Llegando a casa. Autor: Javier Ferreyra Guzmán

Si vienes de lejos, eres bienvenido y libre de cruzar las puertas de esta casa que se vuelve tuya. Tendrás que recorrer un largo y sinuoso camino, siempre igual, las mismas cosas a diestra y siniestra: desiertos y cosas muertas. Frente a ti aparecen pastizales como de Mongolia. Viento tibio, quietud. Los monolitos callan, como si fuesen el dedo índice, las palabras del viento. Nada más que costas verdeazuladas en lontananza, ballenatos de mármol, abedules que se cubren los dedos de los pies con las nubes, ovejas absortas en sus pensamientos, lluvia de cuervos, incontables bandadas cayendo de hambre… recoge uno, si gustas, o dos o tres, los que quieras; no vaya a ser que más adelante también falte la fuerza en tus alas.

Sigue adelante, anda noche y día sin descanso: hay rumores sobre una tribu que devora a los viajeros mientras duermen; seres mitad perro y mitad hombre, salvajes como no se ha conocido especie, bestias deformes e inconscientes que cualquiera dudaría que su origen fue en este mundo. Irán detrás de ti sigilosamente. Quizá veas una sombra si miras de soslayo, pero desaparecerá apenas gires el cuello como si se tratase de un fantasma. No verás el fuego de sus ojos, no escucharás un solo sonido, cuando te devo-ran, es como si no sucediese en realidad, vives la pesadilla hasta que todo es silencio y tinieblas; y tú ya no eres tú, sino un recuerdo soluble en ácido gástrico.

Cuando estés dejando atrás los pastizales, ¿qué vas a encontrar además de inenarrables noches de insomnio? Despertarás horrorizado de tu propio sudor, pensando que es tu sangre nadando en la saliva de la tribu; la sentirás muy cerca y, en tus sueños, tomará la forma de tus temores más profundos, nunca podrás remover el velo que difumina la memoria, llegarás a darle voz, creerás que está detrás de las paredes, acechando, farfullando en lengua irreconocible, inhumana, vesánica y exquisita. El día de tu muerte la confundirás con el vaho de las plañideras, te seguirá a cualquiera de los cielos y será el gruñido de tus demonios.

Pero sigue adelante, no has terminado; frente a ti un bosque abre las manos, de él podrás tomar peras y bayas. El trino de los pájaros te reconfortará de inmediato, por las noches te arrullarán las ranas, ¿cuánto puede durar la tranquilidad, un día, dos? Volverás a escuchar a la tribu, verás. Siempre va a estar cerca de ti.

Disfruta la noche, las ramas rasgando el aire, las raíces argénteas por la luna, las hojas en la coraza de los insectos, la brea que escurre como miel por los troncos, las estrellas que anidan en el rocío, la neblina zigzagueante, la soledad volátil, los horrores que solo ante ti y en los momentos más arcanos confiesan ardores indescriptibles en voz baja. Disfruta el remordimiento, la entrega al abandono. No intentes dejar el bosque, no habrá salida hasta el amanecer, la maleza rasgará tu piel hasta desangrarte. Quédate quieto, deléitate en el arrullo nocturno porque, cuando despiertes, no verás un solo árbol ni tocones ni pasto ni hierba, todo será polvo y arena.

Sé de cierto que al despertar difícilmente recordarás de dónde vienes, de tu familia no sabrás el apellido ni de ti el nombre. No trates de recordar, no te sumerjas en pensamientos pantanosos porque corres el riesgo de ahogarte. Apenas reconocerás el sabor de tu saliva… mas no temas, te sentirás como si acabases de nacer, maravíllate del objeto más insignificante, crea vínculos con el entorno, deja que se adueñe de ti… ¿qué más puedes hacer? Ya no podrás salir, cada noche, así como las serpientes se levantan a buscar roedores, una tormenta de huesos hechos polvo cubre el firmamento; si llegase siquiera a rosarte, ya no serás de este mundo, tus huesos se sumarán a la fuerza del viento. Sólo deja que la ciudad que se abre ante ti te rodeé el cuello, te bese los labios, te coloreé desde el interior.

¿En dónde estoy? Te preguntarás e, inmediatamente, una sonrisa afable te extenderá las manos y te dirá: “en Irigoyen. En casa.” Camina las calles empedradas, nada y ve hasta el fondo del lago, bebe el néctar asentado en las profundidades, platica con los peces, escucha la risa inocente de los lirios, disuélvete y sé uno con el agua; te sorprenderá ver tu reflejo cuando vuelvas a ser de carne.

