Viaje a Lisboa. Autor: Javier Fenollar Cortés

Lisboa es un derramamiento desordenado de fachadas y tejados que se precipitan unos sobre otros, y se detienen, súbitamente, a orillas del Tajo. Observada desde cualquiera de sus miradores, recuerda al Albayzín con sus calles finas y sinuosas conformando su laberinto pálido. Pero Lisboa no es como el tesoro envuelto que eleva con orgullo Granada, sino que es toda una ciudad inmensa con numerosas colinas urbanas atravesadas por una circulación metálica de tranvías. Lisboa se muere en silencio, agonizando entre un murmullo permanente de turistas inquietos, en la eterna espera del esplendor que el paso de los siglos llevaron consigo hasta el océano. Nosotros, David y yo, llegamos en el tren-hotel “Lusitania” para perdernos en la vieja Lisboa.

Chamartín, once de la noche. David cena antes de coger el tren. Yo no tengo hambre, casi nunca la tengo cuando estoy con él. A pesar de los años pasados, y de un amor herido tantas veces, el amor que sentí por él (y que quizás todavía siento) dejó su rastro de ansiedad que permanece a día de hoy en su presencia. Todavía no hemos salido de Madrid y ya me pregunto si no había sido un error haber llamado a David, a pesar del daño que seguro que siempre le acompaña. Se había sorprendido de mi llamada después de tanto tiempo, pero tan pronto como le había contado la mala temporada que llevábamos y que habíamos decidido darnos un tiempo, él mismo me ofreció hacer un viaje para que pudiese despejarme un poco. Apenas unos días después, nos habíamos encontrado en Madrid y el tren ya inquietaba su marcha. A pesar de haber pasado unas semanas desde la separación, no fue hasta el momento en que apuraba los últimos minutos en el andén antes de subir al tren, en que tomé conciencia por primera vez de su ausencia; en que comprendí que su ausencia en este viaje quizás era la antesala de una ausencia mayor. Me iba a Lisboa sin él. Un acceso de dolor se apoderó de mí e hizo que me estremeciese. No estará su sonrisa, ni la torpeza maravillosa, ni su interés por todo. No tendré su cuerpo curvo entre mis manos, ni la permanente mirada alegre con la niñez bailando en el paso inmediato. Su recuerdo al borde de las lágrimas retiene y hace pesados mis movimientos. Siento deseos de volver con él; dejarlo todo y volver. David pregunta si estoy bien. Le contesto que sí. No insiste. ¿Qué estoy haciendo?

Ya tumbado en la litera, me pregunto qué me ha impulsado a ir a Lisboa, y si no ha sido precipitado. Acude a mí un caminar lento de imágenes de los últimos meses. Ha sido un tiempo extraño. Las discusiones, la separación, el reencuentro con David… todo había ocurrido tan rápido que apenas me había dado tiempo a reflexionar, a tomar conciencia de los acontecimientos. A veces sentía que la vida era un caudal atropellado en el que la voluntad no era más que una hoja desprendida que gira sobre sí misma río abajo. David tararea algo mientras ordena el equipaje. Me siento incompleto, confuso y cansado. El tren se retuerce en una agonía que durará diez horas, para morir en la Estación de Oriente de Lisboa. Neruda se desliza entre mis pasos inquietos por el pasillo del tren… “escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos”. David juega con la emoción de la primera vez y está más guapo que nunca. “La besé tantas veces bajo el cielo infinito”. Afueras de Madrid, sigo buscando su sombra entre los suburbios. No la encuentro. Fotos, nerviosismo y tristeza, el tren en campo abierto, oscuro y estrellado como el verso. Me paraliza su trazo… “Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”.

Nueve de la mañana hora local, pisamos tierra de Lisboa. ¿Qué espero de ella? Quizás un encuentro con mi infancia, recuerdos difusos de la mano siempre constante de mi padre en un viaje antiguo. Quizás caminar por donde antes lo hicieran Pessoa, Saramago, Ricardo Reis… No sé qué me ha traído otra vez a Lisboa después de casi veinte años. ¿Acaso importa? Puede que sí, pero eso ya da igual, el metro llega a la estación de Rossio y voy acompañado. La emoción no desplaza a la confusión, ¿cómo he llegado hasta aquí?

La pensión cubre una planta inmensa de techos altos, embellecedores dorados y alfombras, que intentan emular el resplandor perdido de la propia ciudad. No lo consiguen. En su lugar, crea el espacio anónimo y sórdido que podemos encontrar en cualquier motel de carretera de alguna novela de J.T. Leroy o de Bukowski. Y es que los techos desconchan el yeso de los detalles, los embellecedores desgastados descubren el metal sobrio y humilde bajo el dorado, y las alfombras están, en su mayoría, deshilachadas y sucias. Decadencia impresa en la chapa sobre escayola, y sobre ésta, mal grapado, el terciopelo desagradable de las paredes. El “Imperial” que sobre una destartalado tablón de madera está escrito con trazo barroco hace tiempo que abandonó aquel tiempo, aquella ciudad y, desde luego, aquella orgullosa pensión.

