca de ese sexo asqueroso que saca a la ruina a una familia y a los ricos occidentales solo nos supone una mísera porción de un día de trabajo. Me niego a bailar con el camarero del hotel. Le digo que yo también estoy casado. No tengo anillo, pero como su madre no es paraguaya, no acaba de entenderme. Me pican los ojos. La sal del mar del Caribe estaba demasiado concentrada.

Sentí el sabor amargo del pegamento del sello de 1 libra en mi lengua, mientras intentaba colocar el sello en la esquina superior, en el sitio adecuado. ¿No sería más fácil enviar un correo electrónico para decirle que estaba bien? En el fondo soy un romántico, y un poco carca, para qué engañarnos. Le decía lo de siempre: “Estoy bien, me cuido, no te preocupes por mí”, y le mandaba besos camuflados dentro de las letras. Ella no lo entendía y seguía preguntándome por qué me había ido de su lado. “Estoy bien, me cuido, no te preocupes por mí”, y de esa conversación no salíamos.

¿Para qué molestarse en repetir siempre lo mismo?

Seguí con el sabor amargo del sello hasta la hora del desayuno. El plan era el de cada mañana: Robar una manzana, coger la naranja que fuera más fácil de pelar y un par de servilletas metidas en el bolsillo del pantalón para las manos pringosas del zumo que se formaba después.

Hay estaciones de metro con pasillos que son ciudades dentro de otra ciudad. Iba caminando por Victoria Station, apagando cigarrillos del suelo, o chutando cajetillas de Marlboro hasta el siguiente cruce de caminos; pero también esquivaba papeles de bocadillos llenos de ketchup y mostaza que apestaban a vómitos y latas de cerveza que sueltan un fino hilo de baba, sin dibujos en el suelo.

Me quedé dormido en el vagón de metro. Al despertarme no quedaba nadie. Ni el chico de ojos azules con la cabeza apoyada en el cristal, ni la chica con las botas de tacón fino y piel blanca; ni la pecosa que enviaba mensajes por su teléfono móvil; ni el señor que tenía sus ojos clavados en el escote pecoso de la chica. Tampoco estaba la señora que reñía a su nieto, un perfecto terremoto que me pisó tres veces los pies cansados, antes de salir en la última estación de la que recuerdo haber escuchado nombrar por el megáfono. Supongo que cerré los ojos y pensé: “Todavía me quedan cinco paradas hasta el hotel”, luego ya no escuché nada más.

Las puertas de todos los vagones estaban abiertas. Me levanté de mi sitio, recogí la cartera y me la colgué al hombro. Los pies seguían estando en su lugar. Los zapatos tenían manchas de pisadas diminutas que me hicieron recordar el terremoto de tres años. Me asomé al andén. No estaba oscuro, pero a mis ojos todavía le faltaban un par de estímulos visuales para acostumbrarse a lo que veían. Estaba en la última estación. Final de trayecto. Nunca había llegado a la última estación de ningún sitio. Mis destinos siempre se quedaban por el medio de las líneas de colores dibujadas en las paredes de los trenes; los cercanías que me llevaron durante años a la universidad; el metro hasta Paseo de Gracia o Reina Cristina, o la vez que dormí en un vagón con literas, un fin de semana de carnaval en Madrid, con aquellos amigos de juventud.

Salí al andén y no había nadie. Miré a ambos lados. Empecé a asustarme. Había luces que indicaban la salida. A mi derecha estaba más oscuro. Seguí el movimiento instintivo de mi hombro, que fue el primero en girar hacia la izquierda. Un túnel con letras de neón colgado del techo se veía a lo lejos. “Choose your way”, leí en el cartel. Caminé hasta que el cartel se iba haciendo cada vez más grande. Llegué a una plaza gigantesca con decenas de túneles a su alrededor. Cada túnel llevaba inscrito el nombre de una ciudad. Los nombres de las ciudades a las que siempre quise ir, el nombre de ciudades en las que había estado, ciudades a las que nunca soñé ir: Praga, Nueva York, París, Ámsterdam, Tokio…Decenas y decenas de túneles se empezaron a abrir. “Estoy metido en un maldito sueño de ciencia-ficción”, pensé. “Choose your way” marcaba el letrero. Me acordé de los verbos irregulares en inglés. “Choose, no era escoger; escoge tu…camino”, titubeaba, temblaba. Me quedé allí plantado. Dudé qué hacer. “Tengo que elegir un camino y salir de aquí, esto debe ser una broma pesada”, pensé.

Mis pasos se perdieron dentro del túnel que se dirigían hacia aquella primera ciudad.

El túnel se iluminó después de diez minutos de caminar a oscuras. Seguía siendo de noche. Al fondo se oían las aguas de un río que no podía reconocer por la falta de luz. “Debe ser el Támesis desde otro lado”, pensé. Una farola me enseñó un gato negro que tenía los ojos verdes. Se burló de mí y cruzó tres veces por delante. Pisé un cristal en forma de caramelo. En mis zapatos, las marcas de las pisadas del niño se habían convertido en una amalgama de barro y agua que casi me llegaba hasta los tobillos.
Había salido a la superficie de Londres, o estaba en otro lugar. El olor del río era más penetrante que el conocido por el Támesis. “Mira el nombre de una calle y saldrás de dudas”, me dije. Un coche de caballos pasó por mi lado. Un viejo lo llevaba a paso lento; al trote diría que iban los dos caballos, pero desconozco los nombres de esos pasos y asociarlos según la velocidad que llevan.

El viejo llevaba un sombrero calado hasta las cejas y no tenía a nadie en el interior de la cabina; me saludó con una inclinación leve de su cabeza hacia abajo. Me rozó el vuelo de una mariposa nocturna en la cabeza. Estaba cansado. La mariposa se perdió en la noche. La primera calle que se veía estaba todavía lejos. Me acerqué hasta la esquina de la calle para leer su nombre. “No creo que esté en Oxford Street, no veo por aquí las tiendas”, bromee con un chiste estúpido que no me hizo gracia. Fijé la mirada en la placa que estaba colgada. Parecía antigua, de piedra pulida y con formas que parecían estar escritas a punta de pico y pala. Intenté leerla, pero la oscuridad me lo impedía: “Dvorákovo Nábrezí”, conseguí leer por fin, extrañado. “Debo estar a las afueras de algún barrio periférico de Londres”, pensé. La luz de las antorchas de otro coche de caballos que pasaba por la calle fue lo que me hizo verla. Iba al mismo ritmo que el otro, sin nadie en su interior. El río apestaba en aquella zona. A lo lejos, antorchas portadas por un grupo numeroso de gente me hizo pensar que estaba metido en un lugar que no me correspondía. Busqué mi teléfono móvil en la chaqueta. Quedaba poca batería. Toqué el botón verde para llamar. No había línea. No había números. El logotipo de la compañía de teléfonos de la zona no existía. Empecé a ponerme nervioso. El teléfono no emitía ningún tipo de señal acústica. El grupo de gente con antorchas se está acercando hacia la zona donde yo estaba. Tenía que volver hasta el túnel y regresar de nuevo a la estación de la que había salido. Elegí el túnel que ponía Praga, porque me hacía gracia saber hacia donde me llevaba. Y ahora, ¿dónde estaba?

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Continuamente estamos atravesando túneles creyendo ir a algún destino elegido para finalmente darnos cuenta de que no sabemos donde hemos ido a parar.
    Asi es la vida.

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