Ve a donde tus pies te lleven que te estarán guiando a casa. No seas hermético, mira que desde las ventanas gente hermosa te extenderá el brillo de los ojos. ¿Sigues escuchando la voz de las bestias de los pastizales, ese asqueroso ladrido preternatural? Acércate a cualquiera de nosotros, te estamos tendiendo la mano, queremos abrasarte. Come, bebe… ¿qué dices, no tienes hambre, viajero?, ¿no tienes sed? Lo peor que puedes hacer es desdeñar este milagro, no querrás despertar siendo un cerdo en canal que abre y cierra el hocico, y brama en silencio sobre las llamas de la hoguera; o un tronco, o un adobe de las paredes, o una piedra en el piso. Acepta, ya que tú fuiste aceptado desde el momento en el que te supiste perdido.

Para entrar a casa no necesitarás nunca llave, todas las puertas siempre están abiertas. ¿Cuántas habitaciones necesitas, cuatro, diez? Todas las que quieras; la casa será como la que siempre has soñado. ¿Qué tienes que dar a cambio? Sólo vivir. ¿Te aburres? Saca vidrio de la arena, recoge frutos de los sembradíos, tira redes al lago, fragua sueños, desdibuja el mundo, sé parte de nosotros.

 

Hace un frío terrible y el cielo está cubierto por nubes negras. El viajero, camina las calles bañado por las miradas de todos y de nadie; representaciones mentales de la gente: fantasmas escuálidos, espíritus derrengados, despojos que se jalan la carne sobre el hueso como si lo que se deslizara fuese una brazada, monstruos que se detienen la sonrisa con clavos, niños con el vientre atravesado por enormes huecos, ancianos que arrastran las entrañas en el piso. Sin embargo, no ve un solo gesto de dolor, hoy el viajero alcanzó la libertad y las personas chocan las palmas descarnadas y celebran tan grato acontecimiento. De pronto, escucha cómo vibra el cristal de las copas y el vino rezuma de las paredes del aire. El viajero sonríe y niega con la cabeza cuando un transeúnte embriagado de felicidad le tiene una copa rebosante de burbujas. La gente aplaude más fuerte al ver la dureza de corazón que ha alcanzado, “ahora es un hombre sin tentaciones”, escucha tras de sí. Sigue caminando, no voltea, agradece sonriendo incansable y, cabe agregar, con el rostro ligeramente arrebolado por el orgullo.

Llega a casa y deja la puerta abierta: una mansión que se está cayendo a pedazos. Solo, en la oscuridad, escucha murmullos. Inquieto, arranca un trozo de cortina y con él envuelve una decena de ratas muertas recogidas del piso. Se sienta en el suelo, abraza el bulto como si fuese un niño, acaricia la carita putrefacta; algo dice en voz baja, algo que ya había dicho antes. Las ratas de alma desaviada sonríen perpetuamente de un modo tan grotesco que los labios suben hasta las orejas y eclosionan huevecillos de gusanos secos e inodoros.

Llega la madrugada. Afuera, oculta en la niebla, chapoteando en el cieno, una algazara bipartita, demencial y supurante, se abre como las flores al medio día; pero el viajero no piensa unirse, tiene que dar el pecho al niño, recostarlo, contarle un cuento.

 

―Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano y triste, en el que en vez de pasto hay espinas, en el que en vez de árboles hay flamencos gigantes y hambrientos, en el que los lagos están llenos de petróleo y fango, en el que en vez de sol, una infinita luna llena se disuelve en las nubes; murió la felicidad de un rey que, por hacer caso a las palabras de una rosa roja, perdió a su reina, a sus príncipes y a sus princesas, perdió el castillo, los súbditos, el oro y el corazón que con celo guardaba en medio del pecho.

“A veces se escucha al rey gritar, se levanta del trono de ramas y espinos, y camina descalzo por el reino. Quiere desangrarse, pero la sangre yace coagulada en las venas sueltas que dejó el corazón.

“Un río carmesí anda en silencio a lo largo y ancho del reino; algunas veces ha sentido los labios de la rosa beber de sus entrañas, mas se calla el escalofrío porque teme secarse; si el rey se entera dónde está la rosa, le arrebataría de las hojas el corazón y entonces el rey pararía de llorar. Sin lágrimas, el sol haría arder el río, ¡los animales lo beberían en un segundo!

“‘Dame de beber…’ escucha decir a la rosa en un halo de pétalos que hipnotizan.

“‘Dame de beber…’ tiembla, sonríe y se angustia.

“‘Dame de beber…’ ‘dame de beber…’

“¿Estás dormido, bebé? ¿Estás dormido?”

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Un Comentario

  1. Elvira Endo Alvarado

    Extraño viaje…me recordó algunas escenas de “Más allá de lo sueños”.

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