No podía evitar sentir algo de ese ambiente impregnándonos a David y a mí. Me pregunto si nosotros no tendremos una parte de este melancólico y bello patetismo que cubre Lisboa. Quizás nosotros mismos seamos también víctimas de ese tiempo consumido que no acaba de cesar definitivamente. Como la cera que cae sobre la mesa y no termina por desprenderse nunca. Me pregunto si es posible desprenderse por completo alguna vez de la ilusión y el recuerdo que ha dejado un amor absoluto como el que nosotros vivimos. Puede que David lo haya conseguido. Él siempre fue más sensato. La verdad es que todas mis parejas lo fueron. Por alguna razón, el recuerdo anida en mí con más facilidad y, por lo general, se resiste a abandonarme. Suelen decirme que soy una persona demasiado melancólica. Yo les respondo que es una cuestión de habitabilidad. ¿Qué le voy a hacer si la tristeza migra a mí con tanta periodicidad? Aunque la verdad es que desde que le conocí algo había cambiado. Me había ayudado a superar el dolor por la pérdida de David, mi primer amor (si es que alguna vez la pérdida del primer amor se supera), y me había descubierto otro amor diferente, más sereno y concreto, que habíamos aprendido juntos. Podría decirse que hasta había sido feliz por completo. Pero ahora ya no estaba conmigo, e ignoraba si querría volver a ocupar su espacio en mi vida. Por mi parte, me resistía a aceptar que todo él empezaba a cubrirse con ese velo difuso caprichoso con el que lo cotidiano se va haciendo recuerdo.

Los días se sucedían suavemente, tal y como se desplazaba, imperceptiblemente, la corriente del río por la orilla arqueada de Lisboa. La torre de Belém, el monumento de los descubridores, el “Castelo de San Jorge”, el Monasterio de los Jerónimos… todos ellos me parecieron edificios más emblemáticos que bonitos, más pictóricos que sobrecogedores. ¿Pero entonces, me preguntaba, qué hace a Lisboa ser la bella Lisboa, la nostálgica que llora en la canción? La respuesta no la hallé en los grandes monumentos ni el los miradores saturados de cámaras y sonrisas con la estampa, a lo lejos, de la ciudad cansada. No, la belleza, como es habitual, habita las pequeñas cosas, los detalles, lo que por breve es obviado, dejando a la fama de lo imponente la gloria del verso. La belleza de Lisboa no es el mineral ordenado de sus construcciones, sino, precisamente, lo humano, lo vivo, el latido que da sangre y color a la ciudad, es decir, el Barrio Alto, Baixa, el Chiado, la Alfama… ¡Qué maravilloso retorno al hogar debe ser Lisboa! Era difícil no recordar la complicidad inmediata que sentía cada vez que asomaba, a mi regreso, la Alcazaba de la Alhambra.

Me río con David durante todo el viaje. Todavía hay magia entre nosotros, siempre la hubo, pero siento que me falta algo. Ciertas frases se silencian en mis labios, y algún gesto que compartíamos queda en intención cuando no hay quien lo comprenda y reciba. Todo está sin estar en su totalidad, permanentemente inacabado, como una esencia insuficiente. Por esa razón, el Tajo ya no es el Tajo, ni es el río que me trazó sobre un mapa mientras explicaba cómo el delta reverdece ensortijando de vida y abundancia los montes a sus orillas. Ni tiene nombre lo que desconozco ni voz las nubes si él no me las lee. Nuevamente acude Neruda, y recito “tu risa” sin que nada más que las nobles calles de cualquier barrio lisbonense me escuchen.

Despierto el último día cuando la ciudad despereza sus esquinas y avenidas, bostezando las primeras tiendas y parques dormidos. Permanezco en la cama mientras escucho un par de veces en los auriculares la melodía de “Widow of a living man” de Ben Harper. A lo lejos, en la distancia insalvable de las sábanas, observo el cuerpo que en la otra esquina duerme y la oportunidad se desvanece lánguidamente, como un caudal de arena infinita que se escurre entre mis dedos. Creo que esta vez será para siempre. Me pregunto si había hecho bien en intentarlo. Me respondo que, en cualquier caso, es el tipo de pregunta que no requiere respuesta; se hace y ya está, porque se siente o porque se deja de sentir. Ojalá las preguntas previas hubiesen tenido la fortaleza en mí como para ser determinantes en mi vida. Imagino que de ser así, el cuerpo desnudo que se mecía en el sueño y que había respondido a las ansias de tantos deseos pasados y presentes, ya sería parte de objeto sensual del recuerdo. Sin embargo estaba ahí, y no era el cuerpo que deseaba. Aquel no sabía dónde se encontraba en esos momentos y ese pensamiento me llenaba de angustia. Habíamos salido la noche anterior, por lo que David dormiría hasta tarde. Le dejé una nota; volvería en un par de horas. Quería despedirme de Lisboa en soledad.

Una anciana, sentada en un portal destartalado de la calle Nova do Almada, cantaba fados con los ojos cerrados con un radiocassete antiguo sobre sus rodillas. El fado en ella parecía perfecto, en una simbiosis total, pues parecía que aquellos tonos tristes y arrastrados no partían de su voz, sino que habitaban en sus arrugas, en sus gafas gruesas y en el estampado pobre de su vestido. El fado, sin conocerlo previamente, es comprendido (quizás sea más adecuado decir “vivido”) inmediatamente cuando uno pasea solo por Lisboa, pues se esconde en cada calle, en la siguiente puerta donde nadie te espera, en el sonido que las esquinas desprenden. También es curioso, o a mí me lo parece, la impresión del caminante de que nadie habita Lisboa, que todos están de paso. Así, uno se pregunta quién puebla los inmensos ventanales de sus tejados victorianos, ¿quién las descascarilladas paredes que se mimetizan con el suelo de cascotes? Tras un telefonillo gris, inteligibles ya las letras mecanografiadas, un dueño abandonó su casa. Me pregunto si no todos ellos habrían dejado sus casas para abandonar aquella ciudad que, como un enorme velero encallado, parecía no dejar nunca de naufragar. Antes de llegar al café Brasileira, donde Pessoa acostumbraba escribir, y sólo durante unos segundos (deliciosos, eso sí), siento que, de alguna manera, formo parte de esta ciudad. Luego me tomo un café e intento escribir. No lo consigo. Seguro que Pessoa tampoco conseguía escribir todas las mañanas. La cafetería es la misma, eso sí. Ya es algo.

David ya me espera con las maletas y me apremia a hacer la mía; el tren es puntual y la estación está un poco lejos. En el tranvía, él espera entre fotografías y yo entre canciones de Leonard Cohen y los Smiths. De vez en cuando insiste en que las vea con él, pero soy de esas personas que disfrutan mucho más haciendo que luego viendo el producto. Ante su ilusión, cedo en alguna ocasión. Él está guapo, más guapo que nunca, lo sabe y se regodea en su belleza saltando de foto en foto, como quien mira nubes y no imagina formas en ellas. Por mi parte, prefiero no mirarme, nunca fui afortunado en las fotografías. Sin embargo, un chico enfrente de mí me sonríe y le devuelvo la sonrisa. ¡Qué delicia esas sonrisas anónimas que nos embellecen!

Me comienzo a adormecer cuando el tren cruza la frontera y penetra en la noche extremeña. Me sorprendo, ya vagamente por el sueño, ante la densidad de la oscuridad. Los extensos montes y los aún más extensos campos de Castilla cegaban todo reflejo, y la noche podía expandirse en toda su expresión. Para alguien acostumbrado al bullicio mediterráneo, donde la luz es tan constante como el mar, ver nítidamente las estrellas es tan sorprendente y fascinante como ver nevar. Disfruto de su brillo, y me afano por buscar constelaciones (me sonrío al pensar que los humanos siempre hemos pretendido leer el cielo o, para los más sencillos, imaginar formas en él). No encuentro ninguna pero no me importa, lo cierto es que nunca las encontré. Seguro que él las sabría todas. Tiene esa vinculación con la naturaleza que yo perdí en algún momento de mi adolescencia. Llegó el arte, la cultura, la literatura, y empecé a preferir la naturaleza en palabras de otros. Me pregunto con fastidio en qué momento consideré aquello un buen precio. David se gira en la litera inferior; duerme plácidamente. Algunos no precisan de una cosa ni de otra para ser felices. Acude a mí un verso: “la noche está estrellada y ella no está conmigo”. No, no está conmigo… Pero quiero que esté. Todavía quiero que esté. Musito el final del poema: “es tan corto el amor, y tan largo el olvido”. Sí, Pablo, es largo el olvido, tan largo que a veces parece interminable. No podemos elegir cuándo olvidar, ni cuándo amar, pero sí podemos elegir qué queremos intentar y esperar, como canta Lluis Llach, “sols un poc de sort, i que la vida ens doni un camí ben llarg[1].

Dos cosas quedaron antes de dormirme; por un lado, la lacónica voz de “Anthony and the Johnsons” en mis auriculares, y por otro, la determinación de que volvería a Lisboa, pero lo haría con él, y procuraría a partir de ese momento que fuera así todas las veces, en todos los lugares.


  [1] “solamente un poco de suerte, y que la vida nos dé un camino bien largo”.

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  1. Justine

    Cuando te encuentras en un abismo, o te conviertes en abismo, hasta el más puro elemento de la tabla periódica parece chapado en las almas que nos rodean, ofuscando su brillo mas elemental a nuestros ojos.

  2. Elvira Endo Alvarado

    Yendo al reencuentro de Lisboa, reencontraste también el amor de Pablo. O al menos la decisión de volver con él.
    “Que la vida les de un camino largo”